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¿Por qué las corridas de toros NO son arte?


Uno de los argumentos que dan los taurinos para soportar la fiesta brava es el de que las corridas de toros son arte, por lo tanto el gusto por estas cae en el terreno de lo estético, de los gustos, de lo subjetivo, de lo personal, de lo íntimo, y por lo tanto, prohibirlas sería como coartar la libertad de expresión, el libre desarrollo de la personalidad.

Falso. Las corridas de toros no son arte, en lo absoluto. ¿Por qué motivo? Por uno muy sencillo, porque el arte es una expresión del espíritu humano y este siempre es bueno por esencia. Por lo tanto, no se puede clasificar como arte una actividad netamente inmoral donde se le causa el mal a un ser, en este caso al toro.

El arte es “hacer”, o es “un hacer”, ya sea pintar, declamar, escribir, fotografiar, esculpir, etc. La actividad taurina también consiste en “un hacer”, pero con connotaciones de maldad, de causar sufrimiento hacia otro ser, por lo que este “hacer” se diferencia mucho del verdadero arte, porque este es bueno moralmente por esencia.

Una cosa es que a uno no le guste una determinada obra y otra cosa muy distinta es que ambas obras tengan un trasfondo moral basado en la bondad, en lo bueno, en lo benéfico. Cuando el “hacer” se distrae hacia actividades nocivas hacia otro ser, ese “hacer” no puede ser clasificado o tachado como arte. Sería tanto como decir que el “hacer” de los nazis en los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial fue arte. Efectivamente, fue un “hacer” pero fue un “hacer” nocivo, inmoral, maléfico, por lo que no puede ser clasificado como arte, como lo serían las corridas de toros.

Es verdad, muchos artistas como Picasso, como Fernando Botero han sido aficionados a la fiesta brava, sin embargo, esa afición de unos “famosos” no le quita lo inmoral a la actividad taurina. Ellos incluso han recreado en obras pictóricas –como Botero- las corridas de toros y a los toreros. Esa obra no es mala porque no le está haciendo mal a nadie, independientemente de si a uno le gusta o no la obra desde el punto de vista estético. Pero, la fiesta brava en sí no puede ser definida, tachada o clasificada como arte.

Para algunos taurinos esta actividad sí es artística y por eso el filósofo Fernando Savater afirmaba erróneamente que el tema de las corridas de toros era un problema estético, de gustos. No es cierto, no es un tema subjetivo, porque objetivamente se le está generando un perjuicio a un ser vivo, como lo es el toro, por lo tanto, al perjudicar a este ser vivo la actividad taurina cae en el terreno de la inmoralidad. Al ser esencialmente inmoral esta actividad no se le puede determinar como arte, porque el “hacer” artístico siempre es bueno, aunque a alguien no le guste, o le guste estéticamente; ese es otro problema diferente.

Los aficionados a la fiesta brava establecen o argumentan que esta actividad es una manifestación artística que debe ser respetada por el Estado, y protegida por él, por eso mismo, por ser artística. Ese argumento es equivocado, ya que las corridas de toros no son arte, no son una expresión artística, por la definición misma del arte y su connotación moral.

¿Cualquier “hacer” es arte? No necesariamente, aunque ahí sí se cae en el terreno de lo subjetivo, sin embargo, uno de los requisitos para que un “hacer” sea arte es su connotación moral. Robar un banco no es un arte, violar a una mujer no es arte, matar no es arte, secuestrar no es arte, torturar a un animal por diversión no es arte. Todas estas actividades mencionadas no son arte porque le están generando un mal a un tercero, a una persona, o a un ser, por lo tanto son inmorales. Si yo, a contrario sensu, pongo dos ladrillos uno encima del otro sobre el suelo, y digo que eso es arte, pues reuniría el primer requisito para que lo fuera y es: no haberle generado un mal a otra persona, el cual lo cumple, otra cosa es que para otros sea arte, o que para otros sea un “hacer” estéticamente bonito o feo, pero con esto ya se entra en una órbita distinta del mundo artístico.

La actividad taurina no puede ser arte, ni puede ser definido como arte, por lo que ya establecimos, por lo que proteger legalmente esta actividad como “expresión artística” es equivocado.  

Arte optimista, positivo


El escritor Ernesto Sabato opinaba que el arte (la literatura más exactamente) no debería “enviar mensajes” o tener propósitos que fueran más allá del propio arte, sin embargo, él mismo aseguraba que la novela –el género que a él le llamaba más la atención- debía servir para encontrar la verdad, y que la novela “problemática” era el subgénero literario por excelencia, los demás –como la novela policíaca o de suspenso- no eran subgéneros literarios propiamente sino mero entretenimiento.

Sobra decir que no estoy de acuerdo con Sabato, aunque es uno de mis escritores favoritos. La utilidad del arte es una de mis obsesiones, como función humana, como mecanismo para mejorar la convivencia entre los hombres. Los artistas piensan –en general- que la simple creación artística es una expresión humana legítima que per se tiene un carácter moral benéfico independiente del contenido de ese arte.

Yo también me aparto de esa consideración, creo que a veces el arte ha servido para degradar, para manipular, para apoyar causas injustas y perjudiciales. El arte –en ciertos casos- ha sido cómplice de movimientos retardatarios, anacrónicos y hasta asesinos. No creo que la simple expresión artística, independiente de su contenido, sea per se moralmente buena por el simple hecho de ser arte.

Sí hay arte perjudicial, ya lo dije, y posiblemente también exista arte optimista o positivo. Hay arte que transmite valores destructivos, negativos, deprimentes, y también hay arte que, a contrario sensu, ayuda a ennoblecer al hombre, a la sociedad en todos los ámbitos de su existencia.

¿Hay arte neutral? Por ejemplo, una manzana en un lienzo ¿es buena o mala desde el punto de vista moral? Pues ni lo uno ni lo otro. El artista “pura sangre” dirá que la discusión es irrelevante (como ya me lo han dicho varias veces), y que el arte –independiente de su contenido- es una expresión del espíritu humano, no importa lo que salga de la mente, del corazón, de las vísceras o del bajo vientre. Lo importante es que es arte.

Dentro de la literatura se observa con petulancia, con cierto desdén la denominada “literatura de autoayuda”. “Eso no es literatura, eso es bobada” piensan los genios, los iluminados, los eruditos, los sabios, los analistas serios. Para ellos, para el gremio de los intelectuales de profesión, la literatura de autoayuda no es arte, es marketing, es distracción para amas de casa desocupadas –con todo respeto por las amas de casa y por las mujeres en general-. Eso me parece muy irrespetuoso, presuntuoso y hasta ignorante. Los ignorantes son ellos, creería yo.

Yo me la juego por el arte con mensaje positivo. Ahora bien, ¿todo arte debe tener una connotación moral benéfica? Creo que sí, o por lo menos neutral. Un ejemplo son los cuadros de Fernando Botero sobre las corridas de toros. ¿Está magnificando el pintor ese espectáculo grotesco? Yo creería que sí, de hecho él –Botero- es uno de los grandes defensores de la tauromaquia a nivel mundial, aunque ese espectáculo está prohibido en más del 90% de los países del mundo. Volvemos a la discusión, ¿pintar una manzana en un lienzo es moralmente malo o bueno? Pues ni lo uno, ni lo otro, tal vez para el pintor sea algo bueno porque le ayuda a hacer catarsis de alguna forma, y para el espectador –si la manzana está bien pintada- podría ser un buen motivo de deleite visual. No hay moralidad sobresaliente en este aspecto, a contrario sensu de los cuadros de Botero que hacen apología a la fiesta brava, donde la connotación inmoral es evidente (con todo respeto por el genio colombiano.)

Creo que sí se puede hacer arte optimista o con mensaje; por ejemplo, en el caso de la fotografía está la obra de Sebastián Salgado o Sebastiao Salgado, quien con sus fotos ha denunciado muchas de las injusticias sociales del mundo. Es una obra con  connotación moral positiva evidente. Con el cine, con la literatura, se podría hacer lo mismo. “El palo no está para cucharas” en las actuales condiciones, necesitamos que los artistas, o varios artistas, o por lo menos algunos artistas, expresen valores positivos en sus obras de manera deliberada sin temor a las críticas, a las burlas, al ostracismo de los intelectuales serios, pero sí con la convicción de que están ayudando a la humanidad, al prójimo, a la especie a salir de este agujero negro que nos arropa por culpa del materialismo exacerbado y de la falta de sensibilidad con el sufrimiento ajeno (tanto humano como animal). Apostemos por el arte positivo, por el arte con mensaje moralmente bueno a ver qué pasa; yo creo que estará bien.    

El extraño mundo de los escritores


Hace algunas semanas vi la película “The end of the tour”, en la que se retrata la entrevista que le hiciera el periodista de Rolling Stone David Lipsky al afamado pero fallecido escritor David Foster Wallace. La entrevista duró cinco días, aunque nunca llegó a publicarse. El periodista acompañó a Foster Wallace durante una gira de promoción de la novela “La broma infinita”, un libro que un hoy en día está considerado como de culto.

Foster Wallace era un profesor de literatura –escritura creativa- en una universidad de Illinois; en ese momento –en el de la entrevista- vivía solo, y ya se había vuelto muy famoso por escribir “La broma infinita”. El periodista de Rolling Stone –quien también es escritor- trata de auscultar en la personalidad de Foster Wallace, de conocer aún más a ese personaje medio excéntrico, medio misterioso, medio genio.

Al margen de lo que me hubiera parecido la película, creo que la lección de la misma es la siguiente: los escritores son personas comunes y corrientes, lo único diferente que tienen con los demás es que dedican parte de su vida a escribir. Lipsky trata de saber por qué Foster Wallace es tan excéntrico –tal vez por su pinta de hippy de los 60s-, por qué vive con tanta simplicidad, y si era verdad que estaba enfermo de adicción por la heroína. A esas tres preguntas el escritor responde indirectamente de la siguiente forma –palabras más, palabras menos-: me visto así porque me parece cómodo, vivo así porque me gusta, y no soy adicto a la heroína.

Lipsky descubrió que Foster Wallace era una persona inteligente –un genio-, pero era paradojalmente un ser muy simple, común, como los demás seres humanos. Descubrió que él era adicto a la televisión y que por eso no tenía una en la casa. Foster Wallace solo tenía un defecto, el que lo llevó a la tumba: sufría de depresión crónica. Años más tarde, después de la entrevista, se subió a una silla en la cochera de la casa, amarró una cuerda a su cuello y se ahorcó.

Los escritores son personas comunes y corrientes con una afición extraña: escribir. Hay algunos que son ateos, otros son religiosos, otros son capitalistas, otros son comunistas, a otros les gusta viajar, a otros solo les gusta estar en la casa. Los escritores son seres que necesitan escribir, como el pintor necesita pintar, o el escultor esculpir. He leído y visto entrevistas de decenas de escritores, todos tienen personalidades disímiles, pero todos tienen un punto en común: necesitan escribir para sobrevivir, para afrontar esta existencia.

El periodista de Rolling Stone tenía una idea preconcebida de Foster Wallace y se encontró con un ser humano simple, sencillo, que vivía en una casa normal, que tenía unos perros, y que precisamente –como ya dije- no veía televisión porque era adicto a ella; en cambio, no tenía otras adicciones como consumir droga, o andar con muchas mujeres, o rumbear todas las noches. No, Foster Wallace era un profesor universitario que no era rico ni era pobre, que le encantaba escribir, y que padecía –como todos los famosos- por su fama. 

A mí me encanta escuchar a los escritores, saber por qué escriben, qué comen, que películas admiran, qué gustos tienen en materia amorosa –o sexual-, qué libros leen, qué aficiones tienen. ¿Por qué me gusta hacer eso? Porque a mí, como a mucha gente famosa y no famosa me encanta escribir. Todos los días escribo, a veces solo dejo pasar un día en el que no lo hago, pero de resto trato de enfrentarme frecuentemente al teclado de mi computador y elaboro frases, párrafos, ensayos, cuartillas, que plasmo en el papel virtual. Es como una especie de terapia saber lo que hacen otros escritores –por lo menos los famosos-, porque no sé lo que hacen los no famosos. Es como una especie de consuelo: “Por lo menos no soy el único loco aquí” pienso después de ver alguna entrevista de un autor, novelista o poeta.

Pero sí, el mundo de los escritores es extraño porque viven en mundo paralelo al nuestro, porque mientras teclean o plasman sus historias en el papel o en el computador están viajando mentalmente a otras regiones, a otros países, a otros planetas, a otras épocas, y se están encontrando con gente que conocen o que no conocen; todo lo hacen desde su estudio, desde su cuarto, desde su casa, desde su oficina, desde donde escriben –incluso desde un café, como lo hacía la escritora de Harry Potter J.K Rowling-.

La escritura es un oficio solitario parcialmente o relativamente, porque el artista a pesar de ejercer su arte en solitario en realidad está acompañado, ¿por quién? Por sus personajes, por sus historias, por sus mundos ficticios o no ficticios, y sobre todo por sus lectores anónimos o conocidos. El mundo de los escritores es extraño, pero no hay que olvidar que son seres humanos comunes y corrientes; esa fue la lección que le dejó Foster Wallace al periodista de Rolling Stone, sin embargo, y como una jugarreta del destino, el escritor –a diferencia de otros humanos- se convierte en un ser inmortal a través de su obra. Todavía podemos hablar con Cervantes, o con Goethe, o con Allan Poe, a través de sus escritos, donde plasmaron su alma, su corazón por los siglos de los siglos.  

Escribir por escribir


El artista siempre tiene la necesidad de hacer arte, esa es su naturaleza: la de crear. En este caso, el escritor tiene la necesidad de escribir. A veces no sabe sobre qué escribir, o por qué escribir, pero decide escribir, porque esa es su necesidad psicológica, espiritual o mental.

Así como muchos necesitan tomarse una copita de whisky, o de aguardientico diaria; el escritor necesita escribir unas cuartillas, unas paginitas, unos reglones, para calmar su necesidad.

La necesidad de llenar la hoja en blanco con símbolos, con letras, que se convierten en palabras, en párrafos, en ensayos, en artículos, en cuentos, en novelas, etc.

El escritor necesita escribir para saciar su necesidad de creación a través del lenguaje escrito, del alfabeto, de los signos, de la gramática, del lenguaje. A veces, no sabe –como ya lo dije- sobre qué escribir, o por qué escribir, pero lo hace a pesar de todo.

El arte es irracional hasta cierto punto, porque no obedece a necesidades primarias como las de comer, vestirse, reproducirse, etc. El arte es una necesidad abstracta pero real; y puede ser tan importante para el artista como la necesidad de comer.

El escritor, como buen artista, tiene que escribir para saciar esa necesidad. El llamado “bloqueo del escritor” es una realidad, le ha sucedido a todos los escritores sin excepción, y no porque no tengan tema para escribir, sino porque no saben cómo romper la inercia de la no-escritura. ¿Qué es eso? ¿Qué es la inercia de la no-escritura? Es ese estado de ánimo donde el escritor siente la necesidad de escribir pero múltiples emociones se lo impiden, ¿cuáles emociones? El escritor puede estar muy triste, y a pesar de tener la necesidad de escribir no escribe porque la tristeza lo paraliza. También puede estar muy eufórico, y esa euforia por felicidad o por preocupación tampoco lo deja escribir.

El bloqueo del escritor está atado a la inercia de la no-escritura; el escritor desea, quiere, necesita escribir pero no puede porque las emociones –negativas o positivas- se lo impiden. El escritor se siente mal porque quiere pero no puede; tiene un montón de ideas en la cabeza, quiere plasmarlas en el papel pero le queda imposible destrabarse.

La solución para el desbloqueo del escritor, y por consiguiente, el rompimiento de la inercia de la no-escritura es escribir por escribir. No se trata de teclear y teclear como imbécil sobre un computador o sobre una máquina –como cierta película lo sugiere-, no, se trata de escribir y de escribir bien; con ortografía, con redacción, con gramática, con sentido. De escribir para romper esa inercia causada por las emociones.

Una prima, por ejemplo, estaba escribiendo una novela hace unos años; desafortunadamente a su casa se entraron los ladrones, con ella adentro, y la asaltaron. Mi prima quedó tan traumatizada que dejó de escribir. Tuvieron que pasar varios meses para que mi prima decidiera romper la inercia de la no-escritura o el mal llamado bloqueo del escritor, y se pusiera a trabajar en su novela de nuevo.

La solución es escribir por escribir, si estás de mal genio escribe, si estás triste escribe, si estás eufórico escribe, si estás feliz escribe. Escribe bien, con ortografía,  con redacción, con gramática, para que tu mente se concentre, para que tu mente salga del lodazal de las emociones, para que tu sentido artístico derrote el malestar de la inercia de la no-escritura. El escritor sí tiene tema para escribir generalmente, pero lo que no tiene, a veces, es la herramienta para romper esa inercia.

Trabajar es la clave, escribir es la clave, cuando digo trabajar no me refiero a ir a una oficina a cumplir un horario, llenar unos formularios o informes, esperar hasta las cinco de la tarde y devolverse a la casa pensando que trabajó mucho. No, me refiero a escribir, a teclear con sentido, a grabar unos signos en un papel, a hacer un ejercicio mental que lo destrabe de esa inercia.

Escribir por escribir no es solo perder el tiempo, es entrar en otro estado de ánimo, es romper la rutina, es conectarse con la energía universal de la creación, es sentirse satisfecho porque es un artista, porque es un escritor, y eso solo se consigue escribiendo. Eso es lo que estoy tratando de hacer en este mismo momento.

Amo el teatro


A diferencia de otro escritor colombiano que aseguraba hace algunos años aborrecer el teatro –de manera sorprendente- porque el tipo es uno de los más importantes y destacados pensadores de nuestro país; pero como dicen, entre gustos no hay disgustos; yo sí adoro el teatro, me encanta; incluso, hace algunos días Cine Colombia me invitó a ver en pantalla grande la obra Medea de Eurípides en la versión del National Theatre de Londres. Espectacular, exquisita, impecable; esos son las adjetivos que se me vienen a la cabeza cuando recuerdo la experiencia de haber visto esta obra.

En el colegio tuve escarceos con el teatro, intervine como actor en algunas representaciones; y en general, siempre me ha llamado la atención ese mundo de actores, telones, escenarios, parlamentos, gestos exagerados, gritos heridos, llantos desapacibles, alegrías incontrolables. Porque eso es el teatro ante todo: exageración. Todo se exagera allí, el volumen de la voz, las gesticulaciones, los acentos, las expresiones del cuerpo. Y es curioso, porque precisamente esto es lo que le molesta a este “pensador” colombiano. El teatro –y no soy experto en este arte- representa la vida real pero de forma distorsionada, psico-dramática, simbólica, histriónica, subjetiva.

Antes de la llegada del cine, el teatro era la representación artística más parecida a la realidad. La imitaba, la sugería, la evocaba. El teatro tiene una magia única que solo entienden los que van a teatro; el tener contacto directo con los actores, oler el teatro, escuchar las voces, la música –cuando la hay-, sentir las emociones de los otros espectadores, sentir la energía del escenario.

El teatro es muy emocional, pero también muy infantil –como casi todas las artes-, por eso los niños son actores naturales desde que nacen; porque no tienen impedimentos psicológicos para expresar sus pasiones, sus tristezas, sus alegrías; con el paso del tiempo, la sociedad atenaza al niño en una prisión de prejuicios y de cómo deben ser las cosas. Le enseñan al niño a no ser original, a ser como todo el mundo, a uniformarse. En el teatro los actores vuelven a ser como niños, y los espectadores recordamos a través del teatro que también fuimos niños. Es probable que a ese pensador colombiano también le repugne el teatro por este motivo; porque volver a ser niños es peligroso; los niños son indefinibles, imprevisibles, y eso mortifica a mucha gente, a los poderes establecidos, al status quo; por eso tratan de unificar el pensamiento de los niños desde temprana edad, de manera urgente y precoz, para atenuar el peligro. El teatro nos recuerda que todos somos niños, que somos únicos, que somos peligrosos para el miedo, y que por naturaleza somos proclives al cambio y no al contrario. Eso es el teatro, por eso muchos revolucionarios han sido teatreros, por la naturaleza insurreccional del mismo.

El teatro No japonés es particularmente extraño; los actores –sin parlamentos aprendidos- tratan de comportarse en el escenario improvisando completamente. Peor aún, improvisando, como la vida. La vida es un gran escenario, es un macro-escenario; el teatro es un micro-escenario, una imitación -como ya advertí- de la existencia.

Molière, Eurípides, Shakespeare, Shaw; son algunos escritores que se han dedicado al teatro; a escribir obras para teatro; y qué difícil es escribir obras para teatro; porque debe describirse un drama o una comedia a través de parlamentos, y de acciones de los actores; complejo. Complejo es escribir teatro, o eso pienso yo por lo menos. Tal vez a ese pensador colombiano –que escribe ensayo y novelas- también le repugna el teatro porque no puede escribirlo, porque se le hace un arte difícil de construir. Por ese motivo, también amo el teatro, porque no cualquiera puede escribirlo, producirlo –o por lo menos no de forma digna-. La dificultad de escribir teatro radica en que debe imitarse la vida, con diálogos y todo, y eso solo lo pueden hacer personas muy sensibles, muy artísticas.

Hace algunos años, en un Festival Iberoamericano de Teatro; un amigo y yo fuimos a ver El señor de los anillos, pero en versión teatral. Los actores –ingleses ellos- imitaban a los hobbits caminando en las rodillas; como mi amigo y yo habíamos comprado unas boletas muy baratas, y nuestras ubicaciones estaban muy alejadas del escenario, pensamos que esos actores eran realmente personas de muy baja estatura, ¿de dónde habrán sacado tanta gente así? Nos preguntamos, sin saber que ellos realmente caminaban en las rodillas, pero por el efecto de la distancia no nos dimos cuenta de eso. Mágico; así es el teatro. El cine también me encanta, y creo que es por el teatro; porque el cine –y me señalarán con dedo acusador muchos- es un teatro filmado y más sofisticado; el cine es un teatro más moderno, más complejo, al que también adoro desde luego. Larga vida al teatro.


La utilidad del arte


Los seres humanos siempre le estamos buscando la utilidad a todo. Por alguna necesidad psicológica lo que no sirve para algo no tiene importancia en nuestras vidas, lo desechamos. Sin embargo, esto no tiene que ver con la naturaleza del hombre, tiene que ver con la forma como nos educaron, con la cultura.

Nuestra sociedad es pragmática, utilitarista; no solo en el capitalismo impera el pragmatismo, en el socialismo también. El arte es una actividad humana que se lleva a cabo bajo sospecha de los utilitaristas. ¿Sirve para algo? ¿Qué practicidad tiene? Obviamente los artistas sacan pecho, y con un poco de complejo de inferioridad tratan de explicar su actividad bajo la luz de un contexto de servicio.

“El arte sirve para dar felicidad”, “el arte sirve para educar”, “el arte sirve para culturizar”, “el arte sirve para poner a pensar”; estas son algunas de las afirmaciones que uno escucha con cierta frecuencia, y que generalmente vienen de los artistas. Algunos tratan de explicar algo que no tiene explicación, porque en nuestra sociedad lo que no tiene explicación no sirve para nada, hay que dejarlo de lado.

El arte cae en esta categoría de lo inexplicable, de lo absurdo, de lo que no tiene sentido. Sin embargo, para muchos artistas esto es un anatema, “no digas burradas” dirán algunos; “el arte sirve para…” y lo llenan con lo que mejor les parezca para no sentirse inferiores ante otras actividades mundanas.

En el capitalismo y en el socialismo lo que no sirve para algo no funciona, no tiene interés. Ahora bien, yo no estoy diciendo que el arte no sirve para nada, porque sí sirve; pero su servicio, su utilidad, desborda el ámbito de las leyes de la economía de la oferta y la demanda.

“¿No has visto que muchos artistas son millonarios?” preguntan algunos; sí claro, hay pintores, músicos, escritores, actores, a los que no les cabe un centavo más en el bolsillo; eso se debe a que su arte ha mutado, se ha transformado, en una “mercancía útil”. Si el producto que elaboran no fuera útil, pues no se vendería.

“Esta novela te puede ayudar espiritualmente”, “este cuadro es una obra de arte carísima porque la pintó XX en el siglo YY”, “esta canción te pone a pensar”; siempre estamos tratando de mutar nuestro arte en algo que en el contexto del sistema de convivencia humano tengo utilidad, para poder sacar provecho de ello.

Sin embargo, los artistas conocemos un secreto inconfesable, que nos ruboriza, es el siguiente: hacemos arte por hacer arte, así de simple. Cuando un músico compone una canción generalmente lo hace porque siente la necesidad de hacerlo; cuando un poeta compone un verso, lo hace porque siente la necesidad de hacerlo. El arte solo se explica por sí mismo, no por las leyes de la oferta y la demanda, o por los requerimientos sociales de un sistema político.

“Los artistas deben vivir de algo”, obviamente, no son cuerpos gloriosos que se alimentan de la luz solar o del viento; necesitan comer, necesitan vestirse, necesitan de un techo donde guarecerse. Los artistas son seres humanos comunes y corrientes que llevan a cabo una actividad inexplicable.

Para que el artista pueda vivir dignamente, se le endilga a su arte una utilidad. A veces no puede vivir dignamente, y se muere tirado en cualquier calle como perro abandonado. Eso le ocurrió a Edgar Allan Poe. Mozart tenía tantas deudas que entró en crisis y falleció a temprana edad.

Hoy en día, el arte, como todo lo que se vende y se compra en el mercado, presenta una explicación pragmática de su naturaleza. “El arte da felicidad”, “el arte educa”, “el arte enseña”, “el arte politiza”, etc, etc. Una vez se le otorga una categoría pragmática a esta actividad, se puede vender. La industria del arte, o del entretenimiento, genera mucho dinero hoy en día. Si Edgar Allan Poe o Mozart vivieran en estos tiempos, no se habrían muerto de hambre.

El arte es una actividad humana extraña; los niños hacen arte, y si uno les pregunta qué están haciendo, ellos simplemente se encogen de hombros y no responden mayor cosa; no pueden explicar por qué están haciendo X o Y acción, como marcar una hoja en blanco con una crayola, o pegar unos recortes de periódicos en un papel. Ellos simplemente lo hacen; así como los pájaros cuando cantan, o los perros cuando mueven la cola. Los artistas hacemos arte por hacerlo, pero lo pragmatisamos para poder venderlo, o para poder vivir de él.


Muchas actividades humanas son inexplicables, casi todas; pero necesitamos darles un sentido para darle soporte a una sociedad que se basa en leyes artificiales; la artificialidad de nuestro sistema de convivencia humano necesita racionalizar todo, para que tenga algún sentido, para que no sea una mentira. Para que podamos seguir viviendo de la misma forma, sin hacer preguntas. Obviamente, para favorecer a unos y desfavorecer a otros. El arte se lleva a cabo para hacerlo, por eso se llama arte, porque es un artis, es un eterno hacer que encajonamos racionalmente para lograr que sobreviva en un mundo utilitario. 

Una inteligencia desaprovechada


Un amigo me salió con esto la semana pasada. Me dijo, en mi cara, que yo estaba perdiendo el tiempo porque me dedicaba a la literatura. Caramba, ¡qué sinceridad la de mi amigo! ¡Qué franqueza! ¡Qué equivocado está!

He repetido como loro, mil veces, por diferentes medios, y en multitud de escritos, que estudié derecho, que soy abogado, y que tengo el diploma, incluso lo he ejercido, y hasta lo enseño. Pero, un día me dio por escribir cuentos y novelas, ¿qué tiene eso de malo? Tiene de malo que eso no encaja en algunas mentes cuadriculadas, torturadas por la cultura de la lagartería.

Le doy gracias a Dios por ser abogado, por haber estudiado derecho; amo la jurisprudencia, amo el derecho; conozco abogados buenos, regulares, y malos, hay de todo. En la profesión, como en todo, hay para escoger: honestos, diligentes, mediocres, corruptos, y rateros. No voy a generalizar. Sin embargo, mi relación con el derecho es personal, el que quiera trabajar en un banco, o en una notaría, o en un bufete, que lo haga, lo felicito; en el caso mío, la literatura y la fantasía me han seducido desde pequeño, y siempre he tenido miedo de caer en esa tentación; o tuve miedo (mejor utilizar el tiempo pasado).

El derecho me ha servido para vivir, y se lo agradezco, me ha servido para conocer gente, y se lo agradezco; me ha servido para tener experiencias, y se lo agradezco. Sin embargo, la literatura como una mujer seductora entró a mi vida, y ya no la puedo sacar. Hacerlo implicaría morir en vida; y creo que muchos de mis colegas (sin hablar mal de ninguno) lo están, están muertos en vida debido a que sacrificaron sus sueños por una cuenta bancaria. No todos, porque muchos, casi todos ejercen el derecho con devoción, como si fuera un sacramento, pero otros están allí por el temor a la pobreza.

“Yo viajo, tengo una casa, hablo con ejecutivos, no quiero su vida” me dijo este amigo. Y yo no quiero la vida de él. Qué pena. ¿Por qué? Porque no puedo auto-engañarme, auto-boicotearme. Si no hubiera estudiado derecho no hubiera podido ser escritor. Es curioso pero el derecho me dio las experiencias, y la iniciativa para entrar con seriedad al mundo de la fantasía, porque yo vivo en ese mundo, en el de la fantasía. El derecho me dio toda la dosis de realidad que necesitaba, para saber que lo mío es la fantasía. ¿Es un escape? Claro que sí, si no nos escapáramos diariamente nos volveríamos locos; por eso la gente va a cine, ve telenovelas, ve realitys, va a fútbol, lee novelas; porque necesita la fantasía.

Soy una inteligencia desaprovechada para ciertas cosas, es cierto, como para: lagartear, defender corruptos, hacer procedimientos poco éticos, repetir como loro una serie de informaciones que ya están impresas en libros y en otros documentos. Para todo eso soy una inteligencia desaprovechada, es cierto.

Gracias a Dios, al Universo, a la Naturaleza, ellos me salvaron y me pusieron en frente de mí algo hermoso: los problemas. Los problemas me volvieron reflexivo, introvertido, meditativo, y lo más grandioso de todo, me volvieron: fantasioso.

Fantaseo todo el tiempo, con Jedis, con magos, con extraterrestres, con sociedades secretas, con personajes imaginarios, etc, etc. ¿Estoy loco? No creo, o eso pienso. Creo que no estoy loco porque no le hago mal a nadie deliberadamente; los locos sí lo hacen, y conozco muchos locos que se la pasan causándole el mal a los demás. Yo no, yo también fantaseo con un mundo fraterno, filantrópico, cooperativo, y eso también es mi más preciado sueño.    

Soy una inteligencia desperdiciada para el Mal, es cierto, ya no me dejé atrapar, ahora estoy en el bando de los buenos, de los que se arriesgan a hacer lo que les gusta. Hay abogados que están en su cuento, y los felicito; que tienen una vocación jurídica, y lo hacen muy bien, los felicito; pero hay otros que están ahí por físico culillo, por miedo; y no solo los abogados, conozco miles de personas que no están haciendo lo que deberían estar haciendo, y eso es: ser felices. Creen que son felices pero no lo son. Si mi amigo fuera feliz de verdad no me hubiera insultado de la forma como lo hizo, porque la gente feliz sabe de lo que hablo, y una persona realmente feliz no insulta, es cómplice de la alegría, comprende, entiende el misterio de la vida. Es una logia, la de las personas felices, hablan un lenguaje que solo lo entienden las personas felices, los otros solo hablan como habla la sociedad, con lugares comunes, con tonterías que oyen en todos lados, repiten como loros las pendejadas que hablan los demás infelices.  

Pachito, el escritor


Desde las épocas del colegio me llaman “Pachito”, debido a mi nombre: Francisco. No me molesta, me parece tierno, y hasta juguetón; no me disminuye, ya que sé cuáles son mis atributos… sin comentarios.

A Pachito le dio por estudiar derecho y convertirse en abogado. Después a Pachito le dio por escribir blogs, cuentos, y hasta novelas. “Pachito se volvió loco”, “Pachito debería trabajar en un banco o en una empresa que fabrique tornillos”, etc, etc; esto es lo que piensa la mayoría de la gente de mí (la que me conoce, por lo menos), pienso yo.

Sí muchachos a Pachito le dio por escribir, y no por capricho, sino por convicción; porque Pachito se cansó de vivir de acuerdo a los parámetros que imponen los demás, porque Pachito goza escribiendo, así lo haga bien, regular, mal, o pésimo, a él no le importa.

Y Pachito seguirá escribiendo, hasta cuando pueda, porque la vida es más fuerte y más poderosa que sus manifestaciones individuales. Yo – o sea Pachito-  reconozco que el Universo es más que mi incipiente ego. Ese ego que disfruta de los placeres, de la comodidad, de la seguridad, de los elogios, de los triunfos, y que sufre con las dificultades, los obstáculos, los problemas. Ese ego es falso, porque es efímero, es temporal, es transitorio; después del ego solo queda la existencia, que no tiene principio, ni fin. A la existencia no le interesa que Pachito piense que él es un verraco, o un duro, o un superhombre; no, para la existencia todas sus partes son iguales, no hay mejores ni peores, ¿y entonces? ¿Por qué no escojo ser feliz? ¿Por qué no tomo la decisión de fluir con la vida, y estar en armonía con ella? Por el ego, por esa falsa imagen social que nos trata de imponer el mundo. La sociedad no quiere que seas feliz, quiere que tú hagas lo que te imponga ella, así te haga feliz o no. Eso es una estupidez, y Pachito no está dispuesto a alcahuetear esa pendejada.

¿Por qué la gente no se dedica a ser feliz? Por miedo; no son capaces de asumir la responsabilidad de su propia vida, y por lo tanto hacen lo que los demás les imponen: el camino fácil. Pachito sigue el camino difícil, en el que no hay comodidad, ni placer, ni elogios, pero que da felicidad. Por eso escribe, por eso hace lo que le gusta. El camino fácil lo escoge el noventa y nueve por ciento de la gente; el difícil, solo el uno por ciento. Ese uno por ciento, está constituido por los locos, por los desquiciados, por los parias de la sociedad, por los que la sociedad aparta por inadaptados, por querer ser felices al margen de los convencionalismos sociales. Esos parias siempre han existido, y algunos han sido famosos. Pachito no ha escogido ser un paria, pero sí ha escogido ser feliz, a pesar de lo que digan sus familiares, sus conocidos, y hasta sus desconocidos.

Alguien, alguna vez escribió en uno de sus blogs (en los de Pachito, o sea yo): “Dedíquese a la profesión que le pagaron, esas novelas suyas son una porquería, ninguna editorial le va a pagar lo que usted quiere, no sea iluso” (palabras más, palabras menos, ya ni me acuerdo bien). Pues bueno, aquí va la respuesta a ese comentario: 1. Yo me dedico a la abogacía, incluso doy clases de derecho y hasta llevo litigios; 2. Mis novelas no son una porquería, porque yo gocé escribiéndolas, y si yo gocé escribiéndolas, pues no creo que sean tan malas; ahora bien, para decir que son TODAS, una porquería, y para hacerlo es porque las leyó TODAS, entonces ese, que me hizo ese comentario es un gran fan mío, porque se ha leído TODAS mis novelas, ¡felicitaciones!; 3.  Estoy seguro que en las editoriales trabaja gente inteligente, capaz, y con talento; y si tienen más de dos dedos de frente, me pagarán algún día lo que yo merezco por mi trabajo; es así de sencillo.

Conclusión: Pachito seguirá trabajando en lo que le gusta, y no en lo que la gente quiere que trabaje, ¿está bien? Ya escogí el camino difícil, y es bien difícil, ni se imaginan, pero este camino da una satisfacción que no conocen los facilistas que abordan la vida como un tobogán para pendejos.

Escribir para sí mismo


¿Para quién escriben los escritores? ¿Para el lector? Puede ser, pero también podría ser que no. Es innegable que muchos escritores llevan a cabo su actividad literaria para ganar fama y notoriedad –incluso dinero-, pero yo pienso que la mayoría de los que escriben lo hacen como una forma de satisfacer una necesidad psicológica.

¿Cuál necesidad? La de descargar en el papel lo que no pueden hacer de otra forma. Muchos escritores son tímidos, por eso plasman en sus obras –cuentos, novelas, o versos- palabras que no serían capaces de decir a voz en cuello. Otros son enfermos sexuales; para paliar su enfermedad desfogan en su obra lo que no pueden hacer en la vida real. Y así podemos continuar hasta el infinito, estudiando las aberraciones, limitaciones, y frustraciones de grandes artistas de las letras.

Escribir es una terapia, es una especie de relax, de catarsis misteriosa, en la que el compositor libera energías escondidas en su psique, en su subconsciente. El escritor busca hablar solo, y para no hacerlo con voz encendida, decide hablar consigo mismo por intermedio de un papel, en el que dibuja signos que tienen una connotación aceptada socialmente.

Porque el escritor ama hablar solo, por eso escribe; escribir es un diálogo unilateral, que eventualmente podría tener respuesta de algún lector indefinido e indeterminado. Voltaire decía que la escritura era un diálogo, pero no unilateral, el filósofo afirmaba que al leer a un autor se podía conversar con él, sin conocerlo.

Yo creo que no, creo que la escritura es una actividad solitaria, que requiere disciplina, y que termina siendo ejercicio de uno. ¿Pero si hay escritores que son leídos por millones de lectores? Alguien responderá, sin embargo, lo que lleva a escribir a esos autores no necesariamente es su impulso de socialización; todo lo contrario, puede ser la inevitable e irremediable ambición de autosatisfacerse.

El escritor quiere publicar, porque tiene remordimiento de conciencia, porque escribir para sí mismo suena muy egoísta. Él no sabe que el simple acto de crear genera en él felicidad, y que si él es feliz también podrá provocar felicidad en otros, y con eso está cumpliendo su cuota de aporte a la armonía universal.

“Yo escribo para entretenerme, para pasar el tiempo” dice Fernando Vallejo; yo creo que todos los literatos lo hacen para eso, pero él es de los pocos que tienen el valor de confesarlo.

La literatura solo atrae a los escritores porque es divertida, porque es juguetona, porque es emocionante; si fuera un trabajo común y corriente como los otros, no tendría ningún adepto.

J.D Salinger, uno de mis escritores favoritos, decidió un día dejar de publicar. Después de alcanzar la fama con El guardián entre el centeno se encerró en una casa campestre y no volvió a interactuar por escrito con nadie. Obviamente que sus obras anteriores al encierro continuaron divulgándose con generosidad, y el público siguió y sigue disfrutando de su literatura. Para 2015 se anuncia la divulgación de varias de sus novelas inéditas, de aquellas que escribió durante su jornada de ermitaño. Pero Salinger está muerto, y él no verá eso que tanto detestaba: publicar.

Si el escritor ejerce esta actividad, la de plasmar símbolos en un papel, para volverse famoso, o rico, creo que está incurriendo en un engaño; pero no un engaño hacia los otros, sino hacia sí mismo. Se está auto-engañando. Decide escribir para satisfacer su anhelo de brillo social, pero está perdiendo el tiempo en una actividad que es eminentemente individual, aislada. Quiere brillar sobre los demás para envanecerse, pero todo eso es inútil, porque toda fama y notoriedad es efímera, porque es subjetiva y limitada. El escritor que no escribe para sí mismo se está diciendo una mentira, se está estafando, porque la soledad de la actividad literaria es la esencia de este sacramento, de esta religión llamada literatura.

Yasunari Kawabata, el escritor japonés y premio Nobel, afirmaba que la literatura terminaría siendo una religión; yo estoy de acuerdo parcialmente, porque creo que ya lo es, y siempre lo ha sido. El escritor es un sacerdote, que busca trascender a través de este oficio sagrado, en el que se pone en contacto con el Universo a través de las palabras. Y eso, solo se logra pensando y actuando desde la soledad.   

Los artistas buscan mecenas, otra vez


Así era en la Edad Media; quienes se dedicaban a la música, a la pintura, a la literatura, debían buscarse un mecenas. Alguien que los patrocinara, que los mantuviera económicamente. Cuando el mercado del arte no estaba todavía tan desarrollado ese era el modus vivendi de los artistas. Cuando llegó la Era Moderna y el sistema capitalista se desarrolló a plenitud, el arte también ingresó en las reglas del mercado. Las obras de los artistas se empezaron a cotizar en los mercados, y se les empezó a poner un precio a aquellas. El arte no fue ajeno al capitalismo. Con el paso del tiempo muchos artistas se volvieron millonarios por el simple hecho de ejercer su actividad. Músicos, cantantes, pintores, escritores, artistas plásticos, son hoy en día millonarios; aunque no todos. Algo impensable en la Edad Media, ya que socialmente los artistas eran vistos como seres inferiores, y los nobles mantenían su superioridad en la escala de importancia de los hombres. Con el paso del tiempo eso cambió, y hoy podemos ver a importantes artistas codearse con lo más granado del mundo de la política, de la economía, y de la intelectualidad. El capitalismo también les sirvió a los artistas, para conseguir independencia económica, y reconocimiento social. 
  
Con la llegada de la Internet eso ha cambiado, de cierta forma. Los artistas viven de vender sus obras, ya sean libros, pinturas, canciones, poesías, fotografías, etc; sin embargo, la Internet ha generado que esas obras se puedan conseguir fácilmente en la red de manera gratuita, sin tener que pagar un céntimo de nada. La primera víctima de esto fue la música, cuando se empezaron a publicar canciones de artistas reconocidos en páginas web de forma libre. La industria discográfica entró en alarma, era inaudito, y legalmente han hecho todo lo posible para restringir esas páginas web que ofrecen música gratuita. Es imposible, controlar esas páginas web, y restringir la Internet. La industria discográfica ha perdido esa batalla, la gente ya no compra música, y los artistas ofrecen sus obras de manera gratuita en la Internet. ¿En dónde está el negocio? Los músicos dicen que ahora el dinero está en los conciertos, y que la Internet les sirve para publicitar sus obras. Sin embargo, no todos los artistas pueden darse el lujo de vivir de megaconciertos, o incluso, de conciertos.

En la literatura ha sucedido algo similar, aunque no de manera tan contundente. El libro en papel no ha perdido del todo la batalla contra el libro digital, pero con el tiempo la perderá, no hay nada que hacer. El libro digital terminará desplazando al libro de papel cuando las denominadas “Tablets” estén al alcance de todo el mundo. Los libros digitales también se consiguen gratuitamente en muchas páginas web. Las editoriales, como lo ha hecho la industria de la música, han tratado de cerrarle el paso a esas páginas web que ofrecen libros digitales de forma gratuita y que no les pagan un céntimo a los autores de las obras. La batalla también está perdida en ese ámbito, sin embargo, la gente todavía compra libros en papel por razones culturales, económicas, y por la facilidad del medio. Las “Tablets” terminarán por desplazar al libro de papel, cuando aquellas sean completamente asequibles al público común y corriente.  

¿Qué han hecho los artistas, entonces? Volver a buscar mecenas, como hacían los artistas en la Edad Media. Sin embargo, hoy en día el mecenazgo tiene un nombre más elegante: Crowdfunding. Los artistas buscan personas que los patrocinen, haciendo publicidad de estos en páginas web, en videos, en canciones, en fotografías, y en la misma obra, incluso. El crowdfunding es un moderno mecenazgo es un retorno al sistema de financiamiento que existía en la Edad Media, empero, también hay que aceptar que hay una diferencia substancial con el mercado del arte en aquellas épocas y es el sistema de información que hoy existe. La Internet permite que si yo publico una novela aquí en Colombia en pocos minutos pueda ser descargada en España, o en la China. Eso no sucedía en la Edad Media. Los músicos publican sus canciones en Youtube, los pintores publican fotografías de sus obras en blogs y páginas webs, los poetas suben sus versos a la red, y los artistas en general utilizan esa tecnología para darse a conocer de manera masiva. El mercado del arte ha cambiado, y ahora ya no depende de los consumidores del arte solamente, ahora también está ligado a los usuarios de la información digital. Los artistas pueden vender sus obras, pero también pueden transmitir información de publicidad de manera masiva utilizando su popularidad, y allí es donde está el verdadero negocio.

La página web personal de una estrella del rock puede ser visitada miles de veces, o millones de veces en un día, y esa estrella del rock puede vender publicidad en ese sitio virtual. El artista tiene una imagen, y esa imagen puede estar ligada a una marca, o a un nombre, o a un producto, y eso vale dinero. El arte se ha masificado de manera exponencial por el mundo de la información, y esto ha generado que personas anónimas se vuelvan famosas de la noche a la mañana por ese mundo de la información.


Los artistas buscan mecenas, otra vez; pero ahora tienen una herramienta adicional a su favor: el mundo digital.          

Arte


¿Qué es el arte? ¿Para qué sirve? Todos los días –y estoy seguro de eso- los artistas se hacen estas preguntas, como en una especie de terapia, o de catarsis. Los artistas son seres extraños (¿somos?), siempre lo han sido, desde las cavernas. Yo creo que al primer fulano que se le ocurrió pintar un búfalo en la pared de una cueva lo miraron con extrañeza sus demás colegas. “¿Por qué no vas a cazar con nosotros, en vez de estar pintando pendejadas?” Me imagino que eso le dijeron, porque desde los inicios de la civilización humana los artistas han ido en contravía de las mayorías, las cuales solo piensan en satisfacer sus necesidades básicas: comida, bebida, vivienda, y sexo. El pobre hombre de la cueva, el que pintó el búfalo, tenía una necesidad adicional: la de crear.

Los artistas, los que hacen arte, se sienten extraños por ello, estoy seguro, porque yo me siento extraño. El artista tiene una tendencia diferente a la de los demás, la de imitar el proceso de creación que hace la naturaleza, trata de igualarse a la divinidad. Él o ella deciden hacer algo que no existe con recursos que sí existen; el pintor modifica unos materiales y los convierte en un lienzo, el poeta modifica unas palabras y establece un verso, el músico lo hace con los sonidos, y el artesano con la masa. El artista modifica el mundo que ya existe, para crear uno o varios elementos y producir una obra. Sin embargo, la obra de arte se diferencia de otras modificaciones del mundo físico, porque en el arte esa obra no está destinada a satisfacer una necesidad primaria, sino que está destinada a satisfacer una inclinación emocional, intelectual, y hasta espiritual.

El arte satisface necesidades, de eso estoy seguro, pero no las básicas –y me refiero al efecto que produce la obra-, necesidades que surgen de diferentes esferas del ser humano. Ciertos artistas necesitan de esa actividad para no caer en depresiones, locuras, o ansiedades; otros, para encontrar una razón a la existencia, o por lo menos para tratar de encontrarla; y algunos, para acercarse a Dios, a la divinidad, al universo, o a la totalidad.

He dicho que el artista se siente extraño, ¿será una exhibición de vanidad por parte mía? ¿El artista se siente extraño por el simple hecho de no encajar con los demás seres humanos? ¿O será que él busca a propósito estar al borde de la normalidad social? ¿Son creídos los artistas? ¿Son vanidosos? Quizás…., el hombre de la caverna –el que pinta- le dice a los demás: “Vayan ustedes por el búfalo, yo me quedo pintando”. Tal vez esta sería la primera muestra de soberbia y orgullo artístico, porque muchos artistas tienen fama de engreídos, de impotables, de sentirse mejores que los otros seres humanos.

¿Es necesario que la sociedad mantenga a los artistas? Yo creo que sí, y puede sonar hasta descarado, ¿por qué? Porque el artista sí tiene una función en la sociedad: ayudar a que los hombres sean felices. Otros dirán que el artista no hace nada, que es un vago, que es un haragán, un mantenido, un vividor, o un zángano. Para la gente común y corriente –los que no hacen arte- el artista no produce nada, no genera satisfacción de necesidades primarias; pero, a estos se les olvida que el ser humano no solo vive de pan –como dicen las Sagradas Escrituras- sino que también vive o sobrevive gracias a la satisfacción de necesidades secundarias (mejor sería decir no físicas), como son las emocionales, las mentales, las psíquicas, y hasta las espirituales.

El artista satisface sus propias necesidades no físicas, y ayuda a otros a satisfacer esas mismas necesidades. ¿El artista debería recibir una recompensa por esto? Desde luego, y de hecho a lo largo de la historia la ha recibido, aunque a veces en condiciones muy precarias, y muchas veces no la ha recibido y el artista se ha muerto de hambre. Una sociedad civilizada debería mantener a sus artistas, ¿es esto una herejía? No lo creo, los artistas trabajan en algo que no produce una satisfacción física –por decirlo de alguna forma- pero sí satisface unas necesidades, y por esto debería ser recompensado.

En el mundo actual, en el del capitalismo, el artista sobrevive bajo las leyes de la oferta y la demanda, su arte se incorpora en un mercado donde el precio y el producto se exhiben como racimos de bananos en una plaza de mercado, o como tomates en temporada de cosecha. El artista se incorpora al mundo actual bajo esas leyes que se aplican a todos los hombres, a las leyes de la economía de mercado. En el socialismo el problema es más complicado porque los marxistas-leninistas tienen una posición diferente sobre el arte, menos romántica, más cruda; ellos piensan que el arte debería estar al servicio de la Revolución, como un instrumento de proselitismo y de militancia ideológica; el arte que les sirve a estos socialistas es el arte con mensaje, desde luego el mensaje marxista-leninista: el de la lucha de clases.

En el caso del capitalismo, el artista puede llegar a morir de hambre si su arte no se vende, o a cambiar de oficio si las cosas tampoco funcionan. En el socialismo el artista debe someter su creación artística a los vaivenes políticos, o tiene la opción de enfrentarse al sistema para defender la libertad creativa y sufrir las consecuencias: la cárcel o la muerte.
En un mundo más civilizado -donde el hombre no dependa ni del mercado ni del Estado para sobrevivir-, el artista debería ser subsidiado, mantenido por la sociedad, por los otros hombres. La sociedad en general debería convertirse en mecenas de los artistas, ya que ellos lo único que quieren es hacer arte, y sobrevivir para hacerlo.   

El inútil de la familia


No, no soy yo, a pesar de que algunos allegados piensan eso sobre mí. Y pueda que tengan razón: soy un inútil, pero pechocho. El título de este artículo hace referencia a una novela del escritor Jorge Edwards. No he leído el libro, pero sé por qué la escribió. Este autor alude a un pariente suyo que se dedicó a la literatura, sin embargo, su ejercicio fue tortuoso ya que no podía vivir –en términos económicos- de esta ocupación.

No es el primer escritor, o el primer artista, que trata de subsistir del arte. Van Gogh, el pintor, no vendió ni un cuadro en toda su vida, un hermano tenía que mantenerlo. Al final se suicidó. Hace algunos años –paradójicamente- una de sus pinturas fue subastada en cien millones de dólares.

Edgar Allan Poe, trató de vivir con la literatura, de manera infructuosa. Ejerció como periodista en algunos periódicos, pero eso no le daba para estar decentemente. Decidió, entonces, vender su sangre; al final de su existencia fue encontrado en una calle medio muerto. La leyenda negra de este autor dice que Poe estaba alicorado, sin embargo, al parecer no sufría de borrachera sino de anemia. Murió en la miseria. Con el paso del tiempo Poe se convirtió en uno de los escritores más emblemáticos de la literatura norteamericana.

Mozart fue otro que tuvo problemas económicos. El gran genio de la música clásica dedicaba gran parte de su tiempo a componer sinfonías, conciertos, y óperas. Mozart no era un lagarto, no sabía moverse en el mundo de la política, de las intrigas, de los chismes, de la hipocresía; era un artista de tiempo completo. Esa falta de astucia lo llevó a olvidarse del buen mantenimiento de las finanzas personales. En aquella época los músicos debían trabajar para un noble, o si no se morían de hambre simplemente. Esto último le ocurrió a Mozart; debido a que en Viena –donde él residía- el movimiento musical de moda era el italiano, por lo tanto los músicos de esa nacionalidad eran los preferidos de la aristocracia local. Mozart no era italiano, y no era político, una mala combinación que lo llevó a no encontrar oportunidades laborales decentes. Si él hubiera habitado en Praga o en Londres su condición económica hubiera sido diferente, pero él prefirió quedarse en Viena por motivos familiares. “La flauta mágica” una de sus óperas más importantes fue un éxito; lo dramático de esto fue que cuando se exhibía en un teatro de la ciudad austríaca con lleno total todos los días, en esos mismos momentos el músico se moría en una cama a causa de la enfermedad que le ocasionaron las deudas no pagas.

John Kennedy Toole, el escritor de “La conjura de los necios”, se suicidó porque ninguna editorial quiso publicar su libro. Años después su madre logró que un eminente profesor de literatura leyera esta obra, y que se publicara. El resultado fue éste: “La conjura de los necios” ganó el premio Pulitzer.

Mario Puzo, el autor de “El padrino”, también tuvo problemas con el dinero. Antes de ser un escritor de fama mundial, Puzo tenía que pasársela pidiendo dinero prestado a sus familiares y a sus amigos. Él parecía ser todo un inútil. Cansado de esta situación, el novelista se puso a la tarea de investigar todo lo que pudo sobre la mafia italiana en Estados Unidos. Con esta información escribió “El padrino”, y muy rápido la obra se convirtió en best-seller. Luego, el libro fue llevado al cine, y traducido a varios idiomas. Puzzo dejó de ser “el inútil de la familia”. Ésta por lo menos es una historia feliz.

Hay miles de anécdotas sobre artistas que han fracasado en el mundo de las finanzas personales, y que han pasado a la eternidad como grandes creadores. Yo sólo digo que las apariencias engañan, ya que también hay otros que se han vuelto millonarios.

Abogados que se vuelven escritores


Durante cinco años estudié derecho, me gradué de abogado, he ejercido la profesión, soy profesor, y escribo cuentos y novelas. No es la primera vez que un abogado se vuelve escritor, de hecho, la historia de la literatura está plagada de este tipo de casos. Algunos escritores como Gabriel García Márquez pasaron por una facultad de derecho sin graduarse, otros, como Franz Kafka, recibieron el título de abogado, ejercieron la profesión, pero pasaron a la fama por su labor artística.

En Colombia, tenemos un caso reciente de abogado convertido en escritor, el de Juan Gabriel Vásquez. Este novelista, incluso, estudió en la misma facultad de derecho que yo, y pasó por las aulas por los mismos años, aunque él iba unos cursos más adelante. Vásquez recibió el título, pero creo que no ejerció la profesión ni un solo día. Otro escritor colombiano, R.H Moreno Durán, también era abogado, él mismo decía que le llevó el diploma a sus padres y que les dijo: “Aquí está el título, ahora me dedicaré a la literatura”. 

Otros abogados se han vueltos famosos por su labor literaria, pero, circunscrita a temas netamente jurídicos, en este sentido, sus novelas tratan específicamente sobre casos y pleitos. El más sobresaliente de estos escritores es John Grisham, quien ha vendido más de cien millones de novelas. Grisham es abogado, incluso todavía ejerce la profesión, pero sus libros se venden como pan caliente a nivel mundial. Este abogado norteamericano estuvo en la lista de los escritores que más novelas vendían en el mundo durante la década de los noventa.

Goethe, el autor de “Fausto”, estudió derecho. Paulo Coelho, el escritor brasileño, también empezó la carrera pero la dejó porque simplemente no servía para eso, según él. Podría citar varios casos de abogados que se han convertido en novelistas y escritores, la lista es larga; sin embargo no quiero que esto suene como a “mal de muchos consuelo de tontos”. No señor. Así nadie -y me refiero a abogados-, se hubiera dedicado a la literatura, yo lo habría hecho. La profesión de abogado está muy ligada con el mundo de las letras, los abogados tenemos que redactar bien, tener buena ortografía, buena gramática, nuestros escritos deben tener cierta decencia de estilo para que los jueces acepten nuestros argumentos. Los instrumentos jurídicos como contratos, demandas, conceptos, recursos, al utilizar el lenguaje escrito deben ser presentados con decencia, respetando en lo posible el idioma. A muchos se nos va la mano, y terminamos decantándonos hacia la ficción, terminamos siendo escritores. Muchos literatos se dedican a la profesión de abogado por miedo, por terror a la pobreza y al hambre, sin embargo, sólo los valientes en todos los campos son quienes ofician en el arte que les gusta desarrollar, y eso se aplica para todas las profesiones. Estoy seguro que muchos abogados más son escritores frustrados, pero por físico miedo, o por vergüenza no se dedican a hacer lo que les gusta. A ellos les digo una frase que cita el escritor Mario Mendoza cuando decidió ser escritor de tiempo completo, es una frase de unos indios norteamericanos: “Salta al vacío, ya aparecerá el suelo”.