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¿Por qué las corridas de toros NO son arte?
Uno de los argumentos que dan los taurinos
para soportar la fiesta brava es el de que las corridas de toros son arte, por
lo tanto el gusto por estas cae en el terreno de lo estético, de los gustos, de
lo subjetivo, de lo personal, de lo íntimo, y por lo tanto, prohibirlas sería
como coartar la libertad de expresión, el libre desarrollo de la personalidad.
Falso. Las corridas de toros no son arte, en
lo absoluto. ¿Por qué motivo? Por uno muy sencillo, porque el arte es una
expresión del espíritu humano y este siempre es bueno por esencia. Por lo
tanto, no se puede clasificar como arte una actividad netamente inmoral donde
se le causa el mal a un ser, en este caso al toro.
El arte es “hacer”, o es “un hacer”, ya sea
pintar, declamar, escribir, fotografiar, esculpir, etc. La actividad taurina
también consiste en “un hacer”, pero con connotaciones de maldad, de causar
sufrimiento hacia otro ser, por lo que este “hacer” se diferencia mucho del
verdadero arte, porque este es bueno moralmente por esencia.
Una cosa es que a uno no le guste una
determinada obra y otra cosa muy distinta es que ambas obras tengan un trasfondo
moral basado en la bondad, en lo bueno, en lo benéfico. Cuando el “hacer” se
distrae hacia actividades nocivas hacia otro ser, ese “hacer” no puede ser
clasificado o tachado como arte. Sería tanto como decir que el “hacer” de los
nazis en los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial fue arte.
Efectivamente, fue un “hacer” pero fue un “hacer” nocivo, inmoral, maléfico,
por lo que no puede ser clasificado como arte, como lo serían las corridas de
toros.
Es verdad, muchos artistas como Picasso, como
Fernando Botero han sido aficionados a la fiesta brava, sin embargo, esa
afición de unos “famosos” no le quita lo inmoral a la actividad taurina. Ellos
incluso han recreado en obras pictóricas –como Botero- las corridas de toros y
a los toreros. Esa obra no es mala porque no le está haciendo mal a nadie, independientemente
de si a uno le gusta o no la obra desde el punto de vista estético. Pero, la
fiesta brava en sí no puede ser definida, tachada o clasificada como arte.
Para algunos taurinos esta actividad sí es
artística y por eso el filósofo Fernando Savater afirmaba erróneamente que el
tema de las corridas de toros era un problema estético, de gustos. No es
cierto, no es un tema subjetivo, porque objetivamente se le está generando un
perjuicio a un ser vivo, como lo es el toro, por lo tanto, al perjudicar a este
ser vivo la actividad taurina cae en el terreno de la inmoralidad. Al ser
esencialmente inmoral esta actividad no se le puede determinar como arte,
porque el “hacer” artístico siempre es bueno, aunque a alguien no le guste, o
le guste estéticamente; ese es otro problema diferente.
Los aficionados a la fiesta brava establecen
o argumentan que esta actividad es una manifestación artística que debe ser
respetada por el Estado, y protegida por él, por eso mismo, por ser artística.
Ese argumento es equivocado, ya que las corridas de toros no son arte, no son
una expresión artística, por la definición misma del arte y su connotación
moral.
¿Cualquier “hacer” es arte? No
necesariamente, aunque ahí sí se cae en el terreno de lo subjetivo, sin
embargo, uno de los requisitos para que un “hacer” sea arte es su connotación
moral. Robar un banco no es un arte, violar a una mujer no es arte, matar no es
arte, secuestrar no es arte, torturar a un animal por diversión no es arte.
Todas estas actividades mencionadas no son arte porque le están generando un
mal a un tercero, a una persona, o a un ser, por lo tanto son inmorales. Si yo,
a contrario sensu, pongo dos ladrillos uno encima del otro sobre el suelo, y
digo que eso es arte, pues reuniría el primer requisito para que lo fuera y es:
no haberle generado un mal a otra persona, el cual lo cumple, otra cosa es que
para otros sea arte, o que para otros sea un “hacer” estéticamente bonito o
feo, pero con esto ya se entra en una órbita distinta del mundo artístico.
La actividad taurina no puede ser arte, ni puede
ser definido como arte, por lo que ya establecimos, por lo que proteger
legalmente esta actividad como “expresión artística” es equivocado.
Arte optimista, positivo
El escritor Ernesto Sabato opinaba que el
arte (la literatura más exactamente) no debería “enviar mensajes” o tener
propósitos que fueran más allá del propio arte, sin embargo, él mismo aseguraba
que la novela –el género que a él le llamaba más la atención- debía servir para
encontrar la verdad, y que la novela “problemática” era el subgénero literario
por excelencia, los demás –como la novela policíaca o de suspenso- no eran
subgéneros literarios propiamente sino mero entretenimiento.
Sobra decir que no estoy de acuerdo con
Sabato, aunque es uno de mis escritores favoritos. La utilidad del arte es una
de mis obsesiones, como función humana, como mecanismo para mejorar la
convivencia entre los hombres. Los artistas piensan –en general- que la simple
creación artística es una expresión humana legítima que per se tiene un carácter moral benéfico independiente del contenido
de ese arte.
Yo también me aparto de esa consideración,
creo que a veces el arte ha servido para degradar, para manipular, para apoyar
causas injustas y perjudiciales. El arte –en ciertos casos- ha sido cómplice de
movimientos retardatarios, anacrónicos y hasta asesinos. No creo que la simple
expresión artística, independiente de su contenido, sea per se moralmente buena por el simple hecho de ser arte.
Sí hay arte perjudicial, ya lo dije, y posiblemente
también exista arte optimista o positivo. Hay arte que transmite valores
destructivos, negativos, deprimentes, y también hay arte que, a contrario
sensu, ayuda a ennoblecer al hombre, a la sociedad en todos los ámbitos de su
existencia.
¿Hay arte neutral? Por ejemplo, una manzana
en un lienzo ¿es buena o mala desde el punto de vista moral? Pues ni lo uno ni
lo otro. El artista “pura sangre” dirá que la discusión es irrelevante (como ya
me lo han dicho varias veces), y que el arte –independiente de su contenido- es
una expresión del espíritu humano, no importa lo que salga de la mente, del
corazón, de las vísceras o del bajo vientre. Lo importante es que es arte.
Dentro de la literatura se observa con
petulancia, con cierto desdén la denominada “literatura de autoayuda”. “Eso no
es literatura, eso es bobada” piensan los genios, los iluminados, los eruditos,
los sabios, los analistas serios. Para ellos, para el gremio de los
intelectuales de profesión, la literatura de autoayuda no es arte, es
marketing, es distracción para amas de casa desocupadas –con todo respeto por
las amas de casa y por las mujeres en general-. Eso me parece muy irrespetuoso,
presuntuoso y hasta ignorante. Los ignorantes son ellos, creería yo.
Yo me la juego por el arte con mensaje positivo.
Ahora bien, ¿todo arte debe tener una connotación moral benéfica? Creo que sí,
o por lo menos neutral. Un ejemplo son los cuadros de Fernando Botero sobre las
corridas de toros. ¿Está magnificando el pintor ese espectáculo grotesco? Yo
creería que sí, de hecho él –Botero- es uno de los grandes defensores de la
tauromaquia a nivel mundial, aunque ese espectáculo está prohibido en más del
90% de los países del mundo. Volvemos a la discusión, ¿pintar una manzana en un
lienzo es moralmente malo o bueno? Pues ni lo uno, ni lo otro, tal vez para el
pintor sea algo bueno porque le ayuda a hacer catarsis de alguna forma, y para
el espectador –si la manzana está bien pintada- podría ser un buen motivo de
deleite visual. No hay moralidad sobresaliente en este aspecto, a contrario
sensu de los cuadros de Botero que hacen apología a la fiesta brava, donde la
connotación inmoral es evidente (con todo respeto por el genio colombiano.)
Creo que sí se puede hacer arte optimista o
con mensaje; por ejemplo, en el caso de la fotografía está la obra de Sebastián
Salgado o Sebastiao Salgado, quien con sus fotos ha denunciado muchas de las
injusticias sociales del mundo. Es una obra con
connotación moral positiva evidente. Con el cine, con la literatura, se
podría hacer lo mismo. “El palo no está para cucharas” en las actuales
condiciones, necesitamos que los artistas, o varios artistas, o por lo menos
algunos artistas, expresen valores positivos en sus obras de manera deliberada
sin temor a las críticas, a las burlas, al ostracismo de los intelectuales
serios, pero sí con la convicción de que están ayudando a la humanidad, al
prójimo, a la especie a salir de este agujero negro que nos arropa por culpa
del materialismo exacerbado y de la falta de sensibilidad con el sufrimiento
ajeno (tanto humano como animal). Apostemos por el arte positivo, por el arte
con mensaje moralmente bueno a ver qué pasa; yo creo que estará bien.
El extraño mundo de los escritores
Hace algunas semanas vi la
película “The end of the tour”, en la que se retrata la entrevista que le
hiciera el periodista de Rolling Stone David Lipsky al afamado pero fallecido
escritor David Foster Wallace. La entrevista duró cinco días, aunque nunca
llegó a publicarse. El periodista acompañó a Foster Wallace durante una gira de
promoción de la novela “La broma infinita”, un libro que un hoy en día está
considerado como de culto.
Foster Wallace era un
profesor de literatura –escritura creativa- en una universidad de Illinois; en
ese momento –en el de la entrevista- vivía solo, y ya se había vuelto muy
famoso por escribir “La broma infinita”. El periodista de Rolling Stone –quien también
es escritor- trata de auscultar en la personalidad de Foster Wallace, de
conocer aún más a ese personaje medio excéntrico, medio misterioso, medio
genio.
Al margen de lo que me
hubiera parecido la película, creo que la lección de la misma es la siguiente:
los escritores son personas comunes y corrientes, lo único diferente que tienen
con los demás es que dedican parte de su vida a escribir. Lipsky trata de saber
por qué Foster Wallace es tan excéntrico –tal vez por su pinta de hippy de los
60s-, por qué vive con tanta simplicidad, y si era verdad que estaba enfermo de
adicción por la heroína. A esas tres preguntas el
escritor responde indirectamente de la siguiente forma –palabras más, palabras
menos-: me visto así porque me parece cómodo, vivo así porque me gusta, y no
soy adicto a la heroína.
Lipsky descubrió que Foster
Wallace era una persona inteligente –un genio-, pero era paradojalmente un ser
muy simple, común, como los demás seres humanos. Descubrió que él era adicto a
la televisión y que por eso no tenía una en la casa. Foster Wallace solo tenía
un defecto, el que lo llevó a la tumba: sufría de depresión crónica. Años más
tarde, después de la entrevista, se subió a una silla en la cochera de la casa,
amarró una cuerda a su cuello y se ahorcó.
Los escritores son personas
comunes y corrientes con una afición extraña: escribir. Hay algunos que son
ateos, otros son religiosos, otros son capitalistas, otros son comunistas, a
otros les gusta viajar, a otros solo les gusta estar en la casa. Los escritores
son seres que necesitan escribir, como el pintor necesita pintar, o el escultor
esculpir. He leído y visto entrevistas
de decenas de escritores, todos tienen personalidades disímiles, pero todos
tienen un punto en común: necesitan escribir para sobrevivir, para afrontar
esta existencia.
El periodista de Rolling
Stone tenía una idea preconcebida de Foster Wallace y se encontró con un ser
humano simple, sencillo, que vivía en una casa normal, que tenía unos perros, y
que precisamente –como ya dije- no veía televisión porque era adicto a ella; en
cambio, no tenía otras adicciones como consumir droga, o andar con muchas
mujeres, o rumbear todas las noches. No, Foster Wallace era un profesor
universitario que no era rico ni era pobre, que le encantaba escribir, y que
padecía –como todos los famosos- por su fama.
A mí me encanta escuchar a
los escritores, saber por qué escriben, qué comen, que películas admiran, qué
gustos tienen en materia amorosa –o sexual-, qué libros leen, qué aficiones
tienen. ¿Por qué me gusta hacer eso? Porque a mí, como a mucha gente famosa y
no famosa me encanta escribir. Todos los días escribo, a veces solo dejo pasar
un día en el que no lo hago, pero de resto trato de enfrentarme frecuentemente
al teclado de mi computador y elaboro frases, párrafos, ensayos, cuartillas,
que plasmo en el papel virtual. Es como una especie de terapia saber lo que
hacen otros escritores –por lo menos los famosos-, porque no sé lo que hacen
los no famosos. Es como una especie de consuelo: “Por lo menos no soy el único
loco aquí” pienso después de ver alguna entrevista de un autor, novelista o
poeta.
Pero sí, el mundo de los
escritores es extraño porque viven en mundo paralelo al nuestro, porque
mientras teclean o plasman sus historias en el papel o en el computador están
viajando mentalmente a otras regiones, a otros países, a otros planetas, a
otras épocas, y se están encontrando con gente que conocen o que no conocen;
todo lo hacen desde su estudio, desde su cuarto, desde su casa, desde su
oficina, desde donde escriben –incluso desde un café, como lo hacía la
escritora de Harry Potter J.K Rowling-.
La escritura es un oficio
solitario parcialmente o relativamente, porque el artista a pesar de ejercer su
arte en solitario en realidad está acompañado, ¿por quién? Por sus personajes,
por sus historias, por sus mundos ficticios o no ficticios, y sobre todo por
sus lectores anónimos o conocidos. El mundo de los escritores es extraño, pero
no hay que olvidar que son seres humanos comunes y corrientes; esa fue la
lección que le dejó Foster Wallace al periodista de Rolling Stone, sin embargo,
y como una jugarreta del destino, el escritor –a diferencia de otros humanos-
se convierte en un ser inmortal a través de su obra. Todavía podemos hablar con
Cervantes, o con Goethe, o con Allan Poe, a través de sus escritos, donde
plasmaron su alma, su corazón por los siglos de los siglos.
Escribir por escribir
El artista siempre tiene la
necesidad de hacer arte, esa es su naturaleza: la de crear. En este caso, el
escritor tiene la necesidad de escribir. A veces no sabe sobre qué escribir, o
por qué escribir, pero decide escribir, porque esa es su necesidad psicológica,
espiritual o mental.
Así como muchos necesitan
tomarse una copita de whisky, o de aguardientico diaria; el escritor necesita
escribir unas cuartillas, unas paginitas, unos reglones, para calmar su
necesidad.
La necesidad de llenar la
hoja en blanco con símbolos, con letras, que se convierten en palabras, en
párrafos, en ensayos, en artículos, en cuentos, en novelas, etc.
El escritor necesita
escribir para saciar su necesidad de creación a través del lenguaje escrito,
del alfabeto, de los signos, de la gramática, del lenguaje. A veces, no sabe –como
ya lo dije- sobre qué escribir, o por qué escribir, pero lo hace a pesar de
todo.
El arte es irracional hasta
cierto punto, porque no obedece a necesidades primarias como las de comer,
vestirse, reproducirse, etc. El arte es una necesidad abstracta pero real; y
puede ser tan importante para el artista como la necesidad de comer.
El escritor, como buen
artista, tiene que escribir para saciar esa necesidad. El llamado “bloqueo del
escritor” es una realidad, le ha sucedido a todos los escritores sin excepción,
y no porque no tengan tema para escribir, sino porque no saben cómo romper la
inercia de la no-escritura. ¿Qué es eso? ¿Qué es la inercia de la no-escritura?
Es ese estado de ánimo donde el escritor siente la necesidad de escribir pero
múltiples emociones se lo impiden, ¿cuáles emociones? El escritor puede estar
muy triste, y a pesar de tener la necesidad de escribir no escribe porque la
tristeza lo paraliza. También puede estar muy eufórico, y esa euforia por
felicidad o por preocupación tampoco lo deja escribir.
El bloqueo del escritor
está atado a la inercia de la no-escritura; el escritor desea, quiere, necesita
escribir pero no puede porque las emociones –negativas o positivas- se lo
impiden. El escritor se siente mal porque quiere pero no puede; tiene un montón
de ideas en la cabeza, quiere plasmarlas en el papel pero le queda imposible
destrabarse.
La solución para el
desbloqueo del escritor, y por consiguiente, el rompimiento de la inercia de la
no-escritura es escribir por escribir. No se trata de teclear y teclear como
imbécil sobre un computador o sobre una máquina –como cierta película lo
sugiere-, no, se trata de escribir y de escribir bien; con ortografía, con
redacción, con gramática, con sentido. De escribir para romper esa inercia
causada por las emociones.
Una prima, por ejemplo,
estaba escribiendo una novela hace unos años; desafortunadamente a su casa se
entraron los ladrones, con ella adentro, y la asaltaron. Mi prima quedó tan
traumatizada que dejó de escribir. Tuvieron que pasar varios meses para que mi
prima decidiera romper la inercia de la no-escritura o el mal llamado bloqueo
del escritor, y se pusiera a trabajar en su novela de nuevo.
La solución es escribir por
escribir, si estás de mal genio escribe, si estás triste escribe, si estás
eufórico escribe, si estás feliz escribe. Escribe bien, con ortografía, con redacción, con gramática, para que tu
mente se concentre, para que tu mente salga del lodazal de las emociones, para
que tu sentido artístico derrote el malestar de la inercia de la no-escritura.
El escritor sí tiene tema para escribir generalmente, pero lo que no tiene, a
veces, es la herramienta para romper esa inercia.
Trabajar es la clave,
escribir es la clave, cuando digo trabajar no me refiero a ir a una oficina a
cumplir un horario, llenar unos formularios o informes, esperar hasta las cinco
de la tarde y devolverse a la casa pensando que trabajó mucho. No, me refiero a
escribir, a teclear con sentido, a grabar unos signos en un papel, a hacer un
ejercicio mental que lo destrabe de esa inercia.
Escribir por escribir no es
solo perder el tiempo, es entrar en otro estado de ánimo, es romper la rutina,
es conectarse con la energía universal de la creación, es sentirse satisfecho
porque es un artista, porque es un escritor, y eso solo se consigue
escribiendo. Eso es lo que estoy tratando de hacer en este mismo momento.
Amo el teatro
A diferencia de otro escritor
colombiano que aseguraba hace algunos años aborrecer el teatro –de manera
sorprendente- porque el tipo es uno de los más importantes y destacados
pensadores de nuestro país; pero como dicen, entre gustos no hay disgustos; yo
sí adoro el teatro, me encanta; incluso, hace algunos días Cine Colombia me invitó a ver en pantalla grande la obra Medea de Eurípides en la versión del
National Theatre de Londres. Espectacular, exquisita, impecable; esos son las
adjetivos que se me vienen a la cabeza cuando recuerdo la experiencia de haber
visto esta obra.
En el colegio tuve escarceos
con el teatro, intervine como actor en algunas representaciones; y en general, siempre
me ha llamado la atención ese mundo de actores, telones, escenarios,
parlamentos, gestos exagerados, gritos heridos, llantos desapacibles, alegrías
incontrolables. Porque eso es el teatro ante todo: exageración. Todo se exagera
allí, el volumen de la voz, las gesticulaciones, los acentos, las expresiones
del cuerpo. Y es curioso, porque precisamente esto es lo que le molesta a este “pensador”
colombiano. El teatro –y no soy experto en este arte- representa la vida real
pero de forma distorsionada, psico-dramática, simbólica, histriónica,
subjetiva.
Antes de la llegada del cine,
el teatro era la representación artística más parecida a la realidad. La
imitaba, la sugería, la evocaba. El teatro tiene una magia única que solo
entienden los que van a teatro; el tener contacto directo con los actores, oler
el teatro, escuchar las voces, la música –cuando la hay-, sentir las emociones
de los otros espectadores, sentir la energía del escenario.
El teatro es muy emocional,
pero también muy infantil –como casi todas las artes-, por eso los niños son
actores naturales desde que nacen; porque no tienen impedimentos psicológicos
para expresar sus pasiones, sus tristezas, sus alegrías; con el paso del
tiempo, la sociedad atenaza al niño en una prisión de prejuicios y de cómo
deben ser las cosas. Le enseñan al niño a no ser original, a ser como todo el
mundo, a uniformarse. En el teatro los actores vuelven a ser como niños, y los
espectadores recordamos a través del teatro que también fuimos niños. Es
probable que a ese pensador colombiano también le repugne el teatro por este
motivo; porque volver a ser niños es peligroso; los niños son indefinibles,
imprevisibles, y eso mortifica a mucha gente, a los poderes establecidos, al
status quo; por eso tratan de unificar el pensamiento de los niños desde
temprana edad, de manera urgente y precoz, para atenuar el peligro. El teatro
nos recuerda que todos somos niños, que somos únicos, que somos peligrosos para
el miedo, y que por naturaleza somos proclives al cambio y no al contrario. Eso
es el teatro, por eso muchos revolucionarios han sido teatreros, por la
naturaleza insurreccional del mismo.
El teatro No japonés es particularmente extraño; los actores –sin parlamentos
aprendidos- tratan de comportarse en el escenario improvisando completamente.
Peor aún, improvisando, como la vida. La vida es un gran escenario, es un macro-escenario;
el teatro es un micro-escenario, una imitación -como ya advertí- de la
existencia.
Molière, Eurípides, Shakespeare, Shaw; son algunos
escritores que se han dedicado al teatro; a escribir obras para teatro; y qué
difícil es escribir obras para teatro; porque debe describirse un drama o una
comedia a través de parlamentos, y de acciones de los actores; complejo. Complejo
es escribir teatro, o eso pienso yo por lo menos. Tal vez a ese pensador
colombiano –que escribe ensayo y novelas- también le repugna el teatro porque
no puede escribirlo, porque se le hace un arte difícil de construir. Por ese
motivo, también amo el teatro, porque no cualquiera puede escribirlo,
producirlo –o por lo menos no de forma digna-. La dificultad de escribir teatro
radica en que debe imitarse la vida, con diálogos y todo, y eso solo lo pueden
hacer personas muy sensibles, muy artísticas.
Hace algunos años, en un
Festival Iberoamericano de Teatro; un amigo y yo fuimos a ver El señor de los anillos, pero en versión
teatral. Los actores –ingleses ellos- imitaban a los hobbits caminando en las
rodillas; como mi amigo y yo habíamos comprado unas boletas muy baratas, y
nuestras ubicaciones estaban muy alejadas del escenario, pensamos que esos
actores eran realmente personas de muy baja estatura, ¿de dónde habrán sacado
tanta gente así? Nos preguntamos, sin saber que ellos realmente caminaban en
las rodillas, pero por el efecto de la distancia no nos dimos cuenta de eso.
Mágico; así es el teatro. El cine también me encanta, y creo que es por el
teatro; porque el cine –y me señalarán con dedo acusador muchos- es un teatro
filmado y más sofisticado; el cine es un teatro más moderno, más complejo, al
que también adoro desde luego. Larga vida al teatro.
La utilidad del arte
Los seres humanos siempre le
estamos buscando la utilidad a todo. Por alguna necesidad psicológica lo que no
sirve para algo no tiene importancia en nuestras vidas, lo desechamos. Sin
embargo, esto no tiene que ver con la naturaleza del hombre, tiene que ver con
la forma como nos educaron, con la cultura.
Nuestra sociedad es pragmática,
utilitarista; no solo en el capitalismo impera el pragmatismo, en el socialismo
también. El arte es una actividad humana que se lleva a cabo bajo sospecha de
los utilitaristas. ¿Sirve para algo? ¿Qué practicidad tiene? Obviamente los
artistas sacan pecho, y con un poco de complejo de inferioridad tratan de
explicar su actividad bajo la luz de un contexto de servicio.
“El arte sirve para dar
felicidad”, “el arte sirve para educar”, “el arte sirve para culturizar”, “el
arte sirve para poner a pensar”; estas son algunas de las afirmaciones que uno escucha
con cierta frecuencia, y que generalmente vienen de los artistas. Algunos
tratan de explicar algo que no tiene explicación, porque en nuestra sociedad lo
que no tiene explicación no sirve para nada, hay que dejarlo de lado.
El arte cae en esta categoría
de lo inexplicable, de lo absurdo, de lo que no tiene sentido. Sin embargo,
para muchos artistas esto es un anatema, “no digas burradas” dirán algunos; “el
arte sirve para…” y lo llenan con lo que mejor les parezca para no sentirse
inferiores ante otras actividades mundanas.
En el capitalismo y en el
socialismo lo que no sirve para algo no funciona, no tiene interés. Ahora bien,
yo no estoy diciendo que el arte no sirve para nada, porque sí sirve; pero su
servicio, su utilidad, desborda el ámbito de las leyes de la economía de la
oferta y la demanda.
“¿No has visto que muchos
artistas son millonarios?” preguntan algunos; sí claro, hay pintores, músicos,
escritores, actores, a los que no les cabe un centavo más en el bolsillo; eso
se debe a que su arte ha mutado, se ha transformado, en una “mercancía útil”.
Si el producto que elaboran no fuera útil, pues no se vendería.
“Esta novela te puede ayudar
espiritualmente”, “este cuadro es una obra de arte carísima porque la pintó XX
en el siglo YY”, “esta canción te pone a pensar”; siempre estamos tratando de
mutar nuestro arte en algo que en el contexto del sistema de convivencia humano
tengo utilidad, para poder sacar provecho de ello.
Sin embargo, los artistas
conocemos un secreto inconfesable, que nos ruboriza, es el siguiente: hacemos
arte por hacer arte, así de simple. Cuando un músico compone una canción
generalmente lo hace porque siente la necesidad de hacerlo; cuando un poeta
compone un verso, lo hace porque siente la necesidad de hacerlo. El arte solo
se explica por sí mismo, no por las leyes de la oferta y la demanda, o por los
requerimientos sociales de un sistema político.
“Los artistas deben vivir de
algo”, obviamente, no son cuerpos gloriosos que se alimentan de la luz solar o
del viento; necesitan comer, necesitan vestirse, necesitan de un techo donde
guarecerse. Los artistas son seres humanos comunes y corrientes que llevan a
cabo una actividad inexplicable.
Para que el artista pueda vivir
dignamente, se le endilga a su arte una utilidad. A veces no puede vivir
dignamente, y se muere tirado en cualquier calle como perro abandonado. Eso le
ocurrió a Edgar Allan Poe. Mozart tenía tantas deudas que entró en crisis y
falleció a temprana edad.
Hoy en día, el arte, como todo
lo que se vende y se compra en el mercado, presenta una explicación pragmática
de su naturaleza. “El arte da felicidad”, “el arte educa”, “el arte enseña”, “el
arte politiza”, etc, etc. Una vez se le otorga una categoría pragmática a esta
actividad, se puede vender. La industria del arte, o del entretenimiento,
genera mucho dinero hoy en día. Si Edgar Allan Poe o Mozart vivieran en estos
tiempos, no se habrían muerto de hambre.
El arte es una actividad humana
extraña; los niños hacen arte, y si uno les pregunta qué están haciendo, ellos
simplemente se encogen de hombros y no responden mayor cosa; no pueden explicar
por qué están haciendo X o Y acción, como marcar una hoja en blanco con una
crayola, o pegar unos recortes de periódicos en un papel. Ellos simplemente lo
hacen; así como los pájaros cuando cantan, o los perros cuando mueven la cola. Los
artistas hacemos arte por hacerlo, pero lo pragmatisamos para poder venderlo, o
para poder vivir de él.
Muchas actividades humanas son
inexplicables, casi todas; pero necesitamos darles un sentido para darle
soporte a una sociedad que se basa en leyes artificiales; la artificialidad de
nuestro sistema de convivencia humano necesita racionalizar todo, para que
tenga algún sentido, para que no sea una mentira. Para que podamos seguir
viviendo de la misma forma, sin hacer preguntas. Obviamente, para favorecer a
unos y desfavorecer a otros. El arte se lleva a cabo para hacerlo, por eso se
llama arte, porque es un artis, es un
eterno hacer que encajonamos racionalmente para lograr que sobreviva en un
mundo utilitario.
Una inteligencia desaprovechada
Un amigo me salió con esto
la semana pasada. Me dijo, en mi cara, que yo estaba perdiendo el tiempo porque
me dedicaba a la literatura. Caramba, ¡qué sinceridad la de mi amigo! ¡Qué
franqueza! ¡Qué equivocado está!
He repetido como loro, mil
veces, por diferentes medios, y en multitud de escritos, que estudié derecho,
que soy abogado, y que tengo el diploma, incluso lo he ejercido, y hasta lo
enseño. Pero, un día me dio por escribir cuentos y novelas, ¿qué tiene eso de
malo? Tiene de malo que eso no encaja en algunas mentes cuadriculadas,
torturadas por la cultura de la lagartería.
Le doy gracias a Dios por
ser abogado, por haber estudiado derecho; amo la jurisprudencia, amo el derecho;
conozco abogados buenos, regulares, y malos, hay de todo. En la profesión, como
en todo, hay para escoger: honestos, diligentes, mediocres, corruptos, y
rateros. No voy a generalizar. Sin embargo, mi relación con el derecho es
personal, el que quiera trabajar en un banco, o en una notaría, o en un bufete,
que lo haga, lo felicito; en el caso mío, la literatura y la fantasía me han
seducido desde pequeño, y siempre he tenido miedo de caer en esa tentación; o
tuve miedo (mejor utilizar el tiempo pasado).
El derecho me ha servido
para vivir, y se lo agradezco, me ha servido para conocer gente, y se lo
agradezco; me ha servido para tener experiencias, y se lo agradezco. Sin
embargo, la literatura como una mujer seductora entró a mi vida, y ya no la
puedo sacar. Hacerlo implicaría morir en vida; y creo que muchos de mis colegas
(sin hablar mal de ninguno) lo están, están muertos en vida debido a que
sacrificaron sus sueños por una cuenta bancaria. No todos, porque muchos, casi
todos ejercen el derecho con devoción, como si fuera un sacramento, pero otros
están allí por el temor a la pobreza.
“Yo viajo, tengo una casa,
hablo con ejecutivos, no quiero su vida” me dijo este amigo. Y yo no quiero la
vida de él. Qué pena. ¿Por qué? Porque no puedo auto-engañarme,
auto-boicotearme. Si no hubiera estudiado derecho no hubiera podido ser
escritor. Es curioso pero el derecho me dio las experiencias, y la iniciativa
para entrar con seriedad al mundo de la fantasía, porque yo vivo en ese mundo,
en el de la fantasía. El derecho me dio toda la dosis de realidad que
necesitaba, para saber que lo mío es la fantasía. ¿Es un escape? Claro que sí,
si no nos escapáramos diariamente nos volveríamos locos; por eso la gente va a
cine, ve telenovelas, ve realitys, va a fútbol, lee novelas; porque necesita la
fantasía.
Soy una inteligencia
desaprovechada para ciertas cosas, es cierto, como para: lagartear, defender
corruptos, hacer procedimientos poco éticos, repetir como loro una serie de
informaciones que ya están impresas en libros y en otros documentos. Para todo
eso soy una inteligencia desaprovechada, es cierto.
Gracias a Dios, al
Universo, a la Naturaleza, ellos me salvaron y me pusieron en frente de mí algo
hermoso: los problemas. Los problemas me volvieron reflexivo, introvertido,
meditativo, y lo más grandioso de todo, me volvieron: fantasioso.
Fantaseo todo el tiempo, con
Jedis, con magos, con extraterrestres, con sociedades secretas, con personajes
imaginarios, etc, etc. ¿Estoy loco? No creo, o eso pienso. Creo que no estoy
loco porque no le hago mal a nadie deliberadamente; los locos sí lo hacen, y
conozco muchos locos que se la pasan causándole el mal a los demás. Yo no, yo
también fantaseo con un mundo fraterno, filantrópico, cooperativo, y eso también
es mi más preciado sueño.
Soy una inteligencia desperdiciada
para el Mal, es cierto, ya no me dejé atrapar, ahora estoy en el bando de los
buenos, de los que se arriesgan a hacer lo que les gusta. Hay abogados que
están en su cuento, y los felicito; que tienen una vocación jurídica, y lo hacen
muy bien, los felicito; pero hay otros que están ahí por físico culillo, por
miedo; y no solo los abogados, conozco miles de personas que no están haciendo
lo que deberían estar haciendo, y eso es: ser felices. Creen que son felices
pero no lo son. Si mi amigo fuera feliz de verdad no me hubiera insultado de la
forma como lo hizo, porque la gente feliz sabe de lo que hablo, y una persona
realmente feliz no insulta, es cómplice de la alegría, comprende, entiende el
misterio de la vida. Es una logia, la de las personas felices, hablan un
lenguaje que solo lo entienden las personas felices, los otros solo hablan como
habla la sociedad, con lugares comunes, con tonterías que oyen en todos lados,
repiten como loros las pendejadas que hablan los demás infelices.
Pachito, el escritor
Desde las épocas del
colegio me llaman “Pachito”, debido a mi nombre: Francisco. No me molesta, me
parece tierno, y hasta juguetón; no me disminuye, ya que sé cuáles son mis
atributos… sin comentarios.
A Pachito le dio por
estudiar derecho y convertirse en abogado. Después a Pachito le dio por
escribir blogs, cuentos, y hasta novelas. “Pachito se volvió loco”, “Pachito
debería trabajar en un banco o en una empresa que fabrique tornillos”, etc,
etc; esto es lo que piensa la mayoría de la gente de mí (la que me conoce, por
lo menos), pienso yo.
Sí muchachos a Pachito
le dio por escribir, y no por capricho, sino por convicción; porque Pachito se
cansó de vivir de acuerdo a los parámetros que imponen los demás, porque
Pachito goza escribiendo, así lo haga bien, regular, mal, o pésimo, a él no le
importa.
Y Pachito seguirá
escribiendo, hasta cuando pueda, porque la vida es más fuerte y más poderosa
que sus manifestaciones individuales. Yo – o sea Pachito- reconozco que el Universo
es más que mi incipiente ego. Ese ego que disfruta de los placeres, de la
comodidad, de la seguridad, de los elogios, de los triunfos, y que sufre con
las dificultades, los obstáculos, los problemas. Ese ego es falso, porque es
efímero, es temporal, es transitorio; después del ego solo queda la existencia,
que no tiene principio, ni fin. A la existencia no le interesa que Pachito
piense que él es un verraco, o un duro, o un superhombre; no, para la
existencia todas sus partes son iguales, no hay mejores ni peores, ¿y entonces?
¿Por qué no escojo ser feliz? ¿Por qué no tomo la decisión de fluir con la
vida, y estar en armonía con ella? Por el ego, por esa falsa imagen social que nos
trata de imponer el mundo. La sociedad no quiere que seas feliz, quiere que tú
hagas lo que te imponga ella, así te haga feliz o no. Eso es una estupidez, y Pachito
no está dispuesto a alcahuetear esa pendejada.
¿Por qué la gente no se
dedica a ser feliz? Por miedo; no son capaces de asumir la responsabilidad de su
propia vida, y por lo tanto hacen lo que los demás les imponen: el camino
fácil. Pachito sigue el camino difícil, en el que no hay comodidad, ni placer,
ni elogios, pero que da felicidad. Por eso escribe, por eso hace lo que le
gusta. El camino fácil lo escoge el noventa y nueve por ciento de la gente; el difícil,
solo el uno por ciento. Ese uno por ciento, está constituido por los locos, por
los desquiciados, por los parias de la sociedad, por los que la sociedad aparta
por inadaptados, por querer ser felices al margen de los convencionalismos
sociales. Esos parias siempre han existido, y algunos han sido famosos. Pachito
no ha escogido ser un paria, pero sí ha escogido ser feliz, a pesar de lo que
digan sus familiares, sus conocidos, y hasta sus desconocidos.
Alguien, alguna vez
escribió en uno de sus blogs (en los de Pachito, o sea yo): “Dedíquese a la
profesión que le pagaron, esas novelas suyas son una porquería, ninguna
editorial le va a pagar lo que usted quiere, no sea iluso” (palabras más,
palabras menos, ya ni me acuerdo bien). Pues bueno, aquí va la respuesta a ese
comentario: 1. Yo me dedico a la abogacía, incluso doy clases de derecho y
hasta llevo litigios; 2. Mis novelas no son una porquería, porque yo gocé escribiéndolas,
y si yo gocé escribiéndolas, pues no creo que sean tan malas; ahora bien, para
decir que son TODAS, una porquería, y para hacerlo es porque las leyó TODAS,
entonces ese, que me hizo ese comentario es un gran fan mío, porque se ha leído
TODAS mis novelas, ¡felicitaciones!; 3. Estoy seguro que en las editoriales trabaja
gente inteligente, capaz, y con talento; y si tienen más de dos dedos de
frente, me pagarán algún día lo que yo merezco por mi trabajo; es así de
sencillo.
Conclusión: Pachito
seguirá trabajando en lo que le gusta, y no en lo que la gente quiere que
trabaje, ¿está bien? Ya escogí el camino difícil, y es bien difícil, ni se imaginan,
pero este camino da una satisfacción que no conocen los facilistas que abordan la vida
como un tobogán para pendejos.
Escribir para sí mismo
¿Para quién escriben los
escritores? ¿Para el lector? Puede ser, pero también podría ser que no. Es
innegable que muchos escritores llevan a cabo su actividad literaria para ganar
fama y notoriedad –incluso dinero-, pero yo pienso que la mayoría de los que
escriben lo hacen como una forma de satisfacer una necesidad psicológica.
¿Cuál necesidad? La de descargar
en el papel lo que no pueden hacer de otra forma. Muchos escritores son
tímidos, por eso plasman en sus obras –cuentos, novelas, o versos- palabras que
no serían capaces de decir a voz en cuello. Otros son enfermos sexuales; para
paliar su enfermedad desfogan en su obra lo que no pueden hacer en la vida
real. Y así podemos continuar hasta el infinito, estudiando las aberraciones,
limitaciones, y frustraciones de grandes artistas de las letras.
Escribir es una terapia, es
una especie de relax, de catarsis misteriosa, en la que el compositor libera
energías escondidas en su psique, en su subconsciente. El escritor busca hablar
solo, y para no hacerlo con voz encendida, decide hablar consigo mismo por
intermedio de un papel, en el que dibuja signos que tienen una connotación
aceptada socialmente.
Porque el escritor ama
hablar solo, por eso escribe; escribir es un diálogo unilateral, que
eventualmente podría tener respuesta de algún lector indefinido e
indeterminado. Voltaire decía que la escritura era un diálogo, pero no
unilateral, el filósofo afirmaba que al leer a un autor se podía conversar con
él, sin conocerlo.
Yo creo que no, creo que la
escritura es una actividad solitaria, que requiere disciplina, y que termina
siendo ejercicio de uno. ¿Pero si hay escritores que son leídos por millones de
lectores? Alguien responderá, sin embargo, lo que lleva a escribir a esos
autores no necesariamente es su impulso de socialización; todo lo contrario,
puede ser la inevitable e irremediable ambición de autosatisfacerse.
El escritor quiere publicar,
porque tiene remordimiento de conciencia, porque escribir para sí mismo suena
muy egoísta. Él no sabe que el simple acto de crear genera en él felicidad, y que
si él es feliz también podrá provocar felicidad en otros, y con eso está
cumpliendo su cuota de aporte a la armonía universal.
“Yo escribo para entretenerme,
para pasar el tiempo” dice Fernando Vallejo; yo creo que todos los literatos lo
hacen para eso, pero él es de los pocos que tienen el valor de confesarlo.
La literatura solo atrae a
los escritores porque es divertida, porque es juguetona, porque es emocionante;
si fuera un trabajo común y corriente como los otros, no tendría ningún adepto.
J.D Salinger, uno de mis
escritores favoritos, decidió un día dejar de publicar. Después de alcanzar la
fama con El guardián entre el centeno
se encerró en una casa campestre y no volvió a interactuar por escrito con
nadie. Obviamente que sus obras anteriores al encierro continuaron divulgándose
con generosidad, y el público siguió y sigue disfrutando de su literatura. Para
2015 se anuncia la divulgación de varias de sus novelas inéditas, de aquellas
que escribió durante su jornada de ermitaño. Pero Salinger está muerto, y él no
verá eso que tanto detestaba: publicar.
Si el escritor ejerce esta
actividad, la de plasmar símbolos en un papel, para volverse famoso, o rico,
creo que está incurriendo en un engaño; pero no un engaño hacia los otros, sino
hacia sí mismo. Se está auto-engañando. Decide escribir para satisfacer su
anhelo de brillo social, pero está perdiendo el tiempo en una actividad que es
eminentemente individual, aislada. Quiere brillar sobre los demás para
envanecerse, pero todo eso es inútil, porque toda fama y notoriedad es efímera,
porque es subjetiva y limitada. El escritor que no escribe para sí mismo se
está diciendo una mentira, se está estafando, porque la soledad de la actividad
literaria es la esencia de este sacramento, de esta religión llamada
literatura.
Yasunari Kawabata,
el escritor japonés y premio Nobel, afirmaba que la literatura terminaría
siendo una religión; yo estoy de acuerdo parcialmente, porque creo que ya lo
es, y siempre lo ha sido. El escritor es un sacerdote, que busca trascender a
través de este oficio sagrado, en el que se pone en contacto con el Universo a
través de las palabras. Y eso, solo se logra pensando y actuando desde la
soledad.
Los artistas buscan mecenas, otra vez
Así era en la Edad Media;
quienes se dedicaban a la música, a la pintura, a la literatura, debían
buscarse un mecenas. Alguien que los patrocinara, que los mantuviera
económicamente. Cuando el mercado del arte no estaba todavía tan desarrollado
ese era el modus vivendi de los artistas. Cuando llegó la Era Moderna y el sistema
capitalista se desarrolló a plenitud, el arte también ingresó en las reglas del
mercado. Las obras de los artistas se empezaron a cotizar en los mercados, y se
les empezó a poner un precio a aquellas. El arte no fue ajeno al capitalismo.
Con el paso del tiempo muchos artistas se volvieron millonarios por el simple
hecho de ejercer su actividad. Músicos, cantantes, pintores, escritores, artistas
plásticos, son hoy en día millonarios; aunque no todos. Algo impensable en la
Edad Media, ya que socialmente los artistas eran vistos como seres inferiores,
y los nobles mantenían su superioridad en la escala de importancia de los
hombres. Con el paso del tiempo eso cambió, y hoy podemos ver a importantes
artistas codearse con lo más granado del mundo de la política, de la economía,
y de la intelectualidad. El capitalismo también les sirvió a los artistas, para
conseguir independencia económica, y reconocimiento social.
Con la llegada de la
Internet eso ha cambiado, de cierta forma. Los artistas viven de vender sus
obras, ya sean libros, pinturas, canciones, poesías, fotografías, etc; sin
embargo, la Internet ha generado que esas obras se puedan conseguir fácilmente
en la red de manera gratuita, sin tener que pagar un céntimo de nada. La
primera víctima de esto fue la música, cuando se empezaron a publicar canciones
de artistas reconocidos en páginas web de forma libre. La industria
discográfica entró en alarma, era inaudito, y legalmente han hecho todo lo
posible para restringir esas páginas web que ofrecen música gratuita. Es
imposible, controlar esas páginas web, y restringir la Internet. La industria
discográfica ha perdido esa batalla, la gente ya no compra música, y los
artistas ofrecen sus obras de manera gratuita en la Internet. ¿En dónde está el
negocio? Los músicos dicen que ahora el dinero está en los conciertos, y que la
Internet les sirve para publicitar sus obras. Sin embargo, no todos los
artistas pueden darse el lujo de vivir de megaconciertos, o incluso, de
conciertos.
En la literatura ha
sucedido algo similar, aunque no de manera tan contundente. El libro en papel
no ha perdido del todo la batalla contra el libro digital, pero con el tiempo
la perderá, no hay nada que hacer. El libro digital terminará desplazando al
libro de papel cuando las denominadas “Tablets” estén al alcance de todo el
mundo. Los libros digitales también se consiguen gratuitamente en muchas
páginas web. Las editoriales, como lo ha hecho la industria de la música, han
tratado de cerrarle el paso a esas páginas web que ofrecen libros digitales de
forma gratuita y que no les pagan un céntimo a los autores de las obras. La
batalla también está perdida en ese ámbito, sin embargo, la gente todavía
compra libros en papel por razones culturales, económicas, y por la facilidad
del medio. Las “Tablets” terminarán por desplazar al libro de papel, cuando
aquellas sean completamente asequibles al público común y corriente.
¿Qué han hecho los artistas,
entonces? Volver a buscar mecenas, como hacían los artistas en la Edad Media.
Sin embargo, hoy en día el mecenazgo tiene un nombre más elegante: Crowdfunding. Los artistas
buscan personas que los patrocinen, haciendo publicidad de estos en páginas
web, en videos, en canciones, en fotografías, y en la misma obra, incluso. El
crowdfunding es un moderno mecenazgo es un retorno al sistema de financiamiento
que existía en la Edad Media, empero, también hay que aceptar que hay una
diferencia substancial con el mercado del arte en aquellas épocas y es el sistema
de información que hoy existe. La Internet permite que si yo publico una novela
aquí en Colombia en pocos minutos pueda ser descargada en España, o en la
China. Eso no sucedía en la Edad Media. Los músicos publican sus canciones en
Youtube, los pintores publican fotografías de sus obras en blogs y páginas
webs, los poetas suben sus versos a la red, y los artistas en general utilizan
esa tecnología para darse a conocer de manera masiva. El mercado del arte ha
cambiado, y ahora ya no depende de los consumidores del arte solamente, ahora
también está ligado a los usuarios de la información digital. Los artistas
pueden vender sus obras, pero también pueden transmitir información de
publicidad de manera masiva utilizando su popularidad, y allí es donde está el
verdadero negocio.
La página web personal de
una estrella del rock puede ser visitada miles de veces, o millones de veces en
un día, y esa estrella del rock puede vender publicidad en ese sitio virtual.
El artista tiene una imagen, y esa imagen puede estar ligada a una marca, o a
un nombre, o a un producto, y eso vale dinero. El arte se ha masificado de manera exponencial por el mundo de la información, y esto ha generado que
personas anónimas se vuelvan famosas de la noche a la mañana por ese mundo de
la información.
Los artistas buscan mecenas,
otra vez; pero ahora tienen una herramienta adicional a su favor: el mundo
digital.
Arte
¿Qué es el arte? ¿Para qué
sirve? Todos los días –y estoy seguro de eso- los artistas se hacen estas
preguntas, como en una especie de terapia, o de catarsis. Los artistas son
seres extraños (¿somos?), siempre lo han sido, desde las cavernas. Yo creo que
al primer fulano que se le ocurrió pintar un búfalo en la pared de una cueva lo
miraron con extrañeza sus demás colegas. “¿Por qué no vas a cazar con nosotros,
en vez de estar pintando pendejadas?” Me imagino que eso le dijeron, porque
desde los inicios de la civilización humana los artistas han ido en contravía
de las mayorías, las cuales solo piensan en satisfacer sus necesidades básicas:
comida, bebida, vivienda, y sexo. El pobre hombre de la cueva, el que pintó el
búfalo, tenía una necesidad adicional: la de crear.
Los artistas, los que hacen
arte, se sienten extraños por ello, estoy seguro, porque yo me siento extraño.
El artista tiene una tendencia diferente a la de los demás, la de imitar el
proceso de creación que hace la naturaleza, trata de igualarse a la divinidad.
Él o ella deciden hacer algo que no existe con recursos que sí existen; el
pintor modifica unos materiales y los convierte en un lienzo, el poeta modifica
unas palabras y establece un verso, el músico lo hace con los sonidos, y el
artesano con la masa. El artista modifica el mundo que ya existe, para crear
uno o varios elementos y producir una obra. Sin embargo, la obra de arte se
diferencia de otras modificaciones del mundo físico, porque en el arte esa obra
no está destinada a satisfacer una necesidad primaria, sino que está destinada
a satisfacer una inclinación emocional, intelectual, y hasta espiritual.
El arte satisface
necesidades, de eso estoy seguro, pero no las básicas –y me refiero al efecto
que produce la obra-, necesidades que surgen de diferentes esferas del ser
humano. Ciertos artistas necesitan de esa actividad para no caer en
depresiones, locuras, o ansiedades; otros, para encontrar una razón a la
existencia, o por lo menos para tratar de encontrarla; y algunos, para acercarse
a Dios, a la divinidad, al universo, o a la totalidad.
He dicho que el artista se
siente extraño, ¿será una exhibición de vanidad por parte mía? ¿El artista se
siente extraño por el simple hecho de no encajar con los demás seres humanos?
¿O será que él busca a propósito estar al borde de la normalidad social? ¿Son
creídos los artistas? ¿Son vanidosos? Quizás…., el hombre de la caverna –el que
pinta- le dice a los demás: “Vayan ustedes por el búfalo, yo me quedo
pintando”. Tal vez esta sería la primera muestra de soberbia y orgullo
artístico, porque muchos artistas tienen fama de engreídos, de impotables, de
sentirse mejores que los otros seres humanos.
¿Es necesario que la
sociedad mantenga a los artistas? Yo creo que sí, y puede sonar hasta
descarado, ¿por qué? Porque el artista sí tiene una función en la sociedad:
ayudar a que los hombres sean felices. Otros dirán que el artista no hace nada,
que es un vago, que es un haragán, un mantenido, un vividor, o un zángano. Para
la gente común y corriente –los que no hacen arte- el artista no produce nada,
no genera satisfacción de necesidades primarias; pero, a estos se les olvida
que el ser humano no solo vive de pan –como dicen las Sagradas Escrituras- sino
que también vive o sobrevive gracias a la satisfacción de necesidades
secundarias (mejor sería decir no físicas), como son las emocionales, las
mentales, las psíquicas, y hasta las espirituales.
El artista satisface sus
propias necesidades no físicas, y ayuda a otros a satisfacer esas mismas
necesidades. ¿El artista debería recibir una recompensa por esto? Desde luego,
y de hecho a lo largo de la historia la ha recibido, aunque a veces en
condiciones muy precarias, y muchas veces no la ha recibido y el artista se ha
muerto de hambre. Una sociedad civilizada debería mantener a sus artistas, ¿es
esto una herejía? No lo creo, los artistas trabajan en algo que no produce una
satisfacción física –por decirlo de alguna forma- pero sí satisface unas
necesidades, y por esto debería ser recompensado.
En el mundo actual, en el
del capitalismo, el artista sobrevive bajo las leyes de la oferta y la demanda,
su arte se incorpora en un mercado donde el precio y el producto se exhiben
como racimos de bananos en una plaza de mercado, o como tomates en temporada de
cosecha. El artista se incorpora al mundo actual bajo esas leyes que se aplican
a todos los hombres, a las leyes de la economía de mercado. En el socialismo el
problema es más complicado porque los marxistas-leninistas tienen una posición
diferente sobre el arte, menos romántica, más cruda; ellos piensan que el arte
debería estar al servicio de la Revolución, como un instrumento de proselitismo
y de militancia ideológica; el arte que les sirve a estos socialistas es el
arte con mensaje, desde luego el mensaje marxista-leninista: el de la lucha de
clases.
En el caso del capitalismo,
el artista puede llegar a morir de hambre si su arte no se vende, o a cambiar
de oficio si las cosas tampoco funcionan. En el socialismo el artista debe someter
su creación artística a los vaivenes políticos, o tiene la opción de
enfrentarse al sistema para defender la libertad creativa y sufrir las
consecuencias: la cárcel o la muerte.
En un mundo más civilizado
-donde el hombre no dependa ni del mercado ni del Estado para sobrevivir-, el artista
debería ser subsidiado, mantenido por la sociedad, por los otros hombres. La
sociedad en general debería convertirse en mecenas de los artistas, ya que
ellos lo único que quieren es hacer arte, y sobrevivir para hacerlo.
El inútil de la familia
No, no soy yo, a
pesar de que algunos allegados piensan eso sobre mí. Y pueda que tengan razón:
soy un inútil, pero pechocho. El título de este artículo hace referencia a una
novela del escritor Jorge Edwards. No he leído el libro, pero sé por qué la
escribió. Este autor alude a un pariente suyo que se dedicó a la
literatura, sin embargo, su ejercicio fue tortuoso ya que no podía vivir –en
términos económicos- de esta ocupación.
No es el primer
escritor, o el primer artista, que trata de subsistir del arte. Van Gogh, el
pintor, no vendió ni un cuadro en toda su vida, un hermano tenía que
mantenerlo. Al final se suicidó. Hace algunos años –paradójicamente- una de sus
pinturas fue subastada en cien millones de dólares.
Edgar Allan Poe,
trató de vivir con la literatura, de manera infructuosa. Ejerció como
periodista en algunos periódicos, pero eso no le daba para estar decentemente.
Decidió, entonces, vender su sangre; al final de su existencia fue encontrado
en una calle medio muerto. La leyenda negra de este autor dice que Poe estaba
alicorado, sin embargo, al parecer no sufría de borrachera sino de anemia.
Murió en la miseria. Con el paso del tiempo Poe se convirtió en uno de los
escritores más emblemáticos de la literatura norteamericana.
Mozart fue otro que
tuvo problemas económicos. El gran genio de la música clásica dedicaba gran
parte de su tiempo a componer sinfonías, conciertos, y óperas. Mozart no era un
lagarto, no sabía moverse en el mundo de la política, de las intrigas, de los
chismes, de la hipocresía; era un artista de tiempo completo. Esa falta de
astucia lo llevó a olvidarse del buen mantenimiento de las finanzas personales.
En aquella época los músicos debían trabajar para un noble, o si no se morían
de hambre simplemente. Esto último le ocurrió a Mozart; debido a que en Viena
–donde él residía- el movimiento musical de moda era el italiano, por lo tanto
los músicos de esa nacionalidad eran los preferidos de la aristocracia local.
Mozart no era italiano, y no era político, una mala combinación que lo llevó a
no encontrar oportunidades laborales decentes. Si él hubiera habitado en Praga
o en Londres su condición económica hubiera sido diferente, pero él prefirió
quedarse en Viena por motivos familiares. “La flauta mágica” una de sus óperas
más importantes fue un éxito; lo dramático de esto fue que cuando se exhibía en
un teatro de la ciudad austríaca con lleno total todos los días, en esos mismos
momentos el músico se moría en una cama a causa de la enfermedad que le
ocasionaron las deudas no pagas.
John Kennedy Toole,
el escritor de “La conjura de los necios”, se suicidó porque ninguna editorial
quiso publicar su libro. Años después su madre logró que un eminente profesor
de literatura leyera esta obra, y que se publicara. El resultado fue éste: “La
conjura de los necios” ganó el premio Pulitzer.
Mario Puzo, el autor
de “El padrino”, también tuvo problemas con el dinero. Antes de ser un escritor
de fama mundial, Puzo tenía que pasársela pidiendo dinero prestado a sus
familiares y a sus amigos. Él parecía ser todo un inútil. Cansado de esta
situación, el novelista se puso a la tarea de investigar todo lo que pudo sobre
la mafia italiana en Estados Unidos. Con esta información escribió “El
padrino”, y muy rápido la obra se convirtió en best-seller. Luego, el libro fue
llevado al cine, y traducido a varios idiomas. Puzzo dejó de ser “el inútil de
la familia”. Ésta por lo menos es una historia feliz.
Hay miles de
anécdotas sobre artistas que han fracasado en el mundo de las finanzas
personales, y que han pasado a la eternidad como grandes creadores. Yo sólo
digo que las apariencias engañan, ya que también hay otros que se han vuelto
millonarios.
Abogados que se vuelven escritores
Durante cinco años estudié derecho, me gradué de abogado, he ejercido la profesión, soy profesor, y escribo cuentos y novelas. No es la primera vez que un abogado se vuelve escritor, de hecho, la historia de la literatura está plagada de este tipo de casos. Algunos escritores como Gabriel García Márquez pasaron por una facultad de derecho sin graduarse, otros, como Franz Kafka, recibieron el título de abogado, ejercieron la profesión, pero pasaron a la fama por su labor artística.
En Colombia, tenemos un caso reciente de abogado convertido en escritor, el de Juan Gabriel Vásquez. Este novelista, incluso, estudió en la misma facultad de derecho que yo, y pasó por las aulas por los mismos años, aunque él iba unos cursos más adelante. Vásquez recibió el título, pero creo que no ejerció la profesión ni un solo día. Otro escritor colombiano, R.H Moreno Durán, también era abogado, él mismo decía que le llevó el diploma a sus padres y que les dijo: “Aquí está el título, ahora me dedicaré a la literatura”.
Goethe, el autor de “Fausto”, estudió derecho. Paulo Coelho, el escritor brasileño, también empezó la carrera pero la dejó porque simplemente no servía para eso, según él. Podría citar varios casos de abogados que se han convertido en novelistas y escritores, la lista es larga; sin embargo no quiero que esto suene como a “mal de muchos consuelo de tontos”. No señor. Así nadie -y me refiero a abogados-, se hubiera dedicado a la literatura, yo lo habría hecho. La profesión de abogado está muy ligada con el mundo de las letras, los abogados tenemos que redactar bien, tener buena ortografía, buena gramática, nuestros escritos deben tener cierta decencia de estilo para que los jueces acepten nuestros argumentos. Los instrumentos jurídicos como contratos, demandas, conceptos, recursos, al utilizar el lenguaje escrito deben ser presentados con decencia, respetando en lo posible el idioma. A muchos se nos va la mano, y terminamos decantándonos hacia la ficción, terminamos siendo escritores. Muchos literatos se dedican a la profesión de abogado por miedo, por terror a la pobreza y al hambre, sin embargo, sólo los valientes en todos los campos son quienes ofician en el arte que les gusta desarrollar, y eso se aplica para todas las profesiones. Estoy seguro que muchos abogados más son escritores frustrados, pero por físico miedo, o por vergüenza no se dedican a hacer lo que les gusta. A ellos les digo una frase que cita el escritor Mario Mendoza cuando decidió ser escritor de tiempo completo, es una frase de unos indios norteamericanos: “Salta al vacío, ya aparecerá el suelo”.
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