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¿Para dónde vamos?


Al finalizar cada año hacemos un inventario de todo lo que nos pasó –bueno, malo o regular- y proyectamos lo que posiblemente será nuestra suerte en el nuevo período que comienza el primero de enero.

Todos tenemos un plan individual, uno familiar, uno social y nacional, y otro global. Todos queremos que nuestros sueños y deseos se hagan realidad en el nuevo año que comienza. Todos queremos lo mejor para el mundo, estoy seguro de eso –hasta los más despiadados y malvados lo desean, creo yo-. Sin embargo, y sin tener que acudir a oráculos, cartas astrales o tarots, ¿cuál es el futuro de nuestra especie a corto, mediano y largo plazo? ¿Qué será de nosotros como humanos en el futuro?

Algunos creen que el fin está cerca: los apocalípticos piensan así; otros proyectan que la humanidad pasará por momentos difíciles: hambre, sequías, guerras por los recursos naturales, violencia generalizada: estos son los pesimistas moderados; y otros opinan que a pesar de las adversidades la humanidad saldrá adelante y que nos espera lo mejor: una sociedad perfeccionada por los valores más elevados: estos son los optimistas o ingenuos poco informados.

Yo creo que el futuro no es algo fijo, que se pueda predecir matemáticamente, creo que lo construimos día a día, hora tras hora, segundo a segundo. Creo que nosotros –los humanos- tenemos una magnífica oportunidad de salvar al planeta Tierra, todavía, creo que los hombres podemos construir una sociedad pacífica, cooperante, fraterna, justa, ecológica, amorosa, todavía; sin embargo, la espada de Damocles se alza amenazante también; hay que estar en guardia, las fuerzas oscuras no están dispuestas a ceder terreno para satisfacer sus intereses egoístas. Esos intereses pueden provocar guerras, terrorismo, injusticias, conflictos, y esto depende de cuánta acción benéfica provoquemos todos.

Ahí está nuestro futuro: en nuestras manos; eso es lo grandioso de la vida: que es imprevisible, desconocida, misteriosa. Podemos rodearnos de amor y paz, o por el contrario, de miedo, odio y venganza. El futuro podría ser apocalíptico, pero no por esas profecías antiguas o nuevas, no, el futuro podría ser terrible por nuestras actuales acciones y pensamientos, no nos llamemos a engaño.

El mundo termina con cierta dosis de pesimismo, lamento decirlo. El Brexit, la elección de Trump en Estados Unidos y otras elecciones por ahí dejaron a varios preocupados. Yo soy optimista, confío en el ser humano y en su poder de llenarse y de rodearse de amor, creo que nuestra especie a pesar de los problemas hallará la luz al final del túnel, pero eso depende de nuestra acción; ningún extraterrestre vendrá a redimirnos, ningún superhéroe nos sacará de la mala, no señores, solo nosotros estaremos en la capacidad de mejorar nuestra vida, de hacer perfeccionar nuestro entorno. Nosotros somos esa bendición que tanto estamos rogando que caiga del cielo.

Vamos para donde nosotros queremos ir. El Apocalipsis, ese final ineludible por la Providencia, es opcional, pero podría ser en verdad una realidad si no tomamos medidas urgentes en lo individual, en lo social, en lo global. Varios líderes mundiales –entre ellos el papa Francisco- ya lo han dicho y proclamado a gritos: necesitamos un cambio en nuestra forma de relacionarnos como seres humanos y en la forma como nos relacionamos con la naturaleza.

Si no hay ese cambio, la realidad de los pesimistas moderados podría ser verdad: guerras, conflictos por los recursos, más terrorismo, más hambruna. Sin embargo, eso lo podemos revertir. Estamos a tiempo. Llenemos de amor nuestra vida primero que todo, luego, irradiemos ese amor hacia los demás, y por último confiemos en esa inteligencia superior, que podría ser Dios, o la divinidad para que nos guíe, para que nos proteja, para que nos llene de esperanza.

El individualismo, el miedo, el odio, el resentimiento, la violencia, los antivalores, el materialismo, el consumismo, el egoísmo, nos están matando, nos están llevando a ese Apocalipsis mitológico que se encuentra en la psique humana, porque todos le tememos al fin, al punto de no retorno, a la inexistencia, a la desaparición. Ese temor es precisamente el problema, es ese temor el que nos vuelve indiferentes al dolor ajeno (al humano y al animal), es ese temor el que nos hace ser violentos y acaparadores, es ese temor el que nos hace ser materialistas e individualistas. ¿Para dónde vamos? Para donde nosotros estemos dispuestos a ir, pero esa decisión es libre no impuesta, esa es nuestra responsabilidad, nuestro poder.

El futuro de las universidades (reload)



Según estadísticas de la educación de Colombia solo el 40% (algunos dicen que este porcentaje es más bajo, probablemente el 20%) de los bachilleres egresados de los colegios pueden acceder a una universidad en nuestro país. En las naciones del Primer Mundo este porcentaje alcanza el 75%. Estamos quedados, la educación superior es un lujo y cuando se accede a ella no hay forma de saber si es posible estudiar en una institución de calidad ya que solo 38 universidades en Colombia tienen acreditación de alta calidad.

¿Hacia dónde van las universidades? ¿Qué futuro tienen? Es indudable que la educación superior es necesaria, que formar profesionales especializados es un requerimiento de la vida moderna, sin embargo, ¿se están formando los profesionales que necesitan las sociedades? ¿Qué deben modificar las universidades para formar mejor a sus alumnos? ¿Qué futuro tienen las carreras humanísticas como filosofía, antropología, sociología, etc? ¿Hay demasiados abogados? ¿Deben auspiciarse las carreras técnicas y tecnológicas?

Como ya lo he dicho en varios artículos el problema de la educación no es tanto de cobertura como de contenidos. ¿Cuáles contenidos? Deben transmitirse más valores positivos a los estudiantes, actitudes que aporten a la sociedad constructivamente. ¿De qué nos sirve estar llenos de profesionales bilingües si muchos o algunos de ellos son unos verdaderos hampones? El bilingüismo no garantiza que un profesional sea inmoral o no, sin embargo, en las universidades –sobre todo en las colombianas- debe hacerse un mayor énfasis en el tema ético, en el tema moral, en el tema de convivencia social. Las universidades no están cabalgando al ritmo de los nuevos tiempos, y no me refiero a la tecnología porque la mayoría de los centros educativos de primer nivel tienen departamentos de sistemas muy sofisticados y puestos al día en esas materias. No, me refiero a las realidades del mundo, del hombre.

No es un misterio que el sistema de convivencia humano actual está haciendo agua, si no lean la encíclica del papa Francisco “Laudato si” que trata sobre este tema. El sistema de convivencia humano es el responsable del daño al medio ambiente, de la pobreza, de la injusticia, de los conflictos que tiene el hombre consigo mismo y con su entorno. Las universidades a veces sirven como reproductoras y amplificadores del status quo vigente, sin embargo, esto ya no puede seguir así, hay una crisis y las universidades deben dar respuestas claras y contundentes a este tema, para solucionarlo.

Por lo tanto, ya estamos viendo que hay dos zonas de mejoramiento en el ámbito universitario: uno, el tema ético, de formación en valores y dos, el tema de la revisión del actual sistema de convivencia humano. Si las universidades no revisan estos dos ámbitos se quedarán rezagadas en el tren de la historia.

El tema de la financiación de los centros de educación superior es una preocupación en alza. ¿Cuánto cuesta estudiar en una universidad de primer nivel en Colombia? Depende de la carrera, pero por dar una cifra promedio, más o menos se requiere desembolsar entre 4.000 y 5.000 dólares semestrales. Una cifra alta para un país como el que vivimos. El Gobierno ha implementado el programa “Ser pilo paga” que auspicia a miles de estudiantes de bajos recursos que desean estudiar en la mejores universidades de Colombia. Eso es un buen comienzo. De otro lado, las mismas universidades están otorgando becas a esos estudiantes de bajos recursos, de manera ascendente. Según el Rector de la Universidad de los Andes, el 40% de los alumnos de este centro educativo pertenecen al programa “Ser pilo paga” y al programa “Yo quiero estudiar” que promueve precisamente este tipo de fenómenos: el de financiar las matrículas de estudiantes de estratos bajos (1 y 2).

Las universidades deben buscar otros medios de financiación para su funcionamiento y desarrollo, las matrículas y los ingresos por este rubro debe ser cada vez menor. Promover el sistema de donaciones entre los egresados, ampliar la oferta de servicios académicos como consultorías, asesorías, y la educación continuada; ingresar en el sistema de crowdfunding para obtener mayores recursos a través de una alianza con el sector productivo y con el sector privado en general. Buscar la innovación en este campo es necesario, en las universidades no deben estudiar los que puedan sino los que deseen hacerlo si tienen las capacidades académicas e intelectuales. ¿De qué nos sirve que las universidades estén llenas de hijos de papi y mami que les puedan costear las carreras, si a la hora de estudiar estos hijos de papi y mami son unos verdaderos pelmazos? No, las universidades deben llenarse de pilos, de intelectuales, de gente que de verdad quiera prepararse y cultivarse intelectualmente.

La relación profesor-alumno también debe transformarse; hasta ahora, el sistema de convivencia humano ha sido amplificado por la relación profesor-alumno en los centros educativos, es una relación vertical. El profesor enseña y el alumno aprende. No, yo creo que pasarse de una relación vertical a una relación horizontal, el profesor debe acompañar el proceso educativo del alumno, pero eso no implica que deba ser un dictador, un preceptor. El profesor debe ser un compañero de viaje en el proceso educativo del alumno, de tal forma que el estudiante empiece a marchar por su propia cuenta desde un comienzo, desde que se forma como profesional. La ventaja de una relación horizontal en el proceso educativo es que permite al alumno ampliar sus horizontes, y por lo tanto, no estar sometido al estricto programa de la materia que determina el profesor o la universidad; eso también le permite al alumno ser más crítico y más creativo.

Sobre el control de las universidades por parte del Gobierno, esto debe matizarse. Por un lado, la Constitución establece la autonomía universitaria, pero por otro lado, muchas universidades han incurrido en verdaderos abusos en nombre de esa misma autonomía. El Gobierno sí debe controlar a las universidades, pero también debe permitir que cada una se desarrolle de acuerdo con sus aptitudes, con sus propósitos y con su trabajo. Aquí me parece que el punto medio es el ideal. Rectores de universidades (como la del Rosario, según se ha pronunciado el doctor José Manuel Restrepo), están de acuerdo con la creación de una Superintendencia de la Educación Superior; yo creo que esto es sano igualmente, sin embargo, las facultades de esta superintendencia deben estar claras, y solo deben llegar hasta un punto determinado mínimo, que determinen con especificidad las directrices para que las universidades no incurran en abusos con los estudiantes matriculados y punto, aparte de la sociedad claro está; mejor dicho, que estas universidades no se desborden pero que tampoco se limiten en su desarrollo propio, y que el límite sea ese: el no abusar del alumno y de la sociedad.

La Nueva Humanidad necesita nuevas universidades. Centros de formación de nuevos seres humanos para una sociedad más fraterna, más cooperante, más pacífica, más humana, más creativa, más emprendedora, más progresista, más ecológica, más civilizada.  


El destino


¿Existe? ¿Estamos atados a una fatalidad ineludible? ¿Nuestras vidas son simples representaciones histriónicas en una obra de teatro cósmica, cuyos libretos ya han sido escritos previamente? ¿Quién juega con nuestras vidas? ¿Acaso Dios? ¿Acaso el Universo? ¿Acaso la misma vida?

Los seres humanos, cada día, nos debatimos en esta incertidumbre, ¿somos esclavos del destino o somos dueños de nuestro propio futuro? Generalmente, la respuesta más apropiada y políticamente correcta es: no, no existe el destino, cada quien es dueño de su propia vida.

Para demostrar que sí existe la libertad, podemos hacer un ejercicio muy simple: pararnos en este momento, abrir y cerrar los ojos y volvernos a sentar, ¿eso fue destino? ¿Alguien previamente sabía que nos íbamos a poner de pie, cerrar y abrir los ojos, y volvernos a sentar? No lo sabemos, tal vez eso ya estaba escrito en nuestro destino; o tal vez, ya estaba escrito en mi destino lo que yo iba a desayunar hoy, o que iba a escribir este artículo. Quién sabe, los seres humanos pensamos que somos libres, pero tal vez no lo somos.

Como ya lo dije, esta situación ha atormentado al hombre desde que es hombre. Esta duda lo agobia, ¿soy totalmente libre? ¿Mis actos determinan mi vida completamente? ¿O existe una fuerza invisible que ya sabe lo que va a ocurrir? Los antiguos acudían a los oráculos, el más famoso el de Delfos, para descifrar la voluntad de los dioses; los romanos interpretaban los augurios, a través de los augures –más o menos eran unos brujos que se atrevían a dar una predicción-, en fin, la historia está llena de mecanismos que ha utilizado el hombre para conocer su destino.

Hoy en día, algunas personas acuden a tarotistas, agoreros, lectores de la mano, médiums, astrólogos, entre otros, para que les aclaren su futuro. Mucha gente cree que el destino sí existe y que ya está escrito. Si eso fuera cierto, ¿para qué nos preocupamos por vivir? ¿Por trabajar? ¿Por estudiar? Si ya todo está cantado, si ya todo está previsto, ¿para qué nos esforzamos? Si todo tendrá un final preparado con anticipación.

Obviamente, nos reímos de esa posibilidad, la del destino; y nos ponemos todos los días el overol de trabajo (es una metáfora, algunos no lo utilizan), y salimos a la calle a “construir” nuestro futuro. Sin embargo, con el paso de los años, recordamos situaciones que, a pesar de nuestra voluntad, desembocaron en desenlaces inesperados, pero perfectos.

Alguna vez recibí una llamada de alguien (no quiero mencionar ni quién era, ni para qué me llamó), y me hizo una especie de propuesta. En un milisegundo pensé en todas las posibilidades que implicaba decir “sí” a esa propuesta. Terminé tomando una decisión negativa, no quise irme por donde esa persona quería que yo fuera. Con el paso del tiempo, esa situación me generó una especie de remordimiento de conciencia, ¿por qué no hice lo contrario? ¿Por qué tomé una decisión en contra de mi propia voluntad y de mi propio querer? Después de muchos años, esa situación, esa decisión, afectó la vida de otras personas, no sé si para bien o para mal, el hecho es que afectó la vida de otras personas. Si yo hubiera tomado una decisión contraria en ese momento álgido, tal vez esas personas hubieran tomado rumbos diferentes, o simplemente sus vidas habrían sido otra cosa.

En un milisegundo sopesé diferentes escenarios, alternativas, caminos, opciones, y opté por dar una respuesta. Años después, creo que allí funcionó el destino y el libre albedrío. Nadie me obligó a tomar esa decisión, fui yo solo quien lo hizo; pero, al tomar esa decisión pude comprobar que el Universo se había construido perfectamente a partir de mi decisión, como si todo estuviera arreglado, como si la vida supiera que yo me iba a negar a tomar otro rumbo. Como si el destino supiera que yo iba a decir no. Eso es peor. La vida nos conoce, y por lo tanto ajusta el destino con nuestro libre albedrío, lo cual nos encierra en el mismo dilema con que comenzamos este escrito.

En la astrología Saturno rige el destino, es el destino. Para los griegos Saturno es Kronos, el tiempo, el papá de Zeus. Saturno es la ley, lo que sucede indefectiblemente. Es el karma, es el resultado de nuestras acciones. La astrología, al contrario de lo que piensa la gente, no es un mecanismo para predecir el futuro, y en eso discrepo de muchos astrólogos. La astrología es un medio que porta una verdad oculta. Los antiguos utilizaron la astrología para transmitir unas verdades, sin tener que explicarlas a voz en cuello y fiándose de la simbología. La astrología es una simbología. Y aquí viene lo bueno del cuento: Saturno representa el destino en la carta astral. Luego, ¿la astrología si cree en el destino? Sí y no, mejor dicho, el destino sería la organización del Universo producto de nuestras decisiones, por eso Saturno también representa el karma, las consecuencias de nuestros actos.

El Universo prevé todas las posibilidades –eso es organización-, y por eso, cuando tomamos una decisión, todo se construye a partir de esa decisión, sea importante o intrascendente. A través del destino el Universo nos recuerda que hacemos parte de la naturaleza, y que por muy libres que seamos, nuestras decisiones ya estaban previstas en la matriz de la existencia. Cualquier decisión que tomemos es prevista y el Universo ya sabe cómo responder. Sin embargo, esa libertad es relativa, porque la mayoría de las cosas que suceden en la existencia no dependen de nuestra voluntad: el Sol sale todos los días con o sin nuestra participación, la Luna hace lo propio y nosotros no tenemos velas en ese entierro. El agua moja, y eso es ineludible, la vejez llega y no se puede retardar. Todos somos mortales y estamos bajando por un tobogán que ya tiene un punto final; depende de nosotros si disfrutamos o no del viaje, eso sí depende de nosotros completamente.

El transhumanismo



Es un movimiento filosófico-científico basado en la creencia de que la tecnología puede mejorar al hombre desde el punto de vista biológico y genético. De esta forma, se podrían engendrar seres humanos con cuerpos resistentes a determinadas enfermedades, con ciertos rasgos físicos, e incluso, se podría mejorar su capacidad mental e intelectual.

Independiente de si esto es posible o no, me parece que lo realmente relevante es su ámbito ético y moral. El transhumanismo suena atractivo, sería la respuesta a la utopía de una sociedad perfecta, tal como la describiera Aldoux Huxley en su novela Un mundo feliz. Sin embargo, presenta –en mi opinión- algunos peligros; por ejemplo, la manipulación genética con fines de perfeccionamiento racial, la peligrosa segregación que generaría la división de humanos “normales” y de humanos “mejorados genéticamente”, las desconocidas consecuencias en la naturaleza y en el cuerpo humano de una manipulación genética, y la cosificación de ese mismo cuerpo humano para ayudar a otras personas que no han sido manipuladas en su ADN.

Ahora bien, desconozco la forma de lograr este mejoramiento genético del hombre, no soy científico ni médico, pero sí puedo afirmar que el problema del transhumanismo no está en la posibilidad de hacer realidad este desarrollo sino en su utilización. Como todo avance tecnológico, desde la elaboración de un martillo, pasando por la pólvora, la luz eléctrica y la energía nuclear, el problema siempre es el mismo: su finalidad.

Sería una panacea que los seres humanos nacieran inmunes desde pequeños a ciertas enfermedades, o que fueran más fuertes y más inteligentes, sería algo espectacular; pero si el transhumanismo se utiliza como mecanismo de concentración y aglutinación de poder, estaremos bordeando los límites de lo que se deber hacer y de lo que no se debe hacer.

Obviamente, los avances tecnológicos también han servido para suministrar poder a Estados, a empresas, a organizaciones y a individuos; y si el transhumanismo se utiliza para esto, pues estaríamos frente a una repetición de conductas que nos tienen como nos tienen: al borde de la extinción.

Todo avance tecnológico debe servir para mejorar la convivencia humana, para hacer de este planeta un mejor lugar para vivir sin exclusiones; pero si nuevamente estos avances se desarrollan con la finalidad de dominar y de explotar, no se ha evolucionado.  

El gran problema del hombre no es tecnológico, o técnico, es moral. Si viviéramos en un mundo menos avanzado en lo científico, pero más desarrollado en lo moral, nuestro planeta sería un verdadero paraíso. Yo no culpo a la tecnología de los males de la humanidad, al contrario, estos han facilitado un mejor estar y un mejor vivir para el hombre; pero, creer en la premisa de alcanzar un mundo feliz basado exclusivamente en los avances tecnológicos, es una equivocación.

Si se logra la utopía transhumanista pero sin avances morales, lo único que se habrá obtenido es que el hombre viva más años, tal vez cien o ciento cincuenta, pero persistirán los problemas de violencia, de hambre, de injusticias, de guerras, de conflictos. ¿Por qué? Es fácil de explicar; el instinto de dominación y de acaparamiento de recursos por parte de unos cuantos siempre llevará a que hayan personas marginadas, excluidas; esas personas que se sienten discriminadas harán todo lo posible para conseguir su supervivencia, y volveremos al problema de siempre: creación de bandas delictivas, terrorismo, crimen, aberraciones, etc.

Si los seres humanos logramos convivir pacíficamente entre nosotros, con o sin manipulación genética, crearemos una sociedad de ilimitado bienestar y de verdadera felicidad. Si se llevan y se aplican los mismos valores –que ahora padecemos- a un mundo transhumanista, tendremos los mismos problemas de ahora.

¿Se puede manipular al hombre genéticamente para que sea mejor moralmente? Yo creo que no, y como ya dije no soy ni científico ni médico, pero sí soy sensato, o por lo menos pienso con los pies en la tierra. La moralidad o inmoralidad del hombre no están basadas en su composición genética; están basadas en los valores que residen en su alma, en su mente, en su conciencia; sobre algo no físico, no genético, no corporal. Para mejorar al ser humano moralmente solo hay una vía: modificar sus hábitos a través de la educación, de la cultura.  

La utopía transhumanista sin valores positivos podría transmutarse en una distopía, en una pesadilla; el avance tecnológico de la sociedad humana debe caminar paralelamente a un avance moral, ya que lo uno sin lo otro lo podríamos comparar al símil de un perro tratando de morderse la cola. Bienvenida la discusión…




El futuro de las universidades


El pasado 22 de septiembre de 2014, la Universidad del Rosario (Colombia) escogió a su nuevo rector, se trata del doctor José Manuel Restrepo quien se venía desempeñando en ese mismo cargo pero en el CESA. El nombramiento del Rector se llevó a cabo en el marco de una ceremonia solemne, en la cual participaron los quince colegiales de número y los cinco consiliarios.

Las universidades han evolucionado con el paso de los años; desde los primeros centros educativos superiores fundados en Europa, como el de Bolonia, o el de la Sorbona, o el de Oxford, pasando por el de Salamanca en España. Las universidades se crearon para ser el centro del conocimiento superior en cada ciudad, fruto de la evolución de la burguesía urbana.

El conocimiento profesional estuvo reservado en la Edad Media a los gremios, a las asociaciones de oficios que transmitían los secretos del arte a determinadas personas que ingresaban en esos gremios bajo circunstancias de exclusividad. Con las universidades también empieza el declive de la Edad Media y de estos gremios. Desde el Renacimiento, la posición filosófica ante el saber ha estado dirigida a confiar en la razón. Las universidades son la expresión más clara de esa búsqueda del conocimiento y de la verdad a través de la razón; aunque es claro, que las primeras universidades se crearon a instancias de órdenes religiosas dado el control que tenían estas sobre todo el sistema educativo.

Formar profesionales en áreas más especializadas y científicas, ya no tanto en oficios que se desarrollan “con las manos”, como carpintero, o albañil, sino en ocupaciones donde la investigación y el conocimiento necesitaban de un mayor grado de complejidad. Graduar médicos, abogados, ingenieros, y hasta teólogos, fueron las premisas de las primeras universidades.

El capitalismo se ha reforzado a través de la evolución de las universidades; de hecho, las mejores universidades del mundo se encuentran en los países donde este sistema de desarrollo ha evolucionado más. Estados Unidos, Gran Bretaña, Japón, Suiza, Francia, cuentan con los mejores centros educativos superiores. El socialismo también ha tenido su auspicio en las universidades, recordemos los centros de formación de la Unión Soviética, o los que hoy existen en la China y Cuba. Sin embargo, la concepción universitaria de hoy en día está ligada al sistema de mercado abierto, al capitalismo.

Las universidades contemporáneamente forman profesionales especializados con vocación de liderazgo en la sociedad, ¿qué significa esto? Que quienes pasan por una universidad van a ocupar los estratos más altos de la escala social en todos los ámbitos; en el económico, en el político, en el científico, y hasta en el artístico. Los profesionales universitarios se preparan para mantener y liderar el sistema imperante.

En países como Colombia, solo un 37% -aproximadamente- de los bachilleres pueden acceder a la educación superior; las cifras en los últimos diez años ha mejorado, pero todavía existe ese tamiz. Una minoría exigua puede tener acceso a las universidades. Ahora bien, solo algunas de esas universidades cuentan con acreditaciones de alta calidad (solo quince).    

¿Hacia dónde van las universidades? ¿Se volverán empresas? Es muy común escuchar esa frase dentro de los estudiantes de educación superior: “La universidad se está volviendo una empresa”, dicen ellos. ¿Tienen razón? El problema no es que la universidades estén evolucionando hacia convertirse en empresas, sino que se están aplicando criterios empresariales para manejar las universidades. Eso no es malo del todo, sin embargo, hay que tener en cuenta que la labor de educar es muy diferente de la de producir carros, o cocinar hamburguesas. Las universidades que se manejan como empresas acaban desdibujando la labor de transmisión y de creación del conocimiento.

La universitología actual reclama de los centros de educación superior altos requisitos de formación para los docentes: tener maestría o doctorado, y manejar un segundo idioma. También se aconseja que la mayoría de los profesores estén vinculados de planta, y que con el paso del tiempo se vaya desestimulando la figura del profesor hora cátedra. Obviamente, tener una planta de solo profesores de carrera o vinculados por contratos a término indefinido es muy costoso. Sin embargo, no creo que esa vinculación laboral, o el ostentar un título de maestría o de doctorado certifiquen a un profesor como buen docente.

El actual estado de la cosas, por lo menos en Colombia, y creo que en la mayoría de los países del mundo donde funciona el capitalismo, está determinado por una competencia entre las universidades, una intensa preocupación por la consecución de recursos, la tendencia creciente a investigar más, y la proliferación de programas de postgrado.

Las universidades han dejado de ser simples centros de formación, para convertirse en creadoras de conocimiento. Las buenas universidades ahora no solo compiten por el prestigio de sus egresados, sino por la cantidad y calidad de sus investigaciones.

Ahora bien, el mundo actual reclama que hayan buenos médicos, buenos abogados, buenos ingenieros; pero también que hayan buenos seres humanos. El sistema capitalista está migrando hacia un proceso de globalización, de monopolización del poder, lo cual está acarreando una serie de problemas que pueden poner en peligro la existencia de la raza humana. La globalización por sí misma no es mala, pero algunos tintes ideológicos, económicos y políticos sí la están convirtiendo en un obstáculo para el desarrollo integral del hombre, debido al sistema de convivencia humano que pregona: la dominación; en vez de evolucionar hacia un sistema de cooperación.

Las universidades no han sido ajenas a este fenómeno mundial; y como empresas y agentes en el sistema capitalista han reproducido en sus egresados estos males del modelo de convivencia humano actual. Los profesionales universitarios están muy bien formados en sus oficios, saben mucho de su ocupación, pero tienen una gran carencia –o varias, diría yo-: el pensamiento universal y el ejercicio con base en valores.

Los profesionales que se están formando en las universidades no pueden ser simples operadores de un oficio, también deben ser personas con una tendencia moral definida. Lo que hoy necesita el mundo son buenos seres humanos y menos buenos profesionales sin valores positivos. ¿Están formando las universidades, en general, esos buenos seres humanos? ¿Están formando las universidades esos profesionales con pensamiento universal? Creo que no, o por lo menos no de la forma como debiera ser, y no solo en Colombia, sino en el mundo en general. ¿Por qué? Porque las universidades están atadas al actual sistema de convivencia humano que impera en el mundo, y por lo tanto su cometido es reproducir ese sistema así sea equivocado. Las universidades del futuro mutarán hacia un sistema de convivencia humano basado en la cooperación. Cuando eso suceda sí se podrán formar buenos profesionales con valores positivos y con pensamiento universal.

¿Cuál debe ser el papel de las universidades en ese cambio de paradigma? Un papel protagónico y fundamental. Las buenas universidades no deben ser aquellas que solo importan conocimiento y que simplemente lo transmiten a sus estudiantes; deben ser aquellas que crean conocimiento, y que buscan la mutación hacia ese nuevo sistema de convivencia humano.   

La Internet: una nueva forma de vida


Cuando yo estudiaba derecho en la universidad, y teníamos que leer alguna sentencia de la Corte Suprema de Justicia, era necesario ir hasta la sede de dicha alta corporación. Buscábamos la sentencia en unos librotes, después llevábamos el librote para sacarle fotocopia, y luego devolvíamos el mamotreto. Conclusión: invertíamos casi una tarde en dicha operación. Lo mismo nos ocurría con una nueva ley, decreto, o norma jurídica relevante para nuestro aprendizaje.

Estudiar en la era pre-internet era complicado; era el mundo de las enciclopedias, de los libros de texto, de las tarjetas bibliográficas, de los viajes vespertinos en día sábado a las bibliotecas públicas en compañía de la mamá. Era complejo, no lo podemos negar.

Hoy en día la cosa ha cambiado. La Internet nos ha transformado la vida. La información se consigue muy fácil. Consultar una sentencia e imprimirla en papel es una operación que no lleva más de diez minutos; lo mismo pasa con las leyes, con los decretos, o con cualquier documento académico publicado en la red. Estudiar hoy en día es más fácil por el acceso a la información y a los datos. 

¿Quiénes gozan más con este adelanto tecnológico? Yo creo que la franja de personas que están actualmente entre los treinta y los cincuenta años son quienes más disfrutamos de este artilugio, ¿por qué?

Quienes superan los cincuenta años de edad eventualmente saben manejar un computador, o una tablet, o un teléfono móvil, sin embargo, la relación de las personas mayores con la tecnología no es tan apacible. Hay cierta guerra secreta entre las personas mayores y la tecnología, qué le vamos a hacer. Yo creo que estas personas se criaron desde pequeños en un mundo no tan tecnológico, más rústico, más apacible, con aparatos menos sofisticados y más simples. La tecnología actualmente abochorna incluso a los más jóvenes por este mismo motivo. Las personas mayores utilizan la tecnología como una necesidad, pero su experiencia no es placentera. Eso sin contar con las personas de la tercera edad, quienes simplemente –y en muchos casos- detestan la tecnología y no les importa entender la Internet o el funcionamiento de los nuevos artilugios tecnológicos.

Los menores de treinta años, los jóvenes, los adolescentes y los niños, son los llamados “nativos digitales”, aquellos que nacieron y crecieron con el desarrollo de la Internet. Estas personas ven este adelanto como algo natural, como algo que siempre ha estado en sus vidas. Como para nosotros, es normal el agua, el teléfono, la luz eléctrica; para los nativos digitales, la Internet siempre ha estado ahí. No la disfrutan tanto como nosotros, los de mi edad. ¿Por qué? Porque no es sorprendente para ellos, porque nunca vivieron la era pre-internet, porque no se perdieron en las enciclopedias, y porque nunca han tenido que ir con la mamá un sábado a la biblioteca pública. La Internet –para los nativos digitales- es como el Sol, la Luna, o las estrellas; hace parte de la decoración desde que nacieron, o desde que crecieron. La facilidad en el manejo de la tecnología para ellos es elemental, es manifiesto; los artilugios electrónicos son una prolongación del cuerpo para esta gente. Por eso mismo, no hay sorpresa, no hay emoción, no hay asombro.

Para quienes ostentamos un rango de edad entre los treinta y los cincuenta años, la Internet es un milagro. Vivimos la era pre-internet, y manejamos estos adelantos con dignidad, con decoro. No hay esa guerra que tienen los mayores con los aparatos, pero tampoco vemos a la tecnología como la luz, el agua, o el teléfono. Yo me sorprendo siempre, cuando entro a navegar por la red; cuando puedo ver un video en línea, o escuchar una canción, o leer un libro en la pantalla de mi computador –u ordenador como dicen los españoles-. Los maduritos gozamos con la Internet, más que los mayores y más que los jóvenes. Es un regalo de Dios para las generaciones que gozamos los 70, o los 80, e incluso los 90.   


http://fbgdialogos.blogspot.com

http://fbermudezg.wix.com/proyectoarikayasis

Tecnología: entre la libertad y la esclavitud

La relación del hombre con los objetos a veces es mortificante, gravosa, empalagosa, o enfermiza. Esos objetos devienen de materiales que la naturaleza simplemente puso ahí, algunos dirán que fue Dios, o acaso la Inteligencia Universal, o el azar, o lo que sea, el hecho es que están ahí.

Con esos materiales (vegetales, minerales, o incluso animales) el hombre ha construido artefactos para hacer la vida más fácil. Desde el hacha, pasando por la lanza, y el cuchillo, hasta la imprenta, la motocicleta, y el Ipod. La tecnología consiste en esa transformación de los objetos de la naturaleza para hacer la vida más vivible, más placentera, más feliz.

Sin embargo, para algunos, la tecnología no es eso, no es felicidad, no es placer, no es bienestar, es un martirio. ¿Por qué? Porque no saben utilizar la tecnología, puede der, o porque prefieren métodos más arcaicos, o porque su relación con los objetos es generalmente contradictoria: una guerra.

Creo que la tecnología no es buena o mala per se, creo que la tecnología sí sirve para facilitar la vida, y creo que jamás podrá suplantar al hombre. ¿Alguien en su sano juicio está en contra de inventos como la rueda, o la imprenta, o el computador portátil? Me imagino que no, pero no faltan los radicales anti-tecnológicos.

La tecnología también se ha desarrollado, desde hace milenios, para darle libertad al hombre, no para esclavizarlo. La tecnología debe ser una herramienta nada más, una herramienta que le permita al ser humano desarrollar sus facultades personales, pero no debe ser lo contrario: un instrumento de adormecimiento y enajenación.

Depende del uso que se le dé. Yo puedo agarrar un martillo y pegar una puntilla para colgar un cuadro, pero también puedo tomar ese martillo y darle en la cabeza a alguien (no estoy dando ideas). La primera utilización del objeto es positiva, la segunda es negativa. Y así es todo con la tecnología, que en esencia es neutra.

Hace un rato vi por la televisión a una persona que no utiliza teléfono celular, ni escucha música digital. Lo felicito, el señor vive incomunicado, como antes; y escucha casetes como antes. Sin embargo, creo que el teléfono celular le facilita la vida a personas que necesitan comunicarse con mucha gente, en muchos lugares. Para aquellas personas que hacen negocios, o que son ejecutivos, o que venden cosas, o que son médicos, o que simplemente no pueden estar pegados a un teléfono fijo. Para esas personas el teléfono celular es una bendición. La vida es más fácil para esas personas, al utilizar un móvil.

En mi caso, no escucho música en acetato ni en casetes, y creo que la música digital es una bendición. En un aparato de de cinco por dos centímetros, puedo guardar hasta mil o dos mil canciones (un mp3); pero hay aparatos más sofisticados que pueden guardar hasta cuarenta mil o cincuenta mil canciones. Y el sonido es mucho mejor, no nos digamos mentiras. Hay nostálgicos del acetato, del casete, pero creo que no están en sus cabales.

La tecnología ha facilitado la vida, estoy seguro de eso, pero también nos ha hecho dependientes de ella: ya no podemos salir sin teléfono celular, o no podemos vivir sin ver el Facebook todos los días, o el Twitter, o la página de los medios periodísticos digitales; o no podemos escribir sin computador. La máquina que se utilizaba antes para elaborar documentos es un verdadero adefesio si se le compara con los modernos procesadores de palabras; antes, escribir en máquina era un infierno; no creo que haya nostálgicos de la máquina de escribir, porque si los hay, qué pena, están muy mal.

La tecnología debe estar al servicio de la gente, y no la gente al servicio de la tecnología, ahí está el quid del asunto. Todo es un problema de actitud, de aprendizaje, de estado de ánimo. Hay tecnología perniciosa, es cierto, como las armas, o los instrumentos para infligir torturas. Pero también hay tecnología constructiva, como la que se utiliza en el ámbito médico, o en las comunicaciones. En los próximos siglos, y años, veremos cada día más avances tecnológicos. Todo será un problema de actitud hacia ellos, y de utilización. No podemos ser enemigos consagrados de la tecnología porque eso es fanatismo; y lo contrario, no nos podemos hacer los de la vista gorda ante la utilización enajenante de ciertas tecnologías. Es un problema político, filosófico, ético, y hasta religioso.

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El futuro de los periódicos


La semana pasada asistí a una conferencia con el director del periódico The Washington Post. Básicamente se habló de lo mismo; la competencia con la Internet, la caída en la pauta publicitaria, la ética de los medios de comunicación, la relación de esos medios con sus dueños, etc. Prácticamente sólo se tocaron lugares comunes. Sin embargo, me parece interesante abordar un tema –que también está un poco trillado-, el del futuro de los periódicos.

Hasta hace algunos años –diez o doce, por lo menos- los periódicos parecían ser empresas muy fuertes con un alto poder mediático. En todo el mundo ciertos medios de comunicación escritos tenían un aura de imbatibilidad, de fortaleza, nada les podía hacer daño, hasta que la Internet los doblegó. En los últimos tiempos varios periódicos han sido cerrados, o vendidos, o se han transformado en plataformas digitales con una naturaleza comunicacional muy diferente de la original. Los periódicos de papel están en crisis, la gente quiere leer las noticias en sus computadores personales, en sus Ipads, en sus tablets, o en sus teléfonos personales. El periódico de papel cuesta, y la gente quiere todo gratis y fácil. Esto lo ofrece la Internet: gratis y fácil. La consecuencia es que los anunciantes han emigrado a otros medios de comunicación, incluso la Internet.

¿Qué pasará con los periódicos de papel? El director del Washington Post afirmaba en aquella conferencia que a pesar de todo había mucha gente que seguía comprando periódicos y que eso bastaba para mantener el negocio. Hace algunos años, en Colombia, otro director de otro periódico, también afirmaba lo mismo: hay gente que sigue comprando periódicos, y por lo tanto no nos da miedo la Internet. El papel sigue prevaleciendo. En el futuro, ¿esto continuará así? Me temo que no, y esto también se aplicará a los libros.

Hoy en día la gente sigue comprando periódicos de papel, y libros de papel, por una razón muy simple: la facilidad para leerlos. Pero, las tablets o tabletas digitales ya están desbancando esa supuesta facilidad de lectura. En una tableta digital se pueden guardar miles de libros, como lo hacen los Ipod o los MP3 con la música. Allí se pueden leer con facilidad esos textos, y por lo tanto, el papel sí está amenazado por el medio digital, yo diría que seriamente amenazado. Lo que ocurre es que las tablets, o las tabletas digitales todavía no son de fácil adquisición por los usuarios. Un Ipad puede costar quinientos dólares, y una tableta análoga puede estar entre los doscientos y los trescientos dólares. Es por esto que la gente común y corriente sigue comprando libros y periódicos. Sin embargo, cuando las tablets sean de fácil adquisición los libros y los periódicos de papel tendrán sus días contados, serán cosa del pasado, y sólo los encontraremos en los museos y tiendas de antigüedades.

Esta situación ya ocurrió con la música, los acetatos, los casetes, y hasta los CD’s fueron reemplazados por la música que se encontraba en la Internet; hoy en día muy poca gente compra música en las habituales tiendas, prácticamente nadie lo hace. Lo mismo sucederá con los periódicos y con los libros de papel, siento decirlo. Cuando comprar una tableta digital sea tan fácil como adquirir un MP3 o un reproductor de música cualquiera, los libros y los periódicos pasarán a ser cosa del pasado.

Obviamente la gratuidad siempre será llamativa, es por eso que muchos periódicos se están regalando en las calles, y la publicidad posiblemente emigre hacia esos periódicos gratuitos, que se cierta forma compiten con la Internet por esa misma gratuidad. Pero no nos digamos mentiras, un periódico de papel no puede ofrecer la misma información que una página digital. En la página digital podemos encontrar audios, videos, enlaces, más datos, fotos, interactividad, etc. El periódico de papel se presenta muy precario.

Yo pienso que los periodistas, los comunicadores, deben aceptar que la Internet es el futuro irremediable. Cuando la Internet sea más avanzada, y salgan al mercado nuevos instrumentos tecnológicos para acceder a ella, allí no habrá cabida para el medio de papel. Tenemos que aceptar esa realidad, lo mismo ocurrirá con los libros. Es cierto, el libro en sí mismo es una obra de arte, por el diseño, por la letra, por la forma en que se empasta, etc. Sin embargo, el formato digital es más barato, más ecológico, y tiene mayor facilidad de consulta. La industria editorial y periodística debe asumir esta realidad de una vez por todas, sin ambages, sin prejuicios, sin resistencias al futuro. Los nuevos consumidores de información y de literatura – los jóvenes y los niños, los nativos digitales- verán el periódico y el libro de papel como un medio poco práctico, y poco atractivo. Todo el mundo en unos años tendrá una tableta digital –o muchas- en su casa, en su lugar de trabajo, en la calle, en la oficina, en todos lados. Esta realidad es irreversible, hay que adaptarse a ella.

Los nostálgicos del papel periódico y del libro asistiremos a museos, a bibliotecas públicas, y a tiendas de antigüedades, para comprar esas rarezas del pasado, pero cada vez serán menos. En cincuenta o sesenta años, los libros y los periódicos de papel serán como los papiros que utilizaban los antiguos para comunicarse. Estarán exhibidos en los lugares dedicados al pasado, siento decirlo. La única opción es adaptarse y aceptar la realidad, el presente. Seguir tapando el sol con un dedo es lo peor que se puede hacer. La creatividad es una necesidad para los periodistas y para los comunicadores, es su única opción para no sucumbir a los nuevos aires, y a los nuevos tiempos.