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Nobel para Bob Dylan
Extraña decisión la de la Academia Sueca,
darle este galardón a un músico y no a un escritor consagrado. Tengo que
confesarlo, en un primer momento me desconcertó, después me causó una cierta
incomodidad y después –con una pizca de resignación- lo acepté con algo de
alborozo.
El nombre de Dylan venía sonando, sin
embargo, desde rato para este premio, no fue tan sorprendente ni tan inesperado
para aquellos que siguen las conjeturas anuales del premio Nobel de literatura.
Aunque, esas mismas personas que siguen esas conjeturas nunca imaginaron que se
iba a volver realidad esa posibilidad.
Al momento de escribir estas palabras la
Academia Sueca no ha podido contactarse con el músico (¿poeta?), tal vez a él
le importa un comino que se haya ganado este premio o probablemente se cree tan
importante que ni siquiera el Nobel estaría a su nivel. Y no exagero, muchos de
esos rockeros multimillonarios, a quienes nos les cabe una moneda más en su
abultada cuenta bancaria, se gastan un ego ni el berraco.
Dylan no se ha referido a su premio
públicamente. El día que se hizo el anuncio –del otorgamiento del Nobel-
simplemente cantó en un concierto y no dijo nada al respecto, todo normal. Parece
que su silencio y la incomunicación con la Academia Sueca deprecian al Nobel.
Hombre, para cualquier mortal sería un honor
increíble, ganarse un premio tan importante y que entrega a su vez una cifra
nada despreciable que son más o menos en dólares: 933.000. Cualquier persona –como
yo- estaríamos bailando en una pata; pero a Dylan parece que la cosa no lo
perturba ni lo emociona en lo más mínimo, en apariencia.
Tal vez, por eso Dylan es Dylan y yo, soy yo.
Si yo me hubiera ganado el Nobel ya les habría dado el número de mi cuenta de
ahorros a los suecos, y estaría pendiente de la consignación. Eso sin hablar de
los preparativos para la ceremonia de premiación con reyes a bordo y toda la
cosa. Pero Dylan nada de nada.
La Academia Sueca, sin embargo, ya anunció
que enviará la respectiva invitación para la gala de premiación al músico (¿poeta?).
¿Será que Dylan irá? Probablemente su asesor de imagen o como se llame (¿agente
publicitario?) le recomienden alquilar un smoking y aparecerse en Estocolmo
para la ocasión. Pero Dylan es Dylan.
Por puro pragmatismo yo sí aceptaría el
premio (los 933.000 dólares), e iría a Estocolmo a codearme con la monarquía de
ese país y con los otros galardonados. Un colombiano ya recibió un Nobel, el
querido García Márquez, y fue a Suecia vestido con un liquiliqui (mejor dicho
se apareció en la premiación vestido de esa forma), ya que es una prenda
elegante que se utiliza en el Caribe, aunque al parecer también lo hizo como agüero
de buena suerte, según dicen sus amigos. Y efectivamente, otro colombiano
recibirá nuevamente este premio en diciembre: el presidente Santos en el ítem de
la paz.
Los premios pueden ser tomados de dos formas:
como un honor o como lo que son, una recompensa por un trabajo. Yo creo que
Dylan ha sido suficientemente recompensado por la vida: tiene plata, tiene
fama, y también ya ha sido recompensando con otros premios y condecoraciones,
el Nobel sería algo más y punto. Pero es extraño, no responderle el teléfono a
la Academia Sueca, no pronunciarse al respecto, no decir un simple ¡Gracias!,
qué extraño.
Así son los artistas: excéntricos,
inesperados, locos. Cualquier persona cuerda, en su sano juicio, ya habría
levantado el teléfono y habría hablado con los suecos para agradecerles el
detalle, pero es que los artistas son así: choco-locos. Ya veremos qué ocurre
con las reacciones de Dylan en los próximos días.
Yo por mi parte miro estupefacto el acto de
indiferencia del músico (¿poeta?); yo ya habría agradecido el premio, ya habría
dado mi número de cuenta de ahorros al departamento de pagaduría de la Academia
Sueca, ya habría comprado los pasajes para Suecia, y ya habría alquilado un
smoking en Chapinero para la ocasión. Pero Dylan no, por eso él es él, y yo soy
yo. Ambos somos artistas, pero él más choco-loco que yo. O tal vez él sea el
cuerdo, y yo sea el alucinado.
El extraño mundo de los escritores
Hace algunas semanas vi la
película “The end of the tour”, en la que se retrata la entrevista que le
hiciera el periodista de Rolling Stone David Lipsky al afamado pero fallecido
escritor David Foster Wallace. La entrevista duró cinco días, aunque nunca
llegó a publicarse. El periodista acompañó a Foster Wallace durante una gira de
promoción de la novela “La broma infinita”, un libro que un hoy en día está
considerado como de culto.
Foster Wallace era un
profesor de literatura –escritura creativa- en una universidad de Illinois; en
ese momento –en el de la entrevista- vivía solo, y ya se había vuelto muy
famoso por escribir “La broma infinita”. El periodista de Rolling Stone –quien también
es escritor- trata de auscultar en la personalidad de Foster Wallace, de
conocer aún más a ese personaje medio excéntrico, medio misterioso, medio
genio.
Al margen de lo que me
hubiera parecido la película, creo que la lección de la misma es la siguiente:
los escritores son personas comunes y corrientes, lo único diferente que tienen
con los demás es que dedican parte de su vida a escribir. Lipsky trata de saber
por qué Foster Wallace es tan excéntrico –tal vez por su pinta de hippy de los
60s-, por qué vive con tanta simplicidad, y si era verdad que estaba enfermo de
adicción por la heroína. A esas tres preguntas el
escritor responde indirectamente de la siguiente forma –palabras más, palabras
menos-: me visto así porque me parece cómodo, vivo así porque me gusta, y no
soy adicto a la heroína.
Lipsky descubrió que Foster
Wallace era una persona inteligente –un genio-, pero era paradojalmente un ser
muy simple, común, como los demás seres humanos. Descubrió que él era adicto a
la televisión y que por eso no tenía una en la casa. Foster Wallace solo tenía
un defecto, el que lo llevó a la tumba: sufría de depresión crónica. Años más
tarde, después de la entrevista, se subió a una silla en la cochera de la casa,
amarró una cuerda a su cuello y se ahorcó.
Los escritores son personas
comunes y corrientes con una afición extraña: escribir. Hay algunos que son
ateos, otros son religiosos, otros son capitalistas, otros son comunistas, a
otros les gusta viajar, a otros solo les gusta estar en la casa. Los escritores
son seres que necesitan escribir, como el pintor necesita pintar, o el escultor
esculpir. He leído y visto entrevistas
de decenas de escritores, todos tienen personalidades disímiles, pero todos
tienen un punto en común: necesitan escribir para sobrevivir, para afrontar
esta existencia.
El periodista de Rolling
Stone tenía una idea preconcebida de Foster Wallace y se encontró con un ser
humano simple, sencillo, que vivía en una casa normal, que tenía unos perros, y
que precisamente –como ya dije- no veía televisión porque era adicto a ella; en
cambio, no tenía otras adicciones como consumir droga, o andar con muchas
mujeres, o rumbear todas las noches. No, Foster Wallace era un profesor
universitario que no era rico ni era pobre, que le encantaba escribir, y que
padecía –como todos los famosos- por su fama.
A mí me encanta escuchar a
los escritores, saber por qué escriben, qué comen, que películas admiran, qué
gustos tienen en materia amorosa –o sexual-, qué libros leen, qué aficiones
tienen. ¿Por qué me gusta hacer eso? Porque a mí, como a mucha gente famosa y
no famosa me encanta escribir. Todos los días escribo, a veces solo dejo pasar
un día en el que no lo hago, pero de resto trato de enfrentarme frecuentemente
al teclado de mi computador y elaboro frases, párrafos, ensayos, cuartillas,
que plasmo en el papel virtual. Es como una especie de terapia saber lo que
hacen otros escritores –por lo menos los famosos-, porque no sé lo que hacen
los no famosos. Es como una especie de consuelo: “Por lo menos no soy el único
loco aquí” pienso después de ver alguna entrevista de un autor, novelista o
poeta.
Pero sí, el mundo de los
escritores es extraño porque viven en mundo paralelo al nuestro, porque
mientras teclean o plasman sus historias en el papel o en el computador están
viajando mentalmente a otras regiones, a otros países, a otros planetas, a
otras épocas, y se están encontrando con gente que conocen o que no conocen;
todo lo hacen desde su estudio, desde su cuarto, desde su casa, desde su
oficina, desde donde escriben –incluso desde un café, como lo hacía la
escritora de Harry Potter J.K Rowling-.
La escritura es un oficio
solitario parcialmente o relativamente, porque el artista a pesar de ejercer su
arte en solitario en realidad está acompañado, ¿por quién? Por sus personajes,
por sus historias, por sus mundos ficticios o no ficticios, y sobre todo por
sus lectores anónimos o conocidos. El mundo de los escritores es extraño, pero
no hay que olvidar que son seres humanos comunes y corrientes; esa fue la
lección que le dejó Foster Wallace al periodista de Rolling Stone, sin embargo,
y como una jugarreta del destino, el escritor –a diferencia de otros humanos-
se convierte en un ser inmortal a través de su obra. Todavía podemos hablar con
Cervantes, o con Goethe, o con Allan Poe, a través de sus escritos, donde
plasmaron su alma, su corazón por los siglos de los siglos.
La utilidad del arte
Los seres humanos siempre le
estamos buscando la utilidad a todo. Por alguna necesidad psicológica lo que no
sirve para algo no tiene importancia en nuestras vidas, lo desechamos. Sin
embargo, esto no tiene que ver con la naturaleza del hombre, tiene que ver con
la forma como nos educaron, con la cultura.
Nuestra sociedad es pragmática,
utilitarista; no solo en el capitalismo impera el pragmatismo, en el socialismo
también. El arte es una actividad humana que se lleva a cabo bajo sospecha de
los utilitaristas. ¿Sirve para algo? ¿Qué practicidad tiene? Obviamente los
artistas sacan pecho, y con un poco de complejo de inferioridad tratan de
explicar su actividad bajo la luz de un contexto de servicio.
“El arte sirve para dar
felicidad”, “el arte sirve para educar”, “el arte sirve para culturizar”, “el
arte sirve para poner a pensar”; estas son algunas de las afirmaciones que uno escucha
con cierta frecuencia, y que generalmente vienen de los artistas. Algunos
tratan de explicar algo que no tiene explicación, porque en nuestra sociedad lo
que no tiene explicación no sirve para nada, hay que dejarlo de lado.
El arte cae en esta categoría
de lo inexplicable, de lo absurdo, de lo que no tiene sentido. Sin embargo,
para muchos artistas esto es un anatema, “no digas burradas” dirán algunos; “el
arte sirve para…” y lo llenan con lo que mejor les parezca para no sentirse
inferiores ante otras actividades mundanas.
En el capitalismo y en el
socialismo lo que no sirve para algo no funciona, no tiene interés. Ahora bien,
yo no estoy diciendo que el arte no sirve para nada, porque sí sirve; pero su
servicio, su utilidad, desborda el ámbito de las leyes de la economía de la
oferta y la demanda.
“¿No has visto que muchos
artistas son millonarios?” preguntan algunos; sí claro, hay pintores, músicos,
escritores, actores, a los que no les cabe un centavo más en el bolsillo; eso
se debe a que su arte ha mutado, se ha transformado, en una “mercancía útil”.
Si el producto que elaboran no fuera útil, pues no se vendería.
“Esta novela te puede ayudar
espiritualmente”, “este cuadro es una obra de arte carísima porque la pintó XX
en el siglo YY”, “esta canción te pone a pensar”; siempre estamos tratando de
mutar nuestro arte en algo que en el contexto del sistema de convivencia humano
tengo utilidad, para poder sacar provecho de ello.
Sin embargo, los artistas
conocemos un secreto inconfesable, que nos ruboriza, es el siguiente: hacemos
arte por hacer arte, así de simple. Cuando un músico compone una canción
generalmente lo hace porque siente la necesidad de hacerlo; cuando un poeta
compone un verso, lo hace porque siente la necesidad de hacerlo. El arte solo
se explica por sí mismo, no por las leyes de la oferta y la demanda, o por los
requerimientos sociales de un sistema político.
“Los artistas deben vivir de
algo”, obviamente, no son cuerpos gloriosos que se alimentan de la luz solar o
del viento; necesitan comer, necesitan vestirse, necesitan de un techo donde
guarecerse. Los artistas son seres humanos comunes y corrientes que llevan a
cabo una actividad inexplicable.
Para que el artista pueda vivir
dignamente, se le endilga a su arte una utilidad. A veces no puede vivir
dignamente, y se muere tirado en cualquier calle como perro abandonado. Eso le
ocurrió a Edgar Allan Poe. Mozart tenía tantas deudas que entró en crisis y
falleció a temprana edad.
Hoy en día, el arte, como todo
lo que se vende y se compra en el mercado, presenta una explicación pragmática
de su naturaleza. “El arte da felicidad”, “el arte educa”, “el arte enseña”, “el
arte politiza”, etc, etc. Una vez se le otorga una categoría pragmática a esta
actividad, se puede vender. La industria del arte, o del entretenimiento,
genera mucho dinero hoy en día. Si Edgar Allan Poe o Mozart vivieran en estos
tiempos, no se habrían muerto de hambre.
El arte es una actividad humana
extraña; los niños hacen arte, y si uno les pregunta qué están haciendo, ellos
simplemente se encogen de hombros y no responden mayor cosa; no pueden explicar
por qué están haciendo X o Y acción, como marcar una hoja en blanco con una
crayola, o pegar unos recortes de periódicos en un papel. Ellos simplemente lo
hacen; así como los pájaros cuando cantan, o los perros cuando mueven la cola. Los
artistas hacemos arte por hacerlo, pero lo pragmatisamos para poder venderlo, o
para poder vivir de él.
Muchas actividades humanas son
inexplicables, casi todas; pero necesitamos darles un sentido para darle
soporte a una sociedad que se basa en leyes artificiales; la artificialidad de
nuestro sistema de convivencia humano necesita racionalizar todo, para que
tenga algún sentido, para que no sea una mentira. Para que podamos seguir
viviendo de la misma forma, sin hacer preguntas. Obviamente, para favorecer a
unos y desfavorecer a otros. El arte se lleva a cabo para hacerlo, por eso se
llama arte, porque es un artis, es un
eterno hacer que encajonamos racionalmente para lograr que sobreviva en un
mundo utilitario.
Los artistas buscan mecenas, otra vez
Así era en la Edad Media;
quienes se dedicaban a la música, a la pintura, a la literatura, debían
buscarse un mecenas. Alguien que los patrocinara, que los mantuviera
económicamente. Cuando el mercado del arte no estaba todavía tan desarrollado
ese era el modus vivendi de los artistas. Cuando llegó la Era Moderna y el sistema
capitalista se desarrolló a plenitud, el arte también ingresó en las reglas del
mercado. Las obras de los artistas se empezaron a cotizar en los mercados, y se
les empezó a poner un precio a aquellas. El arte no fue ajeno al capitalismo.
Con el paso del tiempo muchos artistas se volvieron millonarios por el simple
hecho de ejercer su actividad. Músicos, cantantes, pintores, escritores, artistas
plásticos, son hoy en día millonarios; aunque no todos. Algo impensable en la
Edad Media, ya que socialmente los artistas eran vistos como seres inferiores,
y los nobles mantenían su superioridad en la escala de importancia de los
hombres. Con el paso del tiempo eso cambió, y hoy podemos ver a importantes
artistas codearse con lo más granado del mundo de la política, de la economía,
y de la intelectualidad. El capitalismo también les sirvió a los artistas, para
conseguir independencia económica, y reconocimiento social.
Con la llegada de la
Internet eso ha cambiado, de cierta forma. Los artistas viven de vender sus
obras, ya sean libros, pinturas, canciones, poesías, fotografías, etc; sin
embargo, la Internet ha generado que esas obras se puedan conseguir fácilmente
en la red de manera gratuita, sin tener que pagar un céntimo de nada. La
primera víctima de esto fue la música, cuando se empezaron a publicar canciones
de artistas reconocidos en páginas web de forma libre. La industria
discográfica entró en alarma, era inaudito, y legalmente han hecho todo lo
posible para restringir esas páginas web que ofrecen música gratuita. Es
imposible, controlar esas páginas web, y restringir la Internet. La industria
discográfica ha perdido esa batalla, la gente ya no compra música, y los
artistas ofrecen sus obras de manera gratuita en la Internet. ¿En dónde está el
negocio? Los músicos dicen que ahora el dinero está en los conciertos, y que la
Internet les sirve para publicitar sus obras. Sin embargo, no todos los
artistas pueden darse el lujo de vivir de megaconciertos, o incluso, de
conciertos.
En la literatura ha
sucedido algo similar, aunque no de manera tan contundente. El libro en papel
no ha perdido del todo la batalla contra el libro digital, pero con el tiempo
la perderá, no hay nada que hacer. El libro digital terminará desplazando al
libro de papel cuando las denominadas “Tablets” estén al alcance de todo el
mundo. Los libros digitales también se consiguen gratuitamente en muchas
páginas web. Las editoriales, como lo ha hecho la industria de la música, han
tratado de cerrarle el paso a esas páginas web que ofrecen libros digitales de
forma gratuita y que no les pagan un céntimo a los autores de las obras. La
batalla también está perdida en ese ámbito, sin embargo, la gente todavía
compra libros en papel por razones culturales, económicas, y por la facilidad
del medio. Las “Tablets” terminarán por desplazar al libro de papel, cuando
aquellas sean completamente asequibles al público común y corriente.
¿Qué han hecho los artistas,
entonces? Volver a buscar mecenas, como hacían los artistas en la Edad Media.
Sin embargo, hoy en día el mecenazgo tiene un nombre más elegante: Crowdfunding. Los artistas
buscan personas que los patrocinen, haciendo publicidad de estos en páginas
web, en videos, en canciones, en fotografías, y en la misma obra, incluso. El
crowdfunding es un moderno mecenazgo es un retorno al sistema de financiamiento
que existía en la Edad Media, empero, también hay que aceptar que hay una
diferencia substancial con el mercado del arte en aquellas épocas y es el sistema
de información que hoy existe. La Internet permite que si yo publico una novela
aquí en Colombia en pocos minutos pueda ser descargada en España, o en la
China. Eso no sucedía en la Edad Media. Los músicos publican sus canciones en
Youtube, los pintores publican fotografías de sus obras en blogs y páginas
webs, los poetas suben sus versos a la red, y los artistas en general utilizan
esa tecnología para darse a conocer de manera masiva. El mercado del arte ha
cambiado, y ahora ya no depende de los consumidores del arte solamente, ahora
también está ligado a los usuarios de la información digital. Los artistas
pueden vender sus obras, pero también pueden transmitir información de
publicidad de manera masiva utilizando su popularidad, y allí es donde está el
verdadero negocio.
La página web personal de
una estrella del rock puede ser visitada miles de veces, o millones de veces en
un día, y esa estrella del rock puede vender publicidad en ese sitio virtual.
El artista tiene una imagen, y esa imagen puede estar ligada a una marca, o a
un nombre, o a un producto, y eso vale dinero. El arte se ha masificado de manera exponencial por el mundo de la información, y esto ha generado que
personas anónimas se vuelvan famosas de la noche a la mañana por ese mundo de
la información.
Los artistas buscan mecenas,
otra vez; pero ahora tienen una herramienta adicional a su favor: el mundo
digital.
Arte
¿Qué es el arte? ¿Para qué
sirve? Todos los días –y estoy seguro de eso- los artistas se hacen estas
preguntas, como en una especie de terapia, o de catarsis. Los artistas son
seres extraños (¿somos?), siempre lo han sido, desde las cavernas. Yo creo que
al primer fulano que se le ocurrió pintar un búfalo en la pared de una cueva lo
miraron con extrañeza sus demás colegas. “¿Por qué no vas a cazar con nosotros,
en vez de estar pintando pendejadas?” Me imagino que eso le dijeron, porque
desde los inicios de la civilización humana los artistas han ido en contravía
de las mayorías, las cuales solo piensan en satisfacer sus necesidades básicas:
comida, bebida, vivienda, y sexo. El pobre hombre de la cueva, el que pintó el
búfalo, tenía una necesidad adicional: la de crear.
Los artistas, los que hacen
arte, se sienten extraños por ello, estoy seguro, porque yo me siento extraño.
El artista tiene una tendencia diferente a la de los demás, la de imitar el
proceso de creación que hace la naturaleza, trata de igualarse a la divinidad.
Él o ella deciden hacer algo que no existe con recursos que sí existen; el
pintor modifica unos materiales y los convierte en un lienzo, el poeta modifica
unas palabras y establece un verso, el músico lo hace con los sonidos, y el
artesano con la masa. El artista modifica el mundo que ya existe, para crear
uno o varios elementos y producir una obra. Sin embargo, la obra de arte se
diferencia de otras modificaciones del mundo físico, porque en el arte esa obra
no está destinada a satisfacer una necesidad primaria, sino que está destinada
a satisfacer una inclinación emocional, intelectual, y hasta espiritual.
El arte satisface
necesidades, de eso estoy seguro, pero no las básicas –y me refiero al efecto
que produce la obra-, necesidades que surgen de diferentes esferas del ser
humano. Ciertos artistas necesitan de esa actividad para no caer en
depresiones, locuras, o ansiedades; otros, para encontrar una razón a la
existencia, o por lo menos para tratar de encontrarla; y algunos, para acercarse
a Dios, a la divinidad, al universo, o a la totalidad.
He dicho que el artista se
siente extraño, ¿será una exhibición de vanidad por parte mía? ¿El artista se
siente extraño por el simple hecho de no encajar con los demás seres humanos?
¿O será que él busca a propósito estar al borde de la normalidad social? ¿Son
creídos los artistas? ¿Son vanidosos? Quizás…., el hombre de la caverna –el que
pinta- le dice a los demás: “Vayan ustedes por el búfalo, yo me quedo
pintando”. Tal vez esta sería la primera muestra de soberbia y orgullo
artístico, porque muchos artistas tienen fama de engreídos, de impotables, de
sentirse mejores que los otros seres humanos.
¿Es necesario que la
sociedad mantenga a los artistas? Yo creo que sí, y puede sonar hasta
descarado, ¿por qué? Porque el artista sí tiene una función en la sociedad:
ayudar a que los hombres sean felices. Otros dirán que el artista no hace nada,
que es un vago, que es un haragán, un mantenido, un vividor, o un zángano. Para
la gente común y corriente –los que no hacen arte- el artista no produce nada,
no genera satisfacción de necesidades primarias; pero, a estos se les olvida
que el ser humano no solo vive de pan –como dicen las Sagradas Escrituras- sino
que también vive o sobrevive gracias a la satisfacción de necesidades
secundarias (mejor sería decir no físicas), como son las emocionales, las
mentales, las psíquicas, y hasta las espirituales.
El artista satisface sus
propias necesidades no físicas, y ayuda a otros a satisfacer esas mismas
necesidades. ¿El artista debería recibir una recompensa por esto? Desde luego,
y de hecho a lo largo de la historia la ha recibido, aunque a veces en
condiciones muy precarias, y muchas veces no la ha recibido y el artista se ha
muerto de hambre. Una sociedad civilizada debería mantener a sus artistas, ¿es
esto una herejía? No lo creo, los artistas trabajan en algo que no produce una
satisfacción física –por decirlo de alguna forma- pero sí satisface unas
necesidades, y por esto debería ser recompensado.
En el mundo actual, en el
del capitalismo, el artista sobrevive bajo las leyes de la oferta y la demanda,
su arte se incorpora en un mercado donde el precio y el producto se exhiben
como racimos de bananos en una plaza de mercado, o como tomates en temporada de
cosecha. El artista se incorpora al mundo actual bajo esas leyes que se aplican
a todos los hombres, a las leyes de la economía de mercado. En el socialismo el
problema es más complicado porque los marxistas-leninistas tienen una posición
diferente sobre el arte, menos romántica, más cruda; ellos piensan que el arte
debería estar al servicio de la Revolución, como un instrumento de proselitismo
y de militancia ideológica; el arte que les sirve a estos socialistas es el
arte con mensaje, desde luego el mensaje marxista-leninista: el de la lucha de
clases.
En el caso del capitalismo,
el artista puede llegar a morir de hambre si su arte no se vende, o a cambiar
de oficio si las cosas tampoco funcionan. En el socialismo el artista debe someter
su creación artística a los vaivenes políticos, o tiene la opción de
enfrentarse al sistema para defender la libertad creativa y sufrir las
consecuencias: la cárcel o la muerte.
En un mundo más civilizado
-donde el hombre no dependa ni del mercado ni del Estado para sobrevivir-, el artista
debería ser subsidiado, mantenido por la sociedad, por los otros hombres. La
sociedad en general debería convertirse en mecenas de los artistas, ya que
ellos lo único que quieren es hacer arte, y sobrevivir para hacerlo.
El inútil de la familia
No, no soy yo, a
pesar de que algunos allegados piensan eso sobre mí. Y pueda que tengan razón:
soy un inútil, pero pechocho. El título de este artículo hace referencia a una
novela del escritor Jorge Edwards. No he leído el libro, pero sé por qué la
escribió. Este autor alude a un pariente suyo que se dedicó a la
literatura, sin embargo, su ejercicio fue tortuoso ya que no podía vivir –en
términos económicos- de esta ocupación.
No es el primer
escritor, o el primer artista, que trata de subsistir del arte. Van Gogh, el
pintor, no vendió ni un cuadro en toda su vida, un hermano tenía que
mantenerlo. Al final se suicidó. Hace algunos años –paradójicamente- una de sus
pinturas fue subastada en cien millones de dólares.
Edgar Allan Poe,
trató de vivir con la literatura, de manera infructuosa. Ejerció como
periodista en algunos periódicos, pero eso no le daba para estar decentemente.
Decidió, entonces, vender su sangre; al final de su existencia fue encontrado
en una calle medio muerto. La leyenda negra de este autor dice que Poe estaba
alicorado, sin embargo, al parecer no sufría de borrachera sino de anemia.
Murió en la miseria. Con el paso del tiempo Poe se convirtió en uno de los
escritores más emblemáticos de la literatura norteamericana.
Mozart fue otro que
tuvo problemas económicos. El gran genio de la música clásica dedicaba gran
parte de su tiempo a componer sinfonías, conciertos, y óperas. Mozart no era un
lagarto, no sabía moverse en el mundo de la política, de las intrigas, de los
chismes, de la hipocresía; era un artista de tiempo completo. Esa falta de
astucia lo llevó a olvidarse del buen mantenimiento de las finanzas personales.
En aquella época los músicos debían trabajar para un noble, o si no se morían
de hambre simplemente. Esto último le ocurrió a Mozart; debido a que en Viena
–donde él residía- el movimiento musical de moda era el italiano, por lo tanto
los músicos de esa nacionalidad eran los preferidos de la aristocracia local.
Mozart no era italiano, y no era político, una mala combinación que lo llevó a
no encontrar oportunidades laborales decentes. Si él hubiera habitado en Praga
o en Londres su condición económica hubiera sido diferente, pero él prefirió
quedarse en Viena por motivos familiares. “La flauta mágica” una de sus óperas
más importantes fue un éxito; lo dramático de esto fue que cuando se exhibía en
un teatro de la ciudad austríaca con lleno total todos los días, en esos mismos
momentos el músico se moría en una cama a causa de la enfermedad que le
ocasionaron las deudas no pagas.
John Kennedy Toole,
el escritor de “La conjura de los necios”, se suicidó porque ninguna editorial
quiso publicar su libro. Años después su madre logró que un eminente profesor
de literatura leyera esta obra, y que se publicara. El resultado fue éste: “La
conjura de los necios” ganó el premio Pulitzer.
Mario Puzo, el autor
de “El padrino”, también tuvo problemas con el dinero. Antes de ser un escritor
de fama mundial, Puzo tenía que pasársela pidiendo dinero prestado a sus
familiares y a sus amigos. Él parecía ser todo un inútil. Cansado de esta
situación, el novelista se puso a la tarea de investigar todo lo que pudo sobre
la mafia italiana en Estados Unidos. Con esta información escribió “El
padrino”, y muy rápido la obra se convirtió en best-seller. Luego, el libro fue
llevado al cine, y traducido a varios idiomas. Puzzo dejó de ser “el inútil de
la familia”. Ésta por lo menos es una historia feliz.
Hay miles de
anécdotas sobre artistas que han fracasado en el mundo de las finanzas
personales, y que han pasado a la eternidad como grandes creadores. Yo sólo
digo que las apariencias engañan, ya que también hay otros que se han vuelto
millonarios.
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