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Libertad


¿Es libre realmente el ser humano? ¿Qué es la libertad? No basta con acudir al diccionario y leer el significado literal de esta palabra, porque sus implicaciones subjetivas van más allá de cualquier connotación lingüística.

El anhelo de todo hombre es ser libre, aunque crea que ya lo es. Quiere ser libre de la pobreza, de la miseria, de la enfermedad, del error, de los instintos, de otras personas, de la sociedad, de sí mismo.

La libertad es una idea que nos llena de esperanza, que nos incita a trabajar para alcanzarla algún día. Se presenta en el horizonte, muy atractiva ella, pero siempre en nuestra alma y en nuestra mente queda la sensación de que ella no es más que una quimera.

Cuando nos enseñan en el colegio que los próceres de la independencia y que los padres fundadores de nuestra patria lucharon por la libertad, ¿a qué ser referían? ¿A que nos estaban haciendo libres de verdad? ¿O simplemente nos independizaban de otros imperios, de otros gobiernos, de otros Estados? Yo creo que sí, creo que lo que se alcanzó allí en el caso de América no fue la libertad como tal sino simplemente una independencia, una autonomía, que probablemente llevaría a que los ciudadanos de los nuevos Estados fueran “más libres”.

Nos gusta hablar acerca de la libertad, nos gusta afirmar que somos libres e independientes, nos gusta luchar por la libertad, ¿pero es eso cierto? No es verdad que también gozamos de manera masoquista de la dependencia de algo o de alguien? Cuando nuestros padres velaban por nosotros integralmente, ¿no sentimos nostalgia y añoranza por esas épocas? Cuando el Estado nos regula, nos controla, ¿no nos sentimos más seguros? ¿Más tranquilos? ¿Es la libertad plena, plena garantía de felicidad?

Sí, la libertad es una promesa atractiva pero que nos causa miedo. Nos enfrenta a un dilema: ser libres, o ser felices. ¿Por qué? ¿Luego la libertad  no brinda felicidad para el que la posé? ¡Desde luego! Pero siempre dudamos de que la verdadera libertad nos dé felicidad.

De cierta forma, ser un poco dependientes, esclavos, subalternos, nos entre algún apaciguamiento, algún bálsamo. La gente totalmente libre no existe como tal, son personas que solo viven en mundos imaginarios, ¿será esto cierto? ¿Algún día el ser humano podrá ser totalmente libre?

Los anarquistas prometen que sí, cuando no haya leyes, cuando no haya Estado, cuando no haya regulaciones; pero ellos se equivocan. El hombre no es libre o esclavo por la forma en que vive sino cómo vive. El hombre es libre en su mente, en su corazón y no en su ciudadanía, en su posición en la sociedad. Mientras viva en un mundo material siempre dependerá de algo, de la comida, de la supervivencia, del hogar, de los padres, del sexo, del medio ambiente, de los animales, de otros hombres.

En economía, más libertad reclaman los capitalistas; en el socialismo, la libertad está limitada so pretexto de conceder mejor bienestar material. Pero, en ambos sistemas la libertad no es plena. Para el pobre, en el capitalismo, no hay libertad plena, así viva en un sistema que proclama a todos gritos la libertad como su base. El pobre no puede ir a estudiar adonde quiera, no puede comer lo que quiera, no puede vivir donde quiera, ¿eso es libertad? En el socialismo nadie tiene libertad, ni siquiera los que mandan. Ellos viven encadenados a su sistema político burocratizado. Y los ciudadanos en el socialismo ceden parte de su libertad de elección con el objeto de algunos bienes materiales mínimos para sobrevivir.

El capitalismo vende la libertad y el socialismo vende la igualdad. El mercadeo en ambos sistemas solo queda en eso, en mercadeo. En el capitalismo no hay libertad plena y en el socialismo no hay igualdad. Ambos sistemas conviven en la dominación. Son ramas de una misma forma de ver la vida en lo político. 

¿El artista es libre? Lo es cuando desarrolla una expresión de su espíritu y no cuando expresa algo que está enmarcado por un intercambio comercial. Lo primero es verdaderamente arte, lo segundo es comercio. El arte es libre por esencia, como el espíritu humano. Ambos son auténticamente libres. No como el hombre que se cree libre pero no lo es.

¿Los delincuentes son libres? ¡Claro que no! ¡Pero si son libres porque infringen las normas! Yo pregunto entonces: ¿Eso los hace libres? Probablemente sin estar en la cárcel son más esclavos y serviles que quienes siguen las reglas. Los delincuentes son subalternos a veces de su ignorancia, a veces de sus instintos, a veces de su necesidad, a veces de su avaricia, a veces de su pobreza, a veces de su estupidez; pero no, no son libres, no son auténticamente libres.

El asesino, el ladrón, el estafador, el violador, el secuestrador no es libre, ninguno de ellos es libre, a pesar de estar contrarrestando las normas y las directrices de la sociedad que lo limitan en su actuar. El inmoral no es libre tampoco, mucho menos que el delincuente. El inmoral también es víctima de la dictadura de su ignorancia, de su estupidez, de sus instintos, de su imbecilidad.

El anarquista viola las normas del Estado porque cree que haciendo esto es libre. Es una falacia, es una ilusión. La libertad no la da el Estado, la da la naturaleza, la da el espíritu humano. La libertad no es una creación artificial, no se consigue, no se lucha, simplemente se proclama: ¡Yo soy libre! Eso lo puede decir el ser humano consciente, el que ya reflexionó lo suficiente como para poder proclamar esto con autoridad. Quien todavía está bajo el influjo de la ilusión, de la mentira, de lo aparente, solo puede proclamar una libertad de papel, la que le dan las leyes de esa entelequia llamada Estado. 

Libre es ser consciente, es ser reflexivo, es ser sensible a estar en el mundo. Muchos están en el mundo, pero no están. Viven muertos en vida porque no se dan cuenta que son libres en esencia, pero viven persiguiendo la libertad artificial, la que les brinda tener dinero, o poder, o publicidad, o reconocimiento; ellos no son libres, porque si lo fueran sabrían que nada de lo que tienen los hace libres de verdad. Solo su ser en esencia es libre, y ellos no buscan allí, buscan afuera, en el horizonte. 

Protestar


Hace algunas semanas, cuando en Bogotá volvieron a llevarse a cabo las corridas de toros, sucedió un hecho lamentable: lo que era una protesta pacífica y organizada contra la fiesta brava degeneró en desmanes, maltratos y desórdenes desbordados en plena vía pública.

Como defensor de los animales estuve de acuerdo con la manifestación anti-taurina, perfecto. Pero, con lo que sí no estoy de acuerdo ni estaré, es con la violencia, con la grosería, con la altanería, con la chabacanería ridícula de utilizar la fuerza bruta para imponer mis argumentos, eso es estúpido.

De otro lado, el alcalde de Bogotá Enrique Peñalosa, en los siguientes días donde se volvieron a dar las corridas de toros, decidió cercar a varias cuadras el acceso a la plaza de toros, y en un primer momento prohibió las protestas de cualquier índole sobre este aspecto. Después se echó para atrás, la decisión era absurda: restringir el derecho a protestar es connatural a la democracia.

En Rumania, la gente en los más recientes días ha salido a las calles a ejercer ese derecho: el de protestar. El gobierno rumano está impulsado un proyecto de ley para legalizar varias prácticas que han sido consideradas habitualmente como corrupción. El pueblo está harto de la corrupción no solo en Rumania sino en el mundo entero, y cuando en todos lados se imponen controles y penas más severas en torno a este fenómeno, en ese país les dio por hacer las cosas al revés, o sea, permitir prácticas poco éticas que podrían eventualmente ser delitos. Bárbaro.

Sí, el derecho a protestar es un derecho que no se puede limitar –salvo cuando esas protestas degeneran en vandalismo y desmanes-, y es un derecho que tampoco se puede suprimir. El mismo día en el que se posesionó Donald Trump como presidente de Estados Unidos hubo protestas en varias ciudades de ese Estado, incluyendo a Washington D.C, lugar de la posesión presidencial. En el mundo entero también hubo protestas por la llegada de este señor al poder.

La protesta es como se manifiesta el pueblo, es como el pueblo demuestra públicamente –aunque suene redundante- su descontento con los poderosos, con el poder, con los políticos, con el statu quo. Es una especie de válvula de escape para que la gente exprese su rabia, su inconformismo, su desazón. Lo pueden hacer a través de gritos, o de forma silenciosa, o dejando de comer, o de trabajar; o también, absteniéndose de realizar alguna actividad: como dejar de comprar carne, o leche, o gaseosa.

En las democracias la protesta pacífica debe permitirse tanto pública como privadamente. Es algo esencial al hombre, el de manifestar su enfado cuando no está de acuerdo con algo. El poder no puede esperar que si actúa desbordadamente no obtenga respuesta por parte de los gobernados o de los subalternos, o de los inferiores en cargos de dirección.  

Todos los tratadistas y filósofos del constitucionalismo liberal como Locke y Rousseau han abordado el tema de la protesta y de la resistencia civil en las democracias. Para Locke, el pueblo está en todo su derecho de ejercer resistencia civil si el gobierno se desborda y se convierte en una tiranía; para Rousseau, como la soberanía reside en el pueblo, este también tendría la facultad de pedir explicaciones a los gobernantes y no solo mediante métodos burocráticos.

Protestar pacíficamente hace parte del juego de la democracia, sin embargo, la gente confunde protesta con asonada, con rebelión, con anarquía, con desorden, con violencia, con desgobierno, con terrorismo, con guachada. No; protestar, alegar, pedir explicaciones a los poderosos, denunciar, quejarse, es y hará parte de un gobierno auténticamente democrático. Es en las dictaduras, en las sinarquías, en las oligarquías, en las aristocracias, donde no se puede protestar de ninguna manera; pero en la democracia, esto es algo natural, normal, elemental, sustancial, básico.

Bienvenida la protesta cuando esta es creativa, constructiva, respetuosa, pacífica, civilizada, culta, y hasta graciosa. Con lo que sí no coadyuvamos es con la ramplonería de destruir lo público y lo privado para expresar mi inconformidad, eso es de rufianes, de gamberros, de limitados en el entendimiento, de incultos, de salvajes.

Gracias a la protesta, el 20 de julio de 1810 nació un nuevo país que diez años después vendría a llamarse: Colombia.       

El poder del pueblo


Muchos están asustados, otros parecen desconcertados: el pueblo está tomando decisiones. ¿No es lógico que en países donde supuestamente impera el régimen democrático eso sea normal? Pues no, porque hasta ahora hemos vivido –en esos regímenes democráticos- una democracia (valga la redundancia) en el papel, de mentiras, una democracia de fachada.

Desde el siglo XVIII Occidente se embarcó en la implementación del sistema democrático liberal: el libre mercado, la protección de la propiedad privada y la elección de los gobernantes a través del voto popular. El iluminismo trajo consigo avances que llevaron al auge del modelo de desarrollo capitalista, y con él, el nacimiento de su opuesto: el socialismo.

Capitalismo y socialismo han caminado de la mano –y en teoría en discordia- bajo el paraguas de regímenes democráticos y de dictaduras. Países capitalistas aupados por dictaduras (recordemos el Chile de Pinochet), y países socialistas donde han funcionado regímenes democráticos (el mismo Chile, pero de Allende).

La democracia no ha funcionado como debiera, los índices de pobreza mundiales son alarmantes, los índices de desigualdad social son de no creer, y aún viven en el hambre 790 millones de personas. Algunos atribuyen este mal a la no-democracia, a los regímenes dictatoriales, y a los “populismos”.

Sin embargo, en países que son potencias –por lo menos en el papel- la situación es preocupante, si no miren lo que ha sucedido en Estados Unidos cuando el shock en su bolsa de valores en los años 2007 y 2008 casi amenaza con quebrar la economía mundial.

En 2016 el Brexit, movimiento ciudadano que sacó al Reino Unido de la Unión Europea disparó las alarmas globales: en la cuna del liberalismo político la democracia contradijo el movimiento de lo “políticamente correcto”. Este fenómeno –el del Brexit- fue subestimado, o ha sido subestimado: los británicos votaron engañados, eso es populismo puro, la gente es bruta.

Otro golpe populista abofeteó la política mundial: ganó Trump. Y los genios liberales –y otros no tan liberales- explicaron el fenómeno de la misma forma: populismo, brutalidad y engaño.

Pues señores, ni el Brexit ni el ascenso de Trump se deben a la ignorancia o brutalidad de los votantes, o al avance del populismo de derecha. Se debe a que la gente está tomando decisiones, y no necesariamente las decisiones que desea la élite: seguir en la Unión Europea o votar por Hillary Clinton. No, el pueblo se está pronunciando. Eso asusta a muchos. Sobre todo a los poderosos.

La gente ya no se está dejando engatusar, la gente ya no come de la propaganda ni de la manipulación mediática, la gente se está despertando. Eso está disparando las alarmas, obvio, el sistema democrático que ayudó a muchos a llegar a la cumbre de la pirámide social ya no está sirviendo para satisfacer las necesidades colectivas; la gente quiere democracia, pero democracia de verdad.

Explicar los fenómenos del Brexit o de Trump como de derecha es equivocado. De hecho, la izquierda y la derecha ya no existen, esas fueron invenciones de la Revolución francesa pero no sirven para describir lo que está pasando ahora. Hay un avance pero no saben cuál es, pero yo sí sé cuál es: se está desplomando un sistema y está emergiendo otro.

Tratar de explicar o describir la realidad con términos del siglo XVIII es absurdo. El fenómeno de Trump no es derecha, el fenómeno del Brexit no es de derecha, y tampoco es de izquierda. Son fenómenos populares donde la gente está tomando decisiones, y no precisamente las que la élite desea. Eso asusta, es cierto, pero es que la gente se cansó de aguantar hambre, de vivir sin empleo, de vivir en la miseria, de no tener salud, de no tener educación, y también se cansó del terrorismo, de las guerras, de la corrupción, de la injusticia, todos estos fenómenos originados en el anterior sistema, en el que está muriendo.

Como decía un antiguo lema de una campaña política colombiana: “Llegó el tiempo de la gente”, aunque antes esto era simplemente retórico, ahora es verdad: llegó el tiempo del pueblo; y ya era hora que llegara. Esto asusta, pues claro, porque es algo nuevo, ahora la gente se empodera de su vida, de su entorno y no depende de las decisiones sesgadas, exclusivistas y excluyentes de una minoría: el pueblo está despertándose.       

Fascistas y demócratas


Sí, Estados Unidos eligió a Donald Trump como presidente, mediante un sistema democrático de colegio electoral, y según las reglas de la constitución de ese país. A muchos les gustó, a la mayoría del resto del mundo les molestó.

Qué le vamos a hacer, esa es la democracia. Sin embargo, lo que me parece curioso es la reacción desmedida y poco tolerante –en ciertos casos- de algunos simpatizantes de Hillary Clinton. Es verdad, el señor Trump no es lo que uno podría decir “un gentleman”; se le va la boca en insultos, en improperios indebidos, y en ciertas posturas discriminatorias no dignas de una persona que va a ocupar el cargo político más importante de Occidente.

Así no nos guste, el señor Trump ganó democráticamente en su país. El problema es que mucha gente –supuestamente liberal y progresista- no gusta de la democracia cuando los resultados electorales no salen como ellos quieren o desean.

Despotricar de la democracia está de moda, y siempre ha estado de moda. Defender la democracia es para ingenuos, para populistas, para demagogos, para incultos o para ignorantes –incluso-. En esta campaña han salido todos los demócratas o mejor dicho los fascistas con piel de demócratas a desvalorizar este sistema.

La democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, según el decir de Lincoln, sin embargo, a muchos no les gusta eso de que sea el pueblo el que elija, preferirían que una dictadura, una élite o un grupo determinado lo hicieran. Son demócratas y liberales cuando les conviene.

Defender la democracia en ciertos círculos académicos, políticos y hasta religiosos es sinónimo de estupidez, lo inteligente es ser demócrata de fachada, pero en privado ser un fascista agresivo.

Ser ateo o agnóstico, materialista y fascista es lo políticamente correcto en determinadas esferas sociales. La democracia solo la defienden cuando conviene, esto es, para defender las libertades del sistema liberal –valga la redundancia- esto es, para propender por la defensa de la propiedad privada y del libre mercado, pero cuando se trata de acatar las decisiones democráticas puras ahí sí sale el “fascista interior”, no soportan que la gente o el pueblo tome las decisiones.

Ya va siendo hora de hablar sin tapujos: a muchos demócratas del mundo no les gusta la democracia, son demócratas disfrazados, son cripto-fascistas. Cuando se habla de proteger la propiedad privada y el sistema capitalista son liberales, pero cuando se trata de defender la democracia saltan como lobos contra la presa. Quisieran que alguien mantuviera la propiedad privada y el capitalismo a la fuerza, por las malas, tal como han hecho varios dictadorzuelos de antaño como Pinochet en Chile, o la Junta Militar de los 80 en Argentina. Eso es lo que les gusta.

Ahora que ganó Trump, esos cripto-fascistas salieron a despotricar del sistema democrático de Estados Unidos y de la gente que votó por Trump. Una analista en Colombia –por ejemplo-, de origen gringo, dijo esto sobre la elección de presidente de su país: “A Trump solo lo apoyan los hombres blancos de clase media-baja de poca educación, y que no se han podido insertar en el mercado laboral”; pues señora analista, tal vez Estados Unidos está compuesta en su gran mayoría por ese tipo de personas, porque Trump ganó. Una cripto-fascita la analista, es demócrata para defender la propiedad privada y el capitalismo pero no para defender las decisiones de la mayoría, que no creo que solo sean “hombres blancos de clase media-baja de poca educación”.

El problema es que la élite no está dominando las decisiones democráticas, tal como pasó en Reino Unido con el Brexit y ahora en los Estados Unidos con la elección de Donald Trump. Si quieren que la mayoría tome decisiones sensatas, inteligentes y serias, pues eduquen al pueblo. Formen políticamente al pueblo, pero no, la democracia “de papel” solo sirve para defender los privilegios de unos cuantos, para el resto del pueblo solo hay ignorancia, hambre, injusticia, corrupción.

Estados Unidos tomó una decisión soberana que debe ser respetada, el pueblo tomó una decisión y esa decisión debe acatarse. La democracia debe perfeccionarse no destruirse, ni desacreditarse, el problema es que a esos cripto-fascistas solo les sirve la democracia cuando se trata de defender privilegios de una minoría, de la que más dinero tiene; cuando las decisiones de la mayoría afectan a esa minoría adinerada entonces hablan de populismo, de demagogia.

El mundo necesita más democracia, para que se implante un sistema más justo y más equitativo que garantice el bienestar de la mayoría y no de unos cuantos. La democracia es el mejor sistema para garantizar eso, el problema es que muchos poderosos no son demócratas y son fascistas de corazón. Más democracia es lo que se necesita.   

Ganó Trump


Sí señores, el nuevo presidente de Estados Unidos es Donald Trump. Creo que muy poca gente se lo imaginaba, empezando por mí. Y no creo ser el único sorprendido por este hecho. Pienso que a nivel mundial se esperaba un “lógico” triunfo de Hillary Clinton; pero no, la cosa no salió como se esperaba.

¿Las razones? Fácil, ocho años de un gobierno totalmente falto de compromisos con las necesidades de la gente. No nos digamos mentiras, Barack Obama prometió mucho en 2008 y no salió prácticamente con nada. Pasó por la Casa Blanca dejando un legado muy tímido, muy paupérrimo. Y la clase media baja estadounidense le pasó factura de manera indirecta: castigando al candidato demócrata que él apoyó de manera abierta y sin sonrojarse.

Estados Unidos se recuperó del crack que sufrió en 2007 y 2008 pero las cosas al parecer no empezaron a funcionar mejor o por lo menos no tan bien como creíamos todos. ¿Bajó el desempleo? ¿Estados Unidos abandonó sus ideas intervencionistas en Medio Oriente para concentrarse en la política interna? ¿Se resolvió el tema de la inmigración? Al parecer nada de esto se solucionó de manera eficaz, y la gente –que no es boba- se le saltó la piedra y fue a apoyar en masa al anti-político, al anti-sistema, a Donald Trump.

¿Qué pasó con los latinos? Qué pasó con las mujeres? ¿Qué pasó con los afroamericanos? Que su apoyo no fue lo suficientemente contundente como para haber puesto a Hillary en la Casa Blanca. ¿Y qué pasó con el establecimiento, con Wall Street? Que su apoyo tampoco fue lo suficientemente grande como para colocar a su favorita de presidenta.

Se veía venir, ocurrió en el Reino Unido con el Brexit; las élites bancarias querían que este Estado se quedara en la Unión Europea, pero un sector muy grande del pueblo británico no. Ganó el pueblo. En Colombia también hubo un batatazo muy grande al establecimiento: ganó el “No” a los acuerdos entre las Farc y el Gobierno.

Es muy fácil  -yo diría que facilista- calificar todos estos fenómenos como de “populismo” vil e ignorante. Ya lo están haciendo los “analistas serios”; “ganó el populismo”, “la gente es bruta”, etc, etc. Y no, la gente NO es bruta, la gente piensa en su bienestar y en el de su familia, y desafortunadamente las élites y el poder se han olvidado del ser humano común y corriente para establecer una serie de ideas “artificiales” sobre el progreso humano.

En estos últimos años los súper-ricos están más ricos, mientras que 790 millones de personas en el mundo no tienen para comer según la FAO. ¿Es de estúpidos pensar en su propio estómago o en el de sus hijos? No lo creo, al revés, creo que lo inteligente es actuar para conservarse vivo y conservar vivos a quienes se tenga bajo su cuidado.

Sí señores ganó Trump aunque a la mayoría de la gente no les guste, sin embargo, él solo necesitaba gustarle a sus electores, y eso fue en lo que se concentró, en hablarle al ciudadano común y corriente de su país; ¿que lo hizo en un tono ofensivo contra otras personas? Sí, y creo que se le fue la mano, pero su discurso fue eficaz.

Creo que perdieron las élites mundiales, creo que perdió el status quo establecido. Y creo que no será la primera ni la única derrota que van a empezar a sufrir los arquitectos del mundo que hoy vivimos. La gente se está despertando de una especie de letargo, de una especie de hipnosis colectiva.  

Trump no nos gusta, es mal hablado, es petulante, es arrogante, es impertinente, pero es la persona que ganó las elecciones en Estados Unidos mediante un sistema electoral vigente en ese país desde hace más de dos siglos. Con ese sistema ganó Trump.

Muchos –en voz baja, y otros en no tan baja- cuestionan a la democracia; lo hicieron con el Brexit, lo hicieron con el “No” en Colombia, y ahora lo están haciendo con Trump. Sin embargo, lo que no dicen o admiten esos “críticos de la democracia” es que es el peor de todos los sistemas de gobierno, con excepción de todos los demás, como decía Churchill. Es el sistema de gobierno lógico y elemental para garantizar el bienestar colectivo y mayoritario, todos los otros sistemas de gobierno están diseñados para mantener el poder de unas minorías. La democracia puede ser imperfecta, pero es el sistema que por antonomasia busca el bien general.

No lloremos sobre la leche derramada, asumamos lo que está sucediendo, y entendamos que un Nuevo Mundo se está gestando, que la gente está empezando a despertar, y que los políticos tienen que resolver un dilema ahora más que nunca: o trabajan para la mayoría o trabajan para unos cuantos riquillos.

Populismo


Hay una diferencia importante y no poco sutil entre democracia y demagogia. La primera es el gobierno del pueblo, se la inventaron los atenienses en la Antigua Grecia y fue aplicada en la época de Pericles con relativo éxito. Hoy en día la democracia es el sistema político que impera en la mayoría de países de Occidente y en muchos de Oriente. La segunda, la demagogia, es la deformación de la democracia, es la democracia degradada –podríamos decir- ¿en qué está degradada? En sus fines. En la democracia se gobierna para el interés general, en la demagogia se gobierna para el interés particular de alguien pero con un revestimiento democrático.

Por lo tanto, no es cierto que la demagogia sea pensar en el bienestar de todos a costa de una minoría. No, entendamos, la demagogia es la democracia de papel, la democracia aparente. Todo con el fin de beneficiar a una persona, a un grupo o a un partido. Cuando se piensa en el interés general no se está haciendo demagogia, se está practicando la democracia.

Hay un término que se ha utilizado últimamente para referirse a la demagogia –sobre todo en América Latina- y es: Populismo. Como la gente no entiende muy bien el término demagogia se ha utilizado en los medios de comunicación, sobre todo por los analistas políticos esta palabra, la de populismo. “Los gobiernos populistas”, “los líderes populistas”, “los gobernantes populistas”, son frases que aparecen con facilidad en los medios de comunicación hoy por hoy.

Sin embargo, este término se utiliza mal, y con cierta mala fe, creo yo. Cuando se toman medidas gubernamentales para beneficiar a una mayoría se dice que son medidas populistas o demagógicas. Cuando se toman medidas para beneficiar a un grupo económico en particular o a algún riquillo de por ahí se dice que son medidas técnicas, sensatas, modernas, realistas. El populismo no es sensato obviamente, ni moderno, ni técnico. Y por lo tanto, cuando se genera utilidad para una sola persona, pues no hay democracia, tampoco populismo, pero sí mucha plutocracia.

Se nos ha pervertido la forma de pensar. Cuando la gente clama por comida, vivienda, empleo, educación, salud, y aparece un gobernante que propone medidas para hacerlo, lo tachan de populista. Cuando aparece un líder que afirma que es necesario darles más dinero a los ricos, y que toca beneficiar a una minoría privilegiada, aparecen esos mismos analistas aplaudiendo estas medidas calificándolas de sensatas, modernas, y de alta técnica.

Ojo; hay líderes que proclaman medidas de “interés general” para beneficiar en apariencia a mucha gente, pero que en realidad solo están beneficiando a un grupo en particular, o a una persona en concreto, eso sí es demagogia, eso sí es populismo. La perversión de lo que vivimos hoy en día es convertir todo lo democrático en demagógico, de tajo. Mejor dicho, todo lo democrático es demagógico. Eso lo hacen los que justifican las medidas plutocráticas, dictatoriales, fascistas, autoritarias. ¿Si se dan cuenta de la trampa, de la astucia?

Por lo tanto, el pueblo llano común y corriente debe quedarse callado cuando se enriquece de manera descarada y sin aparentar a algún riquillo, a algún grupo económico, porque eso sí está bien. A contrario sensu, toda medida que beneficie al interés general es tachada de plano como demagógica, como populista, y la gente, que es lo peor todo, aplaude el asunto porque así se ha pervertido la mentalidad de las personas. Lo bueno lo han convertido en malo y lo malo lo han convertido en bueno.

El último episodio tachado de “populista” por los “analistas serios” es el “Brexit” o salida del Reino Unido de la Unión Europea. La gente decidió –para beneficiar el interés general- salirse de allí. ¿Es demagógico el Brexit? ¿Es democrático? El tiempo lo dirá; lo cierto del caso es que los británicos votaron para salirse de la Unión Europea por mayoría, y no por eso nada más podemos tachar esta situación de populismo.

Para los “analistas serios” toda decisión de la mayoría es populismo. Mejor dicho, la democracia es demagógica per se para ellos. No importa si se beneficia el interés general o el interés particular, el hecho es que si la decisión es mayoritaria es demagógica, si la decisión es minoritaria –no importa si afecta al interés general o no- es técnica, sensata, moderna. El problema es que la democracia está afectada por la mala imagen, por la desgana de los poderosos. Se han valido de la libertad y de la democracia para acumular riqueza y poder, y ahora cuando ya tienen mucho dinero y poder  no les gusta la democracia porque pone en riesgo esa tendencia a la acumulación creciente de dinero y de poder. Lo mejor es destruir la democracia- para ellos, y la mejor forma es deformándola, atacándola, dándole mala imagen. Toda decisión democrática es traducida instantáneamente en populismo, en demagogia.

Un ejemplo de esto, en Colombia, son las corridas de toros. La mayoría está en contra de espectáculo, pero la Corte Constitucional dice que sí son legales. Los taurinos dicen que por populismo no puede declararse ilegal este espectáculo, o sea si por referendo se prohíbe. El problema es que así no sea popular el ánimo de declarar ilegal esta práctica, lo cierto es que es un espectáculo inmoral. En este sentido, una decisión de la mayoría de declarar ilegal el espectáculo taurino es, a la vez, una decisión legitimada por la moral. Pero como es la mayoría la que es anti-taurina entonces ya es tachada esta posición como demagógica, como populista, ¿si ven la mala fe? ¿Si ven la perversidad? ¿Si ven cómo todo lo democrático es tachado de populista de inmediato? ¿Si ven cómo se ha manipulado la opinión pública?