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Los hipócritas


Por hipócrita debemos entender a aquella persona que se comporta de manera ambivalente en sus relaciones con los demás. Mejor dicho, el hipócrita presenta diferentes actitudes –muchas veces radicalmente opuestas- en su trato con el prójimo. En público alaba a una persona, y en privado lo destruye, o al revés, puede ocurrir. El hipócrita engaña a la gente pero también se engaña a sí mismo, que es lo más cruel del asunto. Los hipócritas utilizan un doble rasero para medir –desde un punto de vista moral- las acciones de los otros, y sus propias acciones. No saben lo que está bien y lo que está mal.

Generalmente el hipócrita es un ignorante, no sabe lo que es la moral, ni las buenas costumbres, ni la diferencia de estas dos con la ética. El hipócrita necesita mostrar un rostro social para generar respetabilidad. Como es un ignorante, el hipócrita necesita de la aprobación de los otros, y para obtener esa aprobación se alindera generalmente en moralismos muchas veces asociados con la falsa religiosidad.

El hipócrita trata de asociarse –aunque no siempre es el caso- con movimientos ultra-fanatizados, que se rasgan las vestiduras en las iglesias, templos o lugares sagrados. Le gusta que lo vean en esos lugares para generar respetabilidad, y generalmente, como se cree el cuento de la respetabilidad, empieza a juzgar a los demás de acuerdo con lo que él cree que es moral.

Todas esas personas que “condenan”, que se escandalizan: con los movimientos de homosexuales, con las mujeres que defienden la despenalización del aborto, con la gente que defiende la muerte digna (eutanasia), con los movimientos progresistas para que los pobres dejen de ser tan pobres, con las políticas para que los niños abandonados puedan ser adoptados incluso por homosexuales, con las parejas que se van a vivir juntas sin estar casadas, con los métodos anticonceptivos, etc, etc; todas esas personas que “condenan” esto son simplemente hipócritas, y lo son porque no pueden ser otra cosa, ya que el trasfondo de su hipocresía es la ignorancia.

Como los hipócritas no saben lo que es la moral piensan entonces que la moral está asociada a todo lo que tiene que ver con el sexo. Para ellos, el sexo sin estar casados es pecado, los métodos anticonceptivos son pecado, el aborto (en todos los casos) es pecado, la eutanasia es pecado, el homosexualismo es pecado, generar justicia social en la sociedad es pecado, prohibir el maltrato animal es pecado, respetar el medio ambiente y las otras religiones es pecado; mejor dicho para ellos todos es pecado; lo único que no es pecado para ellos es la hipocresía, las externalidades de la religión, la corrupción dentro de las organizaciones que dicen o afirman defender el mensaje de Jesús de Nazaret cuando en realidad no lo practican, ni lo conocen, ni lo siguen.   

Los hipócritas viven de la respetabilidad impostada, de la aprobación de los otros hipócritas que son como ciegos tratando de cruzar una autopista con los ojos vendados. Para ellos el mundo debería detenerse en seco, o incluso, volver a las épocas de la Edad Media, de la inquisición, de la quema de brujas, de la quema de libros, de la disparidad de géneros, del oscurantismo científico, de la sociedad estratificada, mejor dicho, ellos quisieran ver al mundo convertido en el infierno de su propia falta de discernimiento, de meditación, de estudio, de reflexión. Porque a los hipócritas desde pequeños les enseñaron a obedecer pero no a pensar, les enseñaron a ser hipócritas para tener un puesto en la sociedad; para hacer de la sociedad eso mismo que ellos son: una sociedad hipócrita.

Lo más peligroso de los hipócritas es que ellos no son felices, porque desde luego, no saben ser felices, como no saben nada de nada. Entonces, como ellos no son felices tratan de que los demás tampoco lo sean. Para esto, deciden que los demás asuman sus propias posturas ignorantes fanatizadas, para el que mundo sea un reflejo de lo que son ellos. No soportan ver a los que no son hipócritas vivir plenamente con alegría y felicidad, porque ellos no lo son, porque no saben cómo serlo. El hipócrita es peligroso para la sociedad, pero sobre todo para sí mismo, el hipócrita es el gran enemigo de la Nueva Humanidad, de una Nueva Humanidad más fraterna, más cooperante, más próspera, más pacífica.



Libertad


¿Es libre realmente el ser humano? ¿Qué es la libertad? No basta con acudir al diccionario y leer el significado literal de esta palabra, porque sus implicaciones subjetivas van más allá de cualquier connotación lingüística.

El anhelo de todo hombre es ser libre, aunque crea que ya lo es. Quiere ser libre de la pobreza, de la miseria, de la enfermedad, del error, de los instintos, de otras personas, de la sociedad, de sí mismo.

La libertad es una idea que nos llena de esperanza, que nos incita a trabajar para alcanzarla algún día. Se presenta en el horizonte, muy atractiva ella, pero siempre en nuestra alma y en nuestra mente queda la sensación de que ella no es más que una quimera.

Cuando nos enseñan en el colegio que los próceres de la independencia y que los padres fundadores de nuestra patria lucharon por la libertad, ¿a qué ser referían? ¿A que nos estaban haciendo libres de verdad? ¿O simplemente nos independizaban de otros imperios, de otros gobiernos, de otros Estados? Yo creo que sí, creo que lo que se alcanzó allí en el caso de América no fue la libertad como tal sino simplemente una independencia, una autonomía, que probablemente llevaría a que los ciudadanos de los nuevos Estados fueran “más libres”.

Nos gusta hablar acerca de la libertad, nos gusta afirmar que somos libres e independientes, nos gusta luchar por la libertad, ¿pero es eso cierto? No es verdad que también gozamos de manera masoquista de la dependencia de algo o de alguien? Cuando nuestros padres velaban por nosotros integralmente, ¿no sentimos nostalgia y añoranza por esas épocas? Cuando el Estado nos regula, nos controla, ¿no nos sentimos más seguros? ¿Más tranquilos? ¿Es la libertad plena, plena garantía de felicidad?

Sí, la libertad es una promesa atractiva pero que nos causa miedo. Nos enfrenta a un dilema: ser libres, o ser felices. ¿Por qué? ¿Luego la libertad  no brinda felicidad para el que la posé? ¡Desde luego! Pero siempre dudamos de que la verdadera libertad nos dé felicidad.

De cierta forma, ser un poco dependientes, esclavos, subalternos, nos entre algún apaciguamiento, algún bálsamo. La gente totalmente libre no existe como tal, son personas que solo viven en mundos imaginarios, ¿será esto cierto? ¿Algún día el ser humano podrá ser totalmente libre?

Los anarquistas prometen que sí, cuando no haya leyes, cuando no haya Estado, cuando no haya regulaciones; pero ellos se equivocan. El hombre no es libre o esclavo por la forma en que vive sino cómo vive. El hombre es libre en su mente, en su corazón y no en su ciudadanía, en su posición en la sociedad. Mientras viva en un mundo material siempre dependerá de algo, de la comida, de la supervivencia, del hogar, de los padres, del sexo, del medio ambiente, de los animales, de otros hombres.

En economía, más libertad reclaman los capitalistas; en el socialismo, la libertad está limitada so pretexto de conceder mejor bienestar material. Pero, en ambos sistemas la libertad no es plena. Para el pobre, en el capitalismo, no hay libertad plena, así viva en un sistema que proclama a todos gritos la libertad como su base. El pobre no puede ir a estudiar adonde quiera, no puede comer lo que quiera, no puede vivir donde quiera, ¿eso es libertad? En el socialismo nadie tiene libertad, ni siquiera los que mandan. Ellos viven encadenados a su sistema político burocratizado. Y los ciudadanos en el socialismo ceden parte de su libertad de elección con el objeto de algunos bienes materiales mínimos para sobrevivir.

El capitalismo vende la libertad y el socialismo vende la igualdad. El mercadeo en ambos sistemas solo queda en eso, en mercadeo. En el capitalismo no hay libertad plena y en el socialismo no hay igualdad. Ambos sistemas conviven en la dominación. Son ramas de una misma forma de ver la vida en lo político. 

¿El artista es libre? Lo es cuando desarrolla una expresión de su espíritu y no cuando expresa algo que está enmarcado por un intercambio comercial. Lo primero es verdaderamente arte, lo segundo es comercio. El arte es libre por esencia, como el espíritu humano. Ambos son auténticamente libres. No como el hombre que se cree libre pero no lo es.

¿Los delincuentes son libres? ¡Claro que no! ¡Pero si son libres porque infringen las normas! Yo pregunto entonces: ¿Eso los hace libres? Probablemente sin estar en la cárcel son más esclavos y serviles que quienes siguen las reglas. Los delincuentes son subalternos a veces de su ignorancia, a veces de sus instintos, a veces de su necesidad, a veces de su avaricia, a veces de su pobreza, a veces de su estupidez; pero no, no son libres, no son auténticamente libres.

El asesino, el ladrón, el estafador, el violador, el secuestrador no es libre, ninguno de ellos es libre, a pesar de estar contrarrestando las normas y las directrices de la sociedad que lo limitan en su actuar. El inmoral no es libre tampoco, mucho menos que el delincuente. El inmoral también es víctima de la dictadura de su ignorancia, de su estupidez, de sus instintos, de su imbecilidad.

El anarquista viola las normas del Estado porque cree que haciendo esto es libre. Es una falacia, es una ilusión. La libertad no la da el Estado, la da la naturaleza, la da el espíritu humano. La libertad no es una creación artificial, no se consigue, no se lucha, simplemente se proclama: ¡Yo soy libre! Eso lo puede decir el ser humano consciente, el que ya reflexionó lo suficiente como para poder proclamar esto con autoridad. Quien todavía está bajo el influjo de la ilusión, de la mentira, de lo aparente, solo puede proclamar una libertad de papel, la que le dan las leyes de esa entelequia llamada Estado. 

Libre es ser consciente, es ser reflexivo, es ser sensible a estar en el mundo. Muchos están en el mundo, pero no están. Viven muertos en vida porque no se dan cuenta que son libres en esencia, pero viven persiguiendo la libertad artificial, la que les brinda tener dinero, o poder, o publicidad, o reconocimiento; ellos no son libres, porque si lo fueran sabrían que nada de lo que tienen los hace libres de verdad. Solo su ser en esencia es libre, y ellos no buscan allí, buscan afuera, en el horizonte. 

¿Por qué las corridas de toros NO son arte?


Uno de los argumentos que dan los taurinos para soportar la fiesta brava es el de que las corridas de toros son arte, por lo tanto el gusto por estas cae en el terreno de lo estético, de los gustos, de lo subjetivo, de lo personal, de lo íntimo, y por lo tanto, prohibirlas sería como coartar la libertad de expresión, el libre desarrollo de la personalidad.

Falso. Las corridas de toros no son arte, en lo absoluto. ¿Por qué motivo? Por uno muy sencillo, porque el arte es una expresión del espíritu humano y este siempre es bueno por esencia. Por lo tanto, no se puede clasificar como arte una actividad netamente inmoral donde se le causa el mal a un ser, en este caso al toro.

El arte es “hacer”, o es “un hacer”, ya sea pintar, declamar, escribir, fotografiar, esculpir, etc. La actividad taurina también consiste en “un hacer”, pero con connotaciones de maldad, de causar sufrimiento hacia otro ser, por lo que este “hacer” se diferencia mucho del verdadero arte, porque este es bueno moralmente por esencia.

Una cosa es que a uno no le guste una determinada obra y otra cosa muy distinta es que ambas obras tengan un trasfondo moral basado en la bondad, en lo bueno, en lo benéfico. Cuando el “hacer” se distrae hacia actividades nocivas hacia otro ser, ese “hacer” no puede ser clasificado o tachado como arte. Sería tanto como decir que el “hacer” de los nazis en los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial fue arte. Efectivamente, fue un “hacer” pero fue un “hacer” nocivo, inmoral, maléfico, por lo que no puede ser clasificado como arte, como lo serían las corridas de toros.

Es verdad, muchos artistas como Picasso, como Fernando Botero han sido aficionados a la fiesta brava, sin embargo, esa afición de unos “famosos” no le quita lo inmoral a la actividad taurina. Ellos incluso han recreado en obras pictóricas –como Botero- las corridas de toros y a los toreros. Esa obra no es mala porque no le está haciendo mal a nadie, independientemente de si a uno le gusta o no la obra desde el punto de vista estético. Pero, la fiesta brava en sí no puede ser definida, tachada o clasificada como arte.

Para algunos taurinos esta actividad sí es artística y por eso el filósofo Fernando Savater afirmaba erróneamente que el tema de las corridas de toros era un problema estético, de gustos. No es cierto, no es un tema subjetivo, porque objetivamente se le está generando un perjuicio a un ser vivo, como lo es el toro, por lo tanto, al perjudicar a este ser vivo la actividad taurina cae en el terreno de la inmoralidad. Al ser esencialmente inmoral esta actividad no se le puede determinar como arte, porque el “hacer” artístico siempre es bueno, aunque a alguien no le guste, o le guste estéticamente; ese es otro problema diferente.

Los aficionados a la fiesta brava establecen o argumentan que esta actividad es una manifestación artística que debe ser respetada por el Estado, y protegida por él, por eso mismo, por ser artística. Ese argumento es equivocado, ya que las corridas de toros no son arte, no son una expresión artística, por la definición misma del arte y su connotación moral.

¿Cualquier “hacer” es arte? No necesariamente, aunque ahí sí se cae en el terreno de lo subjetivo, sin embargo, uno de los requisitos para que un “hacer” sea arte es su connotación moral. Robar un banco no es un arte, violar a una mujer no es arte, matar no es arte, secuestrar no es arte, torturar a un animal por diversión no es arte. Todas estas actividades mencionadas no son arte porque le están generando un mal a un tercero, a una persona, o a un ser, por lo tanto son inmorales. Si yo, a contrario sensu, pongo dos ladrillos uno encima del otro sobre el suelo, y digo que eso es arte, pues reuniría el primer requisito para que lo fuera y es: no haberle generado un mal a otra persona, el cual lo cumple, otra cosa es que para otros sea arte, o que para otros sea un “hacer” estéticamente bonito o feo, pero con esto ya se entra en una órbita distinta del mundo artístico.

La actividad taurina no puede ser arte, ni puede ser definido como arte, por lo que ya establecimos, por lo que proteger legalmente esta actividad como “expresión artística” es equivocado.  

Las guerras ficticias


Decía Nicolás Maquiavelo en su libro “El príncipe”: “Divide y vencerás”. Uno de los consejos a Lorenzo de Médici, el gobernante de Florencia, para quien iba dirigida esta divertida cartilla titulada como ya lo mencionamos.

Y obvio, a los gobernantes, a los poderosos, a los políticos solo les interesa una cosa, o dos –para ser más precisos-: conseguir el poder y aumentar el que ya tienen. Para conseguir el poder y aumentar el que ya tengo –si es que lo tengo-, es preciso que mis rivales se debiliten, y la mejor forma de debilitar a un rival es que gaste energías en otras peleas, en otros combates, para que cuando deba medirse conmigo ya venga disminuido.

Si mi rival no es débil pero se debilita, yo lo podría vencer, es de sentido común. Nicolás Maquiavelo no hizo otra cosa que describir una realidad. “Divide y vencerás” o “Divide para reinar”, no es más que entretener a mis rivales en otras peleas, en otros combates, mientras yo me fortalezco, me ejercito, me alimento, me entreno.

Los poderosos tienen un rival, o varios rivales, sin embargo, el más poderoso de sus rivales no es otro poderoso, u otro político, u otro gobernante; el rival más poderoso de los políticos, de los gobernantes, es el pueblo mismo, los ciudadanos comunes y corrientes, es la gente.

Ellos –los poderosos- le tienen miedo a la gente, porque la gente les puede arrebatar el poder, su butaca, su silla. A lo largo de la historia, los poderosos, o quienes detentan el poder en la sociedad se han ingeniado métodos para someter a la gente: la fuerza física, la superstición, el miedo, etc.

Pero, como ya lo decía Maquiavelo hace más de quinientos años, el arma más poderosa de los políticos, de los gobernantes, es debilitar a la gente con “guerras ficticias” para que la misma gente se mate entre sí.

Hoy lo estamos viviendo y viendo: blancos contra negros, occidentales contra musulmanes, heterosexuales contra homosexuales, hombres contra mujeres, ricos contra pobres, aficionados de un equipo de fútbol X contra aficionados de un equipo de fútbol Y, izquierdas contra derechas; guerras y batallas de todas las pelambres, mientras tanto los poderosos se frotan las manos porque han vencido: el pueblo, la gente está dividida en la mayoría de los casos por tonterías: por partidos políticos, por equipos de fútbol, por preferencias sexuales, por color de piel, etc, etc.

Guerras ficticias, esas guerras le impiden a la gente concentrarse en lo importante: en tener con qué comer, en tener con qué vestirse, en tener con qué vivir debajo de un techo, en tener un trabajo, en tener un salario digno, en tener educación, en tener salud, en tener un ambiente sano, en tener seguridad, en tener cultura y sano entretenimiento, en tener una pensión de vejez, etc. Pero no, los poderosos, los responsables de crear las condiciones para obtener todo eso que he enumerado nos tienen como imbéciles pensando en rivalidades ficticias –imaginarias- con otros seres humanos por situaciones banales, irrelevantes, intrascendentes, y los medios de comunicación masivos –que está en manos de esos poderosos, de esos políticos- hacen de caja de resonancia de esas tonterías. ¿Cuál es el resultado de mantener a la gente peleando esas guerras ficticias? Fácil: gente muriendo de hambre, gente sin techo, gente en indigencia, desempleo, terrorismo, inseguridad, etc.

Los poderosos saben que si se les da las condiciones mínimas de subsistir y de vivir bien a la gente, estas personas podrían pedir más o derribarlos de donde están, por eso mantienen este sistema -el de dominación- para seguir detentando el poder por los siglos de los siglos. Para entretener a la gente y no tener la amenaza de perder ese poder, nos mantienen atados a diferencias insignificantes entre nosotros mismos: el pueblo; diferencias raciales, diferencias partidistas, diferencias sexuales, diferencias por equipos de fútbol, mejor dicho, pendejadas.

Cuando el ser humano o la gente común y corriente se dé cuenta de esta estupidez simplemente empezará el desarrollo de una Nueva Humanidad y de un nuevo sistema de convivencia humano basado en la cooperación, para eso la gente debe estar unida, y eso es lo que están impidiendo los poderosos, y lo están haciendo con guerras ficticias.  


Todos somos toros


El viernes pasado asistí a un debate insólito en la universidad donde dicto clases: entre animalistas y taurinos. ¿Por qué digo que insólito? Porque el tema de debate: las corridas de toros, no merece debate.

Como ya he pregonado hasta el cansancio, las corridas de toros son inmorales. Sin embargo, parece que en la Corte Constitucional de Colombia el asunto no está tan claro porque según esta alta corporación las corridas de toros son una expresión cultural autóctona de la Nación. Qué disparate, pero sentencia es sentencia y hay que acatarla.

Sorprendentemente las corridas de toros en Colombia –al momento de escribir este artículo- siguen siendo legales, a pesar de que ya hay una ley contra el maltrato animal que califica a estos seres como sintientes. La ley dejó por fuera el tema de las corridas de toros.

¿Por qué son inmorales las corridas de toros? Porque le causan un mal a un ser, en este caso a un animal, quien es torturado, vilipendiado, humillado, y burlado sin el más mínimo recato en un ruedo de arena que está inmerso en una plaza, donde acuden un montón de gentes de la “alta sociedad” para disfrutar del macabro espectáculo, en el que muchas veces se consume licor y se grita eufóricamente: ¡Ole! Para celebrar la tortura, la humillación, y la burla del que cual está siendo víctima el toro.

Muchos taurinos piensan que este tema está ligado a la dieta carnívora y que por lo tanto tienen patente de corso para cometer cualquier desafuero contra cualquier animal en nombre del consumo de carne. Falso; se puede ser carnívoro pero a la vez rechazar las corridas de toros. Actualmente la dieta carnívora es necesaria económica y psicológicamente, hacia futuro la sociedad será vegetariana, ya que el consumo de carne –y está demostrado científicamente- produce enfermedades como la arterioesclerosis, y está vinculado a la aparición de ciertos tipos de cáncer.

Por ahora no, no se puede ser vegetariano a las malas, sí voluntariamente, aunque no me faltan las ganas de dejar la carne a un lado para solidarizarme con el dolor de nuestros hermanos menores: los animales. Los taurinos atacan a los animalistas de esta forma: acusándolos de promover la dieta vegetariana. ¡No señores! El problema no es ese, el problema está en la fiesta brava, donde se tortura, se humilla, se comete un atropello contra un animal: el toro de lidia.

Los taurinos entonces responden: “Si se acaban las corridas de toros se acaba con esta especie, con el toro de lidia”. Peor aún, la respuesta es más desconsiderada y más desequilibrada y yo respondo con una pregunta a este argumento: ¿Entonces crían animales para ser torturados en una fiesta de borrachos arribistas? Pues si es así, que se acaben los toros de lidia. Prefiero que no existan a que sean torturados de la manera como lo hacen con ellos.

Los taurinos también se sienten en paz porque las corridas siguen siendo legales en Colombia. Eso no es un argumento de peso; los nazis cometieron cualquier cantidad de vejámenes contra los judíos en la Alemania de comienzos del siglo pasado, y esos vejámenes eran legales, los permitía la Constitución alemana. No todo lo legal es moral, y este es el caso de las corridas de toros.

Que las corridas de toros son una tradición: otro argumento de los taurinos. Sí como la esclavitud que también fue una tradición no solo por años, sino por siglos y hasta milenios. Hoy en día no existe la “tradición” de la esclavitud porque está considerada a nivel mundial como una actividad inmoral.

Fernando Savater, el filósofo español, hace algunos años escribió un libro defendiendo el tema de las corridas de toros, asignando o catalogando el debate sobre las mismas como de tipo estético. No señor Savater, está equivocado, el problema de las corridas de toros no es estético, es moral, es ético.

El debate no es si a mí me gustan o no las corridas de toros, el problema es que la actividad en sí misma es inmoral. Es como decir que el debate sobre la pedofilia –donde no hay debate- es de tipo estético. No, el debate sobre las corridas de toros es idéntico, no es un tema de gustos, es un tema de conductas adecuadas o no. Las corridas de toros no son una actividad adecuada porque le generan un mal a un ser: al toro, al ser torturado, burlado, vilipendiado, humillado, de la manera más miserable.

Los judíos, por ejemplo, también consumen carne pero de una manera menos violenta y más respetuosa. Los rabinos sacrifican a los animales de tal forma que a estos –a las bestias- se les causa menos dolor y su muerte es más rápida; no existe la tortura, y el deceso del animal no es un show para borrachos esnobs arribistas como lo son las corridas de toros. 
       
Sin embargo, las corridas de toros tienen un significado más profundo y más relevante y por eso merecen ser abolidas. Las corridas de toros representan el desprecio que sienten las élites contra los débiles, contra los que no se pueden defender, contra los pobres, contra los que se encuentran en un nivel de poder inferior a ellos.

Las corridas de toros representan la burla de la esa élite contra los más débiles, hombres, mujeres, niños y animales. Los que asisten a las corridas de toros se burlan del toro, se burlan de su incapacidad para defenderse, de su status de debilidad sobre el ser humano.

Sí, las corridas de toros son un ritual de sangre grotesco, es un símbolo de la desidia de ciertas élites sobre los débiles, es la burla de esa clase social sobre los que tienen menos dinero, menos oportunidades, menos cultura, menos poder. Es una celebración, ¿qué se celebra en las corridas de toros? La dominación, el poder que tienen estas élites para humillar, para explotar, para sacrificar, para expoliar a los que no están en su mismo nivel económico, político o social.

Acabar las corridas de toros es entrar en una nueva era, es empezar a derrotar el sistema humano de dominación y empezar a disfrutar de un nuevo sistema basado en la cooperación, en la fraternidad, en la solidaridad. En las corridas de toros se celebra el miedo, se celebra el poder de explotar a los más débiles, porque el toro representa eso: a los más vulnerables.

Las élites corruptas celebran las corridas de toros como un símbolo: de que pueden hacer los que se les da la gana con los inferiores a ellos.

Todos somos toros, todos somos humillados, burlados, vilipendiados por esa élite que se aprovecha de nosotros, de los que no estamos en esa rosca corrupta. Porque es esa rosca corrupta la que va a toros, los que se ponen sus mejores vestidos para aparentar status social.

Sí señores, las corridas de toros deben acabarse para comenzar una nueva sociedad. Ellos, los que van a las corridas de toros al torturar, vilipendiar, humillar al animal, también lo están haciendo con nosotros, y ellos lo saben por eso disfrutan tanto de ese patético espectáculo, porque el toro nos simboliza a los que no hacemos parte de esa élite corrupta, de esa élite que crea guerras ficticias (deportes, equipos de fútbol, partidos políticos, religiones) para que las personas se peleen unas contra otras y no se genere abundancia basada en la cooperación. Como no hay cooperación no hay abundancia, y como no hay abundancia la gente tiene que acudir a los bancos para pedir que les presten dinero a las tasas de interés que se les da la gana cobrar.

Esa élite nos hace pagar unas cotizaciones de pensiones para sostener al “empobrecido sistema financiero” que genera cada año ganancias billonarias. Pero no, el asunto es abusar de los débiles, de la gente común y corriente como lo hacen con los toros.

Todos somos toros, todos somos humillados de una u otra forma: con procesos de paz para beneficiar a quién sabe quién (¿las multinacionales mineras acaso?), con impuestos que se van a las arcas de los corruptos y que llaman hoy en día: mermelada; con cotizaciones de pensiones para sostener al sistema financiero al cual ya no le cabe una moneda más de lo enriquecido que está, mientras los niños de la Guajira, del Chocó, del sur de Bogotá se mueren de hambre.

Todos somos toros, por eso se deben acabar las corridas, para acabar con la celebración simbólica del abuso, donde las élites corruptas celebran la humillación del pueblo en general.

Una nueva sociedad debe nacer, basada en el respeto, en la cooperación, en la solidaridad, en la prosperidad, en la abundancia. Las corridas de toros representan la antigua sociedad –que es la actual-, donde hay inmoralidad, corrupción, pobreza, injusticia, terrorismo, impunidad, degeneración.

El que no sea anti-taurino ahora sabe por qué deben suprimirse estos espectáculos grotescos, miserables, absurdos. Porque en esas plazas morimos todos, en esas plazas nos vilipendian a todos, en esas plazas se burlan de todos, en esas plazas nos torturan a todos; porque el toro para esa élite corrupta representa al débil, al inferior, al ser humano común y corriente, ¿qué les parece? ¿Me acompañan en esta cruzada o no?



Los idealistas



Son aquellas personas que viven para hacer realidad un ideal. Son aquellas personas que sueñan con vivir en un mundo mejor, por lo menos para dejarles un mejor planeta a sus hijos, a sus nietos, a las generaciones venideras.

Los idealistas son aquellas personas que viven atormentados por la injusticia, por el hambre, por la pobreza, por la corrupción, por el terrorismo, por la inseguridad, y deciden emprender acciones para modificar la realidad. A veces, esas acciones pueden llegar a ser exitosas o no.

A lo largo de la historia han vivido muchos idealistas, doy el nombre de algunos –famosos-: Martin Luther King, Abraham Lincoln, Jesús de Nazaret, Sócrates, Galileo Galilei, Giordano Bruno, Mahatma Gandhi, Osho, Nelson Mandela, etc.

Todas estas personas siguieron causas morales, y eran morales porque se proponían acabar el maltrato, la discriminación, la tortura o la maldad contra un grupo, o varios grupos, contra una raza, una nación o un género. Las causas que persiguen los idealistas siempre son morales.

¿Eran idealistas Hitler, Stalin, o demás genocidas que también han existido a lo largo de la historia humana? No, ellos no eran idealistas, era unos simples asesinos que esgrimían argumentos supuestamente lógicos, pero que en realidad eran simples acciones para beneficiar sus ansias de poder, de ambición, de acaparamiento.

A lo largo de la historia se han llevado a cabo campañas moralizantes o moralizadoras impulsadas por esos idealistas, veamos algunas: la liberación de los esclavos en Estados Unidos, la lucha por los derechos civiles de la población afroamericana en Estados Unidos, también; la lucha contra el apartheid en Suráfrica, la liberación de la India del colonialismo europeo, etc. Esas fueron causas moralizantes o moralizadoras, encabezadas o impulsadas por idealistas.

¿Eran esas personas –los idealistas- unos hipócritas? ¿Eran esas personas unos fariseos? No lo creo, no me consta, al parecer en su vida particular o privada no estaban exentos de cometer errores, pero no, no eran unos embusteros, en su gran mayoría.

¿Era Hitler un moralista? ¿Era Stalin un moralista? En apariencia sí, pero como dice el pasaje bíblico: “Por sus frutos los conoceréis”. Estos dos sujetos citados no eran idealistas, eran simplemente unos asesinos, unos genocidas.

Hoy en día, se promueven campañas que esgrimen banderas moralizantes: la causa por los derechos de los animales, la promoción de la cooperación como valor máximo en una sociedad, la igualdad de razas y de géneros, los derechos de los homosexuales, los derechos de los trabajadores, los derechos de los seres humanos a vivir sin importar su estrato económico, los derechos del medio ambiente. ¿Será que todo esto son campañas hipócritas? ¿Fascistas?

En chistoso -o irónico, mejor dicho-, pero a lo largo de la historia a esas personas que promovieron esos cambios positivos y esas campañas que esgrimían causas morales también los tacharon de hipócritas, de embusteros, ese fue el caso de Sócrates, de Jesús, de Galileo Galilei, de Giordano Bruno, de Gandhi, de Álvaro Gómez, de Gaitán. Por eso los asesinaron, primero físicamente y después moralmente.

Los idealistas son eso, idealistas; los hipócritas son eso, hipócritas. No hay que confundir una cosa con la otra. Si no hubiera sido por esos idealistas, ¿qué hubiera sido de los esclavos en Estados Unidos? ¿De los derechos de los afroamericanos en Norteamérica? ¿De la independencia de la India? ¿De los derechos de los animales en el mundo? ¿De los derechos de los homosexuales?

Había escrito anteriormente un post refiriéndome con nombre propio a dos columnistas colombianos que en el espacio que les da un connotado periódico nacional, se fueron lanza en ristre contra esas personas que promueven causas moralizantes o moralizadoras, las compararon con Hitler, con Stalin. Decidí borrar ese post porque esos dos columnistas me caen bien, son inteligentes, pero me parece que sus posturas son estúpidas, peligrosas, reaccionarias. No me gusta atacar a la persona, pero sí quiero decir que no comparto sus ideas. ¿Cómo se va a comparar a Hitler con Martin Luther King? ¿O a Stalin con Lincoln? No tiene sentido.

Sí, hay idealistas en este mundo gracias a Dios, y es por ellos que las sociedades han avanzado; es por ellos que ciertas personas que pertenecían a ciertos grupos raciales, de género, o políticos -y que no gozaban con ciertas garantías civiles en el pasado- hoy sí las gozan gracias a esos idealistas.    



La cultura masificada: Única garantía de libertad


Muchos recurren a los diccionarios para definir una palabra; los abogados decimos que esa es la interpretación gramatical o exegética de una norma. Uno de los resquicios de nuestra educación aristotélica, tomista, basada en clasificaciones, catálogos, definiciones. ¿Qué es cultura? ¿Un conjunto de conocimientos? ¿De valores? ¿De costumbres? Selma Lagerlof afirmó que es “lo que queda cuando se olvida todo lo que se aprendió”.

Para mí –la cultura- es todo aquello que ha construido el ser humano a lo largo de su historia. También es todo lo que ha construido cada ser humano individualmente. Eso es cultura. Por eso se habla de la cultura de los pueblos, de los hombres, de las comunidades.

¿Puede haber seres incultos? Nuestra “cultura” nos dice que sí. Sin embargo, cuando decimos que alguien es inculto nos referimos a que no tiene educación, confundimos una cosa con la otra. Una cosa es la cultura y otra es la educación. Aunque la cultura se transmite a través de la educación. Todo hombre tiene cultura. 

¿Vivimos una cultura banal, superficial? Mario Vargas Llosa ha sentenciado que sí. Él la llama la cultura del espectáculo. La mediatización de la cultura. Mejor dicho vivimos una cultura mediática caracterizada por la impronta y la influencia de los medios de comunicación: la televisión, la radio, y ahora principalmente por la Internet.

Nuestra cultura es la que ha formado los medios de comunicación masivos, una masificación de la cultura es lo que vivimos en estas épocas. ¿Es eso bueno o malo? Yo diría que ni es bueno, ni es malo, simplemente es. Los medios de comunicación, como su nombre lo indica son “medios”, mecanismos para la transmisión de ideas. En este caso, los medios de comunicación de estas épocas –las actuales- nos transmiten una cultura basada en unos valores que están determinados por los dueños de esos medios de comunicación.

En una sociedad capitalista los dueños de los medios de comunicación también son capitalistas. Por lo tanto, los valores que se transmiten a través de los medios de comunicación están basados en el materialismo, en el consumismo, y en algunos casos en el egoísmo, en la avaricia, en la competitividad. Esa es la cultura imperante hoy en día. Repito, ¿es eso bueno o malo? Ni lo uno ni lo otro si se ve desde una óptica descriptiva, ahora bien si lo que se quiere es hacer una crítica axiológica o moral del asunto, pues podemos decir que transmitir esos valores no es lo más deseable para construir una mejor sociedad, o una mejor humanidad.

Para cambiar los valores imperantes tenemos que cambiar los mecanismos de transmisión de valores. Sin embargo, ¿cómo hacemos para mejorar o modificar esos mecanismos de transmisión de valores? A través de esos mismos medios de comunicación. Si bien es cierto la televisión, la radio, y hasta la Internet se encuentran monopolizados en ciertas manos, también es cierto que la democratización de esos medios electrónicos es una realidad. Facebook, Twitter, los blogs han masificado los mecanismos de transmisión de información, de valores. Hoy cualquiera puede abrir un blog, una cuenta de Twitter y decir masivamente lo que le venga en gana.

Vargas Llosa es pesimista frente a este fenómeno masivo, porque no es elitista, no es sinárquico (me refiero al fenómeno no a Vargas Llosa). Empero, el control de las masas de través de los medios electrónicos es una realidad, pero también será un medio de salvación de esas mismas masas en cuanto a la tentación de controlarlas de manera ilimitada. La cultura masificada que hoy vivimos será la tabla de salvación de la civilización humana. Vargas Llosa piensa que eso es una abominación, pero no, es un respiro para la cultura humana libre; es la libertad que se abre paso como la ley de la selva.

Una cultura de dominación o basada en la dominación no es cultura es avasallamiento, es esclavización. Por lo tanto, la cultura humana como tal tiene un respiro en esta orientación de los medios de comunicación, en esta utilización de los medios de comunicación. La libertad será la primera beneficiada en esta cultura actual que le suena a muchos –como a Vargas Llosa- como vulgar, populista, inculta, o políticamente incorrecta. La tecnología es una espada de doble filo: puede servir para dominar o puede servir para emancipar.

Yo no soy tan pesimista como Vargas Llosa, yo creo que esa “cultura del espectáculo” como la llama él será la garantía del mantenimiento de la autodeterminación del ser humano, de la autonomía humana, del futuro de los hombres. Las élites toda la vida mantuvieron una monopolización de la cultura a través de los medios de comunicación, eso ya no será –o no es- posible en una nueva humanidad donde los medios de comunicación están en manos de todos y no en las de unos cuantos ilustrados cultos. 

El periodismo


No estoy en condiciones de dar cátedra sobre este tema; los periodistas me merecen el mayor de los respetos. Creo que es una profesión -aunque la Corte Constitucional de Colombia la ha calificado como oficio- que debe tener un lugar preponderante en el funcionamiento de la sociedad.

Por cosas de la vida, aficiones, caprichos, he tenido que ejercer el periodismo, por allá alguna vez en la universidad fui director de una revista jurídica, y desde hace varios años publico estos blogs tratando de hacer catarsis y de expresar ideas, mas no de fungir como comunicador o de periodista profesional.

El periodista tiene como función –pienso yo- informar, comunicar hechos e ideas de interés general al público, a la sociedad. El periodista ha aprendido durante cinco años –lo que dura esta carrera en las universidades- a hacer esta comunicación de manera profesional. Ha aprendido ética, ha aprendido lenguajes escritos, visuales y auditivos (radiales), y hasta virtuales –por los nuevos mecanismos de información tecnológicos-. El periodista sabe informar y comunicar de manera experta, y para eso se forma; por eso creo que las facultades y las escuelas de periodismo son necesarias para formar buenos periodistas y buenos comunicadores.

Hay personas como yo, que de forma casual, espontánea o necesaria –tal vez irresponsable- nos hemos dedicado a emular a los periodistas; hemos tratado de ejercer una profesión siguiendo los pasos de otros periodistas –expertos, estos sí-, de leer ensayos y libros sobre esta profesión –u oficio para la Corte Constitucional-, y de actuar con el sentido común. Los periodistas profesionales ya están preparados para ejercer su profesión sin tener que caminar a tientas o de ejercer su profesión siguiendo los pasos de otros periodistas.

Como abogado y periodista aficionado, o como ser humano simplemente, creo que el periodismo tiene una misión muy importante en nuestro entorno, en nuestra comunidad: la de informar con experticia y profesionalismo. Los ciudadanos necesitamos de la información, de las noticias, de la opinión para hacernos una idea de la realidad, para saber en qué mundo vivimos, para conocer hacia dónde va nuestra pobre y agobiada humanidad. Todo con el objetivo de mejorar la realidad que nos ha tocado vivir.

El periodismo, como toda profesión, tienes unos códigos de ética que manejan los maestros de esta profesión, los gurús; ellos saben qué está bien y qué está mal cuando se ejerce esta actividad. Sin embargo, es lógico que la sociedad, que otras profesiones, o que simplemente la gente de la calle cuestione ciertas prácticas periodísticas que están desdibujando el buen nombre de esta importantísima actividad profesional.

Los periodistas trabajan en medios de comunicación que generalmente son empresas privadas que viven de la publicidad, de la pauta, de los anuncios. Los medios de comunicación necesitan recursos económicos para sobrevivir. Sin embargo, muchos medios de comunicación han desdibujado la profesión de periodista para colocar a estos profesionales a hacer escándalos, a explotar el morbo, a llamar la atención, todo con el objetivo de aumentar la audiencia o el rating y tener más pauta publicitaria.

En el capitalismo, donde todo se vende y todo se compra, las profesiones también son víctimas del mercantilismo. Sin embargo, esos vientos en contra que soplan en contra de las buenas prácticas profesionales en todos los campos (el derecho, la medicina, la ingeniería, etc), deben ser sorteados de la mejor manera posible para no perder el norte profesional y ético de la profesión que se ejerce. El periodista debe entender que primero está el interés general y luego el interés particular del medio de comunicación para el cual trabaja. Debe entender que su profesión u oficio está destinado a informar con veracidad, con oportunidad, con humanismo, y con sentido social. El periodista tiene una misión social como la tienen las otras profesiones; así como el abogado debe buscar la justicia, o el médico debe sanar a sus pacientes, o el arquitecto construir edificios o casas que no se caigan, el periodista tiene como misión social mantener informada a la comunidad donde su medio de comunicación ejerza influencia.

La tentación de escandalizar, de vender morbo, de gritar, de generar polémica debe atenuarse al momento de tomar conciencia sobre el trabajo que está realizando el periodista. Los medios de comunicación deben tomar conciencia también, es cierto que deben vivir de algo, pero eso no les da patente de corso para hacer lo que se les dé la gana con la información, hasta el punto de llegar a violar derechos humanos –como el de la intimidad, o el del buen nombre-, no, los medios de comunicación cumplen una función social que debe matizarse positiva y constructivamente con su interés en generar ganancias económicas.

Así debemos vivir en el capitalismo, matizando nuestras actividades, entre el interés general y el interés particular. Sin embargo, cuando nuestro único interés al ejercer una profesión es el de ganar dinero, esa profesión se desdibuja hasta tal punto que pierde su sentido trascendente. Caemos en una jungla donde todo se puede y todo se vale; esa jungla lleva a la confrontación, a la violencia, al conflicto. Cuando cada quien jala para su lado sin pensar en los demás, en el interés general, la sociedad se corrompe, se destruye, la convivencia se hace imposible, y vienen los desastres mayores. El periodista no puede perder de vista su norte profesional, su norte ético, tiene que saber que su profesión es vital y necesaria, y que si se llega a desviar puede ocasionar grave daños a la comunidad a la que pertenece. 

Tecnología: entre la libertad y la esclavitud

La relación del hombre con los objetos a veces es mortificante, gravosa, empalagosa, o enfermiza. Esos objetos devienen de materiales que la naturaleza simplemente puso ahí, algunos dirán que fue Dios, o acaso la Inteligencia Universal, o el azar, o lo que sea, el hecho es que están ahí.

Con esos materiales (vegetales, minerales, o incluso animales) el hombre ha construido artefactos para hacer la vida más fácil. Desde el hacha, pasando por la lanza, y el cuchillo, hasta la imprenta, la motocicleta, y el Ipod. La tecnología consiste en esa transformación de los objetos de la naturaleza para hacer la vida más vivible, más placentera, más feliz.

Sin embargo, para algunos, la tecnología no es eso, no es felicidad, no es placer, no es bienestar, es un martirio. ¿Por qué? Porque no saben utilizar la tecnología, puede der, o porque prefieren métodos más arcaicos, o porque su relación con los objetos es generalmente contradictoria: una guerra.

Creo que la tecnología no es buena o mala per se, creo que la tecnología sí sirve para facilitar la vida, y creo que jamás podrá suplantar al hombre. ¿Alguien en su sano juicio está en contra de inventos como la rueda, o la imprenta, o el computador portátil? Me imagino que no, pero no faltan los radicales anti-tecnológicos.

La tecnología también se ha desarrollado, desde hace milenios, para darle libertad al hombre, no para esclavizarlo. La tecnología debe ser una herramienta nada más, una herramienta que le permita al ser humano desarrollar sus facultades personales, pero no debe ser lo contrario: un instrumento de adormecimiento y enajenación.

Depende del uso que se le dé. Yo puedo agarrar un martillo y pegar una puntilla para colgar un cuadro, pero también puedo tomar ese martillo y darle en la cabeza a alguien (no estoy dando ideas). La primera utilización del objeto es positiva, la segunda es negativa. Y así es todo con la tecnología, que en esencia es neutra.

Hace un rato vi por la televisión a una persona que no utiliza teléfono celular, ni escucha música digital. Lo felicito, el señor vive incomunicado, como antes; y escucha casetes como antes. Sin embargo, creo que el teléfono celular le facilita la vida a personas que necesitan comunicarse con mucha gente, en muchos lugares. Para aquellas personas que hacen negocios, o que son ejecutivos, o que venden cosas, o que son médicos, o que simplemente no pueden estar pegados a un teléfono fijo. Para esas personas el teléfono celular es una bendición. La vida es más fácil para esas personas, al utilizar un móvil.

En mi caso, no escucho música en acetato ni en casetes, y creo que la música digital es una bendición. En un aparato de de cinco por dos centímetros, puedo guardar hasta mil o dos mil canciones (un mp3); pero hay aparatos más sofisticados que pueden guardar hasta cuarenta mil o cincuenta mil canciones. Y el sonido es mucho mejor, no nos digamos mentiras. Hay nostálgicos del acetato, del casete, pero creo que no están en sus cabales.

La tecnología ha facilitado la vida, estoy seguro de eso, pero también nos ha hecho dependientes de ella: ya no podemos salir sin teléfono celular, o no podemos vivir sin ver el Facebook todos los días, o el Twitter, o la página de los medios periodísticos digitales; o no podemos escribir sin computador. La máquina que se utilizaba antes para elaborar documentos es un verdadero adefesio si se le compara con los modernos procesadores de palabras; antes, escribir en máquina era un infierno; no creo que haya nostálgicos de la máquina de escribir, porque si los hay, qué pena, están muy mal.

La tecnología debe estar al servicio de la gente, y no la gente al servicio de la tecnología, ahí está el quid del asunto. Todo es un problema de actitud, de aprendizaje, de estado de ánimo. Hay tecnología perniciosa, es cierto, como las armas, o los instrumentos para infligir torturas. Pero también hay tecnología constructiva, como la que se utiliza en el ámbito médico, o en las comunicaciones. En los próximos siglos, y años, veremos cada día más avances tecnológicos. Todo será un problema de actitud hacia ellos, y de utilización. No podemos ser enemigos consagrados de la tecnología porque eso es fanatismo; y lo contrario, no nos podemos hacer los de la vista gorda ante la utilización enajenante de ciertas tecnologías. Es un problema político, filosófico, ético, y hasta religioso.

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Acoso sexual


En los últimos días se supo de un caso de acoso sexual en el sistema público de transporte de Bogotá “Transmilenio”. Se trataba del típico manoseo, del abusivo maltrato a una mujer por parte de un individuo que presuntamente estaba frotando sus partes nobles contra el cuerpo de una señora.

Al parecer este caso no es el único, y no es la primera vez que ocurre. Los casos de manoseo o de acoso sexual en este sistema de transporte son pan de cada día. Las mujeres son víctimas de los acosadores sexuales, que no tienen reparo en aprovechar la multitud, y el apretuje, para tocarlas e irrespetarlas.

¿Cuál es la solución para este problema? Las directivas de Transmilenio anuncian que crearán rutas especiales para las mujeres, o que simplemente destinarán secciones de los buses especialmente para las mujeres. Esta solución puede ser eficaz hasta cierto punto, sin embargo, teniendo en cuenta que no hay suficientes vehículos, y que la congestión del sistema es inmensa, me temo que en pocas semanas estas rutas y estas secciones especiales tendrán que ser anuladas.

Destinar más policías para que vigilen los buses, es otra solución, pero no es suficiente. Habría que destinar todo el pie de fuerza de Colombia para vigilar a los manoseadores de Transmilenio, que no son pocos, y eso sin hablar de los atracadores y rateros que campean como “Pedro por su casa” en este sistema de transporte.

Yo creo que todo es un problema de educación, de modales, de buenas costumbres. No solo en el Transmilenio las mujeres se sienten acosadas, intimidadas, también les ocurre esto en su trabajo, en su colegio, en su universidad, en la calle, etc, etc. A ciertos hombres a veces se les va la mano en la miradita, o en el piropo, o en el halago; y eso sin contar con el toqueteo abusivo, y hasta con la violación.

Hay que enseñar a los hombres –desde chiquitos- a respetar a las niñas, a tratarlas con delicadeza, con caballerosidad. Pero, si lo único que se les enseña a los muchachos hoy por hoy es a “ser avispados”, a conseguir dinero como sea, pues no nos extrañemos que haya depravados y salvajes en gran número sueltos por ahí.

Nuestra sociedad está enferma, porque nuestra educación es deficiente, y no porque no se enseñe inglés, o francés, o alemán, en los colegios, o porque no se enseñe sistemas y computación. Nuestra sociedad está enferma porque no se transmiten valores, no se enseña a la gente a respetar, a cooperar, a ayudar, a ser solidarios, a ser honestos. Nuestros únicos valores son los valores de conseguir la plata a cualquier precio, y de cualquier forma. Es por esto que las mujeres son víctimas de manoseo en Transmilenio, y los ciudadanos en general son víctimas de los hampones, y las calles están llenas de basura, y la salud no sirve, y la justicia tampoco sirve, y nada sirve en nuestra sociedad, porque está enferma, porque está en crisis, porque está moribunda.

Los políticos solo buscan su propio beneficio, y para ello benefician a unos cuantos pelagatos para continuar en el poder. No les importa la educación, ni la salud, ni la justicia, solo les importa continuar en poder; y a esos pelagatos que controlan económicamente este país solo les interesa multiplicar sus fortunas, y para eso tienen a sus amigos políticos. Mientras tanto, nuestra sociedad está llena de manoseadores, depravados, ladrones, corruptos, fleteros, hampones, etc, etc.  

Nuestra sociedad requiere de una revolución educativa de verdad, una revolución de contenidos; sin embargo, al status quo vigente no le interesa esto, porque la corrupción es lo que ha permitido que esa gente esté donde esté. Ojalá Dios se apiade de Colombia y nos dé luces para combatir el Mal, nos quite la cobardía y nos dé fuerzas para transmutar las conductas enfermas de nuestra sociedad.   

El club de los avispados


Al finalizar el año pasado – me refiero al 2013-, aparecieron los resultados de las denominadas pruebas Pisa, aquellas que realiza la  Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) a los estudiantes de colegio en materias como ciencias y matemáticas. Colombia quedó en el puesto 62, y solo fue superada –por lo bajo, me refiero- por Perú, con respecto a Latinoamérica.

El resultado es pobre, mediocre, no se puede tapar el sol con un dedo, sin embargo, a mí no me preocupa. ¿Por qué? Creo que si bien es cierto el tema de las ciencias y las matemáticas son importantes para la formación de un futuro profesional, creo que es más importante la formación en valores.

Le cayeron críticas a la ministra de Educación, al Gobierno; era inaudito que Colombia solo superara al Perú en estas pruebas, ¿luego Colombia no es el tigre de América Latina? ¿La futura potencia mundial a quien todos temen? Pues no, en materia de educación estamos rezagados, y no solo en educación también en salud, en justicia, en equidad social, etc, etc. Señores, Colombia no es una potencia y tampoco está en vías de serlo, no se engañen, o mejor dicho, no nos engañen.  

Los expertos en el tema hablan de las “competencias”, y se les llena la boca cuando hablan de esto como si fuera importantísimo, cuando en realidad no lo es. Nos han metido en la cabeza que una educación de calidad debe pasar inexorablemente por la cantidad de información técnica y de idiomas que se transmitan al estudiante, y que el país solo será “competitivo” cuando nos llenemos de ingenieros y de multilingües. ¡Pura basura!

Es importante que Colombia tenga ingenieros, pero también es importante que tenga médicos, arquitectos, politólogos, artistas, odontólogos, profesores, músicos, poetas, actores, y hasta abogados. El desarrollo de un país no depende del tipo de profesionales que tenga, sino de la calidad de estos. Voy a poner un ejemplo; Estados Unidos es la mayor economía del mundo, es la principal potencia comercial, militar, y política del mundo, sin embargo, también tiene la tasa más alta de abogados del planeta. Estados Unidos está lleno de abogados y es una potencia, la superpotencia.

Entonces, ¿por qué estamos jodidos? ¿Por qué nuestro país tiene índices absurdos de pobreza, de desempleo, de violencia, de delincuencia? Porque nos falta educación; pero no porque no sepamos matemáticas, o biología, o química, o física; estamos jodidos porque nos faltan valores. ¿Qué son los valores? Son ideales que se consuman o se concretan en acciones que desembocan en resultados positivos, benéficos. Las sociedades tienen valores, como la vida, como la propiedad privada, como la familia.

Alguien dirá: ¿Pero si aquí transmitimos todos esos valores? Colombia es un país de valores, dirán. Yo creo que no, creo que la gran deficiencia radica ahí, en la formación en valores. La educación en Colombia precisamente se enfoca en la información, en los datos, pero muy poco en la transmisión de valores.

Las crisis que ha sufrido el país en los últimos años, y me refiero a los escándalos de corrupción, se han dado porque personas sin valores han incurrido en conductas inadecuadas, delictivas, criminales, que han puesto en peligro la institucionalidad.  

Lógico, la educación también es una transmisión de datos, de conocimientos especializados, pero también es un esfuerzo por inculcar conductas, comportamientos que generen una sociedad más pacífica, más justa, más próspera. Esto último no está sucediendo en Colombia, o por lo menos no de la forma que debiera ser.

Seamos sinceros, el principal valor que se inculca en Colombia es el de la supervivencia a toda costa, o mejor, el del enriquecimiento como sea. Aquella frase: “Mijo avíspese”, la escuchamos a diario, en todos lados; y ese precisamente es el mayor problema para el verdadero desarrollo de nuestro país.

Somos un país de avispados, los colombianos nos consideramos inteligentísimos, superdotados mentalmente, en todos lados reconocen nuestros talentos, porque somos unos verracos. ¡Pura basura! Somos igual de brutos o de inteligentes que los demás, lo único es que desde pequeños nos dicen: “Mijo avíspese”, y con eso nos jodieron, porque nos volvieron unos espléndidos avispados inmersos en una sociedad enferma.

En Colombia sobran los avispados, los que se han enriquecido a través del delito, como los narcotraficantes, los delincuentes de cuello blanco, los traficantes de armas, los atracadores, los estafadores, etc, etc. Sin embargo, hay diferentes niveles de “avispados”, los que son muy avispados se roban una ciudad entera y reciben penas irrisorias; otros son menos avispados, y se roban un carro, o un cajero electrónico, a estos les dan una pena más alta; y los menos avispados, que se roban un caldo de gallina y los mandan a podrirse en una cárcel.

Nuestra sociedad está llena de avispados, es un club de avispados; pero esa cultura de la astucia, y del enriquecimiento como sea solo ha generado una cosa: un país en crisis.

La causa de la crisis de Colombia no es porque nuestros estudiantes no sepan de matemáticas, o de química, o de biología, es porque no hay valores positivos, o transmisión de valores positivos en nuestro sistema educativo, esto es lo que está fallando, sin embargo, el mismo sistema no lo quiere aceptar porque eso implica reconocer que nuestras élites están enfermas ( si no, miren quiénes van a las corridas de toros), y que por lo tanto allí radica la causa principal de nuestro debacle.

Nuestros estudiantes podrán ser expertos en tecnología, y saber ocho idiomas, pero nuestra sociedad seguirá enferma. Esa es la terrible verdad, sin embargo, para eso debe haber todo un proceso de reinvención de nuestra cultura, de nuestra comunidad, y lamentablemente nuestros dirigentes no están dispuestos a hacerlo porque desde hace años viven de este desorden, de esta enfermedad.

Lo triste de los resultados de las pruebas Pisa no es que Colombia haya quedado de penúltimo en América Latina, lo triste es que todavía no tengamos una bitácora para nuestra educación, todavía no sabemos cómo educar a nuestros niños, y a nuestros jóvenes, y simplemente sigamos diciéndoles: “Mijo avíspese”.

Para rematar, hace algún tiempo un amigo matriculó a su hija en uno de los colegios más caros de la ciudad; las razones que lo llevaron a esto fue la siguiente (según sus propias palabras): “Allí podrá conocer gente, hacer relaciones”. Triste, ¿no?, que la principal razón para matricular a un niño en un colegio sea esta. Como quien dice: “Mijo avíspese y haga amigos”.


Yo he tratado este mismo tema en otros artículos, en otro blog, y sigo insistiendo en lo mismo; el problema no es de diplomas, no es de información, no es de idiomas, es de valores. Pero no, la gente no entiende esto, o no lo quiere entender, o no se preocupa por entender, porque ya nos acostumbramos al desorden, a la porquería, nos volvimos sociópatas y nos acostumbramos al caos, ese es el problema.