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Jesús de Nazaret y la Nueva Humanidad


Escribo estas letras con todo el respeto hacia quienes profesan veneración por la figura de quien partió la historia de Occidente en dos: Jesús de Nazaret; no es mi intención imponer o definir quién fue él desde lo histórico o desde lo teológico, simplemente expongo mi visión personalísima de esta figura gigantesca en lo moral, en lo religioso, en lo místico, en lo histórico.

Recuerdo que mis padres me bautizaron en la Iglesia Católica, me confirmé en esta misma iglesia, y ellos –mis padres- eran fervientes practicantes de esta religión. Con el paso del tiempo mi relación con el catolicismo ha variado; cuando niño era fiel seguidor de sus doctrinas, cuando era adolescente mi concepción varió un poco hacia el escepticismo, cuando llego a mayor tengo una relación no ya tan tormentosa y crítica, pero sobre todo, mi gran acercamiento al catolicismo ha sido por figuras como la de Jesús de Nazaret.

¿Fue o es un dios? ¿Es el hijo de Dios? ¿Fue o es un mesías? ¿Fue un maestro espiritual y nada más? ¿Un iniciado o iluminado en la verdad? Ni idea, porque para mí, lo importante de Jesús de Nazaret fue su mensaje. La relación de los judíos con Dios era compleja, el Dios del Antiguo Testamento era un Dios agresivo, malgeniado, sulfurado; en cambio, Jesús les dijo que no, que Dios era un padre amoroso, que todo lo perdonaba, que era solo amor y nada más. Grave, decir eso le valió la crucifixión romana a instancias de los ortodoxos de la ley judía. Aunque según la historia, fueron los judíos sus más fervientes seguidores, y fueron ellos quienes transmitieron al mundo las enseñanzas del Maestro.

El mensaje de Jesús se puede resumir en una palabra: amor. Amor a sí mismo, amor al prójimo, amor a Dios. Perdonar a todo el mundo y fluir con la vida de manera apacible y sin complicaciones. Todas las parábolas del Maestro giran alrededor de esta idea sencilla, pero contundente. Sí, hablar del amor le costó la vida a Jesús (aunque la tradición afirma que resucitó), porque el statu quo imperante en Palestina hace 2.000 años le impedía hablar de esta manera a un pueblo invadido por los romanos y con influencias de otras culturas paganas, por lo que los sacerdotes exégetas de la ley judía no podían permitir que ese mensaje de amor se filtrara en la psiquis de la gente ya que podía ocasionar la disolución del aparato establecido para transmitir la idea de Dios que se consigna en el Antiguo Testamento. El amor no es lo importante en ese libro, lo importante es seguir la ley, las recomendaciones de Dios, no es amar lo que te salva, es seguir los pasos y las conductas a raja tabla de esas directrices. El mensaje de Jesús era demasiado revolucionario para esa época. Sin embargo, vuelvo a recordar que muchos judíos sí lo entendieron, y sí siguieron sus enseñanzas. Otros lo respetaron y admiraron, aunque siguieron siendo judíos en esencia.

¿Ha cambiado la cosa 2.000 años después? Creo que no; creo que el mensaje de Jesús de Nazaret sigue siendo revolucionario y anti-sistema, por eso los aparatos establecidos siguen afanosamente concentrados en la forma de las cosas y no en el fondo. El problema no es ser de una o de otra religión, el problema no es practicar X o Y ritual, el problema no es venerar X o Y imagen, el asunto es ser una buena persona, una persona moral, una persona que sea espiritual y que se mueva en el mundo físico. Mejor dicho, el asunto es aplicar las enseñanzas de Jesús, lo cual para nuestra sociedad es difícil porque nuestra cultura todavía rechaza la idea de ver en el otro a nuestro hermano, y más bien ven en el otro a un competidor. Nuestra humanidad todavía se basa en la idea de la competitividad, de la dominación, de la explotación, del egoísmo, de la mezquindad, del materialismo. La gran idea de Jesús de Nazaret era crear una Nueva Humanidad, un nuevo Hombre que se basara en el principio simple de la fraternidad, de la cooperación, del amor universal hacia todo lo creado: los humanos, los animales, el medio ambiente.

2.000 años después de la venida de Jesús de Nazaret el mundo todavía no entiende su mensaje, no se aplica, o si se entiende se ve como ingenuo, como peligroso, porque es un mensaje que destruye los cimientos de la antigua humanidad, basados en todo lo contrario de lo que esgrimió el Maestro. La Nueva Humanidad aplicará el mensaje de Jesús y no sus formalismos, sus ritualismos, que él nunca implementó, porque sabía que lo importante era el amor, que se establece en el corazón y en la mente, y no en la superficie, en la materialidad.

Ojalá que los seres humanos que se dicen ser cristianos (católicos o protestantes) empiecen a aplicar las ideas de Jesús de Nazaret para empezar a configurar de una vez por todas una Nueva Humanidad basada en el amor universal, el perdón, la reconciliación, la cooperación, la fraternidad, la espiritualidad, la hermandad entre todos los hombres sin importar su religión, su preferencia sexual, su género,  su raza, su status social o económico, o su procedencia nacional.  

¡Gloria a ti Jesús! ¡Gloria a ti Maestro! 

El pensamiento progresista


Sí, últimamente –y como siempre- estamos siendo atacados por los “poco progresistas”, por los miedosos, por los defensores del statu quo corrupto. El pensamiento progresista no es más que la filosofía que propende por un mundo más humano, más amoroso, más fraterno, más tolerante, más racional, más sensato, más cooperante, más compasivo, más digno.

Progresistas como Jesús de Nazaret, Sócrates, Martin Luther King Jr, J.F Kennedy, Mahatma Gandhi, Jorge Eliécer Gaitán, Luis Carlos Galán o Álvaro Gómez Hurtado fueron asesinados por defender estas ideas, las progresistas. El progresismo no es popular, ni mucho menos, porque trata de despertar las conciencias de las personas, y desafortunadamente lo que menos quiere la gente es que la despierten.

Los “poco progresistas” son populares, claro, porque le dicen a la gente: “sigan así, dormidos”. De cierta forma el progresismo, a contrario sensu, es un salto al vacío, es un camino incierto porque está basado en la confianza, en el amor. El “poco progresismo” está basado en el miedo, y defiende el statu quo imperante porque no les queda otra salida sino ser unos aduladores de los poderosos, ser unos “lagartos” como decimos en Colombia.

El progresismo defiende la tolerancia, el hecho de que hay personas que piensan diferente y que por ese simple hecho –por pensar diferente- no deben ser defenestradas, alejadas, heridas, insultadas o maltratadas. Sin embargo, una cosa es la tolerancia y otra muy distinta la alcahuetería. Tolerar acciones inmorales es eso: alcahuetería. Un ejemplo de eso son las corridas de toros donde se maltrata a los animales como diversión, como show. Esto no se puede llamar tolerancia con el pensamiento diferente, porque las corridas de toros son inmorales. Es alcahuetería.

Es curioso que los “poco progresistas” se ufanan de serlo, pues claro, porque su estúpido comportamiento está acorde con el pensamiento mediocre de la masa, de los dormidos, de los ignorantes. El progresismo, en cambio, es nada popular, si no miren como terminaron Jesús de Nazaret, o Sócrates, o Mahatma Gandhi: asesinados.

El progresismo es una filosofía que promueve el amor universal, la fraternidad, el entendimiento entre los hombres, el respeto a la naturaleza, a los animales. El progresismo no es de izquierda ni de derecha, porque esa concepción del espectro político está mandada a recoger, viene de la Revolución francesa, del siglo XVIII, y las cosas desde hace dos siglos han cambiado mucho, mucho.

Para los “poco progresistas” maltratar toros en una plaza es normal, que haya gente súper millonaria y 790 millones de personas que no tengan para comer es normal, que el egoísmo y que el individualismo imperen en nuestra sociedad es normal para ellos. Los progresistas abogamos por un mundo más justo, más humano, más fraterno, más cooperante.

La tolerancia con la intolerancia es alcahuetería. Si bien existe la libertad de insultar no por ello lo debemos hacer, si bien existe la libertad de ser egoístas no por eso lo debemos hacer. La libertad es un concepto poco entendido, o mal entendido, los “poco progresistas” entienden por libertad como hacer lo que me venga en gana, para los progresistas la libertad es la posibilidad de hacer siempre el bien, es diferente, ¿si se dan cuenta? Cuando un violador comete una afrenta contra una mujer no la hace en virtud de su libertad sino fruto de su esclavitud a un vicio, a una perversión. El inmoral no es libre porque está sujeto a su pensamiento equivocado.  

Maltratar a un animal es inmoral, es equivocado. En Colombia, por ejemplo, los animales ya no son cosas, son seres. Por lo tanto, la definición de tortura ya se aplica a ellos. Las corridas de toros son simple y llanamente causar tortura a un animal. Los “poco progresistas” afirman que los anti-taurinos somos fascistas porque estamos en contra de la libertad de los taurinos para maltratar animales. Posición errada, ignorante. Estar de acuerdo o tolerar una conducta inmoral no es tolerancia es alcahuetería; eso es como tolerar la violación de una mujer, por ejemplo, para permitir el libre desarrollo de la personalidad del violador. Pues desde luego que la violación es inmoral y debe ser castigada y reprimida, no tolerada. No es un problema de limitación de la libertad, es un problema de poner límites a conductas lesivas en la sociedad por culpa de la esclavitud ante los vicios y el mal-pensar.

El progresismo propende, como ya lo dije, por una auténtica libertad, por una tolerancia hacia conductas morales pero que difieren en gustos o en opiniones, por un mundo más fraterno, menos individualista, menos materialista. El progresismo es la filosofía del amor traducida en hechos políticos, económicos, sociales y ecológicos. El progresismo es la filosofía que propende en últimas por la Nueva Humanidad, mientras que los “poco progresistas” son como cerdos que se revuelcan en el antiguo mundo corrupto, materialista y estúpido que todavía impera por culpa de los ignorantes, de los inmorales, de los corruptos.

¡Viva el progresismo, viva la Nueva Humanidad!


¿Para dónde vamos?


Al finalizar cada año hacemos un inventario de todo lo que nos pasó –bueno, malo o regular- y proyectamos lo que posiblemente será nuestra suerte en el nuevo período que comienza el primero de enero.

Todos tenemos un plan individual, uno familiar, uno social y nacional, y otro global. Todos queremos que nuestros sueños y deseos se hagan realidad en el nuevo año que comienza. Todos queremos lo mejor para el mundo, estoy seguro de eso –hasta los más despiadados y malvados lo desean, creo yo-. Sin embargo, y sin tener que acudir a oráculos, cartas astrales o tarots, ¿cuál es el futuro de nuestra especie a corto, mediano y largo plazo? ¿Qué será de nosotros como humanos en el futuro?

Algunos creen que el fin está cerca: los apocalípticos piensan así; otros proyectan que la humanidad pasará por momentos difíciles: hambre, sequías, guerras por los recursos naturales, violencia generalizada: estos son los pesimistas moderados; y otros opinan que a pesar de las adversidades la humanidad saldrá adelante y que nos espera lo mejor: una sociedad perfeccionada por los valores más elevados: estos son los optimistas o ingenuos poco informados.

Yo creo que el futuro no es algo fijo, que se pueda predecir matemáticamente, creo que lo construimos día a día, hora tras hora, segundo a segundo. Creo que nosotros –los humanos- tenemos una magnífica oportunidad de salvar al planeta Tierra, todavía, creo que los hombres podemos construir una sociedad pacífica, cooperante, fraterna, justa, ecológica, amorosa, todavía; sin embargo, la espada de Damocles se alza amenazante también; hay que estar en guardia, las fuerzas oscuras no están dispuestas a ceder terreno para satisfacer sus intereses egoístas. Esos intereses pueden provocar guerras, terrorismo, injusticias, conflictos, y esto depende de cuánta acción benéfica provoquemos todos.

Ahí está nuestro futuro: en nuestras manos; eso es lo grandioso de la vida: que es imprevisible, desconocida, misteriosa. Podemos rodearnos de amor y paz, o por el contrario, de miedo, odio y venganza. El futuro podría ser apocalíptico, pero no por esas profecías antiguas o nuevas, no, el futuro podría ser terrible por nuestras actuales acciones y pensamientos, no nos llamemos a engaño.

El mundo termina con cierta dosis de pesimismo, lamento decirlo. El Brexit, la elección de Trump en Estados Unidos y otras elecciones por ahí dejaron a varios preocupados. Yo soy optimista, confío en el ser humano y en su poder de llenarse y de rodearse de amor, creo que nuestra especie a pesar de los problemas hallará la luz al final del túnel, pero eso depende de nuestra acción; ningún extraterrestre vendrá a redimirnos, ningún superhéroe nos sacará de la mala, no señores, solo nosotros estaremos en la capacidad de mejorar nuestra vida, de hacer perfeccionar nuestro entorno. Nosotros somos esa bendición que tanto estamos rogando que caiga del cielo.

Vamos para donde nosotros queremos ir. El Apocalipsis, ese final ineludible por la Providencia, es opcional, pero podría ser en verdad una realidad si no tomamos medidas urgentes en lo individual, en lo social, en lo global. Varios líderes mundiales –entre ellos el papa Francisco- ya lo han dicho y proclamado a gritos: necesitamos un cambio en nuestra forma de relacionarnos como seres humanos y en la forma como nos relacionamos con la naturaleza.

Si no hay ese cambio, la realidad de los pesimistas moderados podría ser verdad: guerras, conflictos por los recursos, más terrorismo, más hambruna. Sin embargo, eso lo podemos revertir. Estamos a tiempo. Llenemos de amor nuestra vida primero que todo, luego, irradiemos ese amor hacia los demás, y por último confiemos en esa inteligencia superior, que podría ser Dios, o la divinidad para que nos guíe, para que nos proteja, para que nos llene de esperanza.

El individualismo, el miedo, el odio, el resentimiento, la violencia, los antivalores, el materialismo, el consumismo, el egoísmo, nos están matando, nos están llevando a ese Apocalipsis mitológico que se encuentra en la psique humana, porque todos le tememos al fin, al punto de no retorno, a la inexistencia, a la desaparición. Ese temor es precisamente el problema, es ese temor el que nos vuelve indiferentes al dolor ajeno (al humano y al animal), es ese temor el que nos hace ser violentos y acaparadores, es ese temor el que nos hace ser materialistas e individualistas. ¿Para dónde vamos? Para donde nosotros estemos dispuestos a ir, pero esa decisión es libre no impuesta, esa es nuestra responsabilidad, nuestro poder.

Dominación


¿Para qué queremos dominar a los demás? ¿Para qué queremos que ellos –las otras personas- hagan lo que nosotros queremos que hagan? El poder, la dominación, la subyugación, es un instinto natural del hombre, sin embargo, como todos los instintos, también debe ser moderado.

Desde que el hombre es hombre existe este instinto; los más fuertes han ejercitado esta tendencia y han logrado colocar bajo su bota a los más débiles. La historia del mundo no ha sido más que eso, contar cómo un grupo de humanos domina a otro grupo de humanos.

Los mecanismos para dominar han variado. Se ha utilizado la fuerza bruta, el poder físico, en primer lugar; después se ha pasado a mecanismos más sofisticados como la superstición, la leyenda, el miedo, y hasta los cuentos de hadas. En la modernidad, el control de los recursos naturales y de los medios energéticos han servido para ejercer poder sobre otras personas; y más recientemente, se está utilizando la tecnología, la informática.

La dominación –se ha creído siempre- está en los genes del hombre, en su configuración biológica hereditaria, en su esencia, ¿es eso cierto? Creo que el ser humano tiene muchas tendencias animales, es un animal más evolucionado, sin embargo, lo que lo hace proclive a la evolución, al desarrollo, es su conciencia. Los demás animales no tienen conciencia, simplemente actúan y ya; son esclavos de sus instintos.

El hombre, a diferencia del animal, puede modular sus pasiones utilizando su razón. Los animales son víctimas de sus tendencias naturales, no pueden hacer nada. El hombre no. Los seres humanos tenemos la fortuna –o el infortunio, según se vea- de regular esas pasiones, de imponernos sobre ellas.

El instinto de dominación lo tienen muchos animales, casi todos, incluido el hombre. Los animales simplemente actúan dándole rienda suelta a sus inclinaciones más primarias. El ser humano puede regular esas pasiones.

La dominación es lo que menos ha regulado el ser humano a lo largo de la historia, por eso las guerras, los conflictos, la injusticia, la inhumanidad. Darle rienda suelta al instinto de dominación no puede traer sino problemas. Ya nos estamos dando cuenta de esto, ojalá no sea demasiado tarde. Los animales no pueden destruir el mundo por culpa de ser víctima de sus instintos, a lo sumo pueden autodestruirse. Los hombres sí podemos destruir el mundo entero por culpa de nuestro instinto de dominación.   

La razón ha llevado al hombre a poner un ser humano en la Luna, a crear inventos espectaculares; pero también a crear armas muy sofisticadas, armas para matar en masa. Todo por el bendito instinto de dominación.

Si quienes mandan en el mundo no modulan este instinto podrían crear una verdadera tragedia. Su instinto los ha colocado en esa posición, pero ese instinto desbordado también puede ser su perdición y la de los otros seres de este planeta.

Subyugar, dominar, ejercer poder sobre otros, ¿para qué? Vuelvo a preguntar, es una tontería, no hay placer más grande que dejar a los otros ser como son; aceptar que todos somos diferentes pero con la misma esencia humana y espiritual; aceptar que la diferencia y la diversidad es la riqueza de nuestra especie. La unanimidad, la uniformidad es contra natura, no es humana. Dejemos que los otros hagan su voluntad, para que ellos también nos dejen vivir como nosotros queramos.

Vivamos en amor, vivamos en armonía, en cooperación, en paz, con los demás; ¿para qué dominar a los otros? Es casi que estúpido, es de tontos. Solo la armonía, la aceptación de la diferencia nos puede llevar a la plenitud de abundancia como especie, y eso se llama evolución; sofisticar los métodos de poder y de dominación es retroceder en el tiempo, es seguir siendo sub-humanos, cuasi-animales.  

La enfermedad de la humanidad es esa, no poder subyugar bajo la razón el instinto de dominación; la cura para esa enfermedad está en el amor, en la tolerancia, en la cooperación, en la colaboración, en la conciencia, en la felicidad. Los seres humanos felices no necesitan dominar a los demás; solo los amargados, los serios, los frustrados, no pueden reprimir ni modular ese instinto. Por eso, es obligación de los seres con conciencia, hacer caer en cuenta a los otros de su error; con compasión se puede lograr esto, sin violencia, sin grosería, con paciencia. El amor es más fuerte que el temor; el temor siempre lleva a querer dominar a los otros para que hagan nuestra voluntad.  





http://fbermudezg.wix.com/proyectoarikayasis

Mucha gente


El debate sobre la superpoblación del mundo vuelve a estar sobre la palestra. Que hay mucha gente en la Tierra, que los recursos no alcanzan, que el planeta se está destruyendo por culpa de esa superpoblación. Todas estas preocupaciones vuelven a estar vigentes, ahora más que nunca.

Sí, somos un poco más de siete mil millones de personas; que tenemos que comer, que tenemos que ir al baño, que tenemos que educarnos, que tenemos que ir al médico, que tenemos que vivir en una casa, que tenemos que trabajar, que tenemos que vivir.

Por allá, a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, vivió un clérigo anglicano de apellido Malthus. Este señor afirmó que llegaría un momento en el cual los recursos naturales no alcanzarían para alimentar a tanta gente, porque según él, la población se multiplicaba de manera geométrica, mientras que los recursos solo aumentaban aritméticamente; esto es, que llegaríamos a una situación límite para satisfacer las necesidades de todas las personas que viven en el planeta Tierra.

Desde ese momento, desde las teorías de Malthus, los gobiernos y los políticos han venido preocupándose cada vez más por este asunto. Incluso, las teorías de la conspiración afirman que la superclase, la superélite que gobierna al mundo, está dispuesta a reducir ese número de personas por lo menos a la tercera parte a partir de guerras, pandemias, hambrunas, terrorismo, cataclismos climáticos, etc.

Todo parece lógico; si hay demasiada gente y los recursos se están acabando, pues acabemos con todas esas personas. Es lógico, pero es inmoral y hasta descabellado. Yo creo que el problema no es el número de personas que habitan el planeta, yo creo que el problema es la actitud de las personas que habitamos la Tierra.

Obviamente, en un sistema de convivencia como el que funciona actualmente, que se basa en la competencia, en la dominación, en la avaricia, en el egoísmo, en el acaparamiento, pues es elemental que llegará un momento en el que “no habrá cama para tanta gente”. El sistema de convivencia humano actual es incapaz de darle de comer a siete mil millones de personas, porque es un sistema artificial y equivocado. Es el sistema que ha preponderado en la humanidad desde sus comienzos.

No estoy hablando de socialismo, o de capitalismo, o de comunismo, o de anarquía, estoy hablando de humanismo, de cooperación. El poder global se está centralizando, las superpotencias compiten por liderar este proceso; sin embargo, para detentar este poder deben recrudecer el sistema de competencia, de monopolios, de acaparamiento, de avaricia. Compartir –para ellos- es perder poder; cooperar –para ellos- es perder poder. La consigna en este mundo es la siguiente: supervivencia a cualquier precio o muerte. 

Si así están las cosas, pues estamos mal. De ahí las crisis que nos aquejan. Los superpoderosos temen perder su poder, para ello buscan agrandar sus posibilidades de alcanzar más control. El control, el poder, todo con el ánimo de sobrevivir, por encima de los demás.

Qué posición más equivocada es esta. Pero así está el mundo. ¿Cuál es la alternativa? ¿Seguirle la cuerda a los que están equivocados? Claro que no. Si los poderosos comienzan a darse cuenta que la cooperación es la clave, se acabarán las preocupaciones por la superpoblación mundial, más aún la superpoblación será la clave para la prosperidad sin límites.

Bueno, ¿y cuando haya tanta gente en el mundo? ¿Y no quepamos todos? ¿Qué pasará? La respuesta ya tiene solución: el espacio exterior. Para cuando la Tierra se quede sin espacio, el hombre ya habrá podido explorar y colonizar otros planetas y lunas en el sistema solar, y en otros lugares. Por espacio no nos debemos preocupar porque el espacio es infinito, ilimitado. Todavía faltan muchos años para que eso ocurra, por lo menos un siglo o más. De aquí a allá, la tecnología espacial habrá dados pasos gigantescos.

En un lugar con tanta gente, toca aprovechar esa cantidad de personas. El Planeta no debe ser explotado con el único fin de obtener ganancias, debe utilizarse para el mantenimiento sano de sus habitantes; es por eso que la convivencia pacífica no solo debe ser con nuestros semejantes humanos, sino también con nuestro entorno ambiental, incluidos los animales. La respuesta para la prosperidad sin límites está en lo que le preocupó a Malthus hace siglos: la superpoblación.       




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La inmoralidad de las corridas de toros: Respuesta a Savater

El filósofo Fernando Savater acaba de publicar un libro defendiendo este vergonzoso espectáculo, y atacando el argumento de la inmoralidad del mismo. En una reciente entrevista, el señor Savater argumenta que los amantes de las corridas de toros no asisten a ellas por amor a la crueldad, sino que lo hacen porque les parece bello o estético. Mejor dicho, según Savater los amantes de estos espectáculos no asisten a ellos por sadismo animal, sino porque tienen una relación diferente con el toro del que tienen los que aborrecemos este macabro show.

En primer lugar, quiero decir que el espectáculo de la tauromaquia sí es cruel, sí es sádico, sí es ramplón, sí es inhumano. Volver fiesta la tortura de un indefenso animal es salvaje, es ordinario, es sádico. Savater obviamente acude a uno de los argumentos pro-taurinos, y es el de volver higiénico algo inmundo. Según los pro-taurinos es preferible matar al toro en una corrida, donde se le da la oportunidad de defenderse, e incluso el de derrotar al torero. Que es preferible verlo morir –al animal- en una plaza de toros y no en un matadero. ¡Qué cosa tan despreciable! Quiero decir que los seres humanos comemos carne por necesidad. Por necesidad biológica, por necesidad psicológica. Sin embargo, hacia futuro es muy probable que toda la humanidad sea vegetariana, cuando haya un cambio de mentalidad y de conciencia que todavía no impera en nuestra especie.

Somos carnívoros por necesidad. Cuando yo tenía catorce años, el médico me aconsejó comer carne para poder crecer. A mí no me gustaba la carne, pero la empecé a degustar por recomendación de un especialista. Es cierto, los animales mueren todos los días en mataderos, y no solo las vacas, también los pollos, y los conejos, y los patos, y etc. Pero, no se hace de esto un show, un espectáculo, una fiesta, una rumba, un convite, una danza, un teatro; es un hecho necesario de nuestra sociedad, de nuestra especie, para sostenernos, para alimentarnos. La inmoralidad de las corridas de toros está allí precisamente, en volver fiesta algo penoso. Los judíos matan los animales para su comida de una forma muy especial. Solo lo puede hacer un rabino especializado, y mediante una ceremonia formal, donde se le pide disculpas al animal y donde se le desea mejor suerte en su futuro. Los judíos son más civilizados. Los budistas y los hindúes prefieren no comer carne porque respetan la vida, incluso la de un animal. En Occidente es donde somos unos salvajes.

Las corridas de toros son una tradición deformada de los antiguos misterios de Mitra, donde se sacrificaba un animal de estos para simbolizar el triunfo de la razón sobre los instintos y del espíritu sobre la materia. Lógicamente, no podemos asegurar que cuando vemos en las barras de las corridas de toros a un montón de personas en estado de alicoramiento gritando “¡Ole!”, es porque comprenden el significado esotérico de este antiguo rito. No, están allí porque les parece “in” que los vean en la plaza de toros, al lado de un montón de gente también “in”.

Y es que las corridas de toros son eso, un espectáculo de esnobs. La mayoría de la gente asiste a esos sacrificios para mostrarse. Es tradicional que la gente de clase alta prefiera las corridas de toros, sobre todo en nuestra cultura greco-latina. Las corridas de toros no están hechas para la chusma, para el populacho, están hechas para la gente bien y bonita de los estratos altos. Yo tenía un compañero de oficina que asistía a las corridas de toros por ese motivo. “Me importa un bledo el toro y el torero, me interesa la gente que va a las corridas” decía él, y es que eso son las corridas de toros. Son reuniones sociales, donde la gente se muestra con orgullo, pero donde estoy seguro que nadie entiende un ápice de lo que está pasando en el ruedo.

Así es señor Savater, las corridas de toros ni siquiera son espectáculos de belleza o de estética, son simples reuniones de la clase de alta. Como jugar al golf, o ir al club, o ir de paseo en un yate. Es eso, una fiesta inmoral con connotaciones sociales, no nos digamos mentiras. Eso habla muy mal de nuestras élites, obviamente. Pero por eso, así están nuestros países de tradición greco-latina: en la “inmunda”, como dicen los jóvenes de hoy.

El otro argumento de Savater es el de la desaparición de los toros de lidia. “Si desaparecen las corridas de toros, se acaba esta especie”. Tremenda desfachatez la de este filósofo. Mejor dicho, sigamos matando y torturando toros que para eso están. Éste es el peor de todos los argumentos. Entonces, sigamos con las corridas de toros para que haya toros de lidia. No señor, si es necesario que desaparezca esta especie para evitar el sufrimiento de los animalitos, pues que así sea. ¿Cómo es posible pensar que se críen especies directamente para el sufrimiento en una fiesta grotesca? Otros contestarán que eso mismo pasa con los pollos, y con los peces, y con los cerdos. Sí, pero ya contesté al argumento vegetariano. Es diferente, porque no se convierte el sacrificio de esos animales en un carnaval de cocktail barato. Hacia futuro seremos vegetarianos, lo repito.  

El otro argumento es el de la libertad. No solo utilizado por Savater sino por otros columnistas. Los amantes de las corridas de toros tienen el derecho a su show. No se pueden prohibir. Tremenda estupidez, peor. Eso es como decir: A fulanito le gusta violar mujeres, pues no pongamos talanqueras a su desviación, y que viole. No se puede, la sociedad protege unos bienes jurídicos para el mantenimiento de unas condiciones de armonía y de convivencia. No se puede acudir al argumento de la libertad para proteger actividades inmorales. No es fascismo, como decía un columnista colombiano hace algunos meses en un ensayo que escribió sobre este tema. No se puede otorgar libertad plena para hacer cualquier cosa, porque eso sería anarquía. Y el derecho -como dice Bodenheimer-, es un punto medio entre el desorden y la tiranía. Por lo tanto, cuando se prohíben las corridas de toros los gobiernos acuden a una facultad legítima de proteger unos derechos, ¿cuáles? Los derechos de los animales. El señor Savater, el columnista colombiano – quien acusaba de fascistas a los antitaurinos-, y los amantes de la fiesta brava, dirán que los animales no tienen derechos. Que los animales son cosas, y que por lo tanto no son sujetos de derecho. No es así, el Consejo de Estado de Colombia –por ejemplo-, afirmó en una reciente sentencia con ponencia del magistrado Enrique Gil Botero, que los animales sí tienen derechos. Estos serían, el derecho a no ser torturados, el derecho a no recibir castigos y sufrimientos innecesarios.

Afirmar que el sentido estético de la fiesta brava es subjetivo, me parece horrendo. Sería como decir que a los nazis les parecía hermoso matar personas en campos de concentración. Que es subjetivo. No señor Savater, la fiesta brava es intrínsecamente horripilante, asquerosa, hedionda, perversa, desquiciada, abominable. Sería como decir que una violación sexual podría ser bonita o hermosa para algunos. No señor. La violación sexual siempre será horrenda, asquerosa, hedionda. Aquí no se puede acudir a un criterio estético, porque la actividad en sí misma es inmoral, y esto es lo que no entiende Fernando Savater, a pesar de presumir tener inteligencia.

La moral es toda actividad que lleva al Bien. ¿Matar lleva al Bien? No, eso lo sabe hasta un analfabeta, o un ignorante. ¿Robar lleva al Bien? No, eso lo sabe hasta Fernando Savater. ¿Matar un animal, torturarlo, en frente de un montón de borrachos lleva al bien? No. ¿Por qué? Porque eso nos degrada como especie. Los seres humanos somos la especie predominante en el planeta Tierra, por nuestro avance y desarrollo evolutivo, o por lo que sea. Es nuestra obligación como especie prevalente, cuidar y respetar a nuestros hermanos menores, a las especies que están en situación de inferioridad con respecto a los humanos. Nuevamente, ¿por qué? Por moral, por humanidad, por sentido de la vida, por amor a la existencia y a la naturaleza. Las corridas de toros degradan al hombre, lo convierten en un ser vil. Decir que se le da la oportunidad al toro de defenderse es como ponerme a mí a pelear con el campeón mundial de boxeo de los pesos pesados. Es absurdo. El toro siempre saldrá derrotado así le pegue su susto al torero. Morirá al fin y al cabo. No es una pelea justa, de hecho, poner al toro a enfrentarse con el humano es bajo, es vil, es horrendo, es perverso, es degradante. Decir que de pronto se muere el torero es peor. Ahí sí estamos frente al delirio absoluto. Pensar que de pronto se muera el ser humano, y que por eso el espectáculo es atrayente, no tengo palabras para expresar eso; o sí las tengo: Repugnante.

Señor Savater utilice su inteligencia para defender causas justas, no se convierta en el abogado del Mal. La fe en el lado oscuro no le dará recompensas.