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Una nueva adicción: Ver series de televisión por Internet


Ayer, una exalumna en Facebook se quejaba de algo que yo he sentido también: su serie favorita había llegado a su fin y ella sentía un vacío en su vida. Le escribí apoyándola y diciéndole que me solidarizaba con su problema, que yo también había pasado por ese drama.

Como ya lo había escrito cuando me refería a la serie “Breaking bad”, desde hacía años yo no miraba televisión en serie, o mejor dicho, desde que era niño o adolescente no me había vuelto a fijar en algún programa de T.V en especial. Creo que “Alf” fue lo último que seguí con cuidado.

Últimamente de unos seis años para acá he sido fan de la comedia “The big bang theory”, y pare de contar. Sin embargo, por puro morbo me vi en la tarea de mirar todos los capítulos de todas las temporadas de aquella serie que mostraba a un profesor de química que se convierte en narcotraficante.

Cuando la serie terminó experimenté un vacío en mi vida y comencé a revisar qué series estaban de moda o eran populares para llenar ese vacío ¿existencial? En efecto, comencé a ver “Game of thrones”, “House of cards”, “Mad men”, “Orange is the new black”, “Homeland”, “Mozart in the jungle” y muchas otras.

Siempre me pasa lo mismo, cuando acaba la bendita serie siento esa desazón que describía mi exalumna en Facebook, ¿y ahora qué hago? ¿Qué serie será buena? ¿Qué rumbo cojo? ¿Qué será de mi vida? Me he tomado el atrevimiento de preguntar, de que me hagan recomendaciones y efectivamente me las han hecho, series de todos los pelambres, para todos los gustos.

La adicción a las series de televisión que pasan por Internet es nueva, por lo menos para mí. Cuando era niño veía mucha televisión, pero con el tiempo esa afición se fue diluyendo por otras aficiones: el fútbol, la música, la radio, la lectura, caminar, etc. Yo creo que tener la oportunidad de ver más de un capítulo en el mismo día, cuando uno quiera y tener la oportunidad la repetirlo es lo que genera esa adicción.

Obviamente que no he dejado la lectura, ni mi gusto por caminar o por escuchar música, pero, tengo que reconocerlo, cada día busco una nueva serie, pregunto por aquí y por allá, veo rankings, escucho chismes. Empiezo a ver series pero no todas me enganchan, no todas me gustan, no todas llenan ese vacío interior. Veo el primer capítulo, algunas ni siquiera pasan esa primera prueba; otras llegan al segundo, otras incluso al tercero, pero ni modo cuando la serie es regular es regular.

No todas las series son buenas ni están diseñadas para que a mí me gusten, me obsesionen, me calmen esa ansiedad. Muchas son muy infantiloides, muchas son muy cool, muchas son muy pendejas, muchas tienen guiones regulares, muchas son despedidoras. Encontrar una buena serie es un placer que no tiene comparación. Esperar la siguiente temporada de las que ya me han enganchado es desesperante.

Creo que esta es una nueva adicción, la nueva adicción del siglo XXI: ver series en Internet, o incluso por T.V. Cuando era niño habían muchos programas que me generaban esa afición, pero los capítulos solo los daban una vez por semana; uno –si no tenía betamax o vhs- no los podía ver cuantas veces quisiera, y lo peor, que no se podían ver dos, tres o cuatro, o hasta cinco capítulos en el mismo día. Tocaba tener paciencia.

Si alguno o algunos de los que están leyendo este escrito me quieren ayudar, pueden aconsejarme series, pero que sean buenas. Las más populares ya las he visto, otras que son para adultos no me engancharon, y otras simplemente no van con mi temperamento. Podemos crear un club, una asociación de “Aficionados a las series de televisión anónimos” como los alcohólicos, aunque con todo respeto yo sé que ese mal sí que es una enfermedad, solo estoy haciendo una broma exagerada. Lo mismo pasa con otras adicciones crueles y demenciales, como la droga, la adicción al sexo, o a los tranquilizantes.

No, esto simplemente es una chanza, es una forma de decir que nuestra televisión ha cambiado, que el siglo XXI ha traído nuevas aficiones y nuevas enfermedades asociadas a esas aficiones.

En serio, ¡recomienden series! 

¿Para dónde vamos?


Al finalizar cada año hacemos un inventario de todo lo que nos pasó –bueno, malo o regular- y proyectamos lo que posiblemente será nuestra suerte en el nuevo período que comienza el primero de enero.

Todos tenemos un plan individual, uno familiar, uno social y nacional, y otro global. Todos queremos que nuestros sueños y deseos se hagan realidad en el nuevo año que comienza. Todos queremos lo mejor para el mundo, estoy seguro de eso –hasta los más despiadados y malvados lo desean, creo yo-. Sin embargo, y sin tener que acudir a oráculos, cartas astrales o tarots, ¿cuál es el futuro de nuestra especie a corto, mediano y largo plazo? ¿Qué será de nosotros como humanos en el futuro?

Algunos creen que el fin está cerca: los apocalípticos piensan así; otros proyectan que la humanidad pasará por momentos difíciles: hambre, sequías, guerras por los recursos naturales, violencia generalizada: estos son los pesimistas moderados; y otros opinan que a pesar de las adversidades la humanidad saldrá adelante y que nos espera lo mejor: una sociedad perfeccionada por los valores más elevados: estos son los optimistas o ingenuos poco informados.

Yo creo que el futuro no es algo fijo, que se pueda predecir matemáticamente, creo que lo construimos día a día, hora tras hora, segundo a segundo. Creo que nosotros –los humanos- tenemos una magnífica oportunidad de salvar al planeta Tierra, todavía, creo que los hombres podemos construir una sociedad pacífica, cooperante, fraterna, justa, ecológica, amorosa, todavía; sin embargo, la espada de Damocles se alza amenazante también; hay que estar en guardia, las fuerzas oscuras no están dispuestas a ceder terreno para satisfacer sus intereses egoístas. Esos intereses pueden provocar guerras, terrorismo, injusticias, conflictos, y esto depende de cuánta acción benéfica provoquemos todos.

Ahí está nuestro futuro: en nuestras manos; eso es lo grandioso de la vida: que es imprevisible, desconocida, misteriosa. Podemos rodearnos de amor y paz, o por el contrario, de miedo, odio y venganza. El futuro podría ser apocalíptico, pero no por esas profecías antiguas o nuevas, no, el futuro podría ser terrible por nuestras actuales acciones y pensamientos, no nos llamemos a engaño.

El mundo termina con cierta dosis de pesimismo, lamento decirlo. El Brexit, la elección de Trump en Estados Unidos y otras elecciones por ahí dejaron a varios preocupados. Yo soy optimista, confío en el ser humano y en su poder de llenarse y de rodearse de amor, creo que nuestra especie a pesar de los problemas hallará la luz al final del túnel, pero eso depende de nuestra acción; ningún extraterrestre vendrá a redimirnos, ningún superhéroe nos sacará de la mala, no señores, solo nosotros estaremos en la capacidad de mejorar nuestra vida, de hacer perfeccionar nuestro entorno. Nosotros somos esa bendición que tanto estamos rogando que caiga del cielo.

Vamos para donde nosotros queremos ir. El Apocalipsis, ese final ineludible por la Providencia, es opcional, pero podría ser en verdad una realidad si no tomamos medidas urgentes en lo individual, en lo social, en lo global. Varios líderes mundiales –entre ellos el papa Francisco- ya lo han dicho y proclamado a gritos: necesitamos un cambio en nuestra forma de relacionarnos como seres humanos y en la forma como nos relacionamos con la naturaleza.

Si no hay ese cambio, la realidad de los pesimistas moderados podría ser verdad: guerras, conflictos por los recursos, más terrorismo, más hambruna. Sin embargo, eso lo podemos revertir. Estamos a tiempo. Llenemos de amor nuestra vida primero que todo, luego, irradiemos ese amor hacia los demás, y por último confiemos en esa inteligencia superior, que podría ser Dios, o la divinidad para que nos guíe, para que nos proteja, para que nos llene de esperanza.

El individualismo, el miedo, el odio, el resentimiento, la violencia, los antivalores, el materialismo, el consumismo, el egoísmo, nos están matando, nos están llevando a ese Apocalipsis mitológico que se encuentra en la psique humana, porque todos le tememos al fin, al punto de no retorno, a la inexistencia, a la desaparición. Ese temor es precisamente el problema, es ese temor el que nos vuelve indiferentes al dolor ajeno (al humano y al animal), es ese temor el que nos hace ser violentos y acaparadores, es ese temor el que nos hace ser materialistas e individualistas. ¿Para dónde vamos? Para donde nosotros estemos dispuestos a ir, pero esa decisión es libre no impuesta, esa es nuestra responsabilidad, nuestro poder.

Una nueva esperanza


Así se llama el episodio IV de la aclamada película “La guerra de las galaxias”, sin embargo, y aunque me encanta este filme, el motivo de este escrito no es hablar sobre él. Digamos que el título de la cinta y el título de este post coinciden.

La esperanza, viene de esperar, de prever lo mejor para el futuro, de abrirnos a lo bueno que nos traerá el porvenir. Sin embargo, en las actuales circunstancias hablar de esperanza es casi que utópico. Empero, como reza un proverbio japonés “Quien pierde dinero no pierde nada, quien pierde la salud pierde algo, pero quien pierde la esperanza y las ganas de vivir lo pierde todo”. Por lo tanto, y según este proverbio, tenemos que tener esperanza o estamos acabados.

Tanto en lo individual como en lo colectivo la esperanza es vital para sobrevivir, para afrontar la vida, la esperanza no es solo cruzarse de brazos y esperar que en el futuro las cosas sean mejores. No, se trata de construir el futuro en el presente teniendo en cuenta la experiencia del pasado.

Hay cierto ánimo pesimista en ciertos círculos humanos y sociales, donde se habla del retorno del populismo, de la involución de nuestra civilización, y del próximo escenario apocalíptico al cual se enfrentaría la humanidad en escasos años. Una especie de colapso global.

Ahora bien, es cierto “que el palo no está para cucharas” –como dice otro refrán- pero también es cierto que como afirma otro proverbio -pero esta vez chino-: “Los problemas son oportunidades disfrazadas”.

Los problemas individuales y colectivos deben ser oportunidades para crear una nueva vida individual y colectiva; tal vez, esos problemas solo nos están indicando que algo anda mal en nuestras vidas o en nuestras sociedades y que ya llegó la hora de hacer los cambios más efectivos y oportunos para llevar una vida feliz.

El problema –como siempre- es ¿qué debemos cambiar y cómo cambiar? Yo creo que el indicador, o la brújula para establecer ese nuevo rumbo es el amor. Sí, así como lo oyen el amor. Pero, no estoy hablando únicamente del amor de pareja, del amor romántico, me refiero al amor universal.

Todas, absolutamente todas las religiones coinciden en esto: en el amor. La misma palabra nos indica qué aspectos son susceptibles de ser modificados porque el rasero es el amor o la ausencia de este. Si en nuestra vida hay problemas es por falta de amor, y no me refiero –nuevamente- a no tener una pareja o una novia o una esposa, me refiero a no amarse a sí mismo, a no sentir respeto por sí mismo, a no tener autoestima. Quien no tiene autoestima cae fácilmente en conductas autodestructivas: alcoholismo, drogadicción, violencia, corrupción, adicciones, tristeza, depresión e infelicidad en general. En una vida sin amor solo hay infierno. Creo que esto mismo se puede transpolar a la sociedad, a la colectividad; esa falta o ausencia de amor en la sociedad lleva a que haya explotación, injusticias, terrorismo, inequidades, pobreza, desigualdad, conflictos, guerras, aberraciones, etc.

La falta de amor está matando al mundo. ¿Por qué? Porque lo contrario del amor no es el odio sino el miedo como ya lo han demostrado y enseñado decenas o cientos de gurús de todas las religiones. La vida del individuo sin amor está llena de miedo, de temor, y ese odio lleva al sufrimiento (como lo afirma el personaje de Yoda en Star Wars). Estamos llenos de miedos; miedos hacia los demás, miedos hacia la sociedad, miedos hacia el futuro, miedos hacia el planeta, etc. Ese miedo nos lleva a tomar rumbos de violencia, de egoísmo, de materialismo. El miedo ha sido el arma de dominación más eficaz del statu quo desde hace milenios. El miedo lleva a la autodestrucción, a la esclavización, a la sumisión ciega.

Desterremos de nuestras vidas el miedo y abrámonos al amor, como decía el maestro Jesús de Nazaret:”Ama a Dios, y al prójimo como a ti mismo”. Buda predicó lo mismo quinientos años antes pero de otra forma. Por lo tanto, revisemos en nuestra vida dónde hay y dónde no hay temor, y erradiquémoslo. Lo mismo se podría aplicar a la sociedad, pero esto requeriría de un proceso más complejo, más lento, más paciente y más compasivo, pero todo eso no le debe quitar la urgencia al asunto, porque se trata de sobrevivir o sucumbir a nuestra autodestrucción como especie y como individuos.

La vida es efímera


Así es, la vida se pasa volando, a toda velocidad; todavía recuerdo cuando era niño y pensaba en la inminencia de la llegada del año 2000, ¿cómo será? ¿Habrá naves espaciales surcando el cielo como ovnis? ¿Qué tecnología prevalecerá?

Era la década de los 80, yo era aficionadísimo al fútbol, de los más encarnizados. Oía mucha radio, y me encantaba la televisión que tocaba ver por tandas porque en aquella época los dos canales solo transmitían en unos horarios.

Mientras pateaba el balón contra una pared que había en el jardín de la casa donde vivía, pensaba en ese año, en el 2000.

Y ya llegó el año 2000 y ya pasó, ahora estamos en el 2016, un número o fecha como de ciencia ficción. Las películas futuristas de los años 80 ubicaban las historias por estas épocas (año 2010, año 2020, etc). Pues estamos en el 2016, como si esto fuera un filme de ciencia ficción. El tiempo se pasa volando; yo era un niño que jugaba con el balón en el patio de mi casa, hasta hace poco –o por lo menos eso piensa mi mente-. Mis amigos de infancia y de adolescencia ya son padres de familia, muchos de ellos tienen canas y algunos otros tienen calvicie prematura.

La vida es efímera, dentro de poco cumpliré cuarenta y dos años –eso espero, si Dios quiere-, y uno repasa lo que ha hecho, lo que ha dejado de hacer y lo que posiblemente no se haga. No estoy casado, no tengo hijos, sin embargo, no me siento viejo ni anciano, ni acabado, ni cansado, ni defraudado, ni pesimista. Mi cuerpo –a Dios gracias se mueve bien-, y para mí, para mi conciencia, no me siento como un ser que haya vivido cuarenta y un años en esta tierra. Yo creo que nací hace poco, que mi juventud fue ayer, y que hasta hace unas horas entré en la madurez. ¡Qué iluso!

Sí señores, el tiempo en este mundo se pasa volando, el lunes pasado murió uno de los disc-jockeys que escuchaba en mi adolescencia: Alejandro Nieto M. El señor sufrió un infarto a sus 48 años, y como para todos los que ya nos acercamos pronto a esa edad, pues falleció joven.

A veces se nos olvida que el viaje por la vida es temporal, que esta es una travesía con comienzo y con un final, que no es eterna. Sin embargo, vivimos como si no fuéramos a morir; hacemos planes a cinco, a diez, a veinte y hasta a treinta años, cuando ni siquiera sabemos si vamos a llegar a ver la luna del anochecer de este día, del que vivimos.

En Occidente no nos preparamos para morir porque tampoco sabemos vivir. La muerte es un acaso, es un alea, es estar de malas. Sin embargo, la muerte hace parte de la vida, convivimos con ella, está al lado nuestro. Nosotros preferimos pensar que nunca va a llegar, que eso solo les sucede a los demás.

Si viviéramos pensando que vamos a morir, que somos efímeros, pasajeros, nuestra vida sería más feliz, más ligera, más alegre, más amorosa. Nos aferraríamos menos a los rencores, a las rabias, a las envidias, a las preocupaciones, a los odios; estaríamos más plenos en el momento presente y olvidaríamos más rápido el pasado; y no nos atemorizaría tanto el futuro. Pero no, la muerte –como todo en una sociedad materialista- se debe alejar con el pensamiento, se debe olvidar, se debe rechazar. “Ese evento es propio de los perdedores, no de los ganadores” una frase que un materialista acepta como sonámbulo, sin pensar. En una sociedad de ganadores y de perdedores, la muerte solo le ocurre a los segundos, los primeros piensan que vivirán toda la vida. Todos en realidad desde este punto de vista somos perdedores, porque todos vamos a fallecer, sin excepción.

Hemos creado una sociedad tan artificial, tan de espaldas a la naturaleza y a la vida, que la muerte se nos olvida, se nos ha olvidado. Las pueblos orientales y aborígenes pensaban en la muerte todos los días, porque eso les brindaba o les brinda la posibilidad de vivir intensamente cada día, porque no se sabe a ciencia cierta en qué cama descansará mi cuerpo en la noche.

En Occidente, en las sociedades materialistas, nos invitan a pensar con optimismo en el futuro, en hacer compras a plazos de a cinco, diez o veinte años; nos invitan a olvidar de que en algún momento todo esto cesará, de que el juego que vivimos con tanto ahínco y con tanta seriedad es solo eso, un juego, como diría Buda. Aceptar que somos temporales no es de perdedores, es de seres prácticos que se dan cuenta que solo hay una opción: vivir en el presente, felices.  

La cátedra de la felicidad

En la Universidad de Harvard existe este curso denominado como “Mayor felicidad”, y es dictado por el profesor y escritor israelí Tal Ben-Shahar. Cada semestre se matriculan en esa cátedra mil cuatrocientos alumnos. En la China ya están midiendo la felicidad, como indicador de desarrollo humano; y Venezuela creo el Viceministerio de la Suprema Felicidad.

¿De cuándo acá tanta preocupación por la felicidad? ¿En qué momento los gobiernos y las universidades se dieron cuenta que existía la felicidad? Un tema que anteriormente solo era abordado por hippies, vendedores de incienso, instructores de autoayuda, y filósofos de mochila con anteojos de montura de carey.

La felicidad es algo etéreo porque significa algo distinto para todos; para algunos está ligada al placer, para otros a la moral, y para muchos es un fin utópico. Los seres humanos no sabemos qué es la felicidad, y la asimilamos a la alegría, al bienestar, como toda palabra siempre utilizamos otras palabras para definirla, es como dar vueltas y vueltas tratando de modernos la cola –como hacen los perros-.

¿Podemos ser felices? ¿Es alcanzable la felicidad? Si ni siquiera sabemos lo que es, pues decir que la alcanzamos es extraño. Para muchos, la felicidad no se logra en la tierra, ya que este es un valle de lágrimas intenso, y por lo tanto solo en el cielo la experimentaremos. Esa es la visión cristiana del asunto. Las otras religiones monoteístas no están muy alejadas de esta idea. Para el budismo la vida es dolor y placer; sin embargo, el sufrimiento está ligado a mi relación con ese dolor y con ese placer. Para el budismo la felicidad sería ausencia de sufrimiento, y eso solo se consigue cuando cambio mi percepción subjetiva sobre el dolor y el placer.

Los griegos también se obsesionaron con la felicidad. Para los estoicos el hombre solo es feliz en la medida que se armoniza con las leyes morales naturales que rigen el comportamiento humano. Para los epicúreos el hombre solo es feliz en la medida que acumula placeres físicos y mentales.

Hay tantos conceptos de felicidad como personas en el mundo. No es un indicador objetivo, conmensurable, comparable, o preciso. ¿Se puede enseñar la felicidad? ¿Cómo? Si no sabemos lo que es. ¿Se puede medir la felicidad, como el desempleo? Creo que no. Enseñar la felicidad es imposible, medir la felicidad es ilógico, auspiciar la felicidad como programa gubernamental es una utopía.

Todos queremos ser felices, allí no hay misterio, no estoy descubriendo el agua tibia, sin embargo, creo que este es un propósito subjetivo, personal, íntimo. La felicidad es el quid del gran misterio de la vida. Lo que proporciona felicidad para una persona no necesariamente lo proporciona en otra, lo que una persona percibe como felicidad no necesariamente lo perciben los demás.

Por ejemplo, yo pienso que la felicidad no se puede definir, es indefinible. Puedo utilizar sinónimos de esta, pero nunca obtendría un resultado total, satisfactorio. Puedo definirla como alegría, como bienestar, como placer, como satisfacción, pero nunca daría en el clavo. Solo podría decirle a la gente: ¡Sean felices!, de la misma forma como lo hace un famoso narrador de fútbol de Colombia: “¡Sean felices, Edgar les dice!”.

Cada persona buscará en lo profundo de su alma, de su subjetividad, la manera de ser feliz. Crear unanimidad sobre el concepto de la felicidad es peligroso, es autoritario, es dictatorial. ¡Sean felices! Eso es lo único que les puedo decir, no puedo ir más allá, cada persona verá cómo lo hace.


No les puedo enseñar a ser felices, y nadie me puede enseñar a ser feliz. Medir la felicidad es una falacia, es irreal, a menos que se quiera imponer un estilo de felicidad. Todos queremos ser felices, pero ese camino es único para cada ser humano que habita en el Planeta. ¡Sean felices! ¡Como ustedes lo tengan a bien hacerlo!



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Arte


¿Qué es el arte? ¿Para qué sirve? Todos los días –y estoy seguro de eso- los artistas se hacen estas preguntas, como en una especie de terapia, o de catarsis. Los artistas son seres extraños (¿somos?), siempre lo han sido, desde las cavernas. Yo creo que al primer fulano que se le ocurrió pintar un búfalo en la pared de una cueva lo miraron con extrañeza sus demás colegas. “¿Por qué no vas a cazar con nosotros, en vez de estar pintando pendejadas?” Me imagino que eso le dijeron, porque desde los inicios de la civilización humana los artistas han ido en contravía de las mayorías, las cuales solo piensan en satisfacer sus necesidades básicas: comida, bebida, vivienda, y sexo. El pobre hombre de la cueva, el que pintó el búfalo, tenía una necesidad adicional: la de crear.

Los artistas, los que hacen arte, se sienten extraños por ello, estoy seguro, porque yo me siento extraño. El artista tiene una tendencia diferente a la de los demás, la de imitar el proceso de creación que hace la naturaleza, trata de igualarse a la divinidad. Él o ella deciden hacer algo que no existe con recursos que sí existen; el pintor modifica unos materiales y los convierte en un lienzo, el poeta modifica unas palabras y establece un verso, el músico lo hace con los sonidos, y el artesano con la masa. El artista modifica el mundo que ya existe, para crear uno o varios elementos y producir una obra. Sin embargo, la obra de arte se diferencia de otras modificaciones del mundo físico, porque en el arte esa obra no está destinada a satisfacer una necesidad primaria, sino que está destinada a satisfacer una inclinación emocional, intelectual, y hasta espiritual.

El arte satisface necesidades, de eso estoy seguro, pero no las básicas –y me refiero al efecto que produce la obra-, necesidades que surgen de diferentes esferas del ser humano. Ciertos artistas necesitan de esa actividad para no caer en depresiones, locuras, o ansiedades; otros, para encontrar una razón a la existencia, o por lo menos para tratar de encontrarla; y algunos, para acercarse a Dios, a la divinidad, al universo, o a la totalidad.

He dicho que el artista se siente extraño, ¿será una exhibición de vanidad por parte mía? ¿El artista se siente extraño por el simple hecho de no encajar con los demás seres humanos? ¿O será que él busca a propósito estar al borde de la normalidad social? ¿Son creídos los artistas? ¿Son vanidosos? Quizás…., el hombre de la caverna –el que pinta- le dice a los demás: “Vayan ustedes por el búfalo, yo me quedo pintando”. Tal vez esta sería la primera muestra de soberbia y orgullo artístico, porque muchos artistas tienen fama de engreídos, de impotables, de sentirse mejores que los otros seres humanos.

¿Es necesario que la sociedad mantenga a los artistas? Yo creo que sí, y puede sonar hasta descarado, ¿por qué? Porque el artista sí tiene una función en la sociedad: ayudar a que los hombres sean felices. Otros dirán que el artista no hace nada, que es un vago, que es un haragán, un mantenido, un vividor, o un zángano. Para la gente común y corriente –los que no hacen arte- el artista no produce nada, no genera satisfacción de necesidades primarias; pero, a estos se les olvida que el ser humano no solo vive de pan –como dicen las Sagradas Escrituras- sino que también vive o sobrevive gracias a la satisfacción de necesidades secundarias (mejor sería decir no físicas), como son las emocionales, las mentales, las psíquicas, y hasta las espirituales.

El artista satisface sus propias necesidades no físicas, y ayuda a otros a satisfacer esas mismas necesidades. ¿El artista debería recibir una recompensa por esto? Desde luego, y de hecho a lo largo de la historia la ha recibido, aunque a veces en condiciones muy precarias, y muchas veces no la ha recibido y el artista se ha muerto de hambre. Una sociedad civilizada debería mantener a sus artistas, ¿es esto una herejía? No lo creo, los artistas trabajan en algo que no produce una satisfacción física –por decirlo de alguna forma- pero sí satisface unas necesidades, y por esto debería ser recompensado.

En el mundo actual, en el del capitalismo, el artista sobrevive bajo las leyes de la oferta y la demanda, su arte se incorpora en un mercado donde el precio y el producto se exhiben como racimos de bananos en una plaza de mercado, o como tomates en temporada de cosecha. El artista se incorpora al mundo actual bajo esas leyes que se aplican a todos los hombres, a las leyes de la economía de mercado. En el socialismo el problema es más complicado porque los marxistas-leninistas tienen una posición diferente sobre el arte, menos romántica, más cruda; ellos piensan que el arte debería estar al servicio de la Revolución, como un instrumento de proselitismo y de militancia ideológica; el arte que les sirve a estos socialistas es el arte con mensaje, desde luego el mensaje marxista-leninista: el de la lucha de clases.

En el caso del capitalismo, el artista puede llegar a morir de hambre si su arte no se vende, o a cambiar de oficio si las cosas tampoco funcionan. En el socialismo el artista debe someter su creación artística a los vaivenes políticos, o tiene la opción de enfrentarse al sistema para defender la libertad creativa y sufrir las consecuencias: la cárcel o la muerte.
En un mundo más civilizado -donde el hombre no dependa ni del mercado ni del Estado para sobrevivir-, el artista debería ser subsidiado, mantenido por la sociedad, por los otros hombres. La sociedad en general debería convertirse en mecenas de los artistas, ya que ellos lo único que quieren es hacer arte, y sobrevivir para hacerlo.   

Usted no es nadie


Eso me dijo algún comentarista anónimo en uno de mis blogs. “Usted no es nadie”, tal vez se refería a que no ocupo algún puesto importante en el Estado, como presidente de la República, o ministro de Estado, o superintendente, o congresista. O tal vez a que no soy famoso, que no salgo desnudo en la revista Soho (revista colombiana para hombres), que mi novia no es modelo o reina de belleza (de hecho ni siquiera tengo novia), o que mi nombre no es pronunciado en los programas de chismes del fin de semana.

“Usted no es nadie”, qué frase tan mal construida, debería decir: “Usted no es nada”, porque nadie está referido a la cantidad de personas que hay en un lugar. Por ejemplo, yo podría decir: “En ese restaurante no hay nadie”. Quiere decir que no hay personas. Por lo tanto, si el comentarista anónimo quiso decir que yo no soy importante, o famoso, debió decir: “Usted no es nada”.

En nuestra sociedad ser famoso es sinónimo de éxito. El negocio del show lleva a que mucha gente busque destacarse como sea. Por eso las modelos aparecen semidesnudas o desnudas en esas revistas para hombres; los cantantes buscan el ritmo de moda, en este caso, el reggaetón. Ser famoso, ser famoso, eso es lo importante. Los políticos también buscan la fama, destacarse, tener poder, sobresalir en la sociedad, controlar a los otros, mandar, llevarse los aplausos de la concurrencia.

Sin embargo, también pienso que el comentarista anónimo dijo que yo no soy nadie (sic) porque no soy millonario. Porque no soy dueño de algún banco, o porque no soy narcotraficante o lavador de dinero. En nuestra sociedad las personas son alguien si tienen dinero. Si no tienes poder o dinero no eres nadie (sic). Para ganarnos el respeto de la sociedad tenemos que ostentar alguna de esas dos cosas: poder o dinero.

Por lo tanto, creo que el comentarista anónimo quiso decir que para la sociedad no soy nadie (sic). Y creo que está en lo cierto. No ostento poder alguno, ni soy famoso, y tampoco soy millonario. ¿Eso me importa? La verdad es que no, porque desde hace mucho tiempo lo único que me interesa es ser feliz. Y la felicidad no depende de lo que diga la sociedad.

Muchas personas piensan que la felicidad depende de lo que digan los demás. Es lo que Erich Fromm denominaba como un estado orgiástico. La aprobación de los demás nos genera placer. “¡Cómo eres de bonito!”, “¡Cómo eres de inteligente!”, “¡Cuánta plata tienes!”, “¡Qué bonito carro tienes!”. Muchos dependen de estas opiniones para ser feliz, y trabajan para esto. Sin embargo, muchas veces a la sociedad no se le da la gana estimarte, adularte, o aprobarte, aun si tienes dinero, fama, o poder. Ahí viene la frustración. ¿Por qué no me quieren si soy millonario?, ¿por qué no me quieren si soy poderoso?, ¿por qué no me quieren si soy famoso? Porque los demás piensan y hacen lo que se les da la gana. Y ahí viene el sufrimiento.

La gente que tiene dinero trabaja para obtener más dinero, las personas famosas trabajan para obtener más fama, las personas poderosas trabajan para obtener más poder. Nunca es suficiente. Obtener el aprecio, el cariño, la aprobación de los demás es lo importante, para algunos es lo único. El éxito está unido a esa aprobación. Sin embargo, y lo repito, la opinión de los otros es caprichosa, porque en el ser humano germina la semilla de la envidia. De la misma forma, si alguien tiene mucho dinero, no falta el que diga que la obtuvo por medios ilegales o inmorales. Si la persona es famosa, no falta el que diga que lo entrevistaron porque se acostó con el periodista o con el director de la publicación. Si la persona tiene poder, no falta el que diga que llegó allí, a esa posición, ayudado por amistades non sanctas.  

Desde hace rato yo me di cuenta de todo esto. Y por eso, no me importa la opinión ajena. Y deliberadamente soy nadie (sic), o nada sería mejor decir. Me conformo con saber que la dicha y la alegría vienen y vendrán siempre de mi interior. Que no necesito del aplauso, ni de la adulación, ni del cumplido hipócrita, y que por lo tanto sé que esa felicidad únicamente depende de mí.

De hecho, para ser feliz hay que ser “nada” o “nadie”. En la filosofía Zen -la cual practico desde hace años-, el ego es el obstáculo para la felicidad. ¿Y qué es el ego? Nuestra falsa imagen, nuestra imagen social, la imagen que construimos para los demás, para la sociedad, para el entorno. En el Zen sólo podemos ser felices si dejamos a un lado el ego. Los practicantes del Zen deliberadamente buscan ser “nada”, porque eso es lo que somos “nada”. Somos el todo y la nada a la vez, es una paradoja, pero ésa es la verdad.

Así que no me molesta que me digan: “Usted no es nadie”, porque precisamente ése es mi objetivo, ser nadie o nada para ser feliz.