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¿Para dónde vamos?


Al finalizar cada año hacemos un inventario de todo lo que nos pasó –bueno, malo o regular- y proyectamos lo que posiblemente será nuestra suerte en el nuevo período que comienza el primero de enero.

Todos tenemos un plan individual, uno familiar, uno social y nacional, y otro global. Todos queremos que nuestros sueños y deseos se hagan realidad en el nuevo año que comienza. Todos queremos lo mejor para el mundo, estoy seguro de eso –hasta los más despiadados y malvados lo desean, creo yo-. Sin embargo, y sin tener que acudir a oráculos, cartas astrales o tarots, ¿cuál es el futuro de nuestra especie a corto, mediano y largo plazo? ¿Qué será de nosotros como humanos en el futuro?

Algunos creen que el fin está cerca: los apocalípticos piensan así; otros proyectan que la humanidad pasará por momentos difíciles: hambre, sequías, guerras por los recursos naturales, violencia generalizada: estos son los pesimistas moderados; y otros opinan que a pesar de las adversidades la humanidad saldrá adelante y que nos espera lo mejor: una sociedad perfeccionada por los valores más elevados: estos son los optimistas o ingenuos poco informados.

Yo creo que el futuro no es algo fijo, que se pueda predecir matemáticamente, creo que lo construimos día a día, hora tras hora, segundo a segundo. Creo que nosotros –los humanos- tenemos una magnífica oportunidad de salvar al planeta Tierra, todavía, creo que los hombres podemos construir una sociedad pacífica, cooperante, fraterna, justa, ecológica, amorosa, todavía; sin embargo, la espada de Damocles se alza amenazante también; hay que estar en guardia, las fuerzas oscuras no están dispuestas a ceder terreno para satisfacer sus intereses egoístas. Esos intereses pueden provocar guerras, terrorismo, injusticias, conflictos, y esto depende de cuánta acción benéfica provoquemos todos.

Ahí está nuestro futuro: en nuestras manos; eso es lo grandioso de la vida: que es imprevisible, desconocida, misteriosa. Podemos rodearnos de amor y paz, o por el contrario, de miedo, odio y venganza. El futuro podría ser apocalíptico, pero no por esas profecías antiguas o nuevas, no, el futuro podría ser terrible por nuestras actuales acciones y pensamientos, no nos llamemos a engaño.

El mundo termina con cierta dosis de pesimismo, lamento decirlo. El Brexit, la elección de Trump en Estados Unidos y otras elecciones por ahí dejaron a varios preocupados. Yo soy optimista, confío en el ser humano y en su poder de llenarse y de rodearse de amor, creo que nuestra especie a pesar de los problemas hallará la luz al final del túnel, pero eso depende de nuestra acción; ningún extraterrestre vendrá a redimirnos, ningún superhéroe nos sacará de la mala, no señores, solo nosotros estaremos en la capacidad de mejorar nuestra vida, de hacer perfeccionar nuestro entorno. Nosotros somos esa bendición que tanto estamos rogando que caiga del cielo.

Vamos para donde nosotros queremos ir. El Apocalipsis, ese final ineludible por la Providencia, es opcional, pero podría ser en verdad una realidad si no tomamos medidas urgentes en lo individual, en lo social, en lo global. Varios líderes mundiales –entre ellos el papa Francisco- ya lo han dicho y proclamado a gritos: necesitamos un cambio en nuestra forma de relacionarnos como seres humanos y en la forma como nos relacionamos con la naturaleza.

Si no hay ese cambio, la realidad de los pesimistas moderados podría ser verdad: guerras, conflictos por los recursos, más terrorismo, más hambruna. Sin embargo, eso lo podemos revertir. Estamos a tiempo. Llenemos de amor nuestra vida primero que todo, luego, irradiemos ese amor hacia los demás, y por último confiemos en esa inteligencia superior, que podría ser Dios, o la divinidad para que nos guíe, para que nos proteja, para que nos llene de esperanza.

El individualismo, el miedo, el odio, el resentimiento, la violencia, los antivalores, el materialismo, el consumismo, el egoísmo, nos están matando, nos están llevando a ese Apocalipsis mitológico que se encuentra en la psique humana, porque todos le tememos al fin, al punto de no retorno, a la inexistencia, a la desaparición. Ese temor es precisamente el problema, es ese temor el que nos vuelve indiferentes al dolor ajeno (al humano y al animal), es ese temor el que nos hace ser violentos y acaparadores, es ese temor el que nos hace ser materialistas e individualistas. ¿Para dónde vamos? Para donde nosotros estemos dispuestos a ir, pero esa decisión es libre no impuesta, esa es nuestra responsabilidad, nuestro poder.

Ganó Trump


Sí señores, el nuevo presidente de Estados Unidos es Donald Trump. Creo que muy poca gente se lo imaginaba, empezando por mí. Y no creo ser el único sorprendido por este hecho. Pienso que a nivel mundial se esperaba un “lógico” triunfo de Hillary Clinton; pero no, la cosa no salió como se esperaba.

¿Las razones? Fácil, ocho años de un gobierno totalmente falto de compromisos con las necesidades de la gente. No nos digamos mentiras, Barack Obama prometió mucho en 2008 y no salió prácticamente con nada. Pasó por la Casa Blanca dejando un legado muy tímido, muy paupérrimo. Y la clase media baja estadounidense le pasó factura de manera indirecta: castigando al candidato demócrata que él apoyó de manera abierta y sin sonrojarse.

Estados Unidos se recuperó del crack que sufrió en 2007 y 2008 pero las cosas al parecer no empezaron a funcionar mejor o por lo menos no tan bien como creíamos todos. ¿Bajó el desempleo? ¿Estados Unidos abandonó sus ideas intervencionistas en Medio Oriente para concentrarse en la política interna? ¿Se resolvió el tema de la inmigración? Al parecer nada de esto se solucionó de manera eficaz, y la gente –que no es boba- se le saltó la piedra y fue a apoyar en masa al anti-político, al anti-sistema, a Donald Trump.

¿Qué pasó con los latinos? Qué pasó con las mujeres? ¿Qué pasó con los afroamericanos? Que su apoyo no fue lo suficientemente contundente como para haber puesto a Hillary en la Casa Blanca. ¿Y qué pasó con el establecimiento, con Wall Street? Que su apoyo tampoco fue lo suficientemente grande como para colocar a su favorita de presidenta.

Se veía venir, ocurrió en el Reino Unido con el Brexit; las élites bancarias querían que este Estado se quedara en la Unión Europea, pero un sector muy grande del pueblo británico no. Ganó el pueblo. En Colombia también hubo un batatazo muy grande al establecimiento: ganó el “No” a los acuerdos entre las Farc y el Gobierno.

Es muy fácil  -yo diría que facilista- calificar todos estos fenómenos como de “populismo” vil e ignorante. Ya lo están haciendo los “analistas serios”; “ganó el populismo”, “la gente es bruta”, etc, etc. Y no, la gente NO es bruta, la gente piensa en su bienestar y en el de su familia, y desafortunadamente las élites y el poder se han olvidado del ser humano común y corriente para establecer una serie de ideas “artificiales” sobre el progreso humano.

En estos últimos años los súper-ricos están más ricos, mientras que 790 millones de personas en el mundo no tienen para comer según la FAO. ¿Es de estúpidos pensar en su propio estómago o en el de sus hijos? No lo creo, al revés, creo que lo inteligente es actuar para conservarse vivo y conservar vivos a quienes se tenga bajo su cuidado.

Sí señores ganó Trump aunque a la mayoría de la gente no les guste, sin embargo, él solo necesitaba gustarle a sus electores, y eso fue en lo que se concentró, en hablarle al ciudadano común y corriente de su país; ¿que lo hizo en un tono ofensivo contra otras personas? Sí, y creo que se le fue la mano, pero su discurso fue eficaz.

Creo que perdieron las élites mundiales, creo que perdió el status quo establecido. Y creo que no será la primera ni la única derrota que van a empezar a sufrir los arquitectos del mundo que hoy vivimos. La gente se está despertando de una especie de letargo, de una especie de hipnosis colectiva.  

Trump no nos gusta, es mal hablado, es petulante, es arrogante, es impertinente, pero es la persona que ganó las elecciones en Estados Unidos mediante un sistema electoral vigente en ese país desde hace más de dos siglos. Con ese sistema ganó Trump.

Muchos –en voz baja, y otros en no tan baja- cuestionan a la democracia; lo hicieron con el Brexit, lo hicieron con el “No” en Colombia, y ahora lo están haciendo con Trump. Sin embargo, lo que no dicen o admiten esos “críticos de la democracia” es que es el peor de todos los sistemas de gobierno, con excepción de todos los demás, como decía Churchill. Es el sistema de gobierno lógico y elemental para garantizar el bienestar colectivo y mayoritario, todos los otros sistemas de gobierno están diseñados para mantener el poder de unas minorías. La democracia puede ser imperfecta, pero es el sistema que por antonomasia busca el bien general.

No lloremos sobre la leche derramada, asumamos lo que está sucediendo, y entendamos que un Nuevo Mundo se está gestando, que la gente está empezando a despertar, y que los políticos tienen que resolver un dilema ahora más que nunca: o trabajan para la mayoría o trabajan para unos cuantos riquillos.

¿Se embolató la globalización?


Al momento de escribir este escrito se anuncia con bombos y platillos la llegada al despacho del Primer Ministro del Reino Unido de una mujer: Theresa May. Geógrafa de la Universidad de Oxford y exsecretaria del Interior, la señora May tendrá una difícil labor: completar el proceso de salida de la Unión Europea de su país, o a contrario sensu, echar para atrás el “Brexit” y recomponer el camino europeísta del Reino Unido.

No nos cabe la menor duda, el “Brexit” es el golpe más fuerte que ha recibido la globalización en los últimos años. Todo ese proceso de concentración de poder en los órganos burocráticos de la Unión Europea ha sido mancillado por parte de los británicos. Es muy chistoso, pero aquí en Colombia los medios de comunicación tratan de explicarle a la gente el “Brexit” con medias verdades, por ejemplo: “Eso del Brexit es una manifestación de populismo”, “la gente votó el Brexit engañada” o “el Brexit es de derecha.”

No señores, los británicos han tratado de salirse de la Unión Europea desde hace varios años. Lo que ocurre es que las élites de ese país están divididas sobre este asunto. Por un lado, hay algunos que prefieren hacer parte de este organismo supranacional por una sencilla razón: les va bien. En ese grupo están los banqueros, las grandes transnacionales, el gran capital. Pero, hay otro sector de la élite británica que no le jala a la Unión Europea, ¿quiénes? Un sector político grande (no necesariamente ni de derecha o de izquierda), y sobre todo: Los que buscan que Reino Unido conserve o recupere su papel de Imperio global perdido en el Siglo XIX y principios del XX con el advenimiento del monstruo de Occidente: Los Estados Unidos de América.

La globalización no es internacionalización, la globalización es concentración de poder. Eso ya lo querían o anhelaban los templarios en la Edad Media, que Europa tuviera un solo rey o emperador, que este continente tuviera un solo centro de impulsión política. Eso es la globalización. Los estadounidenses buscan liderar la globalización, los europeos también, los chinos no se quedan atrás, y los rusos preguntan: ¿Y por qué nosotros no? Todos quieren el poder como en la serie de televisión “Game of thrones.”

Ahora bien la globalización tiene un enemigo feroz y no es el Reino Unido o los líderes populistas británicos, europeos o americanos. El principal enemigo de la globalización es la gente común y corriente, el ciudadano raso que no se ve beneficiado por la globalización de ninguna forma. Ese ciudadano de a pie es el escollo más grande que debe superar la globalización. Los británicos no son estúpidos –como según nos lo dicen los medios colombianos-. No, los británicos tomaron una decisión consciente y aterrizada: pertenecer a la Unión Europea no les sirve, no les sirve la globalización. Punto.

El gran temor de los globalistas es ese: que la gente se despierte, que la gente empiece a tomar las riendas de su propia vida, que la gente empiece a prosperar por su propia cuenta. El “Brexit” es solo la punta del iceberg de lo que se nos viene, del poder de la gente. Las élites quieren aglutinar y acumular poder, pero ese proceso está dejando perdedores por todos lados: en América, en Europa, en África, en Asia. Esos perdedores no lo van a ser toda la vida, y se están organizando al margen de las directrices políticas, económicas o sociales “unanimistas”. Esta gente se está empoderando de su entorno, de su vida y están generando cambios en su casa, en su barrio, en su aldea, en su ciudad y próximamente en su país, y en el mundo.


Las élites globales no se quedarán mirando impertérritas cómo se desvanece el “sueño global”, no señores, las élites mandan y quieren mandar más. Es por esto que el “Brexit” será utilizado por las élites para recomponer el proceso de acumulación de poder en Europa. Utilizarán el “Brexit” para afianzar ese proceso de concentración de poder: ¿Desde el Reino Unido? ¿Será el Reino Unido el elegido para salvar la globalización en Europa? Podría ser. Y entonces, todo ese cuento de que el “Brexit” es una manifestación de populismo se vendría a pique y significaría todo lo contrario: El afianzamiento de Londres como centro de poder europeo en desmedro de Bruselas, Berlín o París. 

“El que nunca ha visto a Dios cuando lo ve se espanta”


Mi mamá –que en paz descanse- utilizaba mucho los refranes. Para cada situación de la vida acudía a estas frases populares o de sabiduría popular. Ella siempre concluía o resumía su visión de un problema con algún refrán. Yo terminé siendo como ella, cada vez que me ocurre algo acabo etiquetando el asunto con un proverbio o con una frase de sabiduría popular.

“El que nunca ha visto a Dios, cuando lo ve se espanta”, es una de esas frases que se ha acuñado a lo largo del tiempo y que se ha incorporado en el decir de la gente cuando alguien ha ascendido muy rápido en la escala social, cuando ha sido investido de algún cargo importante o cuando simplemente le ha llegado la fortuna económica de improviso.

Sin embargo, este refrán no se refiere a los “afortunados”, a los que “están de buenas”, alude al que estuvo con suerte pero presume de ello y se convierte en un fanfarrón, en alguien odioso, en alguien que reclama pleitesía de la gente. Piensa que ya ha tocado el sol con las manos; es el típico creído.

Hay muchas anécdotas de personas que no nacieron en la opulencia o en la riqueza y que a través del esfuerzo o de golpes de suerte se volvieron millonarios. Bien por ellos. Sin embargo, muchos de esos suertudos cambiaron o modificaron su personalidad y se volvieron insufribles. Conozco varios casos de ese talante.

Cuando Fulanito era pobre o no tenía ningún cargo importante saludaba a todo el mundo, era amable, sencillo, dicharachero, espontáneo, querido; pero solo fue que el dinero abarrotara sus cuentas bancarias para que Fulanito dejara de saludar, empezara a ver a los demás por debajo del hombro, o simplemente a hablar como si fuera noble de la corte de Luis XIV. Mejor dicho se volvió un “pión” completo, pero con plata o con posición laboral. A este tipo de personajes alude el refrán en comento.

Gente que no volvió a hablar con sus amigos de gallada, los que lo conocieron cuando no era nadie, los que le prestaron plata cuando aguantaba hambre, los que le ayudaron de mil maneras cuando era un ciudadano más de a pie. Solo bastó  que el señor, o la señora, o la señorita, obtuvieran un determinado cargo, honor o recibieran una cifra importante de dinero para que dejaran de frecuentar a esos amigos, para que dejara de meterse con ellos. “Ya no contesta emails de nadie” dicen de él o de ella; “ya no contesta mensajes por Facebook” afirman sobre él o sobre ella. “Ahora se cree muy importante” concluyen sus allegados, o los que lo conocieron, cuando –como dicen popularmente-, no era nadie.

“El que nunca ha visto a Dios, cuando lo ve se espanta”, mejor dicho, como siempre vivió en la pobreza, o en la normalidad, al enfrentar el éxito financiero, profesional o social, piensa que ya lo es todo, que es “la vaca que más muge”, porque no sabe manejar ese éxito; porque no sabe que la vida es un péndulo, y que nunca es siempre de día y tampoco es siempre de noche. No, la vida, el mundo, el universo, están llenos de contrastes, de paradojas, de contrarios, de opuestos. A veces se gana y a veces se pierde; la vida, a veces, le da a la gente muchas cosas para que tenga la oportunidad de ayudar a los demás, de repartir, de ser solidario. Y a contrario sensu, muchas personas pasan por penurias para aprender a vivir con simplicidad, con humildad, a ser felices con poquitas cosas, a aprender a sobrellevar crisis.

Qué lástima la historia que vi recientemente en los medios de comunicación, sobre la historia de un ejecutivo poderoso, que llegó a la cúspide de la pirámide social, que se comportaba como un faraón egipcio en el cargo que ostentaba. Era engreído, no cabía en su ropa; solo se codeaba con gente de plata, coleccionaba relojes y almorzaba en restaurantes de hoteles cinco estrellas nada más. De pronto, la vida le cambió a ese ejecutivo, y de la noche a la mañana terminó en la calle; terminó pobre, enfermo, solo y rechazado. Cuando había “visto a Dios”, era impotable, según afirmaban quienes lo conocieron cuando “estaba bien”; era el ejemplo típico del engreimiento; una vez cayó en desgracia, todo ese engreimiento, toda esa soberbia, se desvanecieron como por arte de magia, y el antiguo ejecutivo exitoso tuvo que salir a la calle a pedir limosna y a humillarse para sobrevivir.

Mi mamá era sabia, uno piensa que los papás a veces dicen tonterías, o son enchapados a la antigua; pero cuando uno ve ese tipo de casos en la realidad, piensa que los refranes que ellos repetían tenían algo de verdad; al fin y al cabo esos proverbios son la manifestación de la sabiduría popular, de lo que ha pasado siempre por los siglos de los siglos, de los defectos y virtudes de la humanidad, del drama del hombre a través de los años y de la épocas. ¡Qué linda eras mami, cómo te extraño! ¡Cuántas verdades decías!


Dominación


¿Para qué queremos dominar a los demás? ¿Para qué queremos que ellos –las otras personas- hagan lo que nosotros queremos que hagan? El poder, la dominación, la subyugación, es un instinto natural del hombre, sin embargo, como todos los instintos, también debe ser moderado.

Desde que el hombre es hombre existe este instinto; los más fuertes han ejercitado esta tendencia y han logrado colocar bajo su bota a los más débiles. La historia del mundo no ha sido más que eso, contar cómo un grupo de humanos domina a otro grupo de humanos.

Los mecanismos para dominar han variado. Se ha utilizado la fuerza bruta, el poder físico, en primer lugar; después se ha pasado a mecanismos más sofisticados como la superstición, la leyenda, el miedo, y hasta los cuentos de hadas. En la modernidad, el control de los recursos naturales y de los medios energéticos han servido para ejercer poder sobre otras personas; y más recientemente, se está utilizando la tecnología, la informática.

La dominación –se ha creído siempre- está en los genes del hombre, en su configuración biológica hereditaria, en su esencia, ¿es eso cierto? Creo que el ser humano tiene muchas tendencias animales, es un animal más evolucionado, sin embargo, lo que lo hace proclive a la evolución, al desarrollo, es su conciencia. Los demás animales no tienen conciencia, simplemente actúan y ya; son esclavos de sus instintos.

El hombre, a diferencia del animal, puede modular sus pasiones utilizando su razón. Los animales son víctimas de sus tendencias naturales, no pueden hacer nada. El hombre no. Los seres humanos tenemos la fortuna –o el infortunio, según se vea- de regular esas pasiones, de imponernos sobre ellas.

El instinto de dominación lo tienen muchos animales, casi todos, incluido el hombre. Los animales simplemente actúan dándole rienda suelta a sus inclinaciones más primarias. El ser humano puede regular esas pasiones.

La dominación es lo que menos ha regulado el ser humano a lo largo de la historia, por eso las guerras, los conflictos, la injusticia, la inhumanidad. Darle rienda suelta al instinto de dominación no puede traer sino problemas. Ya nos estamos dando cuenta de esto, ojalá no sea demasiado tarde. Los animales no pueden destruir el mundo por culpa de ser víctima de sus instintos, a lo sumo pueden autodestruirse. Los hombres sí podemos destruir el mundo entero por culpa de nuestro instinto de dominación.   

La razón ha llevado al hombre a poner un ser humano en la Luna, a crear inventos espectaculares; pero también a crear armas muy sofisticadas, armas para matar en masa. Todo por el bendito instinto de dominación.

Si quienes mandan en el mundo no modulan este instinto podrían crear una verdadera tragedia. Su instinto los ha colocado en esa posición, pero ese instinto desbordado también puede ser su perdición y la de los otros seres de este planeta.

Subyugar, dominar, ejercer poder sobre otros, ¿para qué? Vuelvo a preguntar, es una tontería, no hay placer más grande que dejar a los otros ser como son; aceptar que todos somos diferentes pero con la misma esencia humana y espiritual; aceptar que la diferencia y la diversidad es la riqueza de nuestra especie. La unanimidad, la uniformidad es contra natura, no es humana. Dejemos que los otros hagan su voluntad, para que ellos también nos dejen vivir como nosotros queramos.

Vivamos en amor, vivamos en armonía, en cooperación, en paz, con los demás; ¿para qué dominar a los otros? Es casi que estúpido, es de tontos. Solo la armonía, la aceptación de la diferencia nos puede llevar a la plenitud de abundancia como especie, y eso se llama evolución; sofisticar los métodos de poder y de dominación es retroceder en el tiempo, es seguir siendo sub-humanos, cuasi-animales.  

La enfermedad de la humanidad es esa, no poder subyugar bajo la razón el instinto de dominación; la cura para esa enfermedad está en el amor, en la tolerancia, en la cooperación, en la colaboración, en la conciencia, en la felicidad. Los seres humanos felices no necesitan dominar a los demás; solo los amargados, los serios, los frustrados, no pueden reprimir ni modular ese instinto. Por eso, es obligación de los seres con conciencia, hacer caer en cuenta a los otros de su error; con compasión se puede lograr esto, sin violencia, sin grosería, con paciencia. El amor es más fuerte que el temor; el temor siempre lleva a querer dominar a los otros para que hagan nuestra voluntad.  





http://fbermudezg.wix.com/proyectoarikayasis

La obsesión por el poder


La ilusión de mandar sobre otros, de influenciar sus decisiones, es solo eso: una ilusión. Desde que el ser humano existe ha intentado controlar a sus semejantes, utilizando todo tipo de mecanismos: la fuerza física, la superstición, el dinero, la esclavitud, la extorsión, y hasta el espionaje –hoy electrónico y virtual-. El hombre no conoce un solo día de libertad, sin estar bajo el yugo de alguien de su propia especie. Existieron utopías, que incluso estuvieron muy en boga en los comienzos del Siglo XIX, en las cuales se preconizaba la igualdad absoluta del homo sapiens. Esas utopías fueron el sustento del materialismo histórico de Marx y Engels, el cual derivó en la formulación de un nuevo paradigma de dominación: el socialismo.

Capitalismo y socialismo -desde un punto de vista más amplio- tenemos que decir que ambos sistemas derivan de la obsesión por el poder. El capitalismo hace énfasis en la libertad, mientras que el socialismo hace lo mismo pero con la igualdad. Sin embargo, en ambos sistemas hay dominación, hay ejercicio del poder. En el capitalismo se utiliza la democracia para legitimar el sistema de poder imperante mediante elecciones que en el papel parecen libres. En el socialismo puro, la democracia es producto del sistema burgués, por lo cual se recurre a la dictadura del partido único.

La obsesión por el poder es casi enfermiza, psicótica. Todos los días observamos en los medios de comunicación el enfrentamiento entre facciones supuestamente separadas por ideologías, las cuales tratan de vender la idea de que lo hacen por altruismo, por filantropía, por interés en el prójimo. Pero no, solo están pensando en ellos mismos –por lo general, habrá casos que no-. Todo esto se conoce como el “juego del poder”, ¡qué cinismo tan grande! Hablar de la dominación como un entretenimiento, un juego, una diversión, cuando lo que está en juego son las vidas de seres humanos reales y no de peones de madera en un juego de ajedrez.

La obsesión por el poder llevó a Maquiavelo a escribir una cartilla dedicada a uno de los integrantes de la familia Médici, en la cual le aconsejaba de manera cruda y descarnada la forma de obtener ese poder y de cómo conservarlo. Hoy en día –por ejemplo- en el mundo abundan las escuelas de Gobierno y de liderazgo, todo con el fin de mandar sobre los otros, de ejercer influencia sobre los demás.

Algunos afirman, incluso, que es mejor tener poder que dinero, y es verdad que algunas familias políticas en el mundo después de haber acumulado un gran capital se dedican a la consecución del poder.

En Colombia, en el año 2014 observaremos por lo menos tres facciones políticas enfrentadas, todo por el poder. Por un lado, el presidente Santos querrá reelegirse, acompañado de los partidos que conforman la “Unidad Nacional”. De otro lado, el expresidente Uribe y su “Centro Democrático” tienen el deseo de aguarle la fiesta al Presidente. Y para rematar, el Polo Democrático, el Partido Verde, y los Progresistas buscan con afán armar una “tercería” para aglutinar una coalición de centro-izquierda que aproveche la división de la derecha.

La obsesión por el poder, el deseo de mandar sobre los otros, el juego de la política, donde los ciudadanos acuden a las urnas para satisfacer las necesidades psicológicas de los poderosos. El poder debe estar al servicio de los demás, no para satisfacer a quienes lo detentan. Mientras tanto, a través de los medios de comunicación las personas comunes y corrientes acudimos como espectadores de esta puja, y nos encanta, nos encanta ver esta lucha por el poder, ver a los poderosos enfrentándose por mandarnos a nosotros.

En 2014, los que gozamos con este juego, nos daremos un banquete, como un show que parece fantasía cuando en realidad lo que se está decidiendo es el futuro de millones de seres humanos.

Usted no es nadie


Eso me dijo algún comentarista anónimo en uno de mis blogs. “Usted no es nadie”, tal vez se refería a que no ocupo algún puesto importante en el Estado, como presidente de la República, o ministro de Estado, o superintendente, o congresista. O tal vez a que no soy famoso, que no salgo desnudo en la revista Soho (revista colombiana para hombres), que mi novia no es modelo o reina de belleza (de hecho ni siquiera tengo novia), o que mi nombre no es pronunciado en los programas de chismes del fin de semana.

“Usted no es nadie”, qué frase tan mal construida, debería decir: “Usted no es nada”, porque nadie está referido a la cantidad de personas que hay en un lugar. Por ejemplo, yo podría decir: “En ese restaurante no hay nadie”. Quiere decir que no hay personas. Por lo tanto, si el comentarista anónimo quiso decir que yo no soy importante, o famoso, debió decir: “Usted no es nada”.

En nuestra sociedad ser famoso es sinónimo de éxito. El negocio del show lleva a que mucha gente busque destacarse como sea. Por eso las modelos aparecen semidesnudas o desnudas en esas revistas para hombres; los cantantes buscan el ritmo de moda, en este caso, el reggaetón. Ser famoso, ser famoso, eso es lo importante. Los políticos también buscan la fama, destacarse, tener poder, sobresalir en la sociedad, controlar a los otros, mandar, llevarse los aplausos de la concurrencia.

Sin embargo, también pienso que el comentarista anónimo dijo que yo no soy nadie (sic) porque no soy millonario. Porque no soy dueño de algún banco, o porque no soy narcotraficante o lavador de dinero. En nuestra sociedad las personas son alguien si tienen dinero. Si no tienes poder o dinero no eres nadie (sic). Para ganarnos el respeto de la sociedad tenemos que ostentar alguna de esas dos cosas: poder o dinero.

Por lo tanto, creo que el comentarista anónimo quiso decir que para la sociedad no soy nadie (sic). Y creo que está en lo cierto. No ostento poder alguno, ni soy famoso, y tampoco soy millonario. ¿Eso me importa? La verdad es que no, porque desde hace mucho tiempo lo único que me interesa es ser feliz. Y la felicidad no depende de lo que diga la sociedad.

Muchas personas piensan que la felicidad depende de lo que digan los demás. Es lo que Erich Fromm denominaba como un estado orgiástico. La aprobación de los demás nos genera placer. “¡Cómo eres de bonito!”, “¡Cómo eres de inteligente!”, “¡Cuánta plata tienes!”, “¡Qué bonito carro tienes!”. Muchos dependen de estas opiniones para ser feliz, y trabajan para esto. Sin embargo, muchas veces a la sociedad no se le da la gana estimarte, adularte, o aprobarte, aun si tienes dinero, fama, o poder. Ahí viene la frustración. ¿Por qué no me quieren si soy millonario?, ¿por qué no me quieren si soy poderoso?, ¿por qué no me quieren si soy famoso? Porque los demás piensan y hacen lo que se les da la gana. Y ahí viene el sufrimiento.

La gente que tiene dinero trabaja para obtener más dinero, las personas famosas trabajan para obtener más fama, las personas poderosas trabajan para obtener más poder. Nunca es suficiente. Obtener el aprecio, el cariño, la aprobación de los demás es lo importante, para algunos es lo único. El éxito está unido a esa aprobación. Sin embargo, y lo repito, la opinión de los otros es caprichosa, porque en el ser humano germina la semilla de la envidia. De la misma forma, si alguien tiene mucho dinero, no falta el que diga que la obtuvo por medios ilegales o inmorales. Si la persona es famosa, no falta el que diga que lo entrevistaron porque se acostó con el periodista o con el director de la publicación. Si la persona tiene poder, no falta el que diga que llegó allí, a esa posición, ayudado por amistades non sanctas.  

Desde hace rato yo me di cuenta de todo esto. Y por eso, no me importa la opinión ajena. Y deliberadamente soy nadie (sic), o nada sería mejor decir. Me conformo con saber que la dicha y la alegría vienen y vendrán siempre de mi interior. Que no necesito del aplauso, ni de la adulación, ni del cumplido hipócrita, y que por lo tanto sé que esa felicidad únicamente depende de mí.

De hecho, para ser feliz hay que ser “nada” o “nadie”. En la filosofía Zen -la cual practico desde hace años-, el ego es el obstáculo para la felicidad. ¿Y qué es el ego? Nuestra falsa imagen, nuestra imagen social, la imagen que construimos para los demás, para la sociedad, para el entorno. En el Zen sólo podemos ser felices si dejamos a un lado el ego. Los practicantes del Zen deliberadamente buscan ser “nada”, porque eso es lo que somos “nada”. Somos el todo y la nada a la vez, es una paradoja, pero ésa es la verdad.

Así que no me molesta que me digan: “Usted no es nadie”, porque precisamente ése es mi objetivo, ser nadie o nada para ser feliz.    

Del neoliberalismo al neoplatonismo: De la democracia a la sinarquía blanca


El ideario neoliberal plantea un Estado pequeño, apertura de mercados, y democracia. Si bien es cierto, este sistema ha generado riqueza, también ha demostrado ser inequitativo al producir enormes desigualdades sociales. Es urgente reorganizar las ideologías con el fin de no estancarse en paradigmas que están produciendo mucho daño.

Después de la caída del muro de Berlín muchos pregonaron el triunfo del capitalismo y el fin de la discusión ideológica. Veinte años después las graves crisis globales ponen sobre el tapete nuevas posturas políticas.

La libertad en una sociedad es indispensable para que haya desarrollo económico. El direccionamiento económico por parte del Estado y el burocratismo lo único que consiguen es el anquilosamiento de las naciones. En este punto el socialismo fracasó. Generar mega-estados y súper-gobiernos es ineficiente.

La libertad absoluta bajo la cual se mueve el capitalismo ha llevado a un desarrollo económico y tecnológico sin igual. Empero; las guerras, la miseria, el calentamiento global, el terrorismo, la desigualdad, siguen campeando en el globo terráqueo.

Una nueva forma de plantear el sistema político y económico se presenta como una necesidad para este nuevo mundo que nos ha tocado vivir. Para ello recurro a las tesis de Platón, filósofo griego que se preocupó por aplicar los ideales de justicia a la sociedad.

En el ideario platónico cada quien debe ocupar su lugar. De esta forma, si alguien nació para ser un filósofo-rey debe tener esa posición efectivamente en la escala social. Si alguien nació para ser un guerrero, debe ejercer ese rol efectivamente, y así sucesivamente. La sociedad platónica podría presentarse como inmovilista y cerrada. Nada más alejado de la realidad.

Platón amaba la libertad, y creía en una sociedad libre; sin embargo, pensaba que las sociedades sólo eran justas si se gobernaban correctamente, por personas preparadas para ello.

Si aplicáramos hoy en día las ideas de Platón podríamos lograr desenredar el problema del Estado. ¿Cuál sería la configuración de un Estado platónico en nuestros días? Éstas serían las características:

-Libertad: Las sociedades deben ser libres. El sector privado debe gozar de un margen de maniobra que le permita generar abundancia. Está demostrado que la pequeña y la mediana empresa son los mayores generadores de empleo. Sólo puede haber abundancia donde haya libertad.

-Cooperación: Para generar abundancia debe haber colaboración mutua entre todos los miembros de la sociedad. El egoísmo y el impulso de dominación sólo pueden generar tensiones e injusticias innecesarias entre los individuos. Los que tienen más dinero, y los que tienen menos recursos, deben cooperar con la sociedad. Todos están obligados a dar a la colectividad.

-Estado eficiente: El Estado debe ser pequeño, pero debe ser fuerte. Para que sea fuerte debe ser moral, y aquí es donde entra Platón. Los gobernantes deben evitar los abusos de los poderosos, y para esto deben gozar de autoridad, de liderazgo moral. Para tener liderazgo moral los gobernantes debe prepararse para asumir ese rol en la sociedad. Para ello deben crearse “Escuelas de liderazgo”. Las universidades y los colegios han asumido ese papel en las sociedades contemporáneas, sin embargo, estamos hablando de verdaderos sistemas de detección de talentos. Un sistema educativo que permita identificar a los futuros gobernantes desde la infancia es necesario. Cultivar intelectualmente a esos talentos desde pequeños; prepararlos para gobernar, y llevarlos hacia futuro al poder, debe ser la misión de ese sistema educativo. Sería una especie de sinarquía blanca.  

Una utopía, lo sé, pero “el gobierno de los mejores” es necesario para asegurar una nueva humanidad próspera, fraterna, y libre.