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Los hipócritas


Por hipócrita debemos entender a aquella persona que se comporta de manera ambivalente en sus relaciones con los demás. Mejor dicho, el hipócrita presenta diferentes actitudes –muchas veces radicalmente opuestas- en su trato con el prójimo. En público alaba a una persona, y en privado lo destruye, o al revés, puede ocurrir. El hipócrita engaña a la gente pero también se engaña a sí mismo, que es lo más cruel del asunto. Los hipócritas utilizan un doble rasero para medir –desde un punto de vista moral- las acciones de los otros, y sus propias acciones. No saben lo que está bien y lo que está mal.

Generalmente el hipócrita es un ignorante, no sabe lo que es la moral, ni las buenas costumbres, ni la diferencia de estas dos con la ética. El hipócrita necesita mostrar un rostro social para generar respetabilidad. Como es un ignorante, el hipócrita necesita de la aprobación de los otros, y para obtener esa aprobación se alindera generalmente en moralismos muchas veces asociados con la falsa religiosidad.

El hipócrita trata de asociarse –aunque no siempre es el caso- con movimientos ultra-fanatizados, que se rasgan las vestiduras en las iglesias, templos o lugares sagrados. Le gusta que lo vean en esos lugares para generar respetabilidad, y generalmente, como se cree el cuento de la respetabilidad, empieza a juzgar a los demás de acuerdo con lo que él cree que es moral.

Todas esas personas que “condenan”, que se escandalizan: con los movimientos de homosexuales, con las mujeres que defienden la despenalización del aborto, con la gente que defiende la muerte digna (eutanasia), con los movimientos progresistas para que los pobres dejen de ser tan pobres, con las políticas para que los niños abandonados puedan ser adoptados incluso por homosexuales, con las parejas que se van a vivir juntas sin estar casadas, con los métodos anticonceptivos, etc, etc; todas esas personas que “condenan” esto son simplemente hipócritas, y lo son porque no pueden ser otra cosa, ya que el trasfondo de su hipocresía es la ignorancia.

Como los hipócritas no saben lo que es la moral piensan entonces que la moral está asociada a todo lo que tiene que ver con el sexo. Para ellos, el sexo sin estar casados es pecado, los métodos anticonceptivos son pecado, el aborto (en todos los casos) es pecado, la eutanasia es pecado, el homosexualismo es pecado, generar justicia social en la sociedad es pecado, prohibir el maltrato animal es pecado, respetar el medio ambiente y las otras religiones es pecado; mejor dicho para ellos todos es pecado; lo único que no es pecado para ellos es la hipocresía, las externalidades de la religión, la corrupción dentro de las organizaciones que dicen o afirman defender el mensaje de Jesús de Nazaret cuando en realidad no lo practican, ni lo conocen, ni lo siguen.   

Los hipócritas viven de la respetabilidad impostada, de la aprobación de los otros hipócritas que son como ciegos tratando de cruzar una autopista con los ojos vendados. Para ellos el mundo debería detenerse en seco, o incluso, volver a las épocas de la Edad Media, de la inquisición, de la quema de brujas, de la quema de libros, de la disparidad de géneros, del oscurantismo científico, de la sociedad estratificada, mejor dicho, ellos quisieran ver al mundo convertido en el infierno de su propia falta de discernimiento, de meditación, de estudio, de reflexión. Porque a los hipócritas desde pequeños les enseñaron a obedecer pero no a pensar, les enseñaron a ser hipócritas para tener un puesto en la sociedad; para hacer de la sociedad eso mismo que ellos son: una sociedad hipócrita.

Lo más peligroso de los hipócritas es que ellos no son felices, porque desde luego, no saben ser felices, como no saben nada de nada. Entonces, como ellos no son felices tratan de que los demás tampoco lo sean. Para esto, deciden que los demás asuman sus propias posturas ignorantes fanatizadas, para el que mundo sea un reflejo de lo que son ellos. No soportan ver a los que no son hipócritas vivir plenamente con alegría y felicidad, porque ellos no lo son, porque no saben cómo serlo. El hipócrita es peligroso para la sociedad, pero sobre todo para sí mismo, el hipócrita es el gran enemigo de la Nueva Humanidad, de una Nueva Humanidad más fraterna, más cooperante, más próspera, más pacífica.



Libertad


¿Es libre realmente el ser humano? ¿Qué es la libertad? No basta con acudir al diccionario y leer el significado literal de esta palabra, porque sus implicaciones subjetivas van más allá de cualquier connotación lingüística.

El anhelo de todo hombre es ser libre, aunque crea que ya lo es. Quiere ser libre de la pobreza, de la miseria, de la enfermedad, del error, de los instintos, de otras personas, de la sociedad, de sí mismo.

La libertad es una idea que nos llena de esperanza, que nos incita a trabajar para alcanzarla algún día. Se presenta en el horizonte, muy atractiva ella, pero siempre en nuestra alma y en nuestra mente queda la sensación de que ella no es más que una quimera.

Cuando nos enseñan en el colegio que los próceres de la independencia y que los padres fundadores de nuestra patria lucharon por la libertad, ¿a qué ser referían? ¿A que nos estaban haciendo libres de verdad? ¿O simplemente nos independizaban de otros imperios, de otros gobiernos, de otros Estados? Yo creo que sí, creo que lo que se alcanzó allí en el caso de América no fue la libertad como tal sino simplemente una independencia, una autonomía, que probablemente llevaría a que los ciudadanos de los nuevos Estados fueran “más libres”.

Nos gusta hablar acerca de la libertad, nos gusta afirmar que somos libres e independientes, nos gusta luchar por la libertad, ¿pero es eso cierto? No es verdad que también gozamos de manera masoquista de la dependencia de algo o de alguien? Cuando nuestros padres velaban por nosotros integralmente, ¿no sentimos nostalgia y añoranza por esas épocas? Cuando el Estado nos regula, nos controla, ¿no nos sentimos más seguros? ¿Más tranquilos? ¿Es la libertad plena, plena garantía de felicidad?

Sí, la libertad es una promesa atractiva pero que nos causa miedo. Nos enfrenta a un dilema: ser libres, o ser felices. ¿Por qué? ¿Luego la libertad  no brinda felicidad para el que la posé? ¡Desde luego! Pero siempre dudamos de que la verdadera libertad nos dé felicidad.

De cierta forma, ser un poco dependientes, esclavos, subalternos, nos entre algún apaciguamiento, algún bálsamo. La gente totalmente libre no existe como tal, son personas que solo viven en mundos imaginarios, ¿será esto cierto? ¿Algún día el ser humano podrá ser totalmente libre?

Los anarquistas prometen que sí, cuando no haya leyes, cuando no haya Estado, cuando no haya regulaciones; pero ellos se equivocan. El hombre no es libre o esclavo por la forma en que vive sino cómo vive. El hombre es libre en su mente, en su corazón y no en su ciudadanía, en su posición en la sociedad. Mientras viva en un mundo material siempre dependerá de algo, de la comida, de la supervivencia, del hogar, de los padres, del sexo, del medio ambiente, de los animales, de otros hombres.

En economía, más libertad reclaman los capitalistas; en el socialismo, la libertad está limitada so pretexto de conceder mejor bienestar material. Pero, en ambos sistemas la libertad no es plena. Para el pobre, en el capitalismo, no hay libertad plena, así viva en un sistema que proclama a todos gritos la libertad como su base. El pobre no puede ir a estudiar adonde quiera, no puede comer lo que quiera, no puede vivir donde quiera, ¿eso es libertad? En el socialismo nadie tiene libertad, ni siquiera los que mandan. Ellos viven encadenados a su sistema político burocratizado. Y los ciudadanos en el socialismo ceden parte de su libertad de elección con el objeto de algunos bienes materiales mínimos para sobrevivir.

El capitalismo vende la libertad y el socialismo vende la igualdad. El mercadeo en ambos sistemas solo queda en eso, en mercadeo. En el capitalismo no hay libertad plena y en el socialismo no hay igualdad. Ambos sistemas conviven en la dominación. Son ramas de una misma forma de ver la vida en lo político. 

¿El artista es libre? Lo es cuando desarrolla una expresión de su espíritu y no cuando expresa algo que está enmarcado por un intercambio comercial. Lo primero es verdaderamente arte, lo segundo es comercio. El arte es libre por esencia, como el espíritu humano. Ambos son auténticamente libres. No como el hombre que se cree libre pero no lo es.

¿Los delincuentes son libres? ¡Claro que no! ¡Pero si son libres porque infringen las normas! Yo pregunto entonces: ¿Eso los hace libres? Probablemente sin estar en la cárcel son más esclavos y serviles que quienes siguen las reglas. Los delincuentes son subalternos a veces de su ignorancia, a veces de sus instintos, a veces de su necesidad, a veces de su avaricia, a veces de su pobreza, a veces de su estupidez; pero no, no son libres, no son auténticamente libres.

El asesino, el ladrón, el estafador, el violador, el secuestrador no es libre, ninguno de ellos es libre, a pesar de estar contrarrestando las normas y las directrices de la sociedad que lo limitan en su actuar. El inmoral no es libre tampoco, mucho menos que el delincuente. El inmoral también es víctima de la dictadura de su ignorancia, de su estupidez, de sus instintos, de su imbecilidad.

El anarquista viola las normas del Estado porque cree que haciendo esto es libre. Es una falacia, es una ilusión. La libertad no la da el Estado, la da la naturaleza, la da el espíritu humano. La libertad no es una creación artificial, no se consigue, no se lucha, simplemente se proclama: ¡Yo soy libre! Eso lo puede decir el ser humano consciente, el que ya reflexionó lo suficiente como para poder proclamar esto con autoridad. Quien todavía está bajo el influjo de la ilusión, de la mentira, de lo aparente, solo puede proclamar una libertad de papel, la que le dan las leyes de esa entelequia llamada Estado. 

Libre es ser consciente, es ser reflexivo, es ser sensible a estar en el mundo. Muchos están en el mundo, pero no están. Viven muertos en vida porque no se dan cuenta que son libres en esencia, pero viven persiguiendo la libertad artificial, la que les brinda tener dinero, o poder, o publicidad, o reconocimiento; ellos no son libres, porque si lo fueran sabrían que nada de lo que tienen los hace libres de verdad. Solo su ser en esencia es libre, y ellos no buscan allí, buscan afuera, en el horizonte. 

La Fuerza


Esta no es una reseña cinematográfica, ni mucho menos, de la más reciente película de Star Wars: Rogue One. No voy a hablar de la cinta, me reservo mi opinión sobre la misma, sin embargo, sí voy a hablar de un tema que se toca en la misma y en todos los filmes de la saga galáctica: se trata de La Fuerza.

Es curioso, en Star Wars los Jedis (guerreros místicos que buscan la paz y la democracia en la galaxia) utilizan este concepto para referirse a la inteligencia que gobierna el Universo, y no hablan de Dios, concepto más unido a la tradición judeo-cristiana de una civilización terrícola como la nuestra.

No, en esa galaxia, muy muy lejana, los Jedis se refieren a Dios como La Fuerza, y la describen como un concepto unitario, como una energía que une a todos los seres a partir de unos elementos diminutos llamados como “midiclorians”. Obviamente, que en nuestra ciencia terrestre los “midiclorians” no existen, o mejor dicho, no se denominan así por nuestros científicos, ya que ellos, los midiclorians serían como los quantums de la Física de nuestro planeta o algo parecido.

La Fuerza tiene un lado oscuro y un lado luminoso. Nuevamente Lucas alude al aspecto relativo del mundo fenoménico que nos rodea a partir de opuestos. El lado luminoso es experimentado por los Jedis, mientras que el lado oscuro es explorado por los tenebrosos Siths (los contradictores de los Jedis, aunque paradójicamente ambos grupos reverencian al concepto de La Fuerza).

La Fuerza unifica ambos conceptos, lo luminoso y lo oscuro. Sin embargo, La Fuerza estaría por encima del bien y del mal, otro concepto maniqueo de la filosofía occidental y que tiene su origen igualmente en la tradición judeo-cristiana que lógicamente no conocen ni los Jedis ni los Siths.

¿Es una religión La Fuerza? Lucas no aborda este tema con claridad en Star Wars sin embargo podríamos decir que el concepto de La Fuerza es utilizado por una orden iniciática caballeresca: La Orden de los Jedis, e igualmente por la Secta de los Siths.

Los Jedis son una orden iniciática de guerreros místicos, muy parecidos a los Templarios occidentales o a los samuráis japoneses, o incluso, a los guerreros taoístas chinos. Mientras que los Siths serían, o estarían más vinculados a la secta de los Hassassin.

La Fuerza es un concepto universal, mucho más integral, que hace referencia a la Unidad del mundo material con el espiritual. Si en nuestro planeta quisiéramos unir a todas las religiones bajo un mismo concepto de deidad podríamos también referirnos a La Fuerza. Lucas dio en el clavo con este concepto.

En nuestro planeta, donde existen diversas creencias religiosas, y donde se reverencian diferentes divinidades, también podríamos crear un concepto integral más vinculado con una idea que unifique los diferentes credos y las diferentes teologías, y no necesariamente tendría que ser La Fuerza, porque esta idea ya está muy unida a la película de Star Wars. ¿Acaso inteligencia universal? ¿Acaso orden?

Sin menospreciar o subestimar a las diferentes religiones y a los diferentes credos espirituales la integración en pos de la paz de las distintas concepciones de la deidad en una sola es imprescindible para generar un clima de identidad de los seres humanos con su esencia mortal. Todos somos seres humanos, todos vamos a morir (parafraseando a Kennedy en Berlín), y todos vivimos en esta nave espacial viviente llamada: planeta Tierra.

Esa unificación religiosa no necesariamente debe implicar que cada quien olvide o pierda su identidad religiosa, todo lo contrario, se trata de hablar un mismo lenguaje sin fanatismos, sin intolerancia, y con profundo respeto. Porque al fin y al cabo todos tenemos un mismo hogar global y está acá, en la Tierra. Es absurdo seguir peleando por dogmas metafísicos, por conceptos, por nombres, por deidades, llegó la hora de integrar ideologías, de ser prácticos. En esa galaxia, muy muy lejana, de Star Wars,  no están dando un ejemplo al utilizar La Fuerza como concepto de integración. 

“Que la Fuerza te acompañe” afirman en Star Wars, sí que La Fuerza nos acompañe para integrar las creencias religiosas en un credo de paz, de cooperación, de fraternidad, para que no nos sigamos matando por la circunferencia del círculo, sino que hallemos el centro que es uno solo y es el AMOR. El cual debería ser nuestra única religión.


¿Para dónde vamos?


Al finalizar cada año hacemos un inventario de todo lo que nos pasó –bueno, malo o regular- y proyectamos lo que posiblemente será nuestra suerte en el nuevo período que comienza el primero de enero.

Todos tenemos un plan individual, uno familiar, uno social y nacional, y otro global. Todos queremos que nuestros sueños y deseos se hagan realidad en el nuevo año que comienza. Todos queremos lo mejor para el mundo, estoy seguro de eso –hasta los más despiadados y malvados lo desean, creo yo-. Sin embargo, y sin tener que acudir a oráculos, cartas astrales o tarots, ¿cuál es el futuro de nuestra especie a corto, mediano y largo plazo? ¿Qué será de nosotros como humanos en el futuro?

Algunos creen que el fin está cerca: los apocalípticos piensan así; otros proyectan que la humanidad pasará por momentos difíciles: hambre, sequías, guerras por los recursos naturales, violencia generalizada: estos son los pesimistas moderados; y otros opinan que a pesar de las adversidades la humanidad saldrá adelante y que nos espera lo mejor: una sociedad perfeccionada por los valores más elevados: estos son los optimistas o ingenuos poco informados.

Yo creo que el futuro no es algo fijo, que se pueda predecir matemáticamente, creo que lo construimos día a día, hora tras hora, segundo a segundo. Creo que nosotros –los humanos- tenemos una magnífica oportunidad de salvar al planeta Tierra, todavía, creo que los hombres podemos construir una sociedad pacífica, cooperante, fraterna, justa, ecológica, amorosa, todavía; sin embargo, la espada de Damocles se alza amenazante también; hay que estar en guardia, las fuerzas oscuras no están dispuestas a ceder terreno para satisfacer sus intereses egoístas. Esos intereses pueden provocar guerras, terrorismo, injusticias, conflictos, y esto depende de cuánta acción benéfica provoquemos todos.

Ahí está nuestro futuro: en nuestras manos; eso es lo grandioso de la vida: que es imprevisible, desconocida, misteriosa. Podemos rodearnos de amor y paz, o por el contrario, de miedo, odio y venganza. El futuro podría ser apocalíptico, pero no por esas profecías antiguas o nuevas, no, el futuro podría ser terrible por nuestras actuales acciones y pensamientos, no nos llamemos a engaño.

El mundo termina con cierta dosis de pesimismo, lamento decirlo. El Brexit, la elección de Trump en Estados Unidos y otras elecciones por ahí dejaron a varios preocupados. Yo soy optimista, confío en el ser humano y en su poder de llenarse y de rodearse de amor, creo que nuestra especie a pesar de los problemas hallará la luz al final del túnel, pero eso depende de nuestra acción; ningún extraterrestre vendrá a redimirnos, ningún superhéroe nos sacará de la mala, no señores, solo nosotros estaremos en la capacidad de mejorar nuestra vida, de hacer perfeccionar nuestro entorno. Nosotros somos esa bendición que tanto estamos rogando que caiga del cielo.

Vamos para donde nosotros queremos ir. El Apocalipsis, ese final ineludible por la Providencia, es opcional, pero podría ser en verdad una realidad si no tomamos medidas urgentes en lo individual, en lo social, en lo global. Varios líderes mundiales –entre ellos el papa Francisco- ya lo han dicho y proclamado a gritos: necesitamos un cambio en nuestra forma de relacionarnos como seres humanos y en la forma como nos relacionamos con la naturaleza.

Si no hay ese cambio, la realidad de los pesimistas moderados podría ser verdad: guerras, conflictos por los recursos, más terrorismo, más hambruna. Sin embargo, eso lo podemos revertir. Estamos a tiempo. Llenemos de amor nuestra vida primero que todo, luego, irradiemos ese amor hacia los demás, y por último confiemos en esa inteligencia superior, que podría ser Dios, o la divinidad para que nos guíe, para que nos proteja, para que nos llene de esperanza.

El individualismo, el miedo, el odio, el resentimiento, la violencia, los antivalores, el materialismo, el consumismo, el egoísmo, nos están matando, nos están llevando a ese Apocalipsis mitológico que se encuentra en la psique humana, porque todos le tememos al fin, al punto de no retorno, a la inexistencia, a la desaparición. Ese temor es precisamente el problema, es ese temor el que nos vuelve indiferentes al dolor ajeno (al humano y al animal), es ese temor el que nos hace ser violentos y acaparadores, es ese temor el que nos hace ser materialistas e individualistas. ¿Para dónde vamos? Para donde nosotros estemos dispuestos a ir, pero esa decisión es libre no impuesta, esa es nuestra responsabilidad, nuestro poder.

Una nueva esperanza


Así se llama el episodio IV de la aclamada película “La guerra de las galaxias”, sin embargo, y aunque me encanta este filme, el motivo de este escrito no es hablar sobre él. Digamos que el título de la cinta y el título de este post coinciden.

La esperanza, viene de esperar, de prever lo mejor para el futuro, de abrirnos a lo bueno que nos traerá el porvenir. Sin embargo, en las actuales circunstancias hablar de esperanza es casi que utópico. Empero, como reza un proverbio japonés “Quien pierde dinero no pierde nada, quien pierde la salud pierde algo, pero quien pierde la esperanza y las ganas de vivir lo pierde todo”. Por lo tanto, y según este proverbio, tenemos que tener esperanza o estamos acabados.

Tanto en lo individual como en lo colectivo la esperanza es vital para sobrevivir, para afrontar la vida, la esperanza no es solo cruzarse de brazos y esperar que en el futuro las cosas sean mejores. No, se trata de construir el futuro en el presente teniendo en cuenta la experiencia del pasado.

Hay cierto ánimo pesimista en ciertos círculos humanos y sociales, donde se habla del retorno del populismo, de la involución de nuestra civilización, y del próximo escenario apocalíptico al cual se enfrentaría la humanidad en escasos años. Una especie de colapso global.

Ahora bien, es cierto “que el palo no está para cucharas” –como dice otro refrán- pero también es cierto que como afirma otro proverbio -pero esta vez chino-: “Los problemas son oportunidades disfrazadas”.

Los problemas individuales y colectivos deben ser oportunidades para crear una nueva vida individual y colectiva; tal vez, esos problemas solo nos están indicando que algo anda mal en nuestras vidas o en nuestras sociedades y que ya llegó la hora de hacer los cambios más efectivos y oportunos para llevar una vida feliz.

El problema –como siempre- es ¿qué debemos cambiar y cómo cambiar? Yo creo que el indicador, o la brújula para establecer ese nuevo rumbo es el amor. Sí, así como lo oyen el amor. Pero, no estoy hablando únicamente del amor de pareja, del amor romántico, me refiero al amor universal.

Todas, absolutamente todas las religiones coinciden en esto: en el amor. La misma palabra nos indica qué aspectos son susceptibles de ser modificados porque el rasero es el amor o la ausencia de este. Si en nuestra vida hay problemas es por falta de amor, y no me refiero –nuevamente- a no tener una pareja o una novia o una esposa, me refiero a no amarse a sí mismo, a no sentir respeto por sí mismo, a no tener autoestima. Quien no tiene autoestima cae fácilmente en conductas autodestructivas: alcoholismo, drogadicción, violencia, corrupción, adicciones, tristeza, depresión e infelicidad en general. En una vida sin amor solo hay infierno. Creo que esto mismo se puede transpolar a la sociedad, a la colectividad; esa falta o ausencia de amor en la sociedad lleva a que haya explotación, injusticias, terrorismo, inequidades, pobreza, desigualdad, conflictos, guerras, aberraciones, etc.

La falta de amor está matando al mundo. ¿Por qué? Porque lo contrario del amor no es el odio sino el miedo como ya lo han demostrado y enseñado decenas o cientos de gurús de todas las religiones. La vida del individuo sin amor está llena de miedo, de temor, y ese odio lleva al sufrimiento (como lo afirma el personaje de Yoda en Star Wars). Estamos llenos de miedos; miedos hacia los demás, miedos hacia la sociedad, miedos hacia el futuro, miedos hacia el planeta, etc. Ese miedo nos lleva a tomar rumbos de violencia, de egoísmo, de materialismo. El miedo ha sido el arma de dominación más eficaz del statu quo desde hace milenios. El miedo lleva a la autodestrucción, a la esclavización, a la sumisión ciega.

Desterremos de nuestras vidas el miedo y abrámonos al amor, como decía el maestro Jesús de Nazaret:”Ama a Dios, y al prójimo como a ti mismo”. Buda predicó lo mismo quinientos años antes pero de otra forma. Por lo tanto, revisemos en nuestra vida dónde hay y dónde no hay temor, y erradiquémoslo. Lo mismo se podría aplicar a la sociedad, pero esto requeriría de un proceso más complejo, más lento, más paciente y más compasivo, pero todo eso no le debe quitar la urgencia al asunto, porque se trata de sobrevivir o sucumbir a nuestra autodestrucción como especie y como individuos.

El poder del pueblo


Muchos están asustados, otros parecen desconcertados: el pueblo está tomando decisiones. ¿No es lógico que en países donde supuestamente impera el régimen democrático eso sea normal? Pues no, porque hasta ahora hemos vivido –en esos regímenes democráticos- una democracia (valga la redundancia) en el papel, de mentiras, una democracia de fachada.

Desde el siglo XVIII Occidente se embarcó en la implementación del sistema democrático liberal: el libre mercado, la protección de la propiedad privada y la elección de los gobernantes a través del voto popular. El iluminismo trajo consigo avances que llevaron al auge del modelo de desarrollo capitalista, y con él, el nacimiento de su opuesto: el socialismo.

Capitalismo y socialismo han caminado de la mano –y en teoría en discordia- bajo el paraguas de regímenes democráticos y de dictaduras. Países capitalistas aupados por dictaduras (recordemos el Chile de Pinochet), y países socialistas donde han funcionado regímenes democráticos (el mismo Chile, pero de Allende).

La democracia no ha funcionado como debiera, los índices de pobreza mundiales son alarmantes, los índices de desigualdad social son de no creer, y aún viven en el hambre 790 millones de personas. Algunos atribuyen este mal a la no-democracia, a los regímenes dictatoriales, y a los “populismos”.

Sin embargo, en países que son potencias –por lo menos en el papel- la situación es preocupante, si no miren lo que ha sucedido en Estados Unidos cuando el shock en su bolsa de valores en los años 2007 y 2008 casi amenaza con quebrar la economía mundial.

En 2016 el Brexit, movimiento ciudadano que sacó al Reino Unido de la Unión Europea disparó las alarmas globales: en la cuna del liberalismo político la democracia contradijo el movimiento de lo “políticamente correcto”. Este fenómeno –el del Brexit- fue subestimado, o ha sido subestimado: los británicos votaron engañados, eso es populismo puro, la gente es bruta.

Otro golpe populista abofeteó la política mundial: ganó Trump. Y los genios liberales –y otros no tan liberales- explicaron el fenómeno de la misma forma: populismo, brutalidad y engaño.

Pues señores, ni el Brexit ni el ascenso de Trump se deben a la ignorancia o brutalidad de los votantes, o al avance del populismo de derecha. Se debe a que la gente está tomando decisiones, y no necesariamente las decisiones que desea la élite: seguir en la Unión Europea o votar por Hillary Clinton. No, el pueblo se está pronunciando. Eso asusta a muchos. Sobre todo a los poderosos.

La gente ya no se está dejando engatusar, la gente ya no come de la propaganda ni de la manipulación mediática, la gente se está despertando. Eso está disparando las alarmas, obvio, el sistema democrático que ayudó a muchos a llegar a la cumbre de la pirámide social ya no está sirviendo para satisfacer las necesidades colectivas; la gente quiere democracia, pero democracia de verdad.

Explicar los fenómenos del Brexit o de Trump como de derecha es equivocado. De hecho, la izquierda y la derecha ya no existen, esas fueron invenciones de la Revolución francesa pero no sirven para describir lo que está pasando ahora. Hay un avance pero no saben cuál es, pero yo sí sé cuál es: se está desplomando un sistema y está emergiendo otro.

Tratar de explicar o describir la realidad con términos del siglo XVIII es absurdo. El fenómeno de Trump no es derecha, el fenómeno del Brexit no es de derecha, y tampoco es de izquierda. Son fenómenos populares donde la gente está tomando decisiones, y no precisamente las que la élite desea. Eso asusta, es cierto, pero es que la gente se cansó de aguantar hambre, de vivir sin empleo, de vivir en la miseria, de no tener salud, de no tener educación, y también se cansó del terrorismo, de las guerras, de la corrupción, de la injusticia, todos estos fenómenos originados en el anterior sistema, en el que está muriendo.

Como decía un antiguo lema de una campaña política colombiana: “Llegó el tiempo de la gente”, aunque antes esto era simplemente retórico, ahora es verdad: llegó el tiempo del pueblo; y ya era hora que llegara. Esto asusta, pues claro, porque es algo nuevo, ahora la gente se empodera de su vida, de su entorno y no depende de las decisiones sesgadas, exclusivistas y excluyentes de una minoría: el pueblo está despertándose.       

Las guerras ficticias


Decía Nicolás Maquiavelo en su libro “El príncipe”: “Divide y vencerás”. Uno de los consejos a Lorenzo de Médici, el gobernante de Florencia, para quien iba dirigida esta divertida cartilla titulada como ya lo mencionamos.

Y obvio, a los gobernantes, a los poderosos, a los políticos solo les interesa una cosa, o dos –para ser más precisos-: conseguir el poder y aumentar el que ya tienen. Para conseguir el poder y aumentar el que ya tengo –si es que lo tengo-, es preciso que mis rivales se debiliten, y la mejor forma de debilitar a un rival es que gaste energías en otras peleas, en otros combates, para que cuando deba medirse conmigo ya venga disminuido.

Si mi rival no es débil pero se debilita, yo lo podría vencer, es de sentido común. Nicolás Maquiavelo no hizo otra cosa que describir una realidad. “Divide y vencerás” o “Divide para reinar”, no es más que entretener a mis rivales en otras peleas, en otros combates, mientras yo me fortalezco, me ejercito, me alimento, me entreno.

Los poderosos tienen un rival, o varios rivales, sin embargo, el más poderoso de sus rivales no es otro poderoso, u otro político, u otro gobernante; el rival más poderoso de los políticos, de los gobernantes, es el pueblo mismo, los ciudadanos comunes y corrientes, es la gente.

Ellos –los poderosos- le tienen miedo a la gente, porque la gente les puede arrebatar el poder, su butaca, su silla. A lo largo de la historia, los poderosos, o quienes detentan el poder en la sociedad se han ingeniado métodos para someter a la gente: la fuerza física, la superstición, el miedo, etc.

Pero, como ya lo decía Maquiavelo hace más de quinientos años, el arma más poderosa de los políticos, de los gobernantes, es debilitar a la gente con “guerras ficticias” para que la misma gente se mate entre sí.

Hoy lo estamos viviendo y viendo: blancos contra negros, occidentales contra musulmanes, heterosexuales contra homosexuales, hombres contra mujeres, ricos contra pobres, aficionados de un equipo de fútbol X contra aficionados de un equipo de fútbol Y, izquierdas contra derechas; guerras y batallas de todas las pelambres, mientras tanto los poderosos se frotan las manos porque han vencido: el pueblo, la gente está dividida en la mayoría de los casos por tonterías: por partidos políticos, por equipos de fútbol, por preferencias sexuales, por color de piel, etc, etc.

Guerras ficticias, esas guerras le impiden a la gente concentrarse en lo importante: en tener con qué comer, en tener con qué vestirse, en tener con qué vivir debajo de un techo, en tener un trabajo, en tener un salario digno, en tener educación, en tener salud, en tener un ambiente sano, en tener seguridad, en tener cultura y sano entretenimiento, en tener una pensión de vejez, etc. Pero no, los poderosos, los responsables de crear las condiciones para obtener todo eso que he enumerado nos tienen como imbéciles pensando en rivalidades ficticias –imaginarias- con otros seres humanos por situaciones banales, irrelevantes, intrascendentes, y los medios de comunicación masivos –que está en manos de esos poderosos, de esos políticos- hacen de caja de resonancia de esas tonterías. ¿Cuál es el resultado de mantener a la gente peleando esas guerras ficticias? Fácil: gente muriendo de hambre, gente sin techo, gente en indigencia, desempleo, terrorismo, inseguridad, etc.

Los poderosos saben que si se les da las condiciones mínimas de subsistir y de vivir bien a la gente, estas personas podrían pedir más o derribarlos de donde están, por eso mantienen este sistema -el de dominación- para seguir detentando el poder por los siglos de los siglos. Para entretener a la gente y no tener la amenaza de perder ese poder, nos mantienen atados a diferencias insignificantes entre nosotros mismos: el pueblo; diferencias raciales, diferencias partidistas, diferencias sexuales, diferencias por equipos de fútbol, mejor dicho, pendejadas.

Cuando el ser humano o la gente común y corriente se dé cuenta de esta estupidez simplemente empezará el desarrollo de una Nueva Humanidad y de un nuevo sistema de convivencia humano basado en la cooperación, para eso la gente debe estar unida, y eso es lo que están impidiendo los poderosos, y lo están haciendo con guerras ficticias.  


Arte optimista, positivo


El escritor Ernesto Sabato opinaba que el arte (la literatura más exactamente) no debería “enviar mensajes” o tener propósitos que fueran más allá del propio arte, sin embargo, él mismo aseguraba que la novela –el género que a él le llamaba más la atención- debía servir para encontrar la verdad, y que la novela “problemática” era el subgénero literario por excelencia, los demás –como la novela policíaca o de suspenso- no eran subgéneros literarios propiamente sino mero entretenimiento.

Sobra decir que no estoy de acuerdo con Sabato, aunque es uno de mis escritores favoritos. La utilidad del arte es una de mis obsesiones, como función humana, como mecanismo para mejorar la convivencia entre los hombres. Los artistas piensan –en general- que la simple creación artística es una expresión humana legítima que per se tiene un carácter moral benéfico independiente del contenido de ese arte.

Yo también me aparto de esa consideración, creo que a veces el arte ha servido para degradar, para manipular, para apoyar causas injustas y perjudiciales. El arte –en ciertos casos- ha sido cómplice de movimientos retardatarios, anacrónicos y hasta asesinos. No creo que la simple expresión artística, independiente de su contenido, sea per se moralmente buena por el simple hecho de ser arte.

Sí hay arte perjudicial, ya lo dije, y posiblemente también exista arte optimista o positivo. Hay arte que transmite valores destructivos, negativos, deprimentes, y también hay arte que, a contrario sensu, ayuda a ennoblecer al hombre, a la sociedad en todos los ámbitos de su existencia.

¿Hay arte neutral? Por ejemplo, una manzana en un lienzo ¿es buena o mala desde el punto de vista moral? Pues ni lo uno ni lo otro. El artista “pura sangre” dirá que la discusión es irrelevante (como ya me lo han dicho varias veces), y que el arte –independiente de su contenido- es una expresión del espíritu humano, no importa lo que salga de la mente, del corazón, de las vísceras o del bajo vientre. Lo importante es que es arte.

Dentro de la literatura se observa con petulancia, con cierto desdén la denominada “literatura de autoayuda”. “Eso no es literatura, eso es bobada” piensan los genios, los iluminados, los eruditos, los sabios, los analistas serios. Para ellos, para el gremio de los intelectuales de profesión, la literatura de autoayuda no es arte, es marketing, es distracción para amas de casa desocupadas –con todo respeto por las amas de casa y por las mujeres en general-. Eso me parece muy irrespetuoso, presuntuoso y hasta ignorante. Los ignorantes son ellos, creería yo.

Yo me la juego por el arte con mensaje positivo. Ahora bien, ¿todo arte debe tener una connotación moral benéfica? Creo que sí, o por lo menos neutral. Un ejemplo son los cuadros de Fernando Botero sobre las corridas de toros. ¿Está magnificando el pintor ese espectáculo grotesco? Yo creería que sí, de hecho él –Botero- es uno de los grandes defensores de la tauromaquia a nivel mundial, aunque ese espectáculo está prohibido en más del 90% de los países del mundo. Volvemos a la discusión, ¿pintar una manzana en un lienzo es moralmente malo o bueno? Pues ni lo uno, ni lo otro, tal vez para el pintor sea algo bueno porque le ayuda a hacer catarsis de alguna forma, y para el espectador –si la manzana está bien pintada- podría ser un buen motivo de deleite visual. No hay moralidad sobresaliente en este aspecto, a contrario sensu de los cuadros de Botero que hacen apología a la fiesta brava, donde la connotación inmoral es evidente (con todo respeto por el genio colombiano.)

Creo que sí se puede hacer arte optimista o con mensaje; por ejemplo, en el caso de la fotografía está la obra de Sebastián Salgado o Sebastiao Salgado, quien con sus fotos ha denunciado muchas de las injusticias sociales del mundo. Es una obra con  connotación moral positiva evidente. Con el cine, con la literatura, se podría hacer lo mismo. “El palo no está para cucharas” en las actuales condiciones, necesitamos que los artistas, o varios artistas, o por lo menos algunos artistas, expresen valores positivos en sus obras de manera deliberada sin temor a las críticas, a las burlas, al ostracismo de los intelectuales serios, pero sí con la convicción de que están ayudando a la humanidad, al prójimo, a la especie a salir de este agujero negro que nos arropa por culpa del materialismo exacerbado y de la falta de sensibilidad con el sufrimiento ajeno (tanto humano como animal). Apostemos por el arte positivo, por el arte con mensaje moralmente bueno a ver qué pasa; yo creo que estará bien.    

La cultura masificada: Única garantía de libertad


Muchos recurren a los diccionarios para definir una palabra; los abogados decimos que esa es la interpretación gramatical o exegética de una norma. Uno de los resquicios de nuestra educación aristotélica, tomista, basada en clasificaciones, catálogos, definiciones. ¿Qué es cultura? ¿Un conjunto de conocimientos? ¿De valores? ¿De costumbres? Selma Lagerlof afirmó que es “lo que queda cuando se olvida todo lo que se aprendió”.

Para mí –la cultura- es todo aquello que ha construido el ser humano a lo largo de su historia. También es todo lo que ha construido cada ser humano individualmente. Eso es cultura. Por eso se habla de la cultura de los pueblos, de los hombres, de las comunidades.

¿Puede haber seres incultos? Nuestra “cultura” nos dice que sí. Sin embargo, cuando decimos que alguien es inculto nos referimos a que no tiene educación, confundimos una cosa con la otra. Una cosa es la cultura y otra es la educación. Aunque la cultura se transmite a través de la educación. Todo hombre tiene cultura. 

¿Vivimos una cultura banal, superficial? Mario Vargas Llosa ha sentenciado que sí. Él la llama la cultura del espectáculo. La mediatización de la cultura. Mejor dicho vivimos una cultura mediática caracterizada por la impronta y la influencia de los medios de comunicación: la televisión, la radio, y ahora principalmente por la Internet.

Nuestra cultura es la que ha formado los medios de comunicación masivos, una masificación de la cultura es lo que vivimos en estas épocas. ¿Es eso bueno o malo? Yo diría que ni es bueno, ni es malo, simplemente es. Los medios de comunicación, como su nombre lo indica son “medios”, mecanismos para la transmisión de ideas. En este caso, los medios de comunicación de estas épocas –las actuales- nos transmiten una cultura basada en unos valores que están determinados por los dueños de esos medios de comunicación.

En una sociedad capitalista los dueños de los medios de comunicación también son capitalistas. Por lo tanto, los valores que se transmiten a través de los medios de comunicación están basados en el materialismo, en el consumismo, y en algunos casos en el egoísmo, en la avaricia, en la competitividad. Esa es la cultura imperante hoy en día. Repito, ¿es eso bueno o malo? Ni lo uno ni lo otro si se ve desde una óptica descriptiva, ahora bien si lo que se quiere es hacer una crítica axiológica o moral del asunto, pues podemos decir que transmitir esos valores no es lo más deseable para construir una mejor sociedad, o una mejor humanidad.

Para cambiar los valores imperantes tenemos que cambiar los mecanismos de transmisión de valores. Sin embargo, ¿cómo hacemos para mejorar o modificar esos mecanismos de transmisión de valores? A través de esos mismos medios de comunicación. Si bien es cierto la televisión, la radio, y hasta la Internet se encuentran monopolizados en ciertas manos, también es cierto que la democratización de esos medios electrónicos es una realidad. Facebook, Twitter, los blogs han masificado los mecanismos de transmisión de información, de valores. Hoy cualquiera puede abrir un blog, una cuenta de Twitter y decir masivamente lo que le venga en gana.

Vargas Llosa es pesimista frente a este fenómeno masivo, porque no es elitista, no es sinárquico (me refiero al fenómeno no a Vargas Llosa). Empero, el control de las masas de través de los medios electrónicos es una realidad, pero también será un medio de salvación de esas mismas masas en cuanto a la tentación de controlarlas de manera ilimitada. La cultura masificada que hoy vivimos será la tabla de salvación de la civilización humana. Vargas Llosa piensa que eso es una abominación, pero no, es un respiro para la cultura humana libre; es la libertad que se abre paso como la ley de la selva.

Una cultura de dominación o basada en la dominación no es cultura es avasallamiento, es esclavización. Por lo tanto, la cultura humana como tal tiene un respiro en esta orientación de los medios de comunicación, en esta utilización de los medios de comunicación. La libertad será la primera beneficiada en esta cultura actual que le suena a muchos –como a Vargas Llosa- como vulgar, populista, inculta, o políticamente incorrecta. La tecnología es una espada de doble filo: puede servir para dominar o puede servir para emancipar.

Yo no soy tan pesimista como Vargas Llosa, yo creo que esa “cultura del espectáculo” como la llama él será la garantía del mantenimiento de la autodeterminación del ser humano, de la autonomía humana, del futuro de los hombres. Las élites toda la vida mantuvieron una monopolización de la cultura a través de los medios de comunicación, eso ya no será –o no es- posible en una nueva humanidad donde los medios de comunicación están en manos de todos y no en las de unos cuantos ilustrados cultos. 

La Tercera Guerra Mundial


El Consejo de Seguridad de la ONU, mediante resolución 2249 de 20 de noviembre de 2015, autorizó todas las medidas necesarias para contrarrestar al denominado “Estado islámico” o ISIS (Islamic State of Iraq and Siria). La Resolución se emite después de los terribles atentados que golpearon a la capital francesa el pasado viernes 13 de noviembre, y que cobraron la vida de alrededor de ciento cuarenta personas –según las más recientes cifras de las autoridades galas-.

“La humanidad entera está en guerra contra esta organización terrorista (Daesh)”, señalaba el embajador francés ante la ONU; y así es, tal como sucedió en 1939 contra el partido Nazi, liderado por Adolph Hitler, las potencias occidentales y orientales –China y Rusia- se han unido en una coalición para detener a ISIS.

¿Qué puede ocurrir de ahora en adelante? ¿Nuevos atentados? ¿Una confrontación bélica donde seguirán los bombardeos aéreos, y donde se desplegarán tropas en tierra? Esto puede pasar, será como prender un tanque de gasolina con un fósforo, las consecuencias son impredecibles.

Sin embargo, y aunque se den estas refriegas armadas, la verdadera guerra se desplegará en el alma humana, en la mente del hombre. El terrorismo genera un miedo irresistible que provoca –a veces- la toma de decisiones desesperadas y absurdas, en ciertos casos. La gente clama por una seguridad, por una inexistente seguridad, porque el Universo en su esencia es inseguro, nada puede hacer el hombre por establecer esa pretendida seguridad. La pérdida de libertades, la cesión de los derechos individuales a una legislación ultra-policial, el inmovilismo de tránsito, facultades extraordinarias al poder ejecutivo, vigilancia extrema electrónica, juicios sumarios contra sospechosos de terrorismo; mejor dicho, limitación a la libertad o pérdida de la libertad para detener el terrorismo. Estados Unidos ya vivió la implementación de estas medidas después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001; la denominada Patriot Act I y II, colocó al país del Norte en estado de emergencia, y donde se alinderaron con estoicismo ciertos privilegios que gozaban los ciudadanos estadounidenses. El miedo, el miedo llevó a que se pudieran implementar estas medidas.

Edward Snowden, el excontratista de la CIA y de la NSA, denunció públicamente cómo el gobierno de Estados Unidos espía a todo el mundo sin tener la autorización legal, mejor dicho, que lo hacen ilegítimamente. ¿Para detener el terrorismo? ¿Para evitar futuros ataques? ¿Para qué espía Estados Unidos a todos los seres humanos de este planeta? Snowden afirmó que no era para detener futuros ataques terroristas sino para dominar a la gente, para controlarla, ¿y para qué dominar a la gente? ¿Para qué controlarla?

La Tercera Guerra Mundial no será propiamente una guerra bélica abierta, aunque probablemente habrán combates, bombardeos, tiroteos y destrucción, e incluso, los terroristas intentarán producir nuevos hechos de sangre para impresionar a  sus víctimas: las potencias occidentales, y a Rusia, y a China. La Guerra Mundial se producirá en la mente de los hombres, en la que el miedo quiere arrebatar lo poco de la libertad humana, para generar esclavos que dócilmente acepten, y que estén dispuestos a ceder sus derechos y sus privilegios como humanos para proteger un status quo global donde algunos pocos son los dueños del 95 % de las riquezas del planeta Tierra y donde el resto de la humanidad debe repartirse ese 5 % a partir de rapiña, de violencia, o simplemente morirse de hambre, de enfermedades, de sed, de pandemias, o de ataques terroristas o bélicos. 

El dilema de la humanidad será este: ceder ante el miedo o tener valor. No se equivoquen los envalentonados, nos quieren amedrentar de manera eficaz, de manera aterradora, nos quieren desesperar, nos quieren débiles, dóciles, quieren que cedamos lo poco que nos queda de libertad a un súper-estado policial global, para defender los privilegios, los lujos y las excentricidades de unos pocos. La Tercera Guerra Mundial será un intento desesperado para acabar con la libertad humana, para detener el desarrollo personal, para suprimir los valores espirituales, sin embargo, yo les digo desde ya a los conspiradores: no triunfarán. El espíritu humano es ilimitado, es basto, es potente, se requiere más que miedo y más miedo para suprimirlo, para limitarlo, y nadie, absolutamente nadie en este planeta tiene los medios para hacerlo, y ni siquiera para tratar de hacerlo, es muy ingenuo, pero se abona que hagan el intento, en ese intento seguirán matando gente inocente, gente común y corriente, pero no podrán amedrentar contundentemente a los demás, a los que queden vivos; será una apariencia, será una derrota, solo acelerará un proceso de evolución, un salto humano que ya se está dando, y que tiene como aliados a las fuerzas del bien, a las fuerzas de la luz, porque la oscuridad no pasará, como ya prometieron unos profetas hace más de dos mil años. La humanidad entrará en un cambio profundo a raíz de esta guerra y no será propiamente hacia una civilización de esclavitud –como quieren algunos- sino de verdadera libertad.   

El espacio exterior y la supervivencia de la vida en la Tierra


Varias veces me he referido a este tema: el de la exploración espacial. Desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial esa ha sido la obsesión científica de las grandes potencias: conquistar el espacio exterior, colocar satélites, preparar misiones tripuladas y no tripuladas a otros mundos, buscar vida en otros planetas, etc.

En 1969, Estados Unidos logró acertar un golpe contundente a su rival en ese momento –la URSS- en esta carrera: poner un hombre en la Luna. Después, la exploración espacial nos ha llevado a todos los seres humanos a conocer mediante fotografías, imágenes de planetas lejanos, pruebas de la magnificencia del Universo. La tecnología en este campo utilizada por Estados Unidos, Rusia, China y la Unión Europea es impresionante.

El último gran avance lo dio la NASA al colocar la sonda New Horizons al frente del planeta enano Plutón. Aquí en la Tierra supimos cómo era el color de su atmósfera por las imágenes que a cuatro horas luz de distancia nos envió esta sonda exploradora. Impresionante.

En el día de ayer, el científico Stephen Hawking anunció al mundo que estaba interesado en impulsar un proyecto para averiguar si había vida en otros planetas o lugares del espacio exterior. Un multimillonario ya hizo la primera contribución al plan con cien millones de dólares.

En general, la exploración espacial le ha dado muchos aportes a la humanidad sobre todo en el campo tecnológico, ya que muchos avances que se han hecho en esta área se han utilizado en la Tierra para hacer más satisfactoria la vida cotidiana y para conocer más sobre el Universo en el que estamos. Sin embargo, y como ya lo mencionado en otros escritos, no es que yo me oponga al progreso científico o tecnológico, que es muy importante, pero sí sería necesario empezar a determinar prioridades con mayor rigor.

La vida en la Tierra está en peligro debido a la irresponsabilidad de los humanos con nuestro entorno tanto natural como social; más de ochocientos millones de seres humanos no tienen para comer, están subnutridos; la violencia y el terrorismo siguen agobiando nuestra vida; las guerras y la amenaza de una hecatombe nuclear siguen vigentes. La vida en la Tierra (tanto la de animales, como la de los seres humanos) está en riesgo de desaparecer.

Es necesario conocer y explorar el espacio, pero primero deberíamos arreglar los problemas más urgentes aquí en la Tierra; después sí valdría la pena conocer y averiguar si existen o no los seres extraterrestres. Todo ese dinero que se utiliza en los programas espaciales, que son miles de millones de dólares, deberían utilizarse para darle de comer a esos ochocientos millones de seres humanos que no tienen para hacerlo. También, sería necesario utilizar esa plata para la investigación médica y para descubrir de una vez por todas las vacunas para enfermedades como el cáncer, el sida, el ébola, la malaria, la fiebre amarilla, el alzheimer, etc. Ese dinero también serviría para rehabilitar zonas del planeta que han sido destruidas por el hombre; para sembrar árboles, para proteger especies animales en vías de extinción, para descontaminar ríos, arroyos, lagunas, lagos y océanos. Para generar más fuentes de agua potable.    

Está muy bien que el hombre quiera conocer más sobre el espacio exterior pero primero debería poner orden en casa: en el planeta Tierra. Todos esos recursos que se utilizan para enviar sondas al espacio, para explorar el Universo, deberían utilizarse para generar una nueva forma de vida en la Tierra, una nueva forma de vida más solidaria, más compasiva, más fraterna, más cooperante, más respetuosa de la vida, más humana.

No quiero sonar a aguafiestas pero la realidad es cruda, las cosas en la Tierra no están bien; podemos averiguar sobre la vida en otros sitios del Universo, pero primero tenemos que cuidar la que tenemos que en este planeta, en el que habitamos, en nuestra casa. Después, cuando resolvamos todos esos problemas que he mencionado, sí valdría la pena conquistar el espacio exterior con todos los bríos, cuando todos los seres humanos tengan para comer, tengan vivienda, tengan educación, tengan salud, tengan empleo, ahí sí podríamos gastar todo el dinero del mundo en naves espaciales, satélites , sondas, robots viajeros etc. Esa es mi posición, no sé si suena a un anacronismo, pero por lo menos trata de estar sintonizada con la ley moral.   

Francisco: el Papa ecologista


En dos días me leí toda la carta encíclica del Papa Francisco Laudato si. En realidad es un documento extraordinario donde el líder de la Iglesia Católica pone el dedo en la llaga de diferentes temas muy controvertidos.

Hace una hermosa referencia a san Francisco de Asís, el santo ecologista, y la encíclica tiene este nombre por la oración que hacía este santo: “Alabado seas, mi señor” “Laudato, si, mi Signore”. San Francisco de Asís es famoso en el mundo católico por su devoción a la madre naturaleza y por su compasión por los pobres.

Laudato si trata principalmente sobre estos dos temas: el cuidado al medio ambiente y la opción por los pobres –que es principalmente la doctrina social de la Iglesia-. El Papa descubre sus preocupaciones por el modelo económico consumista que lleva el mundo contemporáneo, en el cual el afán por la riqueza está llevando a un agotamiento del medio ambiente de manera peligrosa. Sin embargo, el Papa no se queda ahí solamente, también resalta el defecto de este modelo económico donde cada día más hay pobres y donde unos pocos acumulan riqueza.

La casa común, es el término que utiliza el Papa para referirse al planeta Tierra; y precisamente esa casa común la estamos destruyendo en el afán de crecer económicamente a expensas del medio ambiente. El Papa hace un llamado a cambiar el modelo consumista y de desperdicio que prima en el mundo contemporáneo. Él propone volver o crear –mejor aún- un sistema de convivencia humano más simple basado en la cooperación, en la humildad, en la compasión, y en el respeto a la ecología, a los animales y a los otros hombres.

El Papa Francisco describe al actual modelo económico como deshumanizador, enloquecido, explotador y egoísta. Sin embargo, no crean que el Papa estima que la salvación es el socialismo, no, él afirma que la relación del hombre con su entorno debe ser más armoniosa, más amorosa, más sensata, sin embargo, lo que hoy tenemos, según él, es una locura donde unos poderosos no tienen escrúpulos para llenar sus bolsillos de dinero sin tener en cuenta al otro. Ese otro no es solo el prójimo, también es la naturaleza, los animales, las plantas, los océanos, el cielo, la tierra, etc.

Para Francisco el no cuidado del medio ambiente no es el único defecto de este sistema consumista, también es la indiferencia ante el sufrimiento del ser humano. Desde hace años proponemos modificar ese modelo de convivencia humano basado en la explotación y pasar a un modelo de cooperación donde haya libertad, un Estado eficaz y una cooperación infinita; Francisco habla de todo esto, y lo supera. Está sintonizado con lo que hemos expuesto desde hace mucho tiempo, y no solo por mí sino por otras personas en este planeta.

Una encíclica revolucionaria sin lugar a dudas, el hecho de que un Papa critique tan de frente el capitalismo salvaje no deja de sorprender. La doctrina social de la Iglesia, sin embargo, ya lo ha venido haciendo desde hace muchos años, empero, es la primera vez que un Papa resalta los defectos de un sistema de convivencia humano basado en la dominación y la explotación, y lo dice sin ambages.

¿Qué puede ocurrir de ahora en adelante? Los analistas que han leído la encíclica felicitan la posición del Papa pero afirman que los dueños del sistema no cambiarán de opinión por lo que diga el líder religioso más importante e influyente del mundo, mejor dicho, ellos seguirán haciendo caso omiso de las advertencias sobre los defectos del sistema. Esto no parará, y eso es lo dramático del asunto. Si al Papa no le hacen caso, ¿qué se pude esperar de lo que opinan los otros líderes de la comunicación? Por ejemplo, lo que yo estoy diciendo en este escrito. ¿Letra muerta? ¿Tiempo desperdiciado?

Yo creo que una golondrina no hace verano; sin embargo, es necesario no desfallecer, hay que crear un ambiente que permita generar una opinión masiva frente a estos problemas, y eso se hace poco a poco. Con la encíclica del Papa y con otros escritos que van en la misma línea hacia futuro podremos darle vuelta a una realidad cruel e inhumana que nos golpea actualmente; hay que tener paciencia, y esperar que las ideas que se plasman en los escritos geminen en las mentes de los líderes presentes y futuros para tomar decisiones diferentes, audaces e innovadoras.

Pd: La encíclica se puede leer AQUÍ.