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Los hipócritas


Por hipócrita debemos entender a aquella persona que se comporta de manera ambivalente en sus relaciones con los demás. Mejor dicho, el hipócrita presenta diferentes actitudes –muchas veces radicalmente opuestas- en su trato con el prójimo. En público alaba a una persona, y en privado lo destruye, o al revés, puede ocurrir. El hipócrita engaña a la gente pero también se engaña a sí mismo, que es lo más cruel del asunto. Los hipócritas utilizan un doble rasero para medir –desde un punto de vista moral- las acciones de los otros, y sus propias acciones. No saben lo que está bien y lo que está mal.

Generalmente el hipócrita es un ignorante, no sabe lo que es la moral, ni las buenas costumbres, ni la diferencia de estas dos con la ética. El hipócrita necesita mostrar un rostro social para generar respetabilidad. Como es un ignorante, el hipócrita necesita de la aprobación de los otros, y para obtener esa aprobación se alindera generalmente en moralismos muchas veces asociados con la falsa religiosidad.

El hipócrita trata de asociarse –aunque no siempre es el caso- con movimientos ultra-fanatizados, que se rasgan las vestiduras en las iglesias, templos o lugares sagrados. Le gusta que lo vean en esos lugares para generar respetabilidad, y generalmente, como se cree el cuento de la respetabilidad, empieza a juzgar a los demás de acuerdo con lo que él cree que es moral.

Todas esas personas que “condenan”, que se escandalizan: con los movimientos de homosexuales, con las mujeres que defienden la despenalización del aborto, con la gente que defiende la muerte digna (eutanasia), con los movimientos progresistas para que los pobres dejen de ser tan pobres, con las políticas para que los niños abandonados puedan ser adoptados incluso por homosexuales, con las parejas que se van a vivir juntas sin estar casadas, con los métodos anticonceptivos, etc, etc; todas esas personas que “condenan” esto son simplemente hipócritas, y lo son porque no pueden ser otra cosa, ya que el trasfondo de su hipocresía es la ignorancia.

Como los hipócritas no saben lo que es la moral piensan entonces que la moral está asociada a todo lo que tiene que ver con el sexo. Para ellos, el sexo sin estar casados es pecado, los métodos anticonceptivos son pecado, el aborto (en todos los casos) es pecado, la eutanasia es pecado, el homosexualismo es pecado, generar justicia social en la sociedad es pecado, prohibir el maltrato animal es pecado, respetar el medio ambiente y las otras religiones es pecado; mejor dicho para ellos todos es pecado; lo único que no es pecado para ellos es la hipocresía, las externalidades de la religión, la corrupción dentro de las organizaciones que dicen o afirman defender el mensaje de Jesús de Nazaret cuando en realidad no lo practican, ni lo conocen, ni lo siguen.   

Los hipócritas viven de la respetabilidad impostada, de la aprobación de los otros hipócritas que son como ciegos tratando de cruzar una autopista con los ojos vendados. Para ellos el mundo debería detenerse en seco, o incluso, volver a las épocas de la Edad Media, de la inquisición, de la quema de brujas, de la quema de libros, de la disparidad de géneros, del oscurantismo científico, de la sociedad estratificada, mejor dicho, ellos quisieran ver al mundo convertido en el infierno de su propia falta de discernimiento, de meditación, de estudio, de reflexión. Porque a los hipócritas desde pequeños les enseñaron a obedecer pero no a pensar, les enseñaron a ser hipócritas para tener un puesto en la sociedad; para hacer de la sociedad eso mismo que ellos son: una sociedad hipócrita.

Lo más peligroso de los hipócritas es que ellos no son felices, porque desde luego, no saben ser felices, como no saben nada de nada. Entonces, como ellos no son felices tratan de que los demás tampoco lo sean. Para esto, deciden que los demás asuman sus propias posturas ignorantes fanatizadas, para el que mundo sea un reflejo de lo que son ellos. No soportan ver a los que no son hipócritas vivir plenamente con alegría y felicidad, porque ellos no lo son, porque no saben cómo serlo. El hipócrita es peligroso para la sociedad, pero sobre todo para sí mismo, el hipócrita es el gran enemigo de la Nueva Humanidad, de una Nueva Humanidad más fraterna, más cooperante, más próspera, más pacífica.



Jesús de Nazaret y la Nueva Humanidad


Escribo estas letras con todo el respeto hacia quienes profesan veneración por la figura de quien partió la historia de Occidente en dos: Jesús de Nazaret; no es mi intención imponer o definir quién fue él desde lo histórico o desde lo teológico, simplemente expongo mi visión personalísima de esta figura gigantesca en lo moral, en lo religioso, en lo místico, en lo histórico.

Recuerdo que mis padres me bautizaron en la Iglesia Católica, me confirmé en esta misma iglesia, y ellos –mis padres- eran fervientes practicantes de esta religión. Con el paso del tiempo mi relación con el catolicismo ha variado; cuando niño era fiel seguidor de sus doctrinas, cuando era adolescente mi concepción varió un poco hacia el escepticismo, cuando llego a mayor tengo una relación no ya tan tormentosa y crítica, pero sobre todo, mi gran acercamiento al catolicismo ha sido por figuras como la de Jesús de Nazaret.

¿Fue o es un dios? ¿Es el hijo de Dios? ¿Fue o es un mesías? ¿Fue un maestro espiritual y nada más? ¿Un iniciado o iluminado en la verdad? Ni idea, porque para mí, lo importante de Jesús de Nazaret fue su mensaje. La relación de los judíos con Dios era compleja, el Dios del Antiguo Testamento era un Dios agresivo, malgeniado, sulfurado; en cambio, Jesús les dijo que no, que Dios era un padre amoroso, que todo lo perdonaba, que era solo amor y nada más. Grave, decir eso le valió la crucifixión romana a instancias de los ortodoxos de la ley judía. Aunque según la historia, fueron los judíos sus más fervientes seguidores, y fueron ellos quienes transmitieron al mundo las enseñanzas del Maestro.

El mensaje de Jesús se puede resumir en una palabra: amor. Amor a sí mismo, amor al prójimo, amor a Dios. Perdonar a todo el mundo y fluir con la vida de manera apacible y sin complicaciones. Todas las parábolas del Maestro giran alrededor de esta idea sencilla, pero contundente. Sí, hablar del amor le costó la vida a Jesús (aunque la tradición afirma que resucitó), porque el statu quo imperante en Palestina hace 2.000 años le impedía hablar de esta manera a un pueblo invadido por los romanos y con influencias de otras culturas paganas, por lo que los sacerdotes exégetas de la ley judía no podían permitir que ese mensaje de amor se filtrara en la psiquis de la gente ya que podía ocasionar la disolución del aparato establecido para transmitir la idea de Dios que se consigna en el Antiguo Testamento. El amor no es lo importante en ese libro, lo importante es seguir la ley, las recomendaciones de Dios, no es amar lo que te salva, es seguir los pasos y las conductas a raja tabla de esas directrices. El mensaje de Jesús era demasiado revolucionario para esa época. Sin embargo, vuelvo a recordar que muchos judíos sí lo entendieron, y sí siguieron sus enseñanzas. Otros lo respetaron y admiraron, aunque siguieron siendo judíos en esencia.

¿Ha cambiado la cosa 2.000 años después? Creo que no; creo que el mensaje de Jesús de Nazaret sigue siendo revolucionario y anti-sistema, por eso los aparatos establecidos siguen afanosamente concentrados en la forma de las cosas y no en el fondo. El problema no es ser de una o de otra religión, el problema no es practicar X o Y ritual, el problema no es venerar X o Y imagen, el asunto es ser una buena persona, una persona moral, una persona que sea espiritual y que se mueva en el mundo físico. Mejor dicho, el asunto es aplicar las enseñanzas de Jesús, lo cual para nuestra sociedad es difícil porque nuestra cultura todavía rechaza la idea de ver en el otro a nuestro hermano, y más bien ven en el otro a un competidor. Nuestra humanidad todavía se basa en la idea de la competitividad, de la dominación, de la explotación, del egoísmo, de la mezquindad, del materialismo. La gran idea de Jesús de Nazaret era crear una Nueva Humanidad, un nuevo Hombre que se basara en el principio simple de la fraternidad, de la cooperación, del amor universal hacia todo lo creado: los humanos, los animales, el medio ambiente.

2.000 años después de la venida de Jesús de Nazaret el mundo todavía no entiende su mensaje, no se aplica, o si se entiende se ve como ingenuo, como peligroso, porque es un mensaje que destruye los cimientos de la antigua humanidad, basados en todo lo contrario de lo que esgrimió el Maestro. La Nueva Humanidad aplicará el mensaje de Jesús y no sus formalismos, sus ritualismos, que él nunca implementó, porque sabía que lo importante era el amor, que se establece en el corazón y en la mente, y no en la superficie, en la materialidad.

Ojalá que los seres humanos que se dicen ser cristianos (católicos o protestantes) empiecen a aplicar las ideas de Jesús de Nazaret para empezar a configurar de una vez por todas una Nueva Humanidad basada en el amor universal, el perdón, la reconciliación, la cooperación, la fraternidad, la espiritualidad, la hermandad entre todos los hombres sin importar su religión, su preferencia sexual, su género,  su raza, su status social o económico, o su procedencia nacional.  

¡Gloria a ti Jesús! ¡Gloria a ti Maestro! 

La Fuerza


Esta no es una reseña cinematográfica, ni mucho menos, de la más reciente película de Star Wars: Rogue One. No voy a hablar de la cinta, me reservo mi opinión sobre la misma, sin embargo, sí voy a hablar de un tema que se toca en la misma y en todos los filmes de la saga galáctica: se trata de La Fuerza.

Es curioso, en Star Wars los Jedis (guerreros místicos que buscan la paz y la democracia en la galaxia) utilizan este concepto para referirse a la inteligencia que gobierna el Universo, y no hablan de Dios, concepto más unido a la tradición judeo-cristiana de una civilización terrícola como la nuestra.

No, en esa galaxia, muy muy lejana, los Jedis se refieren a Dios como La Fuerza, y la describen como un concepto unitario, como una energía que une a todos los seres a partir de unos elementos diminutos llamados como “midiclorians”. Obviamente, que en nuestra ciencia terrestre los “midiclorians” no existen, o mejor dicho, no se denominan así por nuestros científicos, ya que ellos, los midiclorians serían como los quantums de la Física de nuestro planeta o algo parecido.

La Fuerza tiene un lado oscuro y un lado luminoso. Nuevamente Lucas alude al aspecto relativo del mundo fenoménico que nos rodea a partir de opuestos. El lado luminoso es experimentado por los Jedis, mientras que el lado oscuro es explorado por los tenebrosos Siths (los contradictores de los Jedis, aunque paradójicamente ambos grupos reverencian al concepto de La Fuerza).

La Fuerza unifica ambos conceptos, lo luminoso y lo oscuro. Sin embargo, La Fuerza estaría por encima del bien y del mal, otro concepto maniqueo de la filosofía occidental y que tiene su origen igualmente en la tradición judeo-cristiana que lógicamente no conocen ni los Jedis ni los Siths.

¿Es una religión La Fuerza? Lucas no aborda este tema con claridad en Star Wars sin embargo podríamos decir que el concepto de La Fuerza es utilizado por una orden iniciática caballeresca: La Orden de los Jedis, e igualmente por la Secta de los Siths.

Los Jedis son una orden iniciática de guerreros místicos, muy parecidos a los Templarios occidentales o a los samuráis japoneses, o incluso, a los guerreros taoístas chinos. Mientras que los Siths serían, o estarían más vinculados a la secta de los Hassassin.

La Fuerza es un concepto universal, mucho más integral, que hace referencia a la Unidad del mundo material con el espiritual. Si en nuestro planeta quisiéramos unir a todas las religiones bajo un mismo concepto de deidad podríamos también referirnos a La Fuerza. Lucas dio en el clavo con este concepto.

En nuestro planeta, donde existen diversas creencias religiosas, y donde se reverencian diferentes divinidades, también podríamos crear un concepto integral más vinculado con una idea que unifique los diferentes credos y las diferentes teologías, y no necesariamente tendría que ser La Fuerza, porque esta idea ya está muy unida a la película de Star Wars. ¿Acaso inteligencia universal? ¿Acaso orden?

Sin menospreciar o subestimar a las diferentes religiones y a los diferentes credos espirituales la integración en pos de la paz de las distintas concepciones de la deidad en una sola es imprescindible para generar un clima de identidad de los seres humanos con su esencia mortal. Todos somos seres humanos, todos vamos a morir (parafraseando a Kennedy en Berlín), y todos vivimos en esta nave espacial viviente llamada: planeta Tierra.

Esa unificación religiosa no necesariamente debe implicar que cada quien olvide o pierda su identidad religiosa, todo lo contrario, se trata de hablar un mismo lenguaje sin fanatismos, sin intolerancia, y con profundo respeto. Porque al fin y al cabo todos tenemos un mismo hogar global y está acá, en la Tierra. Es absurdo seguir peleando por dogmas metafísicos, por conceptos, por nombres, por deidades, llegó la hora de integrar ideologías, de ser prácticos. En esa galaxia, muy muy lejana, de Star Wars,  no están dando un ejemplo al utilizar La Fuerza como concepto de integración. 

“Que la Fuerza te acompañe” afirman en Star Wars, sí que La Fuerza nos acompañe para integrar las creencias religiosas en un credo de paz, de cooperación, de fraternidad, para que no nos sigamos matando por la circunferencia del círculo, sino que hallemos el centro que es uno solo y es el AMOR. El cual debería ser nuestra única religión.


Las guerras ficticias


Decía Nicolás Maquiavelo en su libro “El príncipe”: “Divide y vencerás”. Uno de los consejos a Lorenzo de Médici, el gobernante de Florencia, para quien iba dirigida esta divertida cartilla titulada como ya lo mencionamos.

Y obvio, a los gobernantes, a los poderosos, a los políticos solo les interesa una cosa, o dos –para ser más precisos-: conseguir el poder y aumentar el que ya tienen. Para conseguir el poder y aumentar el que ya tengo –si es que lo tengo-, es preciso que mis rivales se debiliten, y la mejor forma de debilitar a un rival es que gaste energías en otras peleas, en otros combates, para que cuando deba medirse conmigo ya venga disminuido.

Si mi rival no es débil pero se debilita, yo lo podría vencer, es de sentido común. Nicolás Maquiavelo no hizo otra cosa que describir una realidad. “Divide y vencerás” o “Divide para reinar”, no es más que entretener a mis rivales en otras peleas, en otros combates, mientras yo me fortalezco, me ejercito, me alimento, me entreno.

Los poderosos tienen un rival, o varios rivales, sin embargo, el más poderoso de sus rivales no es otro poderoso, u otro político, u otro gobernante; el rival más poderoso de los políticos, de los gobernantes, es el pueblo mismo, los ciudadanos comunes y corrientes, es la gente.

Ellos –los poderosos- le tienen miedo a la gente, porque la gente les puede arrebatar el poder, su butaca, su silla. A lo largo de la historia, los poderosos, o quienes detentan el poder en la sociedad se han ingeniado métodos para someter a la gente: la fuerza física, la superstición, el miedo, etc.

Pero, como ya lo decía Maquiavelo hace más de quinientos años, el arma más poderosa de los políticos, de los gobernantes, es debilitar a la gente con “guerras ficticias” para que la misma gente se mate entre sí.

Hoy lo estamos viviendo y viendo: blancos contra negros, occidentales contra musulmanes, heterosexuales contra homosexuales, hombres contra mujeres, ricos contra pobres, aficionados de un equipo de fútbol X contra aficionados de un equipo de fútbol Y, izquierdas contra derechas; guerras y batallas de todas las pelambres, mientras tanto los poderosos se frotan las manos porque han vencido: el pueblo, la gente está dividida en la mayoría de los casos por tonterías: por partidos políticos, por equipos de fútbol, por preferencias sexuales, por color de piel, etc, etc.

Guerras ficticias, esas guerras le impiden a la gente concentrarse en lo importante: en tener con qué comer, en tener con qué vestirse, en tener con qué vivir debajo de un techo, en tener un trabajo, en tener un salario digno, en tener educación, en tener salud, en tener un ambiente sano, en tener seguridad, en tener cultura y sano entretenimiento, en tener una pensión de vejez, etc. Pero no, los poderosos, los responsables de crear las condiciones para obtener todo eso que he enumerado nos tienen como imbéciles pensando en rivalidades ficticias –imaginarias- con otros seres humanos por situaciones banales, irrelevantes, intrascendentes, y los medios de comunicación masivos –que está en manos de esos poderosos, de esos políticos- hacen de caja de resonancia de esas tonterías. ¿Cuál es el resultado de mantener a la gente peleando esas guerras ficticias? Fácil: gente muriendo de hambre, gente sin techo, gente en indigencia, desempleo, terrorismo, inseguridad, etc.

Los poderosos saben que si se les da las condiciones mínimas de subsistir y de vivir bien a la gente, estas personas podrían pedir más o derribarlos de donde están, por eso mantienen este sistema -el de dominación- para seguir detentando el poder por los siglos de los siglos. Para entretener a la gente y no tener la amenaza de perder ese poder, nos mantienen atados a diferencias insignificantes entre nosotros mismos: el pueblo; diferencias raciales, diferencias partidistas, diferencias sexuales, diferencias por equipos de fútbol, mejor dicho, pendejadas.

Cuando el ser humano o la gente común y corriente se dé cuenta de esta estupidez simplemente empezará el desarrollo de una Nueva Humanidad y de un nuevo sistema de convivencia humano basado en la cooperación, para eso la gente debe estar unida, y eso es lo que están impidiendo los poderosos, y lo están haciendo con guerras ficticias.  


La conspiración contra Dios


Yo me formé en un hogar católico. Mis padres eran fervientes devotos de ir a misa, confesarse, comulgar, hablar con los curas, rezar, hacer la novena de Navidad, visitar los monumentos en Semana Santa, etc. Creo que en mi ADN se encuentra grabada esa creencia en Dios, en un principio superior, en una inteligencia que dirige este Universo, en un amor que lo llena todo.

Sin embargo, siempre he estado en conflicto con la religión a pesar de esto. Por allá, cuando terminaba el bachillerato, me dio por leer unos libros “heréticos” sobre OVNIS, meditación, pensamiento positivo, yoga, rosacruces, masones, teosofía, y otros etc, etc.

La religión siempre ha estado en el centro de mi vida; sigo yendo a misa –a veces-, paso de vez en cuando por las iglesias y rezo; y en general trato de respetar la creencia que tenga cada cual. Hoy en día soy más teísta que católico, aunque admiro profundamente las enseñanzas de Jesús de Nazaret. Practico yoga y también Zen. Mejor dicho, lo mío en materia mística es como un sancocho costeño: hay para dar y convidar.

Creo en un mundo invisible espiritual, creo que solo vemos un aspecto relativo de la realidad, de lo que pueden captar nuestros sentidos. Respeto las creencias de cada quien sobre esto, no me parece malo que la gente sea católica, o cristiana, o judía, o musulmana, o hinduista, o budista, o si son masones o rosacruces, o lo que sea. También respeto a los ateos y a los agnósticos.  

Sin embargo, creo que hay un movimiento un tanto odioso en la cultura contemporánea: burlarse o demeritar a la gente que tenga creencias religiosas. Sí, así como lo oyen, dentro de ciertos círculos académicos y culturales la creencia espiritual está proscrita, es sinónimo de estupidez, de ridiculez. Para ese movimiento lo correcto es creer en el materialismo, en lo que nos dicen los sentidos únicamente. Los tontos y los pendejos –para ese movimiento- son los que creen en Dios, ya sean de este o de cualquier otro dogma religioso. El ateísmo, en cambio, es cool, es inteligente, es de personas de “avanzada”.

Es una especie de conspiración contra todo lo religioso. Se burlan del Papa, se burlan de los pastores protestantes, se burlan de los imanes islámicos, de los yoguis, de los monjes budistas, de todo lo que tiene que ver con la religión.

Un ejemplo de esto es el ataque al escritor Paulo Coelho, quien se considera católico, pero que también ha trasegado un camino doloroso por el campo de la experimentación espiritual, como mucha gente en este planeta. Los libros de este escritor están básicamente dedicados a la gente que ha experimentado crisis religiosas, y que han ido de un lado para otro en este tema. Por eso muchos escritores no entienden a Coelho, ni entienden su éxito, porque están influenciados, muy influenciados –diría yo- por el movimiento al que hago referencia, al movimiento de burlarse de todo lo religioso.

Eso es lo que está de moda dentro de la Academia, sacar a Dios y a lo espiritual de la cultura, del conocimiento, de la ciencia. Menospreciar a los que tienen o practican un dogma religioso sea cual sea ese dogma, no importa.

Hace algunas semanas asistí a una conferencia con un afamado escritor colombiano –que está muy de moda- y en una parte de su discurso se fue lanza en ristre contra el tema religioso y en especial contra Paulo Coelho. No tengo nada personal contra ese escritor –el colombiano-, a quien yo respeto, pero estoy seguro que él no se ha leído un solo libro del autor brasileño, porque eso no se hace, eso da pena, eso es para los bobos.

Igualmente, hace algunos años escribí un ensayo literario para un reconocido portal web de Colombia, y dentro de las correcciones que me hicieron sus editores estaba la omisión a mencionar a Paulo Coelho, nuevamente. Como si fuera penoso mencionarlo, como si eso –aludirlo- fuera cosa de ignorantes o de analfabetas. La gente culta e inteligente no cree en Dios, seguramente.

La conspiración contra todo lo religioso tiene un objetivo, y tengo que decirlo, y se trata de materializar nuestro pensamiento. Que nuestro cerebro solo acepte lo que ve en el mundo fenoménico y punto. ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene volvernos materialistas? Para que seamos mansos corderos que solo acepten un credo: el del consumo.

Como decía un magistrado en alguna conferencia a la que yo asistí hace unos años, hablando sobre las catedrales de este credo materialista, haciendo alusión a los centros comerciales. Donde la gente gasta y gasta, donde la gente consume y consume. Cerrar la mente a todo lo religioso es necesario para que la gente no acepte otro valor sino el material, para que trabajen como esclavos y gasten como esclavos, y punto. Para que no piensen en el cielo, ni en Dios, ni en nada diferente a la materia.

Esa es la nueva religión, la que está de moda: la religión del consumo. Y han tenido éxito en promoverla, a través de la publicidad, de la cultura, de los medios de comunicación, de los libros, de la Academia. Los que practican esa religión no se dan cuenta que también alaban un Dios y tienen un creo: el consumo material, la satisfacción material. Su Dios es el placer material.

Estos materialistas no solo atacan a los católicos, a los cristianos, a los musulmanes, a los budistas, no, también se van en contra de los que hacen meditación, contra los que hacen yoga, y califican todo “eso” como de “la nueva era”. 

Toda creencia o no creencia en Dios es respetable. Respeto toda religión, toda creencia, y toda idea que no sea religiosa, aunque no la comparta. Yo solo alerto sobre lo que está pasando en el mundo, sobre hacia dónde nos quieren llevar, sobre cómo nos quieren esclavizar; para -como siempre- beneficiar a unos cuantos.

No es más. 

Los homosexuales no son enfermos


Quiero decir en primer lugar que no soy homosexual, ni bisexual, ni travesti, ni transexual, ni metrosexual; me gustan las mujeres, así de simple. Nunca he tenido devaneos con este tema, nunca me he preguntado si me gustan o no los hombres; no, nunca me he encontrado con el dilema de decidir mi sexualidad: me encantan las mujeres.

A pesar de lo anterior y de reconocerme como heterosexual, pienso que el homosexualismo es respetable, tampoco creo que sea una enfermedad o una aberración. No; creo que los homosexuales nacieron así, con esa tendencia; así como yo nací heterosexual, hay personas que nacen con la tendencia natural de querer tener relaciones sexuales con personas del mismo sexo.

En Colombia se ha creado una polémica en torno a este tema ya que la Corte Constitucional de Colombia debe decidir sobre si dar vía libre o no a la adopción de niños por parejas homosexuales. En el curso de este proceso se conoció el concepto del director del programa de medicina de una reconocida universidad. El concepto aseveraba que los homosexuales eran enfermos porque presentaban una conducta diferente al del resto de personas en la sociedad, siendo el heterosexualismo la conducta normal.

El concepto fue emitido por un profesional de la medicina, no fue emitido por el portero de la universidad o por la señora de los tintos; no, fue todo un profesional quien hizo este comentario con el fin de recomendar negativamente a la Corte Constitucional el tema de la adopción por parte de parejas del mismo sexo.

Grave que una persona en pleno siglo XXI piense esto sobre el homosexualismo. Grave que sea todo un académico, una persona supuestamente culta y estudiada. Las prevenciones contra el homosexualismo se basan en premisas religiosas –a veces-, aunque en la mayoría de los casos se basan en concepciones erróneas, en la ignorancia, y en el temor sobre lo diferente.

Conozco personalmente a varios homosexuales, y son personas comunes y corrientes. No son depravados, ni locos, ni enfermos, ni inmorales, ni salvajes, ni nada parecido. Son gente que tiene los mismos defectos de los heterosexuales. En la historia de la humanidad ha habido muchos homosexuales célebres, como Óscar Wilde, como John Maynard Keynes, como Yves Saint-Laurent, como Truman Capote, etc. Gente que se ha destacado en el arte, en la política, en la academia, gente que no se diferencia en nada de los heterosexuales, salvo que su tendencia biológica sexual era y es hacia personas de su mismo género. Punto y nada más.

Muchos critican el homosexualismo porque afirman que la familia “normal” es aquella compuesta por papá, mamá, hijos, perro y gato. ¿Quién se inventó este concepto? ¿Quién dijo esto? En las comunidades aborígenes no existe esta forma de familia, porque la familia es la comunidad entera. El concepto de familia que manejamos en el mundo occidental es una forma de núcleo parental asociado con la propiedad privada, con el concepto de dominio que viene desde los romanos. Es una forma machista de ver la vida; el pater familias es el hombre sobre el que giran alrededor las mujeres, los hijos, los esclavos, los súbditos, etc. Sobre el hombre, el dueño de la tierra, de la casa, gira alrededor todo. Las mujeres hacen parte del patrimonio del hombre, la mujer le pertenece al hombre, por eso es su mujer.

La Iglesia Católica –heredera del Imperio Romano- recogió ese concepto del pater familias y de la mujer como propiedad. El matrimonio aseguraba que el hombre tuviera su esposa y que esta solo pudiera tener relaciones sexuales con su esposo y nada más. El concepto de familia que maneja la Iglesia no está muy lejos de lo que los romanos asociaban con familia. ¿Habló Jesús de la familia? ¿Dijo Jesús que familia era papá, mamá, hijos, perro y gato? No, nunca, él solo habló del amor, de la tolerancia, de la humanidad, de la compasión, de eso que el hombre ya olvidó por mantener un sistema humano de dominación.

Para volver al tema de los homosexuales; ellos son personas normales, y no lo digo yo, lo dice la ciencia seria, no los informes de fanáticos ignorantes que están llenos de miedo porque saben que un nuevo mundo se acerca y que muchos privilegiados verán perder sus privilegios para poder implantar un nuevo sistema de convivencia humana en el mundo.

Si queremos ver una humanidad más amorosa, más tolerante, más compasiva, debemos empezar a entender las diferencias. Esas diferencias están dadas por la preferencia sexual, por la raza, por la religión, por la cultura, etc. Si no aceptamos esas diferencias nunca podremos implantar el ideal de tantos humanistas que han pasado por esta tierra, empezando por Jesús de Nazaret, fundador del cristianismo, quien es invocado por los fanáticos anti-homosexuales para aducir que esa conducta es un pecado o que es anormal. Qué bárbaros, cómo desconocen la profundidad de las enseñanzas de Jesús; no lo entienden, no lo comprenden; o tal vez sí lo entienden y sí lo comprenden pero la oscuridad del miedo no los deja pensar con claridad.