Multimillonarios


La organización Oxfam reveló un informe sobre este tema, sobre la desigualdad económica en el mundo. Según este, solo ocho personas tienen el equivalente a los recursos que ostentan las 3.600 millones de personas más pobres del planeta.

Entre los multimillonarios que cita Oxfam se encuentran Bill Gates, Amancio Ortega, Warren Buffett, Carlos Slim, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Larry Ellison y Michael Bloomberg. Los ocho hombres más ricos del mundo, por lo menos desde el punto de vista individual, ya que hay familias completas que sumadas todas las fortunas de sus componentes duplican, triplican o cuadriplican lo que tienen estos señores.

Es importante decir que Bill Gates es el hombre más rico de la Tierra pero que también es la persona que más dinero regala en el planeta a través de su fundación Bill and Melinda Gates Foundation. Los otros señores también practican la filantropía aunque sus obras tienen menos publicidad. Este es el caso de Mark Zuckerberg, el CEO de Facebook , que a través de la organización Internet.org está tratando de llevar esta tecnología gratis a personas que no tienen acceso a ella.

Ser rico no tiene nada de malo, y la pobreza no es una virtud en sí misma. Bien por ellos, tienen dinero, y lo disfrutan, viven muy placenteramente, y no hay problema con eso. Por lo menos, no conmigo. Yo creo que el punto en discusión son los 3.600 millones de personas que están pobres, y los 790 millones de personas que no tienen para comer. Ahí sí tengo un dilema moral.

Supuestamente vivimos en un mundo avanzado, moderno (¿o postmoderno?), donde los avances tecnológicos nos dejan con la boca abierta: hemos puesto un pie en la Luna, hemos mandado sondas incluso a Plutón, hay vacunas contra mil y una enfermedades, los aviones –en muchos casos- viajan a una velocidad más rápida que el sonido, nos podemos comunicar con el otro lado del mundo con solo apretar un botón en un teclado, etc, etc. Sin embargo, no hemos resuelto el tema de la pobreza, y sobre todo, el de la pobreza extrema.

Alguien me decía que la pobreza era un tema de ambición, de falta de iniciativa, de falta de ganas, de avaricia. Tal vez sí, puede ser, pero no en todos los casos. Voy a poner un ejemplo muy concreto, y es el caso colombiano de la ciudad costera de Buenaventura.

Allí, en esa ciudad hay unos índices de violencia terribles, de sicariato, de narcotráfico, de contrabando, de guerrilla, de paramilitares, de bacrim (organizaciones criminales). El tema se ha desbordado en los últimos años cuando las autoridades encontraron casas dedicadas exclusivamente a desmembrar personas, las denominadas “casa de pique”. Mejor dicho, el hampa y la violencia se tomaron a esa ciudad de la Costa Pacífica.

¿Cuál es el principal problema de Buenaventura, fuera de la violencia? La respuesta es clara: la pobreza. Si bien es cierto la falta de educación, la falta de valores, la falta de justicia generan pobreza, también es verdad que al no encontrar medios o mecanismos para progresar llevan a la gente a caer en el delito, en la violencia, en el hampa.

Lo que pasa en Buenaventura es como un círculo vicioso: no hay empleo para la gente porque las empresas se van de allí, no quieren que sus empleados se muevan en un ambiente tan hostil, y al no haber empresas pues no hay empleo, y por lo tanto hay pobreza, al haber tanta pobreza la gente se dedica a lo que primero caiga, y allí llegan los delincuentes, a proponerles negocios raros, todos dedicados a la muerte, al robo, a la perversión.

El Gobierno ha tratado de solucionar el problema de manera policial, mandando más efectivos a la ciudad, militarizando el lugar; pero eso no basta, porque la causa principal de todo aquello es la pobreza, la falta de inversión pública y privada, la falta de educación, de oportunidades, de trabajo legal.  

La pobreza no solo se debe a la falta de ánimo, de ganas, o a la pereza. La pobreza a veces es endémica en muchos lugares donde el modelo de desarrollo económico es equivocado. Creo que a Buenaventura le faltan muchas cosas, y la principal es inversión. Que el Gobierno invierta no solo en policías y soldados sino también en progreso, en desarrollo social, en escuelas, en colegios, en universidades, en obras públicas, en hospitales, en teatros, en recreación, en museos, en deportes, etc, etc. También es cierto que la empresa privada debe invertir más en Buenaventura, sin embargo, desafortunadamente el sector privado obra de acuerdo a la “racionalidad económica”, esto es, solo invierten donde es más plausible obtener ganancias, y para desgracia de Buenaventura, esa ciudad es un hervidero de miseria, pobreza e inseguridad para mucha gente. El sector privado no se arriesga a tanto. Como ya dije, es un círculo vicioso.

En gran parte, el tema de la pobreza no es tanto que los ricos no den de lo que tienen como que los pobres no entiendan que también tienen que dar. La pobreza es un tema de falta de actitud hacia la vida, porque no hay cosa peor que creer que uno es pobre en esencia, per se, y que jamás va a poder dar nada a nadie. Para ello, es necesario modificar el modelo de desarrollo económico, porque este simplemente está creando un tema de acumulación de riqueza en unas pocas manos para desgracia de la mayoría. Si seguimos auspiciando un modelo de capitalismo salvaje las cifras de desigualdad social seguirán aumentando. El cooperativismo, la cooperación, el modelo de la Nueva Humanidad es el que va a resolver el tema de la pobreza, para que más gente viva menos en la miseria, en la violencia, en la enfermedad, en el analfabetismo, en el hambre, en la indigencia,  en el desempleo. Tenemos que modificar el modelo para que más gente tenga más dinero y puedan vivir mejor. No es un tema de darwinismo social o de disminuir la población a las malas, es un asunto de actitud de colaboración; tal como se lo están planteando en la India bajo el modelo de cooperación que están implementando en varios pueblos de ese país.

Que los ricos sean ricos no es el problema, lo preocupante son los que viven en la miseria. Las soluciones del libre mercado, del laissez faire-laissez passer ya están caducas; tenemos que emplear la creatividad, la audacia, la fe, la humanidad, para acabar con el tema que agobia al mundo: la pobreza.

El pensamiento progresista


Sí, últimamente –y como siempre- estamos siendo atacados por los “poco progresistas”, por los miedosos, por los defensores del statu quo corrupto. El pensamiento progresista no es más que la filosofía que propende por un mundo más humano, más amoroso, más fraterno, más tolerante, más racional, más sensato, más cooperante, más compasivo, más digno.

Progresistas como Jesús de Nazaret, Sócrates, Martin Luther King Jr, J.F Kennedy, Mahatma Gandhi, Jorge Eliécer Gaitán, Luis Carlos Galán o Álvaro Gómez Hurtado fueron asesinados por defender estas ideas, las progresistas. El progresismo no es popular, ni mucho menos, porque trata de despertar las conciencias de las personas, y desafortunadamente lo que menos quiere la gente es que la despierten.

Los “poco progresistas” son populares, claro, porque le dicen a la gente: “sigan así, dormidos”. De cierta forma el progresismo, a contrario sensu, es un salto al vacío, es un camino incierto porque está basado en la confianza, en el amor. El “poco progresismo” está basado en el miedo, y defiende el statu quo imperante porque no les queda otra salida sino ser unos aduladores de los poderosos, ser unos “lagartos” como decimos en Colombia.

El progresismo defiende la tolerancia, el hecho de que hay personas que piensan diferente y que por ese simple hecho –por pensar diferente- no deben ser defenestradas, alejadas, heridas, insultadas o maltratadas. Sin embargo, una cosa es la tolerancia y otra muy distinta la alcahuetería. Tolerar acciones inmorales es eso: alcahuetería. Un ejemplo de eso son las corridas de toros donde se maltrata a los animales como diversión, como show. Esto no se puede llamar tolerancia con el pensamiento diferente, porque las corridas de toros son inmorales. Es alcahuetería.

Es curioso que los “poco progresistas” se ufanan de serlo, pues claro, porque su estúpido comportamiento está acorde con el pensamiento mediocre de la masa, de los dormidos, de los ignorantes. El progresismo, en cambio, es nada popular, si no miren como terminaron Jesús de Nazaret, o Sócrates, o Mahatma Gandhi: asesinados.

El progresismo es una filosofía que promueve el amor universal, la fraternidad, el entendimiento entre los hombres, el respeto a la naturaleza, a los animales. El progresismo no es de izquierda ni de derecha, porque esa concepción del espectro político está mandada a recoger, viene de la Revolución francesa, del siglo XVIII, y las cosas desde hace dos siglos han cambiado mucho, mucho.

Para los “poco progresistas” maltratar toros en una plaza es normal, que haya gente súper millonaria y 790 millones de personas que no tengan para comer es normal, que el egoísmo y que el individualismo imperen en nuestra sociedad es normal para ellos. Los progresistas abogamos por un mundo más justo, más humano, más fraterno, más cooperante.

La tolerancia con la intolerancia es alcahuetería. Si bien existe la libertad de insultar no por ello lo debemos hacer, si bien existe la libertad de ser egoístas no por eso lo debemos hacer. La libertad es un concepto poco entendido, o mal entendido, los “poco progresistas” entienden por libertad como hacer lo que me venga en gana, para los progresistas la libertad es la posibilidad de hacer siempre el bien, es diferente, ¿si se dan cuenta? Cuando un violador comete una afrenta contra una mujer no la hace en virtud de su libertad sino fruto de su esclavitud a un vicio, a una perversión. El inmoral no es libre porque está sujeto a su pensamiento equivocado.  

Maltratar a un animal es inmoral, es equivocado. En Colombia, por ejemplo, los animales ya no son cosas, son seres. Por lo tanto, la definición de tortura ya se aplica a ellos. Las corridas de toros son simple y llanamente causar tortura a un animal. Los “poco progresistas” afirman que los anti-taurinos somos fascistas porque estamos en contra de la libertad de los taurinos para maltratar animales. Posición errada, ignorante. Estar de acuerdo o tolerar una conducta inmoral no es tolerancia es alcahuetería; eso es como tolerar la violación de una mujer, por ejemplo, para permitir el libre desarrollo de la personalidad del violador. Pues desde luego que la violación es inmoral y debe ser castigada y reprimida, no tolerada. No es un problema de limitación de la libertad, es un problema de poner límites a conductas lesivas en la sociedad por culpa de la esclavitud ante los vicios y el mal-pensar.

El progresismo propende, como ya lo dije, por una auténtica libertad, por una tolerancia hacia conductas morales pero que difieren en gustos o en opiniones, por un mundo más fraterno, menos individualista, menos materialista. El progresismo es la filosofía del amor traducida en hechos políticos, económicos, sociales y ecológicos. El progresismo es la filosofía que propende en últimas por la Nueva Humanidad, mientras que los “poco progresistas” son como cerdos que se revuelcan en el antiguo mundo corrupto, materialista y estúpido que todavía impera por culpa de los ignorantes, de los inmorales, de los corruptos.

¡Viva el progresismo, viva la Nueva Humanidad!


El movimiento por la Nueva Humanidad


Quisiera empezar este año 2017 escribiendo un post dedicado a todas aquellas personas en el mundo que se dedican a la filantropía, a la solidaridad, a promover la cooperación y la hermandad, a todas aquellas personas que luchan por la libertad, y que en general, desean ver una humanidad más pacífica, más compasiva, más fraterna, y no solo consigo misma sino también con su entorno, con los animales, con el medio ambiente.

Sí, el movimiento por la Nueva Humanidad es un hecho, no es un invento mío, no es una moda de cuarzos, inciensos, mandalas, piedras milagrosas o velas aromáticas. No, la Nueva Humanidad es un movimiento no organizado, que más que un partido político, o grupo, o club, es una filosofía que hoy en día es compartida muchas personas en los cinco continentes, sin importar su raza, su religión, su sexo, su nacionalidad.

La Nueva Humanidad es el intento o más que intento, es la acción que se está llevando a cabo para dar un salto cuántico en la historia de nuestra especie; se trata de pasar de un sistema de convivencia humano basado en el materialismo, en el egoísmo, en el individualismo, en el consumismo, a un sistema basado en la cooperación, en el amor, en la fraternidad, en la abundancia, en la simplicidad de la naturaleza.

Yo diría que el mayor impulsor a nivel mundial de esta idea es el mismísimo papa Francisco, líder de la Iglesia Católica y Obispo de Roma. Francisco a través de su encíclica “Laudato si” nos explica cómo el hombre se está autodestruyendo porque no se respeta a sí mismo, y tampoco respeta a la naturaleza y a su entorno. En este excelente documento el papa Francisco nos invita a ser más solidarios, más cooperantes, y más respetuosos de los animales, del medio ambiente, de la “Casa común”.

El individualismo ha sido vendido –si así se puede decir- como expresión de la libertad, cuando es todo lo contrario. El individualismo es la máxima expresión de la negación del espíritu humano que es total, que es unitario. Nuestro prójimo no es nuestro enemigo, es nuestro hermano, es otra expresión de nosotros mismos pero encarnado en otro cuerpo en el mundo relativo, en el mundo material; en el espíritu todos somos uno. Por lo tanto el individualismo no es más que una expresión del materialismo.

La libertad no es hacer lo que uno quiera, cuando uno quiera, la libertad es poder sintonizarse con el espíritu, y si somos absolutamente individualistas pues no nos estamos conectando con el espíritu, de esta forma, no somos libres. La libertad es la manifestación del espíritu humano, cuando reconocemos al otro, como “yo” en otro cuerpo, estamos reconociendo que para ser libres tenemos que tener en cuenta al otro.

La libertad está en peligro por este motivo. Al no reconocer al otro como yo, pero en otro cuerpo material, simplemente lo vemos como alguien distinto, como mi competidor, como mi enemigo, y eso es lo que buscan los enemigos de la libertad: quieren conflictos para dominar. La libertad, por lo tanto, busca la amistad, la fraternidad entre los hombres, porque esa es la única forma de ser auténticamente libres.

El año pasado tuve la oportunidad de ver un excelente documental, gracias a la muy amable invitación que me hizo Cine Colombia; se trata del filme “Mañana” (o “Demain”), esta producción es una excelente expresión de lo que está pasando en nuestro planeta con respecto al movimiento de la Nueva Humanidad. Todos los esfuerzos que se están haciendo a nivel mundial para instaurar un sistema de cooperación, de colaboración, de hermandad entre los hombres. Si todavía no lo han ido a ver, pues los invito a que no pierdan su tiempo y vayan a observarlo, y a deleitarse con las nuevas acciones que están realizando los hombres auténticamente libres.

Bueno, que este nuevo año 2017 colme a todos mis lectores de abundancia, de prosperidad, de salud, de amor, de bienestar, de buen humor y de mucha esperanza. La Nueva Humanidad necesita personas audaces, inteligentes, tenaces, optimistas y muy compasivas, sobre todo. La Nueva Humanidad no es política, no es economía, no es una herramienta de dominación, es un esfuerzo por llevar a este planeta y a sus habitantes a un mejor vivir, para que se cumpla la promesa del Maestro de “traer el reino de los cielos a este mundo”.

La Fuerza


Esta no es una reseña cinematográfica, ni mucho menos, de la más reciente película de Star Wars: Rogue One. No voy a hablar de la cinta, me reservo mi opinión sobre la misma, sin embargo, sí voy a hablar de un tema que se toca en la misma y en todos los filmes de la saga galáctica: se trata de La Fuerza.

Es curioso, en Star Wars los Jedis (guerreros místicos que buscan la paz y la democracia en la galaxia) utilizan este concepto para referirse a la inteligencia que gobierna el Universo, y no hablan de Dios, concepto más unido a la tradición judeo-cristiana de una civilización terrícola como la nuestra.

No, en esa galaxia, muy muy lejana, los Jedis se refieren a Dios como La Fuerza, y la describen como un concepto unitario, como una energía que une a todos los seres a partir de unos elementos diminutos llamados como “midiclorians”. Obviamente, que en nuestra ciencia terrestre los “midiclorians” no existen, o mejor dicho, no se denominan así por nuestros científicos, ya que ellos, los midiclorians serían como los quantums de la Física de nuestro planeta o algo parecido.

La Fuerza tiene un lado oscuro y un lado luminoso. Nuevamente Lucas alude al aspecto relativo del mundo fenoménico que nos rodea a partir de opuestos. El lado luminoso es experimentado por los Jedis, mientras que el lado oscuro es explorado por los tenebrosos Siths (los contradictores de los Jedis, aunque paradójicamente ambos grupos reverencian al concepto de La Fuerza).

La Fuerza unifica ambos conceptos, lo luminoso y lo oscuro. Sin embargo, La Fuerza estaría por encima del bien y del mal, otro concepto maniqueo de la filosofía occidental y que tiene su origen igualmente en la tradición judeo-cristiana que lógicamente no conocen ni los Jedis ni los Siths.

¿Es una religión La Fuerza? Lucas no aborda este tema con claridad en Star Wars sin embargo podríamos decir que el concepto de La Fuerza es utilizado por una orden iniciática caballeresca: La Orden de los Jedis, e igualmente por la Secta de los Siths.

Los Jedis son una orden iniciática de guerreros místicos, muy parecidos a los Templarios occidentales o a los samuráis japoneses, o incluso, a los guerreros taoístas chinos. Mientras que los Siths serían, o estarían más vinculados a la secta de los Hassassin.

La Fuerza es un concepto universal, mucho más integral, que hace referencia a la Unidad del mundo material con el espiritual. Si en nuestro planeta quisiéramos unir a todas las religiones bajo un mismo concepto de deidad podríamos también referirnos a La Fuerza. Lucas dio en el clavo con este concepto.

En nuestro planeta, donde existen diversas creencias religiosas, y donde se reverencian diferentes divinidades, también podríamos crear un concepto integral más vinculado con una idea que unifique los diferentes credos y las diferentes teologías, y no necesariamente tendría que ser La Fuerza, porque esta idea ya está muy unida a la película de Star Wars. ¿Acaso inteligencia universal? ¿Acaso orden?

Sin menospreciar o subestimar a las diferentes religiones y a los diferentes credos espirituales la integración en pos de la paz de las distintas concepciones de la deidad en una sola es imprescindible para generar un clima de identidad de los seres humanos con su esencia mortal. Todos somos seres humanos, todos vamos a morir (parafraseando a Kennedy en Berlín), y todos vivimos en esta nave espacial viviente llamada: planeta Tierra.

Esa unificación religiosa no necesariamente debe implicar que cada quien olvide o pierda su identidad religiosa, todo lo contrario, se trata de hablar un mismo lenguaje sin fanatismos, sin intolerancia, y con profundo respeto. Porque al fin y al cabo todos tenemos un mismo hogar global y está acá, en la Tierra. Es absurdo seguir peleando por dogmas metafísicos, por conceptos, por nombres, por deidades, llegó la hora de integrar ideologías, de ser prácticos. En esa galaxia, muy muy lejana, de Star Wars,  no están dando un ejemplo al utilizar La Fuerza como concepto de integración. 

“Que la Fuerza te acompañe” afirman en Star Wars, sí que La Fuerza nos acompañe para integrar las creencias religiosas en un credo de paz, de cooperación, de fraternidad, para que no nos sigamos matando por la circunferencia del círculo, sino que hallemos el centro que es uno solo y es el AMOR. El cual debería ser nuestra única religión.


¿Para dónde vamos?


Al finalizar cada año hacemos un inventario de todo lo que nos pasó –bueno, malo o regular- y proyectamos lo que posiblemente será nuestra suerte en el nuevo período que comienza el primero de enero.

Todos tenemos un plan individual, uno familiar, uno social y nacional, y otro global. Todos queremos que nuestros sueños y deseos se hagan realidad en el nuevo año que comienza. Todos queremos lo mejor para el mundo, estoy seguro de eso –hasta los más despiadados y malvados lo desean, creo yo-. Sin embargo, y sin tener que acudir a oráculos, cartas astrales o tarots, ¿cuál es el futuro de nuestra especie a corto, mediano y largo plazo? ¿Qué será de nosotros como humanos en el futuro?

Algunos creen que el fin está cerca: los apocalípticos piensan así; otros proyectan que la humanidad pasará por momentos difíciles: hambre, sequías, guerras por los recursos naturales, violencia generalizada: estos son los pesimistas moderados; y otros opinan que a pesar de las adversidades la humanidad saldrá adelante y que nos espera lo mejor: una sociedad perfeccionada por los valores más elevados: estos son los optimistas o ingenuos poco informados.

Yo creo que el futuro no es algo fijo, que se pueda predecir matemáticamente, creo que lo construimos día a día, hora tras hora, segundo a segundo. Creo que nosotros –los humanos- tenemos una magnífica oportunidad de salvar al planeta Tierra, todavía, creo que los hombres podemos construir una sociedad pacífica, cooperante, fraterna, justa, ecológica, amorosa, todavía; sin embargo, la espada de Damocles se alza amenazante también; hay que estar en guardia, las fuerzas oscuras no están dispuestas a ceder terreno para satisfacer sus intereses egoístas. Esos intereses pueden provocar guerras, terrorismo, injusticias, conflictos, y esto depende de cuánta acción benéfica provoquemos todos.

Ahí está nuestro futuro: en nuestras manos; eso es lo grandioso de la vida: que es imprevisible, desconocida, misteriosa. Podemos rodearnos de amor y paz, o por el contrario, de miedo, odio y venganza. El futuro podría ser apocalíptico, pero no por esas profecías antiguas o nuevas, no, el futuro podría ser terrible por nuestras actuales acciones y pensamientos, no nos llamemos a engaño.

El mundo termina con cierta dosis de pesimismo, lamento decirlo. El Brexit, la elección de Trump en Estados Unidos y otras elecciones por ahí dejaron a varios preocupados. Yo soy optimista, confío en el ser humano y en su poder de llenarse y de rodearse de amor, creo que nuestra especie a pesar de los problemas hallará la luz al final del túnel, pero eso depende de nuestra acción; ningún extraterrestre vendrá a redimirnos, ningún superhéroe nos sacará de la mala, no señores, solo nosotros estaremos en la capacidad de mejorar nuestra vida, de hacer perfeccionar nuestro entorno. Nosotros somos esa bendición que tanto estamos rogando que caiga del cielo.

Vamos para donde nosotros queremos ir. El Apocalipsis, ese final ineludible por la Providencia, es opcional, pero podría ser en verdad una realidad si no tomamos medidas urgentes en lo individual, en lo social, en lo global. Varios líderes mundiales –entre ellos el papa Francisco- ya lo han dicho y proclamado a gritos: necesitamos un cambio en nuestra forma de relacionarnos como seres humanos y en la forma como nos relacionamos con la naturaleza.

Si no hay ese cambio, la realidad de los pesimistas moderados podría ser verdad: guerras, conflictos por los recursos, más terrorismo, más hambruna. Sin embargo, eso lo podemos revertir. Estamos a tiempo. Llenemos de amor nuestra vida primero que todo, luego, irradiemos ese amor hacia los demás, y por último confiemos en esa inteligencia superior, que podría ser Dios, o la divinidad para que nos guíe, para que nos proteja, para que nos llene de esperanza.

El individualismo, el miedo, el odio, el resentimiento, la violencia, los antivalores, el materialismo, el consumismo, el egoísmo, nos están matando, nos están llevando a ese Apocalipsis mitológico que se encuentra en la psique humana, porque todos le tememos al fin, al punto de no retorno, a la inexistencia, a la desaparición. Ese temor es precisamente el problema, es ese temor el que nos vuelve indiferentes al dolor ajeno (al humano y al animal), es ese temor el que nos hace ser violentos y acaparadores, es ese temor el que nos hace ser materialistas e individualistas. ¿Para dónde vamos? Para donde nosotros estemos dispuestos a ir, pero esa decisión es libre no impuesta, esa es nuestra responsabilidad, nuestro poder.

Indignación


No se trata de la novela que lleva este mismo título y que fue escrita por Philip Roth, tampoco de la película que está basada en este libro. Me refiero al caso de la niña que el pasado cuatro de diciembre encontraron muerta en un apartamento del Norte de Bogotá con signos de tortura y violación. Un caso que ha estremecido a la sociedad colombiana.

El presunto asesino es un miembro de una connotada familia de la capital de la República, y no digo el nombre, no por miedo, sino porque aún la Fiscalía se encuentra adelantando la investigación, y al parecer ciertos hechos no se han esclarecido del todo.

Abominable crimen, estamos de acuerdo todos –pues todos lo que estamos bien de la cabeza-; es inaudito que una persona que ha gozado de todos los privilegios que da la vida cometa un acto tan reprochable y tan sinsentido.

Obviamente varios políticos han salido en los medios de comunicación a pedir aumento de penas, cadena perpetua, pena de muerte, castración química, etc. Siempre que sucede un hecho de impacto a muchos oportunistas les da por pedir este tipo de medidas, las cuales, y lo sabemos todos los abogados, son ineficaces para combatir el crimen de raíz.

Es verdad, un hecho como estos debe ser castigado, por lo menos como para disuadir en algo a otros potenciales asesinos de cometer una atrocidad como esta, sin embargo, y lamento decirlo, imponer un castigo drástico no genera demasiados cambios en las conductas sociales.

El derecho penal tiene una dosis de ineficacia alta que los mismos penalistas reconocen en voz baja, pero, es indudable que todavía debe existir este derecho punitivo.

La pena de muerte es un castigo demasiado drástico, y también muy ineficaz. En Estados Unidos, por ejemplo, en muchos estados todavía existe esta pena, pero este país cuenta con muchas de las ciudades más peligrosas del mundo, en cambio, en Europa –donde no existe la pena de muerte en la mayoría de los países- cuentan con bajos índices de criminalidad y delincuencia.

¿Cuál es la solución entonces? ¿Aguantarnos las conductas pervertidas de sádicos, violadores y torturadores? Yo creo que el problema es más de fondo. Como siempre, es un tema axiológico, de valores, de educación. Muchos dirán que esta es una forma de complacencia y de alcahuetería con los criminales, pero realmente no lo es, es decir la verdad, y aunque duela, toca decirlo: nuestra sociedad es una sociedad enferma y en descomposición.

Los valores que deben primar en una sociedad constructiva deben ser la cooperación, la colaboración, la paz, la libertad, el amor por los demás, la vida; pero no, en Colombia desafortunadamente antivalores como el egoísmo, el individualismo, la deshonestidad, el materialismo, la indiferencia hacia el sufrimiento son inculcados a los niños desde pequeños, desafortunadamente. Yo sé que mucha gente estará en desacuerdo conmigo, dirán que esto no es así, y que el asesino de la niña Yuliana es un monstruo que merece el infierno. Pues, señoras y señores el problema como ya lo mencioné no es de penas ni de castigos, y con esto no quiero decir que el asesino de Yuliana no merezca un reproche drástico, porque sí, se lo merece. Lo que estoy diciendo es que el asunto debe revisarse en los mismos cimientos de nuestra comunidad, de nuestra civilización, de nuestra cultura. En algo tenemos que estar fallando como sociedad si a un privilegiado le da por violar una niña indefensa, torturarla y después matarla a sangre fría. Algo muy feo está ocurriendo en nuestra colectividad y no solo es por falta de penas drásticas.

El mejor homenaje que le podemos hacer a Yuliana –la niña asesinada- es replantear muchos de los valores de nuestra sociedad, que en realidad no son valores sino antivalores. Necesitamos prevenir que otras mujeres, que otros niños sean víctimas de homicidas, de pervertidos, de violadores, que sin esfuerzo destruyen la vida de un ser humano indefenso.

Nuestra indignación por este caso debe llevarnos a pensar con cabeza fría sobre el tipo de país que estamos construyendo. Las cárceles en Colombia están atestadas de gente y el crimen no cede, ¿por qué? Porque las soluciones se quedan en el papel; aumentar las penas, reformas las leyes, son soluciones que sirven para recibir aplausos de la multitud, de la concurrencia, pero no sirven para arrancar el problema de raíz. 

Mis condolencias para los familiares de la niña Yuliana que vivía desplazada en un humilde barrio de Bogotá. Obviamente que la gente se espanta por su muerte, pero no se espantó porque su familia viviera en la pobreza, en la indigencia, en condiciones deplorables, y pienso que ahí está la causa de todos nuestros males: la indiferencia hacia el sufrimiento de los otros. Para reflexionar.