Una nueva esperanza


Así se llama el episodio IV de la aclamada película “La guerra de las galaxias”, sin embargo, y aunque me encanta este filme, el motivo de este escrito no es hablar sobre él. Digamos que el título de la cinta y el título de este post coinciden.

La esperanza, viene de esperar, de prever lo mejor para el futuro, de abrirnos a lo bueno que nos traerá el porvenir. Sin embargo, en las actuales circunstancias hablar de esperanza es casi que utópico. Empero, como reza un proverbio japonés “Quien pierde dinero no pierde nada, quien pierde la salud pierde algo, pero quien pierde la esperanza y las ganas de vivir lo pierde todo”. Por lo tanto, y según este proverbio, tenemos que tener esperanza o estamos acabados.

Tanto en lo individual como en lo colectivo la esperanza es vital para sobrevivir, para afrontar la vida, la esperanza no es solo cruzarse de brazos y esperar que en el futuro las cosas sean mejores. No, se trata de construir el futuro en el presente teniendo en cuenta la experiencia del pasado.

Hay cierto ánimo pesimista en ciertos círculos humanos y sociales, donde se habla del retorno del populismo, de la involución de nuestra civilización, y del próximo escenario apocalíptico al cual se enfrentaría la humanidad en escasos años. Una especie de colapso global.

Ahora bien, es cierto “que el palo no está para cucharas” –como dice otro refrán- pero también es cierto que como afirma otro proverbio -pero esta vez chino-: “Los problemas son oportunidades disfrazadas”.

Los problemas individuales y colectivos deben ser oportunidades para crear una nueva vida individual y colectiva; tal vez, esos problemas solo nos están indicando que algo anda mal en nuestras vidas o en nuestras sociedades y que ya llegó la hora de hacer los cambios más efectivos y oportunos para llevar una vida feliz.

El problema –como siempre- es ¿qué debemos cambiar y cómo cambiar? Yo creo que el indicador, o la brújula para establecer ese nuevo rumbo es el amor. Sí, así como lo oyen el amor. Pero, no estoy hablando únicamente del amor de pareja, del amor romántico, me refiero al amor universal.

Todas, absolutamente todas las religiones coinciden en esto: en el amor. La misma palabra nos indica qué aspectos son susceptibles de ser modificados porque el rasero es el amor o la ausencia de este. Si en nuestra vida hay problemas es por falta de amor, y no me refiero –nuevamente- a no tener una pareja o una novia o una esposa, me refiero a no amarse a sí mismo, a no sentir respeto por sí mismo, a no tener autoestima. Quien no tiene autoestima cae fácilmente en conductas autodestructivas: alcoholismo, drogadicción, violencia, corrupción, adicciones, tristeza, depresión e infelicidad en general. En una vida sin amor solo hay infierno. Creo que esto mismo se puede transpolar a la sociedad, a la colectividad; esa falta o ausencia de amor en la sociedad lleva a que haya explotación, injusticias, terrorismo, inequidades, pobreza, desigualdad, conflictos, guerras, aberraciones, etc.

La falta de amor está matando al mundo. ¿Por qué? Porque lo contrario del amor no es el odio sino el miedo como ya lo han demostrado y enseñado decenas o cientos de gurús de todas las religiones. La vida del individuo sin amor está llena de miedo, de temor, y ese odio lleva al sufrimiento (como lo afirma el personaje de Yoda en Star Wars). Estamos llenos de miedos; miedos hacia los demás, miedos hacia la sociedad, miedos hacia el futuro, miedos hacia el planeta, etc. Ese miedo nos lleva a tomar rumbos de violencia, de egoísmo, de materialismo. El miedo ha sido el arma de dominación más eficaz del statu quo desde hace milenios. El miedo lleva a la autodestrucción, a la esclavización, a la sumisión ciega.

Desterremos de nuestras vidas el miedo y abrámonos al amor, como decía el maestro Jesús de Nazaret:”Ama a Dios, y al prójimo como a ti mismo”. Buda predicó lo mismo quinientos años antes pero de otra forma. Por lo tanto, revisemos en nuestra vida dónde hay y dónde no hay temor, y erradiquémoslo. Lo mismo se podría aplicar a la sociedad, pero esto requeriría de un proceso más complejo, más lento, más paciente y más compasivo, pero todo eso no le debe quitar la urgencia al asunto, porque se trata de sobrevivir o sucumbir a nuestra autodestrucción como especie y como individuos.

El poder del pueblo


Muchos están asustados, otros parecen desconcertados: el pueblo está tomando decisiones. ¿No es lógico que en países donde supuestamente impera el régimen democrático eso sea normal? Pues no, porque hasta ahora hemos vivido –en esos regímenes democráticos- una democracia (valga la redundancia) en el papel, de mentiras, una democracia de fachada.

Desde el siglo XVIII Occidente se embarcó en la implementación del sistema democrático liberal: el libre mercado, la protección de la propiedad privada y la elección de los gobernantes a través del voto popular. El iluminismo trajo consigo avances que llevaron al auge del modelo de desarrollo capitalista, y con él, el nacimiento de su opuesto: el socialismo.

Capitalismo y socialismo han caminado de la mano –y en teoría en discordia- bajo el paraguas de regímenes democráticos y de dictaduras. Países capitalistas aupados por dictaduras (recordemos el Chile de Pinochet), y países socialistas donde han funcionado regímenes democráticos (el mismo Chile, pero de Allende).

La democracia no ha funcionado como debiera, los índices de pobreza mundiales son alarmantes, los índices de desigualdad social son de no creer, y aún viven en el hambre 790 millones de personas. Algunos atribuyen este mal a la no-democracia, a los regímenes dictatoriales, y a los “populismos”.

Sin embargo, en países que son potencias –por lo menos en el papel- la situación es preocupante, si no miren lo que ha sucedido en Estados Unidos cuando el shock en su bolsa de valores en los años 2007 y 2008 casi amenaza con quebrar la economía mundial.

En 2016 el Brexit, movimiento ciudadano que sacó al Reino Unido de la Unión Europea disparó las alarmas globales: en la cuna del liberalismo político la democracia contradijo el movimiento de lo “políticamente correcto”. Este fenómeno –el del Brexit- fue subestimado, o ha sido subestimado: los británicos votaron engañados, eso es populismo puro, la gente es bruta.

Otro golpe populista abofeteó la política mundial: ganó Trump. Y los genios liberales –y otros no tan liberales- explicaron el fenómeno de la misma forma: populismo, brutalidad y engaño.

Pues señores, ni el Brexit ni el ascenso de Trump se deben a la ignorancia o brutalidad de los votantes, o al avance del populismo de derecha. Se debe a que la gente está tomando decisiones, y no necesariamente las decisiones que desea la élite: seguir en la Unión Europea o votar por Hillary Clinton. No, el pueblo se está pronunciando. Eso asusta a muchos. Sobre todo a los poderosos.

La gente ya no se está dejando engatusar, la gente ya no come de la propaganda ni de la manipulación mediática, la gente se está despertando. Eso está disparando las alarmas, obvio, el sistema democrático que ayudó a muchos a llegar a la cumbre de la pirámide social ya no está sirviendo para satisfacer las necesidades colectivas; la gente quiere democracia, pero democracia de verdad.

Explicar los fenómenos del Brexit o de Trump como de derecha es equivocado. De hecho, la izquierda y la derecha ya no existen, esas fueron invenciones de la Revolución francesa pero no sirven para describir lo que está pasando ahora. Hay un avance pero no saben cuál es, pero yo sí sé cuál es: se está desplomando un sistema y está emergiendo otro.

Tratar de explicar o describir la realidad con términos del siglo XVIII es absurdo. El fenómeno de Trump no es derecha, el fenómeno del Brexit no es de derecha, y tampoco es de izquierda. Son fenómenos populares donde la gente está tomando decisiones, y no precisamente las que la élite desea. Eso asusta, es cierto, pero es que la gente se cansó de aguantar hambre, de vivir sin empleo, de vivir en la miseria, de no tener salud, de no tener educación, y también se cansó del terrorismo, de las guerras, de la corrupción, de la injusticia, todos estos fenómenos originados en el anterior sistema, en el que está muriendo.

Como decía un antiguo lema de una campaña política colombiana: “Llegó el tiempo de la gente”, aunque antes esto era simplemente retórico, ahora es verdad: llegó el tiempo del pueblo; y ya era hora que llegara. Esto asusta, pues claro, porque es algo nuevo, ahora la gente se empodera de su vida, de su entorno y no depende de las decisiones sesgadas, exclusivistas y excluyentes de una minoría: el pueblo está despertándose.       

Fascistas y demócratas


Sí, Estados Unidos eligió a Donald Trump como presidente, mediante un sistema democrático de colegio electoral, y según las reglas de la constitución de ese país. A muchos les gustó, a la mayoría del resto del mundo les molestó.

Qué le vamos a hacer, esa es la democracia. Sin embargo, lo que me parece curioso es la reacción desmedida y poco tolerante –en ciertos casos- de algunos simpatizantes de Hillary Clinton. Es verdad, el señor Trump no es lo que uno podría decir “un gentleman”; se le va la boca en insultos, en improperios indebidos, y en ciertas posturas discriminatorias no dignas de una persona que va a ocupar el cargo político más importante de Occidente.

Así no nos guste, el señor Trump ganó democráticamente en su país. El problema es que mucha gente –supuestamente liberal y progresista- no gusta de la democracia cuando los resultados electorales no salen como ellos quieren o desean.

Despotricar de la democracia está de moda, y siempre ha estado de moda. Defender la democracia es para ingenuos, para populistas, para demagogos, para incultos o para ignorantes –incluso-. En esta campaña han salido todos los demócratas o mejor dicho los fascistas con piel de demócratas a desvalorizar este sistema.

La democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, según el decir de Lincoln, sin embargo, a muchos no les gusta eso de que sea el pueblo el que elija, preferirían que una dictadura, una élite o un grupo determinado lo hicieran. Son demócratas y liberales cuando les conviene.

Defender la democracia en ciertos círculos académicos, políticos y hasta religiosos es sinónimo de estupidez, lo inteligente es ser demócrata de fachada, pero en privado ser un fascista agresivo.

Ser ateo o agnóstico, materialista y fascista es lo políticamente correcto en determinadas esferas sociales. La democracia solo la defienden cuando conviene, esto es, para defender las libertades del sistema liberal –valga la redundancia- esto es, para propender por la defensa de la propiedad privada y del libre mercado, pero cuando se trata de acatar las decisiones democráticas puras ahí sí sale el “fascista interior”, no soportan que la gente o el pueblo tome las decisiones.

Ya va siendo hora de hablar sin tapujos: a muchos demócratas del mundo no les gusta la democracia, son demócratas disfrazados, son cripto-fascistas. Cuando se habla de proteger la propiedad privada y el sistema capitalista son liberales, pero cuando se trata de defender la democracia saltan como lobos contra la presa. Quisieran que alguien mantuviera la propiedad privada y el capitalismo a la fuerza, por las malas, tal como han hecho varios dictadorzuelos de antaño como Pinochet en Chile, o la Junta Militar de los 80 en Argentina. Eso es lo que les gusta.

Ahora que ganó Trump, esos cripto-fascistas salieron a despotricar del sistema democrático de Estados Unidos y de la gente que votó por Trump. Una analista en Colombia –por ejemplo-, de origen gringo, dijo esto sobre la elección de presidente de su país: “A Trump solo lo apoyan los hombres blancos de clase media-baja de poca educación, y que no se han podido insertar en el mercado laboral”; pues señora analista, tal vez Estados Unidos está compuesta en su gran mayoría por ese tipo de personas, porque Trump ganó. Una cripto-fascita la analista, es demócrata para defender la propiedad privada y el capitalismo pero no para defender las decisiones de la mayoría, que no creo que solo sean “hombres blancos de clase media-baja de poca educación”.

El problema es que la élite no está dominando las decisiones democráticas, tal como pasó en Reino Unido con el Brexit y ahora en los Estados Unidos con la elección de Donald Trump. Si quieren que la mayoría tome decisiones sensatas, inteligentes y serias, pues eduquen al pueblo. Formen políticamente al pueblo, pero no, la democracia “de papel” solo sirve para defender los privilegios de unos cuantos, para el resto del pueblo solo hay ignorancia, hambre, injusticia, corrupción.

Estados Unidos tomó una decisión soberana que debe ser respetada, el pueblo tomó una decisión y esa decisión debe acatarse. La democracia debe perfeccionarse no destruirse, ni desacreditarse, el problema es que a esos cripto-fascistas solo les sirve la democracia cuando se trata de defender privilegios de una minoría, de la que más dinero tiene; cuando las decisiones de la mayoría afectan a esa minoría adinerada entonces hablan de populismo, de demagogia.

El mundo necesita más democracia, para que se implante un sistema más justo y más equitativo que garantice el bienestar de la mayoría y no de unos cuantos. La democracia es el mejor sistema para garantizar eso, el problema es que muchos poderosos no son demócratas y son fascistas de corazón. Más democracia es lo que se necesita.   

Ganó Trump


Sí señores, el nuevo presidente de Estados Unidos es Donald Trump. Creo que muy poca gente se lo imaginaba, empezando por mí. Y no creo ser el único sorprendido por este hecho. Pienso que a nivel mundial se esperaba un “lógico” triunfo de Hillary Clinton; pero no, la cosa no salió como se esperaba.

¿Las razones? Fácil, ocho años de un gobierno totalmente falto de compromisos con las necesidades de la gente. No nos digamos mentiras, Barack Obama prometió mucho en 2008 y no salió prácticamente con nada. Pasó por la Casa Blanca dejando un legado muy tímido, muy paupérrimo. Y la clase media baja estadounidense le pasó factura de manera indirecta: castigando al candidato demócrata que él apoyó de manera abierta y sin sonrojarse.

Estados Unidos se recuperó del crack que sufrió en 2007 y 2008 pero las cosas al parecer no empezaron a funcionar mejor o por lo menos no tan bien como creíamos todos. ¿Bajó el desempleo? ¿Estados Unidos abandonó sus ideas intervencionistas en Medio Oriente para concentrarse en la política interna? ¿Se resolvió el tema de la inmigración? Al parecer nada de esto se solucionó de manera eficaz, y la gente –que no es boba- se le saltó la piedra y fue a apoyar en masa al anti-político, al anti-sistema, a Donald Trump.

¿Qué pasó con los latinos? Qué pasó con las mujeres? ¿Qué pasó con los afroamericanos? Que su apoyo no fue lo suficientemente contundente como para haber puesto a Hillary en la Casa Blanca. ¿Y qué pasó con el establecimiento, con Wall Street? Que su apoyo tampoco fue lo suficientemente grande como para colocar a su favorita de presidenta.

Se veía venir, ocurrió en el Reino Unido con el Brexit; las élites bancarias querían que este Estado se quedara en la Unión Europea, pero un sector muy grande del pueblo británico no. Ganó el pueblo. En Colombia también hubo un batatazo muy grande al establecimiento: ganó el “No” a los acuerdos entre las Farc y el Gobierno.

Es muy fácil  -yo diría que facilista- calificar todos estos fenómenos como de “populismo” vil e ignorante. Ya lo están haciendo los “analistas serios”; “ganó el populismo”, “la gente es bruta”, etc, etc. Y no, la gente NO es bruta, la gente piensa en su bienestar y en el de su familia, y desafortunadamente las élites y el poder se han olvidado del ser humano común y corriente para establecer una serie de ideas “artificiales” sobre el progreso humano.

En estos últimos años los súper-ricos están más ricos, mientras que 790 millones de personas en el mundo no tienen para comer según la FAO. ¿Es de estúpidos pensar en su propio estómago o en el de sus hijos? No lo creo, al revés, creo que lo inteligente es actuar para conservarse vivo y conservar vivos a quienes se tenga bajo su cuidado.

Sí señores ganó Trump aunque a la mayoría de la gente no les guste, sin embargo, él solo necesitaba gustarle a sus electores, y eso fue en lo que se concentró, en hablarle al ciudadano común y corriente de su país; ¿que lo hizo en un tono ofensivo contra otras personas? Sí, y creo que se le fue la mano, pero su discurso fue eficaz.

Creo que perdieron las élites mundiales, creo que perdió el status quo establecido. Y creo que no será la primera ni la única derrota que van a empezar a sufrir los arquitectos del mundo que hoy vivimos. La gente se está despertando de una especie de letargo, de una especie de hipnosis colectiva.  

Trump no nos gusta, es mal hablado, es petulante, es arrogante, es impertinente, pero es la persona que ganó las elecciones en Estados Unidos mediante un sistema electoral vigente en ese país desde hace más de dos siglos. Con ese sistema ganó Trump.

Muchos –en voz baja, y otros en no tan baja- cuestionan a la democracia; lo hicieron con el Brexit, lo hicieron con el “No” en Colombia, y ahora lo están haciendo con Trump. Sin embargo, lo que no dicen o admiten esos “críticos de la democracia” es que es el peor de todos los sistemas de gobierno, con excepción de todos los demás, como decía Churchill. Es el sistema de gobierno lógico y elemental para garantizar el bienestar colectivo y mayoritario, todos los otros sistemas de gobierno están diseñados para mantener el poder de unas minorías. La democracia puede ser imperfecta, pero es el sistema que por antonomasia busca el bien general.

No lloremos sobre la leche derramada, asumamos lo que está sucediendo, y entendamos que un Nuevo Mundo se está gestando, que la gente está empezando a despertar, y que los políticos tienen que resolver un dilema ahora más que nunca: o trabajan para la mayoría o trabajan para unos cuantos riquillos.

Nobel para Bob Dylan


Extraña decisión la de la Academia Sueca, darle este galardón a un músico y no a un escritor consagrado. Tengo que confesarlo, en un primer momento me desconcertó, después me causó una cierta incomodidad y después –con una pizca de resignación- lo acepté con algo de alborozo.

El nombre de Dylan venía sonando, sin embargo, desde rato para este premio, no fue tan sorprendente ni tan inesperado para aquellos que siguen las conjeturas anuales del premio Nobel de literatura. Aunque, esas mismas personas que siguen esas conjeturas nunca imaginaron que se iba a volver realidad esa posibilidad.

Al momento de escribir estas palabras la Academia Sueca no ha podido contactarse con el músico (¿poeta?), tal vez a él le importa un comino que se haya ganado este premio o probablemente se cree tan importante que ni siquiera el Nobel estaría a su nivel. Y no exagero, muchos de esos rockeros multimillonarios, a quienes nos les cabe una moneda más en su abultada cuenta bancaria, se gastan un ego ni el berraco.

Dylan no se ha referido a su premio públicamente. El día que se hizo el anuncio –del otorgamiento del Nobel- simplemente cantó en un concierto y no dijo nada al respecto, todo normal. Parece que su silencio y la incomunicación con la Academia Sueca deprecian al Nobel.

Hombre, para cualquier mortal sería un honor increíble, ganarse un premio tan importante y que entrega a su vez una cifra nada despreciable que son más o menos en dólares: 933.000. Cualquier persona –como yo- estaríamos bailando en una pata; pero a Dylan parece que la cosa no lo perturba ni lo emociona en lo más mínimo, en apariencia.

Tal vez, por eso Dylan es Dylan y yo, soy yo. Si yo me hubiera ganado el Nobel ya les habría dado el número de mi cuenta de ahorros a los suecos, y estaría pendiente de la consignación. Eso sin hablar de los preparativos para la ceremonia de premiación con reyes a bordo y toda la cosa. Pero Dylan nada de nada.

La Academia Sueca, sin embargo, ya anunció que enviará la respectiva invitación para la gala de premiación al músico (¿poeta?). ¿Será que Dylan irá? Probablemente su asesor de imagen o como se llame (¿agente publicitario?) le recomienden alquilar un smoking y aparecerse en Estocolmo para la ocasión. Pero Dylan es Dylan.

Por puro pragmatismo yo sí aceptaría el premio (los 933.000 dólares), e iría a Estocolmo a codearme con la monarquía de ese país y con los otros galardonados. Un colombiano ya recibió un Nobel, el querido García Márquez, y fue a Suecia vestido con un liquiliqui (mejor dicho se apareció en la premiación vestido de esa forma), ya que es una prenda elegante que se utiliza en el Caribe, aunque al parecer también lo hizo como agüero de buena suerte, según dicen sus amigos. Y efectivamente, otro colombiano recibirá nuevamente este premio en diciembre: el presidente Santos en el ítem de la paz.

Los premios pueden ser tomados de dos formas: como un honor o como lo que son, una recompensa por un trabajo. Yo creo que Dylan ha sido suficientemente recompensado por la vida: tiene plata, tiene fama, y también ya ha sido recompensando con otros premios y condecoraciones, el Nobel sería algo más y punto. Pero es extraño, no responderle el teléfono a la Academia Sueca, no pronunciarse al respecto, no decir un simple ¡Gracias!, qué extraño.

Así son los artistas: excéntricos, inesperados, locos. Cualquier persona cuerda, en su sano juicio, ya habría levantado el teléfono y habría hablado con los suecos para agradecerles el detalle, pero es que los artistas son así: choco-locos. Ya veremos qué ocurre con las reacciones de Dylan en los próximos días.

Yo por mi parte miro estupefacto el acto de indiferencia del músico (¿poeta?); yo ya habría agradecido el premio, ya habría dado mi número de cuenta de ahorros al departamento de pagaduría de la Academia Sueca, ya habría comprado los pasajes para Suecia, y ya habría alquilado un smoking en Chapinero para la ocasión. Pero Dylan no, por eso él es él, y yo soy yo. Ambos somos artistas, pero él más choco-loco que yo. O tal vez él sea el cuerdo, y yo sea el alucinado.

Monsieur Jeangros


Cuando estudiaba en el colegio Réfous él nos contó una anécdota de cuando recién había llegado a Colombia. Le habían ofrecido queso con bocadillo; Monsieur se sintió un poco aturdido y nos confesó que se había dicho a sí mismo: “¡Qué gente tan sucia, revuelven sal y azúcar!”, resulta que a pesar de su primera sensación de desagrado él decidió probarlos y como una especie de epifanía gastronómica el sabor del queso y del bocadillo le encantaron. Según Monsieur, con el paso de los años no había dejado de comer con gusto este postre.

Ayer 11 de octubre de 2016 recibimos la infausta noticia de su fallecimiento en una clínica del Norte de Bogotá. Según datos –no confirmados- Roland Jeangros el mítico rector del colegio Réfous contaba con noventa y cuatro años. Había llegado muy joven proveniente de su natal Suiza, y después de vivir un tiempo en Colombia decidió quedarse para fundar un colegio de primaria y de bachillerato.

Era aficionado a las matemáticas, a la música clásica, y a las artes en general; pero sobre todo era un pedagogo, un maestro. Yo tuve la fortuna de ser alumno de él y de vivir los tiempos del Réfous bajo su dirección, bajo su rectoría (los cuales habían sido todos, desde su fundación). Monsieur Jeangros era una figura muy paradojal, enigmática y excéntrica a ratos, era absolutamente disciplinado, estricto, riguroso y hasta cascarrabias, aunque siempre tenía algún apunte chistoso o sarcástico que ayudaba a relajar el ambiente que él creaba en sus clases o en las reuniones que presidía.

Esa anécdota, la del queso con bocadillo explicaba su amor por Colombia, en gran parte porque este país reflejaba su alma compuesta de extremos emocionales que se conciliaban entre sí. Jeangros era serio y adusto, sin embargo, no perdía ocasión de hacer algún chiste o de emitir alguna crítica con un toque de humor. Su obsesión por las matemáticas la conocemos todos los refousianos; en el Colegio hay un salón especial que se denomina: “De matemáticas”, y las materias relacionadas con esta área del conocimiento están bautizadas con unos nombres diferentes a los usuales: MM1, MM2, MM3, MM7 y MM8. Cuando salí del Réfous me puse en la tarea de encontrar la equivalencia de estas. MM1 equivalía a  la aritmética, MM2 al álgebra, MM3 a la geometría, MM7 a la trigonometría y MM8 al cálculo, según mis pesquisas (que podrían estar erradas), eso sin nombrar los “minicomputadores” y las regletas.  

La música clásica era otra de las áreas de su predilección. Sus clases siempre empezaban con el sonido de algunos acordes preliminares de una sinfonía,  de una tonada, de una canción o de una ópera, y enseguida venía la pregunta de Monsieur: “¿Comentarios?”, y si ninguno de los alumnos levantaba la mano para pronunciarse de alguna manera, él replicaba: “¡Todos me miran con cara de vacunos!”. Ese era el ritual en las clases de Monsieur, a algunos les repugnaba, les tensionaba, pero a mí –íntimamente- me encantaba.

Jeangros vivía en Colombia cómodamente pero era obvio que había cosas que le molestaban sobremanera, una de ellas, la sobreactuación de los cachacos en su trato cotidiano, posiblemente también su hipocresía y su esnobismo. Al rector del Réfous le repugnaba cuando alguien empezaba una frase: “Pues”, ya que él replicaba: “Pues, ala qué te dijera”, haciendo broma de la respuesta del interlocutor. En un país tan caótico como el nuestro, la rigurosidad y la disciplina de Monsieur eran como bichos raros.

El escritor Mario Mendoza en uno de sus ensayos sobre Jeangros aseguraba que el Réfous le había dado las suficientes herramientas para afrontar los problemas de la vida, que el Réfous lo había entrenado para hacerle frente a las dificultades. Estoy de acuerdo con Mendoza, toda esa disciplina del Réfous me ha servido para sobrellevar muchos de los pesos de la existencia, para no dejarse de los tormentos de vivir, ya que en últimas, eso es el universo material: un reto, y eso también fue el Réfous para mí: un reto.

Gracias Monsieur Jeangros por sus enseñanzas, por su ejemplo, por su tenacidad, por su amor por Colombia. A sus hijos y familiares mis condolencias. A sus exalumnos un abrazo.  


Pd: Escribo Réfous con tilde porque el colegio recibe su nombre de la Torre Réfous en Porrentruy (Suiza). Escrito el nombre originalmente así, con tilde en la “e” inclinada hacia la derecha. 

Las guerras ficticias


Decía Nicolás Maquiavelo en su libro “El príncipe”: “Divide y vencerás”. Uno de los consejos a Lorenzo de Médici, el gobernante de Florencia, para quien iba dirigida esta divertida cartilla titulada como ya lo mencionamos.

Y obvio, a los gobernantes, a los poderosos, a los políticos solo les interesa una cosa, o dos –para ser más precisos-: conseguir el poder y aumentar el que ya tienen. Para conseguir el poder y aumentar el que ya tengo –si es que lo tengo-, es preciso que mis rivales se debiliten, y la mejor forma de debilitar a un rival es que gaste energías en otras peleas, en otros combates, para que cuando deba medirse conmigo ya venga disminuido.

Si mi rival no es débil pero se debilita, yo lo podría vencer, es de sentido común. Nicolás Maquiavelo no hizo otra cosa que describir una realidad. “Divide y vencerás” o “Divide para reinar”, no es más que entretener a mis rivales en otras peleas, en otros combates, mientras yo me fortalezco, me ejercito, me alimento, me entreno.

Los poderosos tienen un rival, o varios rivales, sin embargo, el más poderoso de sus rivales no es otro poderoso, u otro político, u otro gobernante; el rival más poderoso de los políticos, de los gobernantes, es el pueblo mismo, los ciudadanos comunes y corrientes, es la gente.

Ellos –los poderosos- le tienen miedo a la gente, porque la gente les puede arrebatar el poder, su butaca, su silla. A lo largo de la historia, los poderosos, o quienes detentan el poder en la sociedad se han ingeniado métodos para someter a la gente: la fuerza física, la superstición, el miedo, etc.

Pero, como ya lo decía Maquiavelo hace más de quinientos años, el arma más poderosa de los políticos, de los gobernantes, es debilitar a la gente con “guerras ficticias” para que la misma gente se mate entre sí.

Hoy lo estamos viviendo y viendo: blancos contra negros, occidentales contra musulmanes, heterosexuales contra homosexuales, hombres contra mujeres, ricos contra pobres, aficionados de un equipo de fútbol X contra aficionados de un equipo de fútbol Y, izquierdas contra derechas; guerras y batallas de todas las pelambres, mientras tanto los poderosos se frotan las manos porque han vencido: el pueblo, la gente está dividida en la mayoría de los casos por tonterías: por partidos políticos, por equipos de fútbol, por preferencias sexuales, por color de piel, etc, etc.

Guerras ficticias, esas guerras le impiden a la gente concentrarse en lo importante: en tener con qué comer, en tener con qué vestirse, en tener con qué vivir debajo de un techo, en tener un trabajo, en tener un salario digno, en tener educación, en tener salud, en tener un ambiente sano, en tener seguridad, en tener cultura y sano entretenimiento, en tener una pensión de vejez, etc. Pero no, los poderosos, los responsables de crear las condiciones para obtener todo eso que he enumerado nos tienen como imbéciles pensando en rivalidades ficticias –imaginarias- con otros seres humanos por situaciones banales, irrelevantes, intrascendentes, y los medios de comunicación masivos –que está en manos de esos poderosos, de esos políticos- hacen de caja de resonancia de esas tonterías. ¿Cuál es el resultado de mantener a la gente peleando esas guerras ficticias? Fácil: gente muriendo de hambre, gente sin techo, gente en indigencia, desempleo, terrorismo, inseguridad, etc.

Los poderosos saben que si se les da las condiciones mínimas de subsistir y de vivir bien a la gente, estas personas podrían pedir más o derribarlos de donde están, por eso mantienen este sistema -el de dominación- para seguir detentando el poder por los siglos de los siglos. Para entretener a la gente y no tener la amenaza de perder ese poder, nos mantienen atados a diferencias insignificantes entre nosotros mismos: el pueblo; diferencias raciales, diferencias partidistas, diferencias sexuales, diferencias por equipos de fútbol, mejor dicho, pendejadas.

Cuando el ser humano o la gente común y corriente se dé cuenta de esta estupidez simplemente empezará el desarrollo de una Nueva Humanidad y de un nuevo sistema de convivencia humano basado en la cooperación, para eso la gente debe estar unida, y eso es lo que están impidiendo los poderosos, y lo están haciendo con guerras ficticias.