Las guerras ficticias


Decía Nicolás Maquiavelo en su libro “El príncipe”: “Divide y vencerás”. Uno de los consejos a Lorenzo de Médici, el gobernante de Florencia, para quien iba dirigida esta divertida cartilla titulada como ya lo mencionamos.

Y obvio, a los gobernantes, a los poderosos, a los políticos solo les interesa una cosa, o dos –para ser más precisos-: conseguir el poder y aumentar el que ya tienen. Para conseguir el poder y aumentar el que ya tengo –si es que lo tengo-, es preciso que mis rivales se debiliten, y la mejor forma de debilitar a un rival es que gaste energías en otras peleas, en otros combates, para que cuando deba medirse conmigo ya venga disminuido.

Si mi rival no es débil pero se debilita, yo lo podría vencer, es de sentido común. Nicolás Maquiavelo no hizo otra cosa que describir una realidad. “Divide y vencerás” o “Divide para reinar”, no es más que entretener a mis rivales en otras peleas, en otros combates, mientras yo me fortalezco, me ejercito, me alimento, me entreno.

Los poderosos tienen un rival, o varios rivales, sin embargo, el más poderoso de sus rivales no es otro poderoso, u otro político, u otro gobernante; el rival más poderoso de los políticos, de los gobernantes, es el pueblo mismo, los ciudadanos comunes y corrientes, es la gente.

Ellos –los poderosos- le tienen miedo a la gente, porque la gente les puede arrebatar el poder, su butaca, su silla. A lo largo de la historia, los poderosos, o quienes detentan el poder en la sociedad se han ingeniado métodos para someter a la gente: la fuerza física, la superstición, el miedo, etc.

Pero, como ya lo decía Maquiavelo hace más de quinientos años, el arma más poderosa de los políticos, de los gobernantes, es debilitar a la gente con “guerras ficticias” para que la misma gente se mate entre sí.

Hoy lo estamos viviendo y viendo: blancos contra negros, occidentales contra musulmanes, heterosexuales contra homosexuales, hombres contra mujeres, ricos contra pobres, aficionados de un equipo de fútbol X contra aficionados de un equipo de fútbol Y, izquierdas contra derechas; guerras y batallas de todas las pelambres, mientras tanto los poderosos se frotan las manos porque han vencido: el pueblo, la gente está dividida en la mayoría de los casos por tonterías: por partidos políticos, por equipos de fútbol, por preferencias sexuales, por color de piel, etc, etc.

Guerras ficticias, esas guerras le impiden a la gente concentrarse en lo importante: en tener con qué comer, en tener con qué vestirse, en tener con qué vivir debajo de un techo, en tener un trabajo, en tener un salario digno, en tener educación, en tener salud, en tener un ambiente sano, en tener seguridad, en tener cultura y sano entretenimiento, en tener una pensión de vejez, etc. Pero no, los poderosos, los responsables de crear las condiciones para obtener todo eso que he enumerado nos tienen como imbéciles pensando en rivalidades ficticias –imaginarias- con otros seres humanos por situaciones banales, irrelevantes, intrascendentes, y los medios de comunicación masivos –que está en manos de esos poderosos, de esos políticos- hacen de caja de resonancia de esas tonterías. ¿Cuál es el resultado de mantener a la gente peleando esas guerras ficticias? Fácil: gente muriendo de hambre, gente sin techo, gente en indigencia, desempleo, terrorismo, inseguridad, etc.

Los poderosos saben que si se les da las condiciones mínimas de subsistir y de vivir bien a la gente, estas personas podrían pedir más o derribarlos de donde están, por eso mantienen este sistema -el de dominación- para seguir detentando el poder por los siglos de los siglos. Para entretener a la gente y no tener la amenaza de perder ese poder, nos mantienen atados a diferencias insignificantes entre nosotros mismos: el pueblo; diferencias raciales, diferencias partidistas, diferencias sexuales, diferencias por equipos de fútbol, mejor dicho, pendejadas.

Cuando el ser humano o la gente común y corriente se dé cuenta de esta estupidez simplemente empezará el desarrollo de una Nueva Humanidad y de un nuevo sistema de convivencia humano basado en la cooperación, para eso la gente debe estar unida, y eso es lo que están impidiendo los poderosos, y lo están haciendo con guerras ficticias.  


Por el futuro de Colombia


Escribo estas palabras en un tiempo coyuntural para nuestro país, cuando debatimos si votamos por el “SÍ” o por el “NO” a los acuerdos de paz entre el Gobierno y la guerrilla de las Farc. Puede sonar extraño o a cierto tufillo de lagarto, o de indeciso, pero, en realidad, no estoy inclinado por ninguna de las dos posturas de manera contundente, ¿por qué? Porque me parece que ambos bandos: el de Juan Manuel Santos y el de Álvaro Uribe tienen, en parte, la razón. Ambos dicen cosas ciertas y valederas, por eso, para mí, como ciudadano común y corriente es muy difícil decantarme por una o por otra posición.

Es verdad, Colombia lleva desangrándose más de cincuenta o sesenta años en una guerra fratricida, de baja intensidad –como la llaman los expertos-, pero que ha dejado miles, o cientos de miles de muertos, y de familias destruidas. Tal vez Colombia necesita una oportunidad, y esta oportunidad está representada por la paz; por un acuerdo de cese al fuego y de desmovilización de las Farc, que es supuestamente lo que va a suceder si se vota “Sí” al plebiscito que refrendará popularmente estos acuerdos.

De otro lado, el bando del “No”, liderado por el expresidente Uribe afirma que debe haber un cierto grado de castigo para los líderes guerrilleros que cometieron actos atroces, y que por ningún motivo se le debería dar participación política a esta gente mientras no hayan pagado sus penas o su deuda con la justicia. Tienen razón. Después de la Segunda Guerra Mundial Alemania entró en un período de anestesia colectiva. A los nazis se les perdonó y se les condonó todo lo que hicieron durante la guerra –a excepción de los Tribunales de Nuremberg-, sin embargo, un sector de la justicia germana agarró el toro por los cuernos y llevó hasta los estrados judiciales a los responsables de los crímenes contra la humanidad en el campo de exterminio de Auschwitz. La impunidad es muy peligrosa hacia futuro.

Yo no creo que Juan Manuel Santos sea un “cripto-comunista”, pero tampoco creo que Álvaro Uribe sea un “paraco”. No creo que los que están a favor del “Sí” quieran convertir a Colombia en una segunda Cuba, o que los que están a favor del “No” sean guerreristas consumados o traficantes de armas. Ambos bandos tienen la razón.

Los unos proclaman el valor de la paz como el más importante para desactivar la crisis colombiana, y los otros proclaman la justicia como una forma de no desencajar o desbarajustar el ordenamiento jurídico colombiano. Ambos valores no se contraponen: el de la paz y el de la justicia. Ambos valores son importantes para mantener el Estado Social de Derecho y para hacer progresar a la sociedad.

Yo, a pesar de mi teísmo consumado, estoy de acuerdo con la posición de la Conferencia Episcopal Colombiana de la Iglesia Católica sobre este aspecto: que sean los ciudadanos los que voten de la mejor forma. Creo que los colombianos decidirán cuál de las dos posiciones es la más adecuada, pero en este momento no tengo una definición clara sobre el asunto, me gustaría conocer el futuro en una bola de cristal para saber qué nos depara la vida y actuar de conformidad, pero creo que no lo lograré porque el futuro solo lo conoce Dios. Eso sí, me gustaría que hubiera diálogo constructivo entre ambos bandos (entre el “Sí” y el “No”) y que por fin haya una verdadera reconciliación en nuestro país.

Colombia no necesita más confrontaciones, Colombia necesita salir adelante, necesita empleo para los desempleados, comida para los hambrientos, casa por los desarraigados, salud para los enfermos, educación para los ignorantes y para los analfabetos. Eso es lo que necesita nuestro país. No más bandos, no más guerras –ni de baja, ni de alta intensidad-, no más conflictos, no más divisiones. Lo que necesita Colombia es prosperidad, es riqueza, es abundancia, es salud, es educación, es vivienda, es trabajo, es ambiente sano.

Los colombianos tenemos que dejar las “distracciones” a un lado y pensar en tomar nuestras vidas en nuestras manos, dejemos que los políticos sigan en sus juegos, mientras que nosotros –los ciudadanos- le damos forma a nuestros hogares, a nuestros barrios, a nuestros pueblos, a nuestras ciudades, a nuestra Nación. Llegó la hora de construir una Nueva Sociedad, llegó la hora de abrirle la puerta al progreso en Colombia.

Cuando los colombianos vayan a votar el plebiscito por la paz háganlo de forma consciente, con los ánimos sin exaltar, con la cabeza fría. Es por el futuro de nuestro país; vote “Sí” o vote “No”, no lo haga con miedo o con rabia; háganlo con amor y con confianza. Pero lo más importante que debe recordar estimado compatriota es que somos los ciudadanos los que construimos y diseñamos el futuro de Colombia, y que lo más importante es que las personas comunes y corrientes tomemos consciencia que nuestras vidas las construimos nosotros mismos. Que la comida, que la educación, que la vivienda, que el empleo, que la salud, son los factores más importantes de desarrollo para una sociedad; lo otro, lo otro déjenselo a los políticos.     

  

Arte optimista, positivo


El escritor Ernesto Sabato opinaba que el arte (la literatura más exactamente) no debería “enviar mensajes” o tener propósitos que fueran más allá del propio arte, sin embargo, él mismo aseguraba que la novela –el género que a él le llamaba más la atención- debía servir para encontrar la verdad, y que la novela “problemática” era el subgénero literario por excelencia, los demás –como la novela policíaca o de suspenso- no eran subgéneros literarios propiamente sino mero entretenimiento.

Sobra decir que no estoy de acuerdo con Sabato, aunque es uno de mis escritores favoritos. La utilidad del arte es una de mis obsesiones, como función humana, como mecanismo para mejorar la convivencia entre los hombres. Los artistas piensan –en general- que la simple creación artística es una expresión humana legítima que per se tiene un carácter moral benéfico independiente del contenido de ese arte.

Yo también me aparto de esa consideración, creo que a veces el arte ha servido para degradar, para manipular, para apoyar causas injustas y perjudiciales. El arte –en ciertos casos- ha sido cómplice de movimientos retardatarios, anacrónicos y hasta asesinos. No creo que la simple expresión artística, independiente de su contenido, sea per se moralmente buena por el simple hecho de ser arte.

Sí hay arte perjudicial, ya lo dije, y posiblemente también exista arte optimista o positivo. Hay arte que transmite valores destructivos, negativos, deprimentes, y también hay arte que, a contrario sensu, ayuda a ennoblecer al hombre, a la sociedad en todos los ámbitos de su existencia.

¿Hay arte neutral? Por ejemplo, una manzana en un lienzo ¿es buena o mala desde el punto de vista moral? Pues ni lo uno ni lo otro. El artista “pura sangre” dirá que la discusión es irrelevante (como ya me lo han dicho varias veces), y que el arte –independiente de su contenido- es una expresión del espíritu humano, no importa lo que salga de la mente, del corazón, de las vísceras o del bajo vientre. Lo importante es que es arte.

Dentro de la literatura se observa con petulancia, con cierto desdén la denominada “literatura de autoayuda”. “Eso no es literatura, eso es bobada” piensan los genios, los iluminados, los eruditos, los sabios, los analistas serios. Para ellos, para el gremio de los intelectuales de profesión, la literatura de autoayuda no es arte, es marketing, es distracción para amas de casa desocupadas –con todo respeto por las amas de casa y por las mujeres en general-. Eso me parece muy irrespetuoso, presuntuoso y hasta ignorante. Los ignorantes son ellos, creería yo.

Yo me la juego por el arte con mensaje positivo. Ahora bien, ¿todo arte debe tener una connotación moral benéfica? Creo que sí, o por lo menos neutral. Un ejemplo son los cuadros de Fernando Botero sobre las corridas de toros. ¿Está magnificando el pintor ese espectáculo grotesco? Yo creería que sí, de hecho él –Botero- es uno de los grandes defensores de la tauromaquia a nivel mundial, aunque ese espectáculo está prohibido en más del 90% de los países del mundo. Volvemos a la discusión, ¿pintar una manzana en un lienzo es moralmente malo o bueno? Pues ni lo uno, ni lo otro, tal vez para el pintor sea algo bueno porque le ayuda a hacer catarsis de alguna forma, y para el espectador –si la manzana está bien pintada- podría ser un buen motivo de deleite visual. No hay moralidad sobresaliente en este aspecto, a contrario sensu de los cuadros de Botero que hacen apología a la fiesta brava, donde la connotación inmoral es evidente (con todo respeto por el genio colombiano.)

Creo que sí se puede hacer arte optimista o con mensaje; por ejemplo, en el caso de la fotografía está la obra de Sebastián Salgado o Sebastiao Salgado, quien con sus fotos ha denunciado muchas de las injusticias sociales del mundo. Es una obra con  connotación moral positiva evidente. Con el cine, con la literatura, se podría hacer lo mismo. “El palo no está para cucharas” en las actuales condiciones, necesitamos que los artistas, o varios artistas, o por lo menos algunos artistas, expresen valores positivos en sus obras de manera deliberada sin temor a las críticas, a las burlas, al ostracismo de los intelectuales serios, pero sí con la convicción de que están ayudando a la humanidad, al prójimo, a la especie a salir de este agujero negro que nos arropa por culpa del materialismo exacerbado y de la falta de sensibilidad con el sufrimiento ajeno (tanto humano como animal). Apostemos por el arte positivo, por el arte con mensaje moralmente bueno a ver qué pasa; yo creo que estará bien.    

¿Se embolató la globalización?


Al momento de escribir este escrito se anuncia con bombos y platillos la llegada al despacho del Primer Ministro del Reino Unido de una mujer: Theresa May. Geógrafa de la Universidad de Oxford y exsecretaria del Interior, la señora May tendrá una difícil labor: completar el proceso de salida de la Unión Europea de su país, o a contrario sensu, echar para atrás el “Brexit” y recomponer el camino europeísta del Reino Unido.

No nos cabe la menor duda, el “Brexit” es el golpe más fuerte que ha recibido la globalización en los últimos años. Todo ese proceso de concentración de poder en los órganos burocráticos de la Unión Europea ha sido mancillado por parte de los británicos. Es muy chistoso, pero aquí en Colombia los medios de comunicación tratan de explicarle a la gente el “Brexit” con medias verdades, por ejemplo: “Eso del Brexit es una manifestación de populismo”, “la gente votó el Brexit engañada” o “el Brexit es de derecha.”

No señores, los británicos han tratado de salirse de la Unión Europea desde hace varios años. Lo que ocurre es que las élites de ese país están divididas sobre este asunto. Por un lado, hay algunos que prefieren hacer parte de este organismo supranacional por una sencilla razón: les va bien. En ese grupo están los banqueros, las grandes transnacionales, el gran capital. Pero, hay otro sector de la élite británica que no le jala a la Unión Europea, ¿quiénes? Un sector político grande (no necesariamente ni de derecha o de izquierda), y sobre todo: Los que buscan que Reino Unido conserve o recupere su papel de Imperio global perdido en el Siglo XIX y principios del XX con el advenimiento del monstruo de Occidente: Los Estados Unidos de América.

La globalización no es internacionalización, la globalización es concentración de poder. Eso ya lo querían o anhelaban los templarios en la Edad Media, que Europa tuviera un solo rey o emperador, que este continente tuviera un solo centro de impulsión política. Eso es la globalización. Los estadounidenses buscan liderar la globalización, los europeos también, los chinos no se quedan atrás, y los rusos preguntan: ¿Y por qué nosotros no? Todos quieren el poder como en la serie de televisión “Game of thrones.”

Ahora bien la globalización tiene un enemigo feroz y no es el Reino Unido o los líderes populistas británicos, europeos o americanos. El principal enemigo de la globalización es la gente común y corriente, el ciudadano raso que no se ve beneficiado por la globalización de ninguna forma. Ese ciudadano de a pie es el escollo más grande que debe superar la globalización. Los británicos no son estúpidos –como según nos lo dicen los medios colombianos-. No, los británicos tomaron una decisión consciente y aterrizada: pertenecer a la Unión Europea no les sirve, no les sirve la globalización. Punto.

El gran temor de los globalistas es ese: que la gente se despierte, que la gente empiece a tomar las riendas de su propia vida, que la gente empiece a prosperar por su propia cuenta. El “Brexit” es solo la punta del iceberg de lo que se nos viene, del poder de la gente. Las élites quieren aglutinar y acumular poder, pero ese proceso está dejando perdedores por todos lados: en América, en Europa, en África, en Asia. Esos perdedores no lo van a ser toda la vida, y se están organizando al margen de las directrices políticas, económicas o sociales “unanimistas”. Esta gente se está empoderando de su entorno, de su vida y están generando cambios en su casa, en su barrio, en su aldea, en su ciudad y próximamente en su país, y en el mundo.


Las élites globales no se quedarán mirando impertérritas cómo se desvanece el “sueño global”, no señores, las élites mandan y quieren mandar más. Es por esto que el “Brexit” será utilizado por las élites para recomponer el proceso de acumulación de poder en Europa. Utilizarán el “Brexit” para afianzar ese proceso de concentración de poder: ¿Desde el Reino Unido? ¿Será el Reino Unido el elegido para salvar la globalización en Europa? Podría ser. Y entonces, todo ese cuento de que el “Brexit” es una manifestación de populismo se vendría a pique y significaría todo lo contrario: El afianzamiento de Londres como centro de poder europeo en desmedro de Bruselas, Berlín o París. 

Populismo


Hay una diferencia importante y no poco sutil entre democracia y demagogia. La primera es el gobierno del pueblo, se la inventaron los atenienses en la Antigua Grecia y fue aplicada en la época de Pericles con relativo éxito. Hoy en día la democracia es el sistema político que impera en la mayoría de países de Occidente y en muchos de Oriente. La segunda, la demagogia, es la deformación de la democracia, es la democracia degradada –podríamos decir- ¿en qué está degradada? En sus fines. En la democracia se gobierna para el interés general, en la demagogia se gobierna para el interés particular de alguien pero con un revestimiento democrático.

Por lo tanto, no es cierto que la demagogia sea pensar en el bienestar de todos a costa de una minoría. No, entendamos, la demagogia es la democracia de papel, la democracia aparente. Todo con el fin de beneficiar a una persona, a un grupo o a un partido. Cuando se piensa en el interés general no se está haciendo demagogia, se está practicando la democracia.

Hay un término que se ha utilizado últimamente para referirse a la demagogia –sobre todo en América Latina- y es: Populismo. Como la gente no entiende muy bien el término demagogia se ha utilizado en los medios de comunicación, sobre todo por los analistas políticos esta palabra, la de populismo. “Los gobiernos populistas”, “los líderes populistas”, “los gobernantes populistas”, son frases que aparecen con facilidad en los medios de comunicación hoy por hoy.

Sin embargo, este término se utiliza mal, y con cierta mala fe, creo yo. Cuando se toman medidas gubernamentales para beneficiar a una mayoría se dice que son medidas populistas o demagógicas. Cuando se toman medidas para beneficiar a un grupo económico en particular o a algún riquillo de por ahí se dice que son medidas técnicas, sensatas, modernas, realistas. El populismo no es sensato obviamente, ni moderno, ni técnico. Y por lo tanto, cuando se genera utilidad para una sola persona, pues no hay democracia, tampoco populismo, pero sí mucha plutocracia.

Se nos ha pervertido la forma de pensar. Cuando la gente clama por comida, vivienda, empleo, educación, salud, y aparece un gobernante que propone medidas para hacerlo, lo tachan de populista. Cuando aparece un líder que afirma que es necesario darles más dinero a los ricos, y que toca beneficiar a una minoría privilegiada, aparecen esos mismos analistas aplaudiendo estas medidas calificándolas de sensatas, modernas, y de alta técnica.

Ojo; hay líderes que proclaman medidas de “interés general” para beneficiar en apariencia a mucha gente, pero que en realidad solo están beneficiando a un grupo en particular, o a una persona en concreto, eso sí es demagogia, eso sí es populismo. La perversión de lo que vivimos hoy en día es convertir todo lo democrático en demagógico, de tajo. Mejor dicho, todo lo democrático es demagógico. Eso lo hacen los que justifican las medidas plutocráticas, dictatoriales, fascistas, autoritarias. ¿Si se dan cuenta de la trampa, de la astucia?

Por lo tanto, el pueblo llano común y corriente debe quedarse callado cuando se enriquece de manera descarada y sin aparentar a algún riquillo, a algún grupo económico, porque eso sí está bien. A contrario sensu, toda medida que beneficie al interés general es tachada de plano como demagógica, como populista, y la gente, que es lo peor todo, aplaude el asunto porque así se ha pervertido la mentalidad de las personas. Lo bueno lo han convertido en malo y lo malo lo han convertido en bueno.

El último episodio tachado de “populista” por los “analistas serios” es el “Brexit” o salida del Reino Unido de la Unión Europea. La gente decidió –para beneficiar el interés general- salirse de allí. ¿Es demagógico el Brexit? ¿Es democrático? El tiempo lo dirá; lo cierto del caso es que los británicos votaron para salirse de la Unión Europea por mayoría, y no por eso nada más podemos tachar esta situación de populismo.

Para los “analistas serios” toda decisión de la mayoría es populismo. Mejor dicho, la democracia es demagógica per se para ellos. No importa si se beneficia el interés general o el interés particular, el hecho es que si la decisión es mayoritaria es demagógica, si la decisión es minoritaria –no importa si afecta al interés general o no- es técnica, sensata, moderna. El problema es que la democracia está afectada por la mala imagen, por la desgana de los poderosos. Se han valido de la libertad y de la democracia para acumular riqueza y poder, y ahora cuando ya tienen mucho dinero y poder  no les gusta la democracia porque pone en riesgo esa tendencia a la acumulación creciente de dinero y de poder. Lo mejor es destruir la democracia- para ellos, y la mejor forma es deformándola, atacándola, dándole mala imagen. Toda decisión democrática es traducida instantáneamente en populismo, en demagogia.

Un ejemplo de esto, en Colombia, son las corridas de toros. La mayoría está en contra de espectáculo, pero la Corte Constitucional dice que sí son legales. Los taurinos dicen que por populismo no puede declararse ilegal este espectáculo, o sea si por referendo se prohíbe. El problema es que así no sea popular el ánimo de declarar ilegal esta práctica, lo cierto es que es un espectáculo inmoral. En este sentido, una decisión de la mayoría de declarar ilegal el espectáculo taurino es, a la vez, una decisión legitimada por la moral. Pero como es la mayoría la que es anti-taurina entonces ya es tachada esta posición como demagógica, como populista, ¿si ven la mala fe? ¿Si ven la perversidad? ¿Si ven cómo todo lo democrático es tachado de populista de inmediato? ¿Si ven cómo se ha manipulado la opinión pública?   

Mantener a los vagos


El pasado 5 de junio de 2016 los suizos rechazaron la propuesta de entregarle a cada ciudadano –trabajara o no- la cifra de 2.500 francos suizos. Mediante referéndum (consulta popular) el 77% de los votantes dijo NO a esta iniciativa.

Sonaba interesante que el Gobierno le entregara esta cifra mensual a la gente. El paraíso para los vagos, para los vagabundos, para los que no les gusta trabajar. Sin embargo, también hubiera sido un alivio para los que no pueden laborar: ancianos, desempleados (que sí quieren trabajar pero que no encuentran empleo), personas con alguna enfermedad grave, inmigrantes, mujeres cabeza de familia, personas con graves trastornos mentales, y… no se me ocurre qué otro tipo de personas.

La iniciativa que llegó a referéndum y que fue propuesta por una petición a través de firmas sonaba descabellada, ingenua, ilusa, ¿cómo el gobierno le va a pagar a cada ciudadano 2.500 francos suizos? ¡Eso es inviable! ¡Eso es aumentar el gasto público! ¡Eso es una utopía!

Si esa propuesta se hubiera presentado en Colombia también hubiera sido rechazada de plano con un margen muy similar del que sacó en Suiza: el 77% o más. En nuestra sociedad hay un dicho para referirse al tema de mantener a los vagos: “El que no trabaja no come”; esto quiere decir que en nuestra idiosincrasia judío-cristiana el trabajo tiene una recompensa: el salario, y por lo tanto la recompensa para el vago es esta: nada, no tener nada.

La sociedad necesita gente trabajadora porque la vida es un intercambio constante; los romanos también acuñaron un término para hacer referencia a este intercambio: “Do ut des”, o “yo te doy y tú me das”. La vida es un intercambio de servicios, y en las actuales circunstancias hemos utilizado el dinero para valorar esos servicios y “pagar” los beneficios que me causan las otras personas: comida, transporte, vivienda, ropa, electricidad, etc.

En muchos países existen subsidios al desempleo, pensiones de vejez, pensiones de invalidez, subsidios para familias de escasos recursos, etc. La compasión no ha estado ausente en nuestra civilización, aunque parece que estuviera disminuyendo; y por otro lado, también está la filantropía que es un alivio para esas personas que pasan por terribles o desgraciadas condiciones. Sin embargo, y aunque suene moralmente reprochable el pago de un sueldo o de un dinero para todo el mundo, independiente de su condición social, física, económica, o mental, me parece que no es descabellada del todo. ¿Por qué? ¿Por qué pienso esto?

Creo que una de las causas de la criminalidad en nuestros países es la pobreza, la falta de oportunidad, y en muchos casos, personas que no tienen para comer, para vestirse, recurren al delito para mantenerse. En Colombia, por ejemplo, hay zonas del país donde la gente simplemente no consigue ningún empleo, no lo hay, toda actividad productiva en esas zonas es nula. Esas personas que viven en esos territorios –y que tienen que comer- deciden tomar una opción para su subsistencia: afiliarse a grupos ilegales (guerrilla, paramilitares, narcotraficantes, bandas delictivas, etc.)

Si existiera un sueldo mensual para todo el mundo –trabajara o no-, esas personas –las que viven en esas zonas deprimidas- no tendrían que laborar en actividades ilegales. Bajaría la criminalidad y el delito inmediatamente. De otro lado, muchos de los integrantes de esas mismas bandas se desmovilizarían inmediatamente porque ya no tendrían que matar, robar, secuestrar, o vender narcóticos para poder comer. Yo estoy seguro que el crimen bajaría, y no solo me refiero al crimen duro o vulgar (por llamarlo de alguna forma), sino también al crimen de cuello blanco. ¿Cuántos de esos servidores públicos corruptos o empleados de empresas privadas deshonestas no se desmovilizarían porque sabrían que tienen un ingreso fijo? Yo creo que muchos, bastantes.

Es cierto, la vida es un constante dar y recibir, y si usted no da no recibe. Sin embargo, la cultura del trabajo debería incentivarse no como un medio de subsistencia sino como un aliciente para el perfeccionamiento mental, espiritual y psicológico. No debería castigarse al vago, porque muchas veces el vago es vago no por opción sino por necesidad o por falta de oportunidades de trabajo. Muchas personas en nuestras sociedades no comen y eso redunda en abastecer a las organizaciones delictivas, terroristas o criminales. Esas organizaciones viven del hambre de otros. Por lo tanto, si se acaba el hambre se acaba el crimen, de eso estoy completamente seguro.  

Creo que una sociedad en donde todos coman, tenga ropa y techo, es una sociedad con cero delitos. Ya lo están demostrando los países escandinavos, donde el “Estado de bienestar” es muy grande y por lo tanto allá se están cerrando los centros de reclusión para criminales, porque no los hay, ¿y por qué no hay delincuentes? Porque todo el mundo tiene para comer, para vestirse, para educarse, para curar sus enfermedades, para vivir debajo de un techo.

Como ya lo he pregonado millones de veces: en una sociedad con cooperación ilimitada también hay prosperidad infinita. Piénsenlo, piénsenlo.     

La conspiración contra Dios


Yo me formé en un hogar católico. Mis padres eran fervientes devotos de ir a misa, confesarse, comulgar, hablar con los curas, rezar, hacer la novena de Navidad, visitar los monumentos en Semana Santa, etc. Creo que en mi ADN se encuentra grabada esa creencia en Dios, en un principio superior, en una inteligencia que dirige este Universo, en un amor que lo llena todo.

Sin embargo, siempre he estado en conflicto con la religión a pesar de esto. Por allá, cuando terminaba el bachillerato, me dio por leer unos libros “heréticos” sobre OVNIS, meditación, pensamiento positivo, yoga, rosacruces, masones, teosofía, y otros etc, etc.

La religión siempre ha estado en el centro de mi vida; sigo yendo a misa –a veces-, paso de vez en cuando por las iglesias y rezo; y en general trato de respetar la creencia que tenga cada cual. Hoy en día soy más teísta que católico, aunque admiro profundamente las enseñanzas de Jesús de Nazaret. Practico yoga y también Zen. Mejor dicho, lo mío en materia mística es como un sancocho costeño: hay para dar y convidar.

Creo en un mundo invisible espiritual, creo que solo vemos un aspecto relativo de la realidad, de lo que pueden captar nuestros sentidos. Respeto las creencias de cada quien sobre esto, no me parece malo que la gente sea católica, o cristiana, o judía, o musulmana, o hinduista, o budista, o si son masones o rosacruces, o lo que sea. También respeto a los ateos y a los agnósticos.  

Sin embargo, creo que hay un movimiento un tanto odioso en la cultura contemporánea: burlarse o demeritar a la gente que tenga creencias religiosas. Sí, así como lo oyen, dentro de ciertos círculos académicos y culturales la creencia espiritual está proscrita, es sinónimo de estupidez, de ridiculez. Para ese movimiento lo correcto es creer en el materialismo, en lo que nos dicen los sentidos únicamente. Los tontos y los pendejos –para ese movimiento- son los que creen en Dios, ya sean de este o de cualquier otro dogma religioso. El ateísmo, en cambio, es cool, es inteligente, es de personas de “avanzada”.

Es una especie de conspiración contra todo lo religioso. Se burlan del Papa, se burlan de los pastores protestantes, se burlan de los imanes islámicos, de los yoguis, de los monjes budistas, de todo lo que tiene que ver con la religión.

Un ejemplo de esto es el ataque al escritor Paulo Coelho, quien se considera católico, pero que también ha trasegado un camino doloroso por el campo de la experimentación espiritual, como mucha gente en este planeta. Los libros de este escritor están básicamente dedicados a la gente que ha experimentado crisis religiosas, y que han ido de un lado para otro en este tema. Por eso muchos escritores no entienden a Coelho, ni entienden su éxito, porque están influenciados, muy influenciados –diría yo- por el movimiento al que hago referencia, al movimiento de burlarse de todo lo religioso.

Eso es lo que está de moda dentro de la Academia, sacar a Dios y a lo espiritual de la cultura, del conocimiento, de la ciencia. Menospreciar a los que tienen o practican un dogma religioso sea cual sea ese dogma, no importa.

Hace algunas semanas asistí a una conferencia con un afamado escritor colombiano –que está muy de moda- y en una parte de su discurso se fue lanza en ristre contra el tema religioso y en especial contra Paulo Coelho. No tengo nada personal contra ese escritor –el colombiano-, a quien yo respeto, pero estoy seguro que él no se ha leído un solo libro del autor brasileño, porque eso no se hace, eso da pena, eso es para los bobos.

Igualmente, hace algunos años escribí un ensayo literario para un reconocido portal web de Colombia, y dentro de las correcciones que me hicieron sus editores estaba la omisión a mencionar a Paulo Coelho, nuevamente. Como si fuera penoso mencionarlo, como si eso –aludirlo- fuera cosa de ignorantes o de analfabetas. La gente culta e inteligente no cree en Dios, seguramente.

La conspiración contra todo lo religioso tiene un objetivo, y tengo que decirlo, y se trata de materializar nuestro pensamiento. Que nuestro cerebro solo acepte lo que ve en el mundo fenoménico y punto. ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene volvernos materialistas? Para que seamos mansos corderos que solo acepten un credo: el del consumo.

Como decía un magistrado en alguna conferencia a la que yo asistí hace unos años, hablando sobre las catedrales de este credo materialista, haciendo alusión a los centros comerciales. Donde la gente gasta y gasta, donde la gente consume y consume. Cerrar la mente a todo lo religioso es necesario para que la gente no acepte otro valor sino el material, para que trabajen como esclavos y gasten como esclavos, y punto. Para que no piensen en el cielo, ni en Dios, ni en nada diferente a la materia.

Esa es la nueva religión, la que está de moda: la religión del consumo. Y han tenido éxito en promoverla, a través de la publicidad, de la cultura, de los medios de comunicación, de los libros, de la Academia. Los que practican esa religión no se dan cuenta que también alaban un Dios y tienen un creo: el consumo material, la satisfacción material. Su Dios es el placer material.

Estos materialistas no solo atacan a los católicos, a los cristianos, a los musulmanes, a los budistas, no, también se van en contra de los que hacen meditación, contra los que hacen yoga, y califican todo “eso” como de “la nueva era”. 

Toda creencia o no creencia en Dios es respetable. Respeto toda religión, toda creencia, y toda idea que no sea religiosa, aunque no la comparta. Yo solo alerto sobre lo que está pasando en el mundo, sobre hacia dónde nos quieren llevar, sobre cómo nos quieren esclavizar; para -como siempre- beneficiar a unos cuantos.

No es más.